La muerte y la fiesta de los muertos en México y en otras culturas

Hasta nuestros días, la celebración de los muertos mantiene gran parte de las costumbres prehispánicas, las manifestaciones del mexicano respecto a la muerte han podido expresarse en el arte, en la fiesta y en la comida, dice el profesor Adán Caldiño Paz

Por Adán Caldiño Paz* | Revista Nosotros Núm. 98 | Noviembre de 2006

Desde que el hombre aparece en la faz de la Tierra, no tiene explicación alguna para comprender todo lo que ve y todo lo que oye, para él todo es maravilla aunque no lo interprete de esa manera por no saber hablar ni escribir ni leer lo que la madre naturaleza le brinda.

Él se sorprende al contemplar el golpeteo de las aguas de un río, el canto hermoso de las aves, el cauteloso caminar de las fieras, el increíble amanecer de la luz en la silueta de los montes que contempla, todo esto y cuanto más, fue conociendo a través del tiempo, pues la hermosura de la naturaleza ha sido sorprendente en todas las fases de su vida, y aun sin comprender ni conocer lo que experimentaba se emocionó al ver nacer a sus hijos y contrastando con esto, también sufrió la fatalidad y la tragedia cuando vio morir a sus semejantes.

Al no comprender lo placentero del fuego y la acción infernal del incendio, la candidez de la lluvia y la brutalidad de la tormenta, lo genial de la vida y lo irreparable de la muerte, sin decirlo tuvo que aceptar su impotencia ante los portentosos fenómenos de la naturaleza.

Ante toda la precocidad de la exuberante naturaleza que el hombre conoció desde que surge en la Tierra; no puede explicarse nada de lo que veía ni de todo lo que oía; razón por la cual al paso del tiempo, como aceptación de su impotencia fue creando entre su temor y su grandeza las brujas, fantasmas, mitos, misterios, cuentos, leyendas, chamanes, demonios y, más adelante, diosas y dioses a su imagen y semejanza para que lo protegieran, y en el contexto de su búsqueda, los misterios que han rodeado la existencia del hombre lo han tenido siempre preocupado ante la presencia de la vida y de la muerte y de todo lo que de ellas se deriva, el cuerpo, el alma, la creencia de otra vida, la resurrección y sobre todo el deseo inalcanzable de nunca morir.

La muerte en pueblos antiguos como Egipto

Egipto es el pueblo que más ha deificado a la muerte y por la preocupación que mantuvo ante ella, por su ritualidad y por sus ideas funerarias; hombres de la antigüedad griega llegaron a decir que Egipto era el pueblo más religioso del mundo conocido, embalsamaba a sus cadáveres desde épocas muy antiguas para momificarlos como a un dios.

El dios de la muerte era Osiris, hijo de la tierra y del cielo. Osiris fue rey de Egipto hasta que lo asesinó su hermano arrojándolo al agua de donde por buscar a su esposa lo encuentra y lo revive para procrear con él a Horus «el vengador de la muerte de su padre». Desde entonces Osiris gobierna el mundo de los muertos. Osiris es un dios agrícola y su esposa Isis es la diosa de las aguas.

Los egipsicios elaboran ofrendas mortuorias en comida pensando que su alma absorbía la esencia de dichos alimentos dejando la materia para que se alimentaran sus familiares y sus esclavos.

La muerte en Grecia

El alma de los muertos debía cruzar un río que al dar nueve vueltas en sí mismo formaba una laguna. Este río se llamaba Estigia. Al cadáver se le colocaba una moneda en la boca para que pudiera pagar el pasaje en la barca de Caronte, barquero de los infiernos; este cruce era muy peligroso, pues en la otra orilla se encontraba un perro de tres cabezas llamado Cervero que cuidaba los infiernos.

Cuando el muerto entra al inframundo llega primero a un lugar lleno de flores llamado Asfodelos, en esta región era juzgado y si había sido de mal comportamiento en la vida se iba al inframundo de los sufrimientos de las torturas y de todos los males y castigos que pudieran imaginarse; pero, si había sido de buen comportamiento en la vida se iba a los Campos Eliseos, tierra feliz, sin frío ni calor, con días perpetuos con felicidad y gloria y con posibilidad de volver a la vida.

Se les llevaba ofrenda de comida a su tumba, después de haber fallecido.

La muerte en Roma

La muerte de Viriato, líder de los lusitanos, óleo de José de Madrazo. Museo del Prado

Los romanos creían en la existencia de los espíritus de los muertos, pensaban que el espíritu de un muerto quedaba cerca de su hogar y que actuaba contra los «vivos» que lo habían atendido, por eso en los nueve, once y trece días de mayo se les exorcizaba en el festival de Lemuria, festival de los fantasmas.

A los muertos se les recordaba dos veces al año, la primera en el mes de febrero y la segunda en mayo, en estas fechas se les ofrendaban alimentos en sus tumbas.

El funeral se iniciaba con la siembra de un árbol en la casa del finado en calidad de duelo, después habían acciones de danza, de música y, sobre todo, de plañideras (lloradoras), que siguiendo el féretro acompañaban a la familia vestidos de negro, seguían el féretro junto con los hijos que se cubrían la cabeza y con las hijas que sin velo caminaban junto al difunto hasta un lugar escogido en el que estaba instalada una pira en la que se quemaba el cadáver, pero antes se le perfumaba y el familiar más cercano prendía la hoguera, se recogían las cenizas y éstas se guardaban en un panteón familiar.

Los niños y los adultos muertos por un rayo no eran quemados.

Si el muerto era humilde se sepultaba en un panteón público, pero si era un alto personaje su funeral era excelso y lujoso, con féretro perfumado y mausoleo esplendoroso ubicado en las calles de Roma.

La muerte en la India

La muerte en el Ganges, río sagrado de la India. Fotografía El Confidencial

El hinduismo, la religión más extendida en la India, creía que el espíritu después de la muerte abandonaba definitivamente el cuerpo, y por un sendero abierto por sus antepasados caminaban hasta llegar al cielo más alto donde habitaba Yama, el primer dios que murió para convertirse en el señor del más allá. Yama juzga a los muertos, tiene ayudantes, un búho y dos perros guardianes del camino de la noche.

Rudra era el dios de la tormenta y la lluvia, protector y destructor, se le identificaba por las serpientes enroscadas en su cuerpo; era un dios dual como sucedió más adelante entre los aztecas con Tláloc.

La celebración de los muertos en la India era el catorce de enero, día en el que millones de hindúes se sumergían en las aguas del río Ganges con la esperanza de que ese baño los liberara de los lazos del nacimiento y de la muerte.

La muerte, como la terminación de un ciclo en el proceso vital del hombre, contempla el Mictlán para los mexicanos, el mundo de los muertos, ese mundo que según la mitología universal, está reservado para los seres privilegiados como Odisea, que después de la guerra de Troya, para su regreso se embarca y entre muchas peripecias llega al Hades, el dios griego de los infiernos en el lugar de los muertos.

Dante el poeta, andariego acompañado de Virgilio, viajó a los nueve infiernos cristianos. Cristo bajó a los infiernos y resucitó entre los muertos, y Quetzalcóatl llegó al lugar de los muertos en el México prehispánico. Sólo esos genios de la cultura logran traspasar la cortina que existe entre la vida y la muerte.

La muerte como fenómeno universal presenta similitudes en el tiempo y el espacio, como se ha observado en culturas campesinas, el ciclo vida-muerte estaba asociada a la agricultura y la guerra, por ello, se crearon mitos que permitieron asimilar la idea de la muerte y la lógica de la guerra.

En México, el culto a la muerte es una tradición ancestral. Las manifestaciones del mexicano respecto a la muerte han podido expresarse en el arte, en la fiesta y en la comida, han llamado la atención en todas partes del mundo, pues en la mayoría de los países de la vieja Europa, hablar de la muerte se toma con escalofrío y temor.

En México, la fiesta del día de los muertos ha alcanzado manifestaciones religiosas, artísticas, alimentarias, musicales y de ingenio popular como resultado de haberse conjuntado las raíces de un México prehispánico que las lleva profundamente arraigadas en su espíritu, con las tradiciones del pueblo español.

Es justo reconocer que el culto a los muertos que practicaba el pueblo español, no alcanzó las dimensiones rituales que tiene el que ofrece a sus muertos el pueblo de México.

Dos temperamentos y dos cosmovisiones que, al fusionarse, produjeron una mezcla que generó nueva percepción respecto a la muerte.

Los elementos que participaban en la celebración de los muertos es resultado del intenso mestizaje, de manera que a la celebración indígena se sumaron expresiones diversas de la cultura occidental que trajeron los españoles.

El hombre prehispánico en México, tres mil quinientos años antes que nosotros, ya concebía el culto a los muertos, desde esos tiempos ya se acompañaba al difunto con un perro sacrificado para que lo ayudara a cruzar un río.

Posteriormente, la vida y la muerte giraban en torno a la religión y sus mitos de la creación en la agricultura y la guerra.

Algunas culturas prehispánicas eran guerreras como la azteca, que logró dominar amplios territorios de Anáhuac. La vida era corta por ser tan azarosa, como resultado de la actividad guerrera, por ello era necesario buscar una explicación de la vida, de los misterios de la muerte y de la garantía de un buen final para el cuerpo y de una sobrevivencia para el alma del guerrero.

Tal vez el pueblo prehispánico que desarrolló más el culto a los dioses y a la muerte fue el azteca, quizás por haber sido una sociedad guerrera en plenitud.

El culto a la muerte desde la época prehispánica la hemos considerado como el principal origen de la mexicanidad y la mejor referencia a la festividad de los muertos. De acuerdo con la cosmogonía mexicana el primer dios es Ometecutli (el sol).

El Dios de la dualidad, puesto que Ome significa dos y Tecutli significa Señor, o sea, Dos Señor o Señor Dos, que preside la dualidad vida y muerte, el día y la noche, la luz y la oscuridad, la felicidad y el sufrimiento; y entre sus dioses Tláloc y Huitzilopochtli, el agua y la guerra, la vida y la muerte.

Su primera obra fue crear trece cielos en los que, según la leyenda, radicaran los trece dioses que fundamentalmente rigen el destino de los mexicanos; después formó la tierra en la que pintaría el camino de los muertos.

El sol que vivifica se nombra Tonacatecutli  (el señor de nuestros mantenimientos); este sol que al caer la tarde se nombra Tzontemoc (la cabeza que cae), para que después de la tarde, al llegar la noche, este dios se llamara Mitlantecutli (el señor de los muertos) que irá a alumbrar el inframundo, donde permanecen los que mueren.

El sol que vivifica antes de llegar al zenit es llamado Tonacatecutli, el que tuvo por esposa a Tonacazihuatl, matrimonio que procreó a Quetzalcóatl y a Tezcatlipoca, así como a los dioses de los muertos (Mictlantecutli y Mictlanzihuatl) y a los masehuales o gente del pueblo.

Para los mexicas la existencia era un ciclo entre los contrarios, una percepción de la dualidad que era extensiva a los dioses, por ello concibe a dios y diosa, luz y tiniebla, bueno y malo, calor y frío, vida y muerte.

En el pueblo mexica varias deidades se relacionan con la muerte y el inframundo, pero los dioses principales de los muertos eran Mictlantecutli y su esposa Mictlanzihuatl.

Con ese concepto de dualidad, el pueblo mexica vive creyendo en la magnificencia de sus dioses, como el pueblo español llega a la Anáhuac creyendo en la santísima Trinidad y diciendo ser la máxima concepción divina.

El pueblo mexica considera que la tierra, nuestra madre tierra Tonantlalli, así como nos da de comer haciendo nacer y madurar las plantas y los frutos que nos alimentan, también nos devora cuando somos cadáveres.

Tláloc, dios de la lluvia que alimenta la tierra y el crecimiento de las plantas para dar alimentos a la vida, también es dios de las inundaciones, de los rayos, de los torrentes con los que arrima la muerte a los hombres y a la agricultura.

La concepción de la muerte en el México prehispánico no es premio para merecer el paraíso y castigo para soportar el infierno, como sucede en la concepción religiosa que trajeron los españoles. Para el México antiguo la muerte es solamente la terminación de un ciclo y la iniciación de otro, no es tragedia ni terror.

En el México prehispánico la muerte seguía tres rumbos distintos para los difuntos; primero el Tlalocan, o sea el horizonte del poniente, el lugar de la tranquilidad, el que estaba reservado para los que morían en circunstancias que tuvieran relación con el agua y los rayos, para los ahogados, los bubosos, los hidrópicos, así como los niños que morían en el vientre de la madre.

Además, el Tlalocan como un lugar de distinción era reservado para las mujeres que morían en el parto y que a los cuatro años se volverían diosas, cambiarían de nombre y les llamarían Cihuateteo (mujeres diosas) que en todas las tardes despedirían al sol para que éste se fuera a alumbrar el mundo de los muertos.

Segundo. El oriente, la casa del sol, a donde se iban los hijos o los caballeros de él, los guerreros que morían en combate, así como los hombres que murieran con todo lo relacionado con la guerra; allí en el oriente los guerreros esperarían al sol y lo acompañarían hasta el zenit, donde lo esperaban las mujeres diosas para acompañarlo hasta el Tlalocan.

Tercero. El Mictlán ubicado en el horizonte del norte, el lugar del sufrimiento, el inframundo, donde llegarían todos los integrantes del pueblo como fueran muriendo, y donde los esperaría Mictlantecutli (el Señor de la Muerte).

La imaginación indígena hizo que desde muchos años antes de Cristo, en lo que después fuera Anáhuac, las ofrendas a los muertos consistentes en comida, bebida y utensilios, ya existieran, con la intención de reconfortar al fallecido; acompañándose con una ofrenda de fuego que se expresaba con el sahumador y el copal ofreciéndolo hacia los cuatro rumbos del universo, como si fuera el mediador entre el cielo y la tierra, como si el humo junto con el fuego de las ceras fuera un vehículo de comunicación entre los vivos y los muertos.

El culto que a los muertos rinde el pueblo de México, tanto en la época prehispánica como en la colonial, así como en la contemporánea, está lleno de magnificencia, de respeto a los que se han ido y de recuerdo muy sentido entre los que aún viven. Esta expresión, sin duda, es única en el mundo; por ello, la concepción religiosa del catolicismo la incluye en su liturgia como una celebración de mucha importancia para la religión que nos impusieron los españoles, designándole los días primero y dos de noviembre del calendario gregoriano, partiendo de la concepción de que el culto a los muertos es un elemento fundamental para toda religión.

Las raíces indígenas diversas así como lo hispano con su visión medieval y católica, se unieron y después de fuertes enfrentamientos se fusionaron de manera irregular y desigual en México, para dar origen a una nación que aglutinando religiones, cosmovisiones, filosofías, idiomas, razas, sabores, fiestas y flores, ha logrado la celebración del Día de Muertos. Y, por supuesto, con la imposición de la Iglesia Católica que ha aprovechado los hábitos culturales y rituales del indígena mexicano.

A partir de 1521, los franciscanos llegados para evangelizar manifestaron que «los indios deben seguir siendo indios y no se debe tocar su forma de cultura. Todo se hará para que los ritos católicos sean accesibles a la mentalidad indígena».

¡Realidad que nunca fue conocida!

Los indios aceptaron la nueva religión en la superficie, pero manteniendo sus creencias en el fondo.

Esto obligó a los frailes a combinar ritos paganos con ceremonias católicas.

La Colonia fue el período de acomodo de dioses y demonios indígenas y españoles.

La religión católica impuso a la celebración de los muertos el rezo, la invocación a Cristo, a las vírgenes y a los santos.

Dentro de todo esto, los indios conservaron sus cultos paganos. La gente de la clase alta visitaba los panteones en la mañana y los pobres hacían su visita en la tarde. La mantilla española no debía rozarse con el rebozo de la mexicana.

Hasta nuestros días, la celebración de los muertos mantiene gran parte de las costumbres prehispánicas, a pesar de las grandes presiones de la religión católica para erradicarla. La costumbre de la ofrenda a los muertos se mantiene en México cada vez más fortalecida con nuevos elementos, pues su origen se remonta a tiempos tan antiguos como la humanidad misma, pues su finalidad fundamental es recordar a los muertos y venerar a los dioses.

En la ofrenda mexicana aparecen los cuatro elementos de la filosofía prehispánica mexica o azteca.

El fuego, representado en la flama de las ceras.

El viento, presente en el movimiento de Amaxochitl (la flor de papel).

El agua, presente en los líquidos que se ofrecen.

La tierra, representada en las frutas que le dan cuerpo a la mesa que se ofrece a los muertos que viene en su espíritu a ver si tenemos que comer, a ver si sufrimos en este mundo que ellos, antes, conocieron. ♦

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* El autor del artículo es profesor, oriundo de San Salvador Cuauhtenco. Miembro del Consejo de la Crónica de Milpa Alta

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