El doctor Juan Palomo Martínez y su fructífera labor por Tláhuac

• Los dos aros del juego de pelota de los cuales uno se expone en el atrio de la iglesia de San Pedro, fueron entregados por el doctor Palomo al entonces delegado para disfrute de nuestra cultura. Fue iniciador de la Feria de Tláhuac

Por José Eduardo López Bosch* | Nosotros Núm. 81 | Junio de 2005

Lo que alguna vez alguien calificó como «la última frontera de la gran metrópoli», se encuentra en la bella comunidad de Tláhuac, a la cual y desde hace más de tres lustros denominé en mis artículos periodísticos como «la provincia de la capital», es decir, del Distrito Federal. Y le llamo la Provincia de la Capital porque todavía en su territorio se conserva su sencillez e inocencia, que son características de la provincia mexicana, a pesar de las múltiples embestidas de la mancha urbana que impasible avanza ante el desmedido crecimiento y la sobrepoblación que padecemos.

Es de conocimiento público que en las comunidades provincianas de nuestro México, el reconocimiento y la legitimidad de las personas tienen una jerarquía, que les da la propia sociedad y que generalmente ponen en la cúspide de la pirámide social al jefe militar, al sacerdote, al médico y al profesor, para ser seguido por las autoridades políticas de la localidad, aunque en algunos casos varíen de posición, porque sus conductas hacen que se ganen o pierdan éstas, según se establezcan las relaciones con la comunidad, valores que después se pasan a los compadres y a algunos parientes que se ganan la estimación familiar.

Desde luego que esa legitimidad valorativa aumenta o disminuye, según las actividades que se van desarrollando por sus titulares y quienes los rodean, aunque en la ciudad capital, debido a la estructuración política, quien garantiza la seguridad por el monopolio de la fuerza no encabeza la pirámide de reconocimientos sociales, sino éstos se comparten entre el cura y el médico, vocación profesional al haber hechos que sus casas crezcan, cada año escolar, como los árboles frondosos, después de los exámenes y antes de entregar las calificaciones respectivas a los alumnos.

La entonces Calzada México~Tulyehualco, años después Avenida Tláhuac

En Tláhuac no somos la excepción, sobre todo cuando en el siglo pasado nos encontrábamos en el olvido de las acciones de gobierno y el abandono oficial, porque no consideraban a los pueblos rurales, no podíamos gozar del derecho a ser beneficiarios del desarrollo de la metrópoli, dejándonos en la incomunicación con el progreso de la capital, al grado de que para las llamadas telefónicas éstas eran consideradas por Telmex como de larga distancia, los taxis cobraban tarifas especiales y existían escasos autobuses que hicieran el trayecto «al centro», a pesar de que muchos vecinos tenían que ir a trabajar ahí.

El doctor Juan Palomo Martínez

Sin embargo, la gente buena y trabajadora de la localidad explicaba esa marginación, porque auto valoraban el esfuerzo y poco a poco iban avanzando, por esos hombres salidos con una sonrisa en la cara, debido a la satisfacción de sus cosechas en sus milpas y chinampas, así como teniendo logros , gracias a las gestiones realizadas con los distintos gobiernos federales, como la creación de una de las primeras secundarias, establecidas fuera de los espacios citadinos, que se fundó para la región, en Tecómitl; o la gran cisterna y las conexiones de agua, en Ixtayopan y el asfalto sobre la Calzada Tláhuac, de origen precuahtémico, que redujo considerablemente el tiempo de trayecto.

Desde luego estas gestiones se debían al esfuerzo colectivo de esas personas que integraban y realizaban en el seno de la sociedad Cuitlahuaca, siguiendo su historia, costumbres y tradiciones legadas por la cultura de los abuelos y los abuelos de nuestros abuelos.

De entre estas buenas personas destacó la labor de un joven galeno, el doctor Juan Palomo Martínez, quien no sólo siguió el juramento de Hipócrates cuando recibió su título de médico cirujano, sino que además de salvaguardar la salud de sus vecinos y de sus alrededores, encabezó exitosamente varias peticiones y movimientos sociales, como los narrados, que bnos dieron educación, proyección y reconocimiento ante la población capitalina.

Así también encabezó, junto con el inspector de la zona escolar, el profesor Pedro Páez Nieto, y su tocayo, el profesor uan Ruiz, entre otros, la aventura de crear una nueva tradición, en la que se difundieran no sólo las actividades cotidianas de los vecinos, sino las de los niños, que realizaban con gran esfuerzo y dedicación sus trabajos escolares, durante cada año.

Apenas pasado un lustro de la mitad del siglo, en 1956 dio inicio la primera Feria Escolar, Agrícola y Ganadera de Tláhuac, aprovechando la cercanía de la terminación del año escolar y la festividad fervorosa del pueblo, dedicado a la Señora del Tepeyac, la Virgen de Guadalupe, la Tonatzin, madre de la tierra y de los señores del panteón náhuatl.

El éxito de la feria provocó que al año siguiente continuara, pero el señor cura solicitó a los organizadores que se cambiara de fecha, porque «…hacía perder el fervor de la gente a la Señora del Tepeyac», petición que fue atendida, cambiándose la fecha de inicio a la celebración de las fiestas patronales de la cabecera delegacional, a finales del mes de junio, en que según cuentan las consejas y las tradiciones orales recuperadas, que este santo barón al que le advocaron el pueblo de Tláhuac, fue San Pedro, porque coincidía con las celebraciones precuauhtémicas de la fundación del asentamiento por aquellos señores Cuitlahuacas, que saliendo de su escala en Chalco, después de su larga peregrinación por tierras del Anáhuac, ya que fueron una de las siete etnias venidas de Aztlán, por Chicomostoc, y que según la historia y sus mitos escogieron para fundar su señorío en la isla que se encontraba en medio de los dos lagos del sur, integrantes de la gran cuenca.

Esta nueva tradición se ha impuesto al correr de los años, sigue cada vez más sólida, gracias a las bases que dejaron aquellos visionarios que quisieron que se conocieran, exhibiéndolos, los trabajos escolares de los niños, para que juntamente con los productos de la tierra, que cultivaban sus padres en las chinampas, sirvieran de ejemplo y superación para las futuras generaciones.

El aro de piedra de la derecha viendo la iglesia de frente, es el único original, porque el de la izquierda es hechizo, el original alguien lo mandó a Mixquic hace años

También se cuenta que en agradecimiento por haberle devuelto la salud a un vecino de la localidad, éste le regaló los dos aros del juego de pelota, que él guardaba celosamente como parte de su tradición familiar, y hoy se exponen en el atrio de la Parroquia de San Pedro, por lo que el doctor Juan Palomo Martínez se los entregó al delegado, quien de común acuerdo con el señor cura los ubicaron en el lugar que hoy ocupan para que así el pueblo pudiera disfrutar del recuerdo de la cultura de nuestros antepasados, esos famosos agoreros Cuitlahuacas. ♦

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* Cronista delegacional (1938~2015)

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