La Fiesta de las Luces en Zapotitlán y la ceremonia del Fuego Nuevo

• Hay que buscar la explicación y el origen de estos festejos en la cultura sometida, perseguida y destruida por súbditos de la Corona de Castilla y Aragón

Por José Eduardo López Bosch*

Uno de los festejos populares en Tláhuac es el que se celebra cada año a principios del mes de febrero en el pueblo de Zapotitlán es la Fiesta de las Luces. Como los otros seis pueblos de la circunscripción –Tlaltenco, Yecahuizotl, Ixtayopan, Tetelco, Mixquic y la cabecera, el propio Tláhuac– son asentamientos nahuas-chichimecas, de pobladores llegados en los albores del siglo XIII de nuestra era y desarrollados en la cuenca de los lagos de Texcoco, Chalco y Xochimilco con una cultura hidroagrícola que les permitió una convivencia y sobrevivencia, a pesar de los apetitos expansionistas de otras poderosas tribus como los mexicas que, con su desarrollo los hicieron tributarios de ellos, conservaron sus propias características de acuerdo a las costumbres establecidas de la época.

En estos festejos que también se presentan en julio, los organizan las mayordomías que honran a los santos patronos de los dos principales barrios del pueblo –Santiago y Santa Ana–, a fin de que se preserven las costumbres y tradiciones de cada lugar, con lo que logran mayor unidad y fuerza dentro de la pluralidad cultural.

Compiten en arte de la pirotécnica que realizan especialistas traídos de Zumpando, estado de México, en donde expertos coheteros que han adquirido su experiencia a través de los años por transmisión generacional y herencia con los secretos y conocimientos empíricos, que les permiten mezclas cuyos componentes –salitre, azufre, carbón, clorato de potasio, aluminio y magnesio– reaccionan en sus elementos una vez pulverizados y combinados.

Conocimientos producto de la observación personal, paciencia y dedicación a las que agregan su intuición y curiosidad por saber, y les permiten hacerlas y depositarlas en los cartuchos de cohetes, bolas de cartón o papel y unirlos entre sí, después de montarlos en estructuras de varas, madera o carrizos –ahora hasta aluminio– dándoles cierta movilidad para girar los que con sincronía al prenderles fuego, para su combustión liberan cientos de gases que provocan formas y colores creando ilusiones y formas reales, ,previamente concebidas, que se desprenden hacia el cielo abierto, en cascadas fascinantes que a veces son acompañadas por estruendosas «bombas» que al estallar en el firmamento dejan ver flores, margaritas o crisantemos que causan efectos sorpresivos y que hacen unificar las expresiones de los asistentes, admirados y alegres, ante la magia del efímero arte pirotécnico que aumenta las emociones y la tensión de quienes ahí se reúnen a contemplar tan bello espectáculo.

Además de estas presentaciones de juegos pirotécnicos, se aúnan otras traídas por las autoridades civiles de la localidad, entre las que destacan los artistas del momento, las representaciones teatrales, los espectáculos infantiles alternando con bailes típicos regionales de grupos institucionales, audiciones musicales con grupos, orquestas y bandas de música que recorren los barrios y bailes generales en la plaza y los tradicionales puestos de feria, auténticos «pochtecas» sembrados por todas las calles que tienen acceso a la plaza principal y que aparecen con metates y manos de molcajete, de piedra volcánica, artesanía en madera y alfarería, ollas de barro, cuerdas, tejidos, frutas secas, nieves, antojitos –tacos, quesadillas, tostadas, fritangas, buñuelos, tamales, elotes, atoles, plátanos asados o cocidos; pan de burro y cocoles de anís; alegrías, gorditas de masa, dulces de almendra, de azúcar y de leche, frutas cristalizadas, barbacoa, carnitas, cochinita pibil, mariscos naturales o guisados, pescados fritos y en tamal. Así como bebidas que van desde aguas frescas de fruta, horchata, refrescos, hasta jarritos «bautizados» con alcohol, tequila, brandy, menyul o vodka; cheves, cubas y todo tipo de licores, con permiso o clandestinos, a la luz del día o al relumbrar del foco por la noche.

También se venden baratijas, fayuca –de la invasión mongol–, ropa, refacciones de todo tipo, discos, casetes y carteles o fotos de artistas, deportistas o imágenes de santos, aviones, paisajes, coches, motos y hasta «pornos». Por la calle trasera a la secundaria –a pesar de que se inunda– se instalan algunos juegos mecánicos, que nunca faltan en este tipo de eventos y que milagrosamente no tienen, casi nunca, un accidente, a pesar o tal vez por el «especial» tipo de mantenimiento que les dan sus propietarios.

Junto con todo lo anterior, al inicio de la fiesta por la mañana y por la tarde, hasta la puesta del sol, bailan varios grupos de «concheros» y «danzantes aztecas» con reminiscencias precuahtémicas, al ritmo del teponaztle (tambor horizontal) y del huehuetl (tambor vertical), sin que falte desde luego ese grupo «Imperio de Cuauhtémoc» de origen zapotitlaneca, fundado en 1890 por un «general conchero» y que ha pasado ya a su tercera generación, en el control de los danzantes, que en la explanada no cesan de hacer sus rítmicos y rituales movimientos, frente a la iglesia, la que como las otras de la región fueron construidas sobre los teocalis que encontraron y destruyeron los conquistadores españoles, utilizando sus propias piedras y la «clientela mítico-religiosa», con lo que hoy, sin ya saberlo se sigue venerando, en el lugar, a los dioses, uno colonial que traían sobre los que ahí antes moraban.

Debemos mencionar el colorido indescriptible y la belleza de los penachos de los danzantes elaborados con plumas de pavos reales, faisanes, codornices, gallos, pavos y otras gallináceas que perpetúan ese «arte de la plumaria» que tanta fama y reconocimiento le dieron a los nativos, así como lo contrastante de pectorales y taparrabos (mastles), puños y tobilleras con cascabeles naturales o conchas que, con grecas o dibujos formados por lentejuelas, pinturas y bordados, hacen destacar la belleza de los atuendos sobre los musculosos y bien formados cuerpos de los jóvenes y doncellas que portan esos símbolos hoy día, algunos estilizados, pero que nos remontan a su origen precuahtémico, aunque muchas veces sus pobladores desconocen el significado.

Esta mezcla simbiótica, sintética y sincrética de costumbres y ceremonias mítico-religiosas que surgen hoy por el pasado tribal de los antiguos habitantes y las que se les superpusieron desde el siglo XVI por los conquistadores –que además trataron de destruir cualquier vestigio de las culturas autóctonas–, pero que resaltan desde la época independiente con las celebraciones populares, en donde al paso del tiempo y las prohibiciones religiosas de ciertas épocas, obligan superposiciones y mimetismos inteligentes que esconden sus orígenes, provocando, a pesar de las pérdidas y los estragos, que busquemos la explicación y el origen de estos festejos y los secretos en ellos de aquella cultura sometida, perseguida y destruida con salvajismo fanático y devastador, por soldados y clérigos, súbditos de la Corona de Castilla y Aragón, que llegaron con violencia contra pueblos y territorios en Mesoamérica, para que «en los dominios de Carlos I no se pusiera el sol».

Así, encontramos la «coincidencia» de que el festejo de Zapotitlán, cuyo origen se remonta a tantas generaciones atrás que no pueden recordar los viejos –huehuetl– desde cuándo se hace; «pero en él, se echan cuetes, se hacen lumbradas y se ilumina el firmamento, por lo que lo llaman la Fiesta de las Luces», y coincide, como decía, con aquella otra fiesta que celebraban año con año aquellas siete –para algunos ocho, hasta nueve tribus salidas de Aztlán o Chicomostoc–, según aparece en los códices de la peregrinación (Xólotl y otros) y los cronistas (Sahagún, Torquemada, Durán) hasta llegar a asentarse en la cuenca de los lagos del centro del Anáhuac.

Esos nahuas-chichimecas (nómadas) que desarrollaron sus culturas en forma sorprendente y de cuyos vestigios todavía hoy se encuentran múltiples manifestaciones, podemos relacionar de acuerdo a su calendario civil, que constaba de 18 meses de veinte días cada uno, es decir, 360 días a los que se agregaban cinco o seis días, éstos cada cuatro años, de la etapa llamada «nemotemi», que consideraba a ésta de espera o desafortunada, por lo que se limitaban en sus conductas, «no tenían ni tropezaban, por ser días baldíos, aciagos o de mala fortuna», estos días coinciden en el calendario romano de Julio César, en el 708, seguido por la era cristiana, con la reforma gregoriana de 1582 –del papa Gregorio VI–, con las fechas del 28 de enero al 1 de febrero de cada año –recordemos que también éste es un almanaque solar–. Es necesario que diferenciemos este calendario civil del religioso llamado Tonalamatl, el que sólo era utilizado para efectos míticos, las adivinaciones y para las relaciones de las personas al nacer y durante su vida, con los astros, lo que también servía para ponerles los nombres. Este se dividía en 20 períodos de 13 días y aunque ambos almanaques iniciaron simultáneos su ciclo debido a la disparidad de medidas referidas a distintos movimientos, solar y terrestre, en el infinito universo, éstos sólo volvían a coincidir después de 18,980 días, es decir, 52 años del calendario, lo que completaba un siglo y por lo que los hacían hacer la «atadura de los años», provocando la ceremonia del «fuego nuevo» (texiumolpilla).

Para encontrar esta relación, nos remonta a las creencias míticas de las eras del mundo, en donde existieron esos cuatro soles, que nos han antecedido. El de agua que creó la edad blanca, llamada Atonatiuh, la que termina con un diluvio universal en donde sólo se logra salvar una pareja humana, en el hueco de un árbol, la que inició la nueva era solar, la edad de oro, con Ehecatonatiuh –sol de viento–, pero provocó tantos huracanes y tornados que mató a los hombres, aunque también logró salvarse otra pareja humana, la que se escondió en una gruta y así empiezan una tercera generación, en la edad roja, con Tletonatiuh, el que con fuego termina esa civilización, la que como en las eras anteriores, logra salvarse una pareja de hombres la que vuelve a poblar la tierra, desarrollándose en la era de ésta con la época cabellera negra de Tlaltonatiuh, pero en esta civilización perece por sustos y hambres, con la que llegamos a esta, nuestra era, la del quinto sol, «Ollin Tonatiuh» o sol del movimiento.

Con estos mitos y ritos están las tradiciones y crónicas que los viejos sabios iban haciendo la «atadura de los años», es decir, formando el siglo y cuando se iba a concluir –a los 52 años en la que, como se dijo, se reencuentran los calendarios civil y religioso, coincidiendo en su reinicio– se preparan, deshaciéndose de todos los utensilios viejos y cotidianos, de las imágenes de sus deidades y de las esculturas o representaciones de ellos, arrojando todo as las Ciénegas y acequias, al mismo tiempo que hacían su limpieza en los hogares, apagan el fuego que en ellos permanecía en el bracero y que les alumbraba, calentaba y servía para sus oficios y fines religiosos o domésticos. Esta limpieza y la extinción del fuego la hacían también en sus templos, y a diferencia de lo que cada año civil que pasaba, en este terminar del siglo, todos esperaban en suspenso la ceremonia conocida como «del fuego nuevo».

Casi todos al caer el sol se colocaban en lugares altos o sobre sus casas, dirigían sus miradas al horizonte donde debía brillar y relumbrar la nueva lumbrada que harían los sacerdotes. Durante la espera, a los niños y a las mujeres en cinta les tapaban el rostro con pencas de maguey a fin de protegerlos de los Tzitzimine (seres esqueléticos) y se les conducía a los graneros, haciendo que se movieran y que hicieran mucho ruido para permanecer despiertos (porque) si se dormían los convertían en ratones.

Cuentan las crónicas que desde la víspera, los sacerdotes se preparaban, permaneciendo despiertos y en ayunas desde la noche anterior hasta la puesta del sol, momento en que salían de los templos, iniciando una peregrinación hacia el lugar escogido, sobre un cerro, para llevar a cabo el Texiumolpilla (fuego nuevo).

Los festejos de los aztecas, último grupo náhuatl-chichimeca salido de Chicomostoc y que fundó el mayor señorío conocido hasta su época, celebró sus ceremonias en su trayecto hasta Tenochtitlán, según los códices, lugar a donde encontraron la señal que les había dado su dios Huitzilopochtli para quedarse. Sus «fuegos» se celebraron en la ciudad sagrada de Tula (1143) dirigiéndose a Coatl Icamac, siguiendo su ruta les tocó el segundo Fuego Nuevo en Apazco (1195) para continuar hasta Teopayocan (1247) y cae su cuarto siglo en Chapultepec (1299) a donde no es seguro que se llevara a cabo la ceremonia por la guerra que sustentaban contra los comerciantes cercanos para que su quinta «atadura de años» que cayera en 1351, cuando ya habían fundado Tenochtitlán y las siguientes celebraciones (1403, 1455, 1507) fueron en Huixachtitlán, entre Culhuacán e Iztapalapa.

Cabe apuntar que la fecha siempre fue en el año dos caña Ce Acatl. ♦

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* Cronista de Tláhuac. 1995

Fotografía: Facebook Colorsestudi O

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