Los Niños Dios de Zapotitlán, en Tláhuac, alivian y son venerados

• Cuando el delegado de Tláhuac, Alfredo de la Rosa, supo de las imágenes de los niños Dios, fue a conocerlos y le encantó la casa, dice doña Aureliana. A los 15 días llegaron trabajadores y esa casa fue la primera del rumbo que tuvo drenaje

Por Sergio Rojas | Revista Nosotros Núm. 6 | Julio de 1997

Como salida de una novela de Gabriel García Márquez, por aquello de llamarse Aureliana Buendía Normandía y tener muchas historias que contar, sobre todo de milagros y sucesos relacionados con la fe, nos recibe en su casa para platicarnos de los Niños Dios que tiene, cuida, atiende y facilita a quienes se los solicitan para llevarlos ante algún enfermo que, milagrosamente, «a los pocos días queda curado de sus males».

Son cuatro los niños~Dios que doña Aureliana resguarda.

Uno es el niño de la salud, al que nombra el Tamalerito –debido a que vendía tamales en Xochimilco–, cuya «especialidad» –llamémosle así– es visitar a enfermos en hospitales.

Después está Manuelito, el más pequeño, del que su característica es dejar ver sus dos dientes frontales. Es a quien buscan las mamás para acercarle a sus bebés y con los deditos de éstos frotarle los dientecitos a la imagen, se supone que así le comenzarán a salir los dientes al niño real, el de carne y hueso.

Luego está Jesusito, del que no tarda en venir por él una familia de Tulyehualco, porque su «especialidad» es juntar matrimonios, reconciliar parejas distanciadas.

Finalmente está Pascualito, pero por ahora no se encuentra en casa debido a que se lo llevaron a Xochimilco a cumplir una misión de fe.

El Tamalerito y Manuelito. Fotografía tomada de la publicación original en la Revista Nosotros

La casa de Salvador Allende marcada con el número 28 en la Colonia La Conchita~Zapotitlán cuenta con una singular capilla llena de juguetes.

«Porque con juguetes la gente paga los favores recibidos de los niños Dios, juguetes que luego yo obsequio el Día de Reyes a los niños pobres de Tláhuac», dice la señora.

A la capilla, de cuyo techo penden cientos de esferas, juguetes y globos, la gente llega para mojar algodones con el aceite milagroso que el niño Tamalerito tiene a sus pies –junto a una mecha que siempre está encendida–, porque se lo untan a los recién nacidos.

«Es aceite de cocina, común y corriente, pero bendito –dice doña Aureliana Buendía–, se lo embarran a la persona enferma, sobre todo en la parte donde está el mal, además de llevarle al Tamalerito».

En la amplia habitación que la señora Buendía ha acondicionado como la capilla de sus niños Dios se lleva a cabo la plática con la Revista Nosotros. Tiene 83 años de edad y asegura que el Tamalerito una vez se le apareció en Chimalhuacán.

Doña Aureliana Buendía. Fotografía tomada del artículo original que fue publicado en la Revista Nosotros

«Se me apareció como a las 11 de la mañana, yo vivía en una huerta, como me sentía cansada me senté debajo de un árbol, de pronto vi un rayito de sol que andaba en el aire frente a mí, creí que a lo mejor eran chamacos con pedazos de espejos que proyectaban destellos de sol contra mí, pero no, era el niño que, desnudito, nada mas con su mantilla azul, me movía sus manitas. Sólo que en ese momento mi mamá me gritó ¡Aurelianaaa!, y el niño desapareció de mi vista», recuerda.

«Muchos años después lo anduve buscando, iba a ver los niños que venden en la calle de Guatemala, pero no lo encontré, sí, había muchos, pero no eran igual al que yo había visto. Una vez mi hermana vio a un niño Dios con sus dientitos, pero no le hice mucho caso. Las señoritas de la casa comercial me preguntaron que cómo quería el niño y yo les dije que lo quería rubio, muy hermoso, pero que como no estaba ahí no me iba a llevar nada. Una de ellas me dijo, ‘mire, las cosas del cielo no pueden ser comparadas con las de aquí’, y me dieron el nombre de un escultor alemán que vivía en la Portales, inmediatamente me fui a buscarlo, toqué en su puerta y él me abrió, nada mas que se negó y me dijo que ahí no vivía ningún escultor, le dejé de cualquier forma mi dirección y me fui».

 «Yo vivía en Xochimilco y en una ocasión hubo una arrullada y rápidamente fui corriendo a ver si de casualidad era mi niño Dios, pero no, se trataba del Niñopa y me quedé desconsolada».

«Tiempo después fui a la basílica a la misa de una quinceañera y estaba parada en una esquina cuando de un automóvil un hombre al que quería reconocer comenzó a llamarme, yo desconfié, pero cuando me dijo ‘¡usted es la señora que me mandó hacer la escultura de un niño Dios!’, le contesté que sí y que me había corrido. Se bajó del coche y me dijo que desde que lo había visto el niño Dios no lo dejaba en paz. ‘Tuve un sueño’, me dijo, ‘en el que mi madre estaba enferma, y al día siguiente me llegó un telegrama diciéndome que, en efecto, ella estaba en agonía en Alemania… Mire, si mi madre se salva yo le traigo a su niño Dios, regreso entre el 20 y el 25 de enero’, me dijo. Y llegó el día 25 y no hubo nada. Mandé hacer una misa como santo jubileo sabiendo que yo no tenía ningún niño Dios, busqué los padrinos más humilditos que encontré y el tres de febrero ya tenía todo preparado. A las cinco de la mañana llegaron los padrinitos y les tuve que salir con que no había niño, pero que íbamos a convivir ese día, que el niño estaba espiritualmente con nosotros. Pero como a las siete y media de la mañana que va llegando mi niño tal y como yo lo había visto».

«Lo bendijo el padre de San Gregorio y luego luego comenzó a hacer milagros. Un señor por voltear a verlo cuando íbamos en la procesión se cayó de un andamio, le entró cal en los ojos y hasta se tragó accidentalmente un clavo, y otro salió de una farmacia muriéndose de diabetes. El segundo se acercó al niño y al día siguiente ya estaba en misa, mientras que al primero se lo llevaron a su casa y a los pocos días logró restablecerse, la cal no le había afectado la vista y el clavo nunca se lo pudieron encontrar».

Doña Aureliana Buendía llegó a Xochimilco a los 16 años; y a Zapotitlán hace ocho (1989). Comenta orgullosa que el Tamalerito es ahijado del entonces presidente de la República Miguel Alemán Valdés, a quien alivió de cáncer.

«Por eso lo seguía mucho. Nada mas que él llegaba a la casa en Xochimilco, a la una de la mañana para que no lo viera la gente, entonces la costumbre era que todos los presidentes debían ser ateos. Yo vivía en la vecindad de Nezahualcóyotl 51 interior dos. En veces el Tamalerito se iba a la casa de la hermana del presidente, en Pestalozzi».

Pascualito

Pascualito tiene otra historia. A decir de doña Aureliana Buendía se trata de un niño travieso que tenía la cantante de ranchero conocida como la India Bonita.

«Ella se llevó un día al Tamalerito porque tenía una niña enferma, paralítica, y la alivió. Quiso agradecer el favor y mandó hacer un niño igual para que se quedara en su casa, pero no salió parecido. Lo llevó a arreglar con un escultor, después lo puso en una urna, pero el niño no quería estar ahí porque una vez rompió los vidrios, tampoco lo podían sentar en su sillita, se iba de lado. Entonces una vez dijo, ‘llévenselo a la comadre’, y aquí conmigo sí estuvo a gusto. Le pusimos Pascualito porque fue bendecido un domingo de pascua».

Manuelito

«Mientras que Manuelito es aquel niño que le digo que no quise comprar en la tienda del centro. Pero hace como tres años me lo regalaron y dije qué bonito, y le voy viendo sus dientitos. Una noche soñé que me decía: ‘yo soy el niño Manuelito’, y así se le quedó el nombre».

Jesusito

«Y Jesusito lo tenía en mi casa porque yo era sola, no tenía hermanos, así que un día mandé abrir un baúl que había sido de mi madre y encontré platos, tenedores y a Jesusito, lo agarré y me lo llevé conmigo».

Así las cosas con los niños Dios de doña Aureliana. Dice que cada uno tiene sus devotos.

«Vienen de muchas partes a pedirlos. Una vez que visitan a los enfermos o los hogares en desgracia, los regresan. Han llegado desde Houston, Texas; de Centroamérica. Una vez vinieron unos trabajadores desde Nueva York y ellos nada mas se llevaron el retrato de Pascualito; llegan peregrinaciones de Xochimilco. El Tamalerito por ejemplo, recibió en una ocasión la visita de una angustiada madre que tenía a su hijo moribundo por culpa de la gangrena, y que desde el puente de Zapotitlán llegó a la casa de rodillas. Esa noche, cuando al muchacho le iban a amputar su pierna, extrañamente los doctores comprobaron que había sanado. En el Hospital López Mateos conocen al Tamalerito como el rey de los doctores».

¿Cómo llegó doña Aureliana Buendía a Zapotitlán?

«Yo llegué aquí gracias a una señora que era muy devota. Su hijo tenía leucemia y un día soñó que nuestro Señor Jesucristo le dijo que era el hijo más bueno que tenía y que se lo iba a llevar. Sin embargo, el Tamalerito lo curó. Ellos eran los dueños de esta casa donde ahora vivo y, después, el hijo en agradecimiento le dijo a su papá que quería mucho al niño de Xochimilco y que no quería que vendiera la casa. ‘Véndesela mejor a los niños de Xochimilco’, le dijo a su papá que trabajaba en la administración de Correos, y él después me dijo a mí que le diera cualquier cantidad como enganche y lo demás se lo fuera pagando como pudiera. Pero un día llegó conmigo y me dio la llave de la casa, luego me dijo que por el dinero no me preocupara. Así llegué aquí. Entonces esta calle ni siquiera tenía pavimento, no estaba como ahora».

«Tiempo después llegó el licenciado Alfredo de la Rosa como delegado y supo de los niños, vino aquí a conocerlos y le encantó la casa. Como a los 15 días llegaron los trabajadores de la delegación y esta casa fue la primera del rumbo que tuvo drenaje y su calle pavimento».

La casa no solamente tiene juguetes, en las paredes se pueden ver además oraciones que escriben los señores de las casas a donde son llevadas las imágenes. Una comienza de la siguiente manera: «A mi niño Pascualito. ¡Viva Jesús mi doctor! Al conocerte mi niño / confirmamos nuestra fe / y en la vera del camino / a Jesús esperaré».

Flores y veladoras acompañan a los niños milagrosos de Zapotitlán en un altar donde la imagen de la Virgen de Guadalupe permanece inamovible detrás de ellos. Durante las dos horas que estuvimos en el lugar fuimos testigos de cómo llega la gente para venerar las imágenes y tomar un poco de aceite. Sólo tocan la puerta y a quien abre le dicen que van a ver a los niños. A nadie se le niega la entrada.

Es una muestra de los prodigios de la fe, del sincretismo religioso de la población. Sin pretender magnificar ni validar lo que ahí sucede, sí podemos decir que se trata de una legítima expresión popular de quienes fortalecen su espíritu para continuar en la brega del camino.

Finalmente se trata de una expresión cultural que los proyectos modernizadores no han podido erradicar. ♦

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* Agradecemos al señor Armando Negrete la información proporcionada

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