La época de la Revolución en San Juan Tlalpizáhuac en plática con Jovita

• Recuerda cómo los ejércitos zapatistas y carrancistas nutrían sus filas con la leva

Por Jaime Noyola Rocha* (texto y fotografías) | Nosotros, Núm. 36 | Marzo de 2001

Doña Jovita Manrique es una mujer muy jovial, poseedora de excelente memoria y como ella misma dice muy «chachalaca», es decir, muy platicadora. Nació en San Juan Tlalpizáhuac hace 79 años, procede de las familias originarias del pueblo, ejidataria de las de verdad, de las que saben agarrar la hoz y segar el zacate, agarrar el pizcador, abrir el tranche y montar el pasto en el ayate. Recibió las tierras de su padre por ser hija única, pero con todo merecimiento porque su papá la «trajo en soba».

Madre de 10 hijos, cinco hombres y cinco mujeres, 28 nietos, 11 bisnietos y «por ahí se oye el rumor de que parece que va a venir otro».

Doña Jovita tiene muy bien ánimo, ha conservado la salud porque llegado el caso se dice a sí misma: «¡No me voy a enfermar! ¿No me voy a enfermar! ¡Y no me voy a enfermar!» Así que generalmente no se enferma.

Dice que de niña, «por no pasar tercero, que me llevan de ‘bichita’ a México. Como me gustó ganar dinero, trabajé después con la familia de Miguel Barrios Gómez. Yo fui su recamarera, allí ya era ‘gatita de angora’, ji, ji, ji».

Jovita se describe a sí misma como «india tlalpizahueña amarilla»… «¡Indias, bendito sea Dios! ¡Y a mucha honra! ¡Amarilla, raza azteca todavía!» Cuando le pregunto ¿por qué amarilla? «Es el apodo que nos daban a los del pueblo de Tlalpizáhuac, a los de Ayotla les decíamos ‘ayotecos’, los de Tlapacoya, los ‘tepoyanes’, los de Santa Catarina, las ‘ardillas’, y a los de los Reyes, los ‘reyenos’».

Imagen de su juventud

Doña Jovita, aprovechando su buena memoria, ¿me puede platicar cómo era el día de una jovencita en sus años mozos, cómo se divertían?

¡Claro que sí! «Yo vi el Canal de Santa Anita, cobraban 10 centavos la vuelta, de los niqueles blancos, diez centavos la vuelta, el paseo y diez la corona de amapolas. Y los muchachos que nos vacilaban, nos arrojaban huevitos con agua florida, quedaba pero olorosita y huevos pero con serpentina muy finita, ‘hácete’ de cuenta que era fideo de serpentina. Nos estrellaban un huevo y nos quedábamos como los pabilitos colgando. Esa era nuestra diversión en aquellos años, ahí en el Paseo del Canal de Santa Anita. Nos juntábamos nuestro rabanote, así bien grandote de diez centavos, bien rajadito, así con harto limón y su roña que le ponen, su color. Entrábamos a la lancha con nuestro rabanote, ji, ji. ¡Ay, que bonito tiempo! Salíamos, comprábamos una alegría o un marquesote, salíamos ‘gorriones’ todas pintadas con el marquesote».

Algunas historias de la Revolución en Tlalpizáhuac

La Revolución Mexicana azotó a muchos pueblos que se vieron sacudidos por hechos terribles, los cuales marcaron hondamente a sus pobladores, cuyas impresiones fueron transmitidas por quienes las protagonizaron a sus hijos. Son historias que a pesar del paso de los años siguen vivas y forman parte del alma de los pueblos, de su historia y de sus sufrimientos. San Juan Tlalpizáhuac es uno de esos pueblos a los que la Revolución les pasó por encima, los lastimó y les dejó muchos recuerdos.

Fotografía de doña Jovita Manrique tomada de la edición impresa de la Revista Nosotros

La emboscada de los zapatistas

«Mi papá me platicaba que cuando fue el encuentro de la Revolución acá en La Caldera, donde baja el cerro, ahí pusieron los contrarios los cañones. Entonces todos los que venían según ellos ya habían triunfado. Todos los que venían de allí, ¿verdad? Ahí atrás del bordo del río, mi papá lo llamaba calzada. Entonces ahí dice que venía toda la gente, pacíficos ya, triunfando, que ya habían triunfado. No sabían que acá estos los estaban esperando con el cañón y nomás oyeron los cañonazos y cañonazos y cañonazos. Yo conocí los casquillos, mi papá tenía un casquillo de esos. Papá, ¿qué es este fierrito? ‘¿No conoce que son los casquillos de los cañones?’ ‘¿No ve usted que volaban muchos casquillos?’»

«Los zapatistas atacaron a los carrancistas y barrieron todo, mi papacito contó, eran cientos de almas los que quedaron como cañitas. ¡Nomás imagínese! No, ellos ya venían héroes, que ya habían ganado, no sabiendo que estaban esperándoles los cañones ahí. Mi papá me platicaba que antes de que vinieran a quemarlos, porque después dice que los vinieron a quemar. Que venían los perros al pueblo con las cabezas, con brazos y venían los perros. Que decía mi abuelo grande a mi papacito, ‘recojan eso, recojan eso y vamos a llevarlo al panteón’. Y mi papá dice: ‘los echábamos en esas arpillas de maíz, entonces brazos, cabezas, lo que era’. Se lo cargaba mi papá y vámonos con un mecate y sin pedir permiso ni nada, a donde podíamos escarbábamos y ahí los enterrábamos, antes que ver que se los tragaban los perros…»

«Dice mi papito que fueron cientos de muertos, que nomás se veían como cañas a cielo abierto. Él me platicaba, cuando yo iba al campo me decía, ‘mira hija, desde aquí para allá hasta el puente, todo estaba como cañas dobladas, ¡pobrecitos inocentes! ¡Qué mortandad!’ Ahí fue donde ganó Zapata, ahí fue. A boca de jarro, así los agarró. Mi papá decía que lloraban ellos al ver tanta cosa, tanta sangre. Y vinieron después máquinas a quemarlos, a quemarlos. ¡Fíjese usted nomás que triste! Hicieron esos zanjones a enterrarlos ya los carbones, las cenizas ya, no sabe cuántos miles de gentes perdieron la vida».

«Vino la bola y nos alevantó»

Tanto los ejércitos zapatistas como carrancistas nutrían sus filas obligando a los pobladores varones a la «leva». Los pueblos quedaban desprotegidos y eran víctimas del robo y del secuestro de mujeres jóvenes. Tlalpizáhuac no fue la excepción.

«Mi papá dice que a él lo vinieron a traer, me platicó hace tiempo, pero eran lágrimas que tiraba mi sagrado padre, mas cuando ya tomaba su copita se acordaba. Dice que se lo llevaron los zapatistas junto con su hermano. Se lo llevaron allá por el rumbo de Texcoco y que el enemigo los acorraló por allá, por un pueblo, por el cerro de Texcoco para arriba. Arriba de ese cerro los acorralaron. Que había unas nopaleras, con unas pencas así preciosas y que a donde pensaron los dos que estaban perdidos, porque se echaron a correr. Y que uno le dijo al otro, ‘túmbalas, tumba las pencas’. Ya destrozaron las pencas y que se metieron debajo de las pencas con espinas. Y luego dijo mi papacito, que para no blanquear se tuvieron que haber quitado la camisa. Y que se aventaron las pencas. ¡Imagínate nomás! Y que mi papá dice: ‘¡Cerquitas de él! ¡Cerquitas!’ Que él vio cómo humeaban las pezuñas de los caballos, pasaron cerquitas de donde ellos estaban escondidos. Pasaron, pasó la tropa, pasó la caballada que iban corriendo. ¡Ay!, mi papacito me platicaba, que si hubiera parado un caballo encima, pero como estaban las pencas así, le dieron vuelta a las pencas. Y como pasaron a caballo, todos iban corriendo, pues no tuvieron la precaución de ver qué cosa había debajo de las pencas. Hasta que ya tocaron el cuerno, ya estaban lejos, quien sabe hasta qué punto de por allá de por Texcoco y que ya se levantaron a esconderse para iniciar el retroceso para atrás de Texcoco. Luego se fueron a meter a una cañadita de agua, ahí debajo de las hierbas se metieron pues a refrescarse, a quitarse las espinas. ‘Con suerte ahí nos salían las lombrices, pues ahí estábamos nomás sacando los ojos. Ahí el lodo, que casi ni agua era… ¡Ay, donde no se les antoje pasar aquí con los caballos para que beban agua!’»

Los revolucionarios quemaban las casas

Tanto zapatistas como carrancistas no eran regulares, no sabían ni de reglas de guerra y actuaban bárbaramente en contra de la población civil.

«Anteriormente como carrancistas y también los carrancistas, no se conformaban con sacar a la gente de sus jacales, sino que quemaban sus casas. Anteriormente todas las casas eran de caballete, eran de aterrado. Entonces los señores esos que andaban en la Revolución venían, prendían las casas, tiraban las casas».

Les arrebataban las tortillas de la boca

«Mi abuelita me decía que estaba con sus niños chiquitos. Ya ves que te piden de comer. Dice que tenían que hacer la humareda, la leña, pero no ahumarla, porque si veían humareda los enemigos, venían y al ataque, les quitaban lo que estaban haciendo, tortillas o cafecito. Les quitaban, venían como langostas y les arrebataban todo. ¡Ay no! Decía mi abuelita, ‘un puñito de maicito, lo llevábamos al maguey a quitarle el mechan’, ya ve usted que se raspa y sale el mechan. Lo agarraban y lo tenían que moler. ¿A qué sabía eso? Supongo yo a qué sabía eso. Y así se mantuvo la gente en pie».

A las mujeres jóvenes se las llevaban

«Es triste, me platicaba mi abuelita. Sí, hija, sí, a las muchachas, a la que estaba muchacha, a mi tía María, era señorita como de unos quince años, la tiznaba enfrente de la olla, la agarraba y le pasaba todos sus cabellos y su cara y la ponía como changuito, para que cuando pasaran los viejos esos, no la vieran que era una muchacha, porque se la llevaban. Y que solamente así las disfrazaban».

Doña Jovita en fotografía del arqueólogo Jaime Noyola Rocha

Con todo arrasaban aunque estuviera oculto

«Decía mi abuelita que donde veían que estaba escarbado así la tierra, era porque enterraban sus metales, las viejitas ignorantes, metían sus metates o cosas así en hueco».

«Donde veían que estaba escarbado, con la culata del máuser le movían. Si sonaba hueco lo escarbaban, lo volteaban a ver qué era. Mi abuelita me platicaba que con todo daban, echaban maíz en las iglesias y ahí encerraban a los caballos y a darles de comer puro maíz. Bienaventurado el que no vio aquello».

El «peste» y la viruela negra

«En tiempos de la Revolución, cuando vino la viruela negra, el peste y dice mi papá que se morían y que inocentitos, qué caja ni que caja, que nomás agarraban un petate, lo ileaban el petate y sobre de una tabla se lo llevaban al panteón y lo enterraban a flor de tierra. Nada que caja, mi papá eso me platicaba mucho. ¡Fíjese usted qué tiempos aquellos!»

Cómo dejaron nuestro pueblo

«Yo vi cuando estaba nuestro pueblo árido, solo. No había más que ladridos de perritos que te salían por aquí y otro por allá. Éramos pobres y acababa de pasar la Revolución. ¡Lo que era la necesidad Padre! Todo estaba árido, todo estaba seco. Los que tenían sus yuntitas, ya rompían el suelo y ya tenían sus maicitos. Pues ahí tiene usted que sobre de los que ya cosechaban sus granitos, sobre ellos. Tres, cuatro o cinco pasillitos de a como iba teniendo la persona. Nosotros sufrimos mucho, nosotros sufrimos mucha hambre en tiempo de la Revolución».

La persecución religiosa en tiempos de Calles

Después de la Revolución no se acabaron los conflictos, la reconstrucción del país y el retraso del reparto agrario causaron aún mucho desorden. Uno de esos conflictos que se extendieron por todo el centro de México fue la guerra cristera, una guerra causada por la intolerancia religiosa del nuevo Estado mexicano.

Doña Jovita dice: «Cuando entró Calles y que cerró los templos y que mandaba matar a los padres, ¡no, no, no, no! Mi abuelita nos levantaba temprano, decía ‘ya salió el lucero flojo, ¡vámonos hija!’ Ese era su reloj de ellos, el lucero flojo, ahora ni del lucero nos acordamos, ji, ji. ¡Vámonos a misa! Ya agarrábamos nuestro rebocito, pasaba una lucecita por allá, no era carretera como usted la está mirando, era puro camino real Padre, era pura piedra empedrada. Y cuando pasaban los aguaceros se hacían charcos en toda la carretera. Ahí nada mas se caminaban puras sémilas cargadas de maíz, de lo que traían de aquí de Chalco. Ya ve usted que todavía sigue siendo la plaza de Chalco. Bueno, pues venían con sémilas los arrieros de Santa María, de Santa Marta, los de por acá de este lado, pasaban arrierajes, unas quince o veinte bestias. Iban chifle y chifle, arriando a los animales. Entonces decía mi abuelita, ‘¡agáchense, agáchense hijas!’ Ya éramos cuatro o cinco chamacas. Íbamos a oír misa. Ahí tenían las personas una sala, así larguita, así grandecita y ahí le gustaba para que oyéramos misa».

«El padre salía con su sombrerito, con su gabancito, con su costalito, su tildita viejita para taparle el lomito al burrito. No sabían que en medio de los avíos del burrito, ahí traía su patena y todo. Entonces ahí tiene usted que ya como Dios nos dio a entender íbamos saliendo, saliendo ese año, de que no llegara a vista del gobierno, porque los agarraban y los enterraban o los mataban a los sacerdotes. Fue cuando los cristeros, ¿no? Y ve usted tanto destrozo que se hizo por ese presidente. ¡Nos vinieron a hacer maldad! A nosotros los creyentes, los inditos, ¡que creíamos que Dios nos iba a castigar! ¡Y que el diablo te ha de llevar! Y luego nos tenían pero bien atesorados, ¿no? Pero, ¿cómo vamos a desobedecer si el diablo nos lleva? Ji, ji, ji…» ♦

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* Arqueólogo

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