‘Abrazos, no balazos’, en la Independencia, y la Güera Rodríguez

11 años de derramamiento de sangre entre insurgentes y realistas

Por Manuel Garcés Jiménez*

«Toda historia tiene un aprendizaje directo e indirecto,

muchas veces el indirecto es el más fuerte.

No sólo se debe tener una buena investigación detrás de un libro,

hay que saberla contar».

Paco Ignacio Taibo II[1]

Fue el año pasado cuando recordamos que el 24 de febrero de 1821 se habían cumplido 200 años de la consumación de nuestra Independencia con respecto a España, que nos mantuvo sometidos por casi trescientos años en los que imperó la discriminación, el esclavismo y la explotación de nuestros recursos naturales bajo el sistema de virreinato coludido con el alto clero, terratenientes, hacendados, grandes comerciantes y dueños de minas, todo en manos de peninsulares.   

Con el histórico abrazo de Acatempan protagonizado en lo que entonces era territorio de la intendencia compuesta por Puebla, México y Valladolid, entre el afro descendiente Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide[2] para culminar 11 años de derramamiento de sangre entre insurgentes y realistas, llegó a la conclusión de la divergencia con abrazos, ya no más balazos entre los dos ejércitos divergentes.

Fueron muchos los hombres y mujeres conocidos y reconocidos por la historia, así como muchos anónimos que ofrendaron su vida por lograr nuestra independencia. Estos personajes bien merecen una corona inmarcesible de honor y de justicia. 

Destaca el personaje que significó María Ignacia Rodríguez de Velazco, conocida a través de nuestra historia como la «Güera Rodríguez», una hermosa mujer a la que los hombres de aquellos años admiraban y deseaban. Cronistas de la época la describen como una mujer «de hermosos ojos celestes, cabello rubio y ondulado, figura bien torneada y senos elegantes y apetecibles»[3].

El esposo de la Güera Rodríguez fue don Gerónimo López de Peralta Villar y Villamil, dueño de la Hacienda de Bojay, quien al desposarla reveló su verdadero carácter de hombre extremadamente desconfiado y violento, porque continuamente la injuriaba presa de los celos, y enloquecido llegó a golpearla en varias ocasiones. «El cura y doctor en filosofía Alejandro García Jove, párroco de Atitalaquia, donde estaba la hacienda de Bojay, narró que el muy canalla la golpeaba al verla rezar, pensando que rogaba a Dios contra él».

Mujer sumamente rica, pues poseía varias haciendas, como la de Dolores, la de San Luis de la Paz y otras en los alrededores de la Ciudad de México, así como otras más que por su lejanía jamás había visitado. Fue madre de cinco hijos, la menor se llamó Victoria, quien falleció a temprana edad por enfermiza. Don Manuel Romero de Terreros apadrinó a su tercer nieto.

Por sus intrínsecas cualidades naturales fue asediada por Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco, conocido simplemente por Simón Bolívar, a quien conoció a su paso por México rumbo a Europa.

Trató al barón Alexander Von Humboldt cuando llegó a la Ciudad de México con motivo de sus investigaciones de geografía, geología, flora y fauna, después de haber visitado Venezuela, Quito, Bogotá, Lima y otras tierras lejanas.  

A pesar de su buena condición económica y social, la Güera Rodríguez tuvo la idea de lograr la Independencia de Nueva España, para lo cual reunió a diversos compatriotas con quienes compartió los mismos sentimientos; reunió a sus amigos en una tertulia semanal en la que pudieron discutir y discurrir planes para obtener la independencia por medios pacíficos. Fueron los miércoles de tertulias en su casa del hoy Centro Histórico de la Ciudad de México, a la que acudían patriotas personajes con ideologías disímbolas, tanto republicanos como adeptos a la monarquía constitucional.

Entre los asistentes se encontraba el abogado José Manuel Bermúdez Zozaya, de ideas moderadas que invitó a Agustín de Iturbide a una de las tertulias, quien a primera vista no fue del agrado de la Güera Rodríguez al saber que había sido cruel con los insurgentes, siendo el causante de la derrota de don José María Morelos en Valladolid.

En una de esas tertulias, la Güera Rodríguez empezó a diseñar el escudo con la inclusión de un águila, símbolo de la fundación del antiguo imperio mexicano, la cual ya había sido utilizada por Ignacio Allende en las primeras banderas insurgentes esgrimidas por José María Morelos y Pavón, con los colores azul borgoña y blanco manejadas por los realistas.

La Güera Rodríguez al estar plenamente convencida de que el triunfo con Iturbide debía significar el nacimiento de una nueva nación, le propuso a éste que la bandera fuera totalmente distinta. «No obstante, por alguna extraña inclinación ella prefiguraba la combinación de blanco, verde y rojo, los colores alegóricos de las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. La blanca fe, por la devoción a dios y la Virgen de Guadalupe; la verde esperanza de construir una patria libre y próspera; y la roja caridad o amor que debían profesar al prójimo y sus compatriotas, aun a costa de su propia sangre».

Mientras tanto, los serviles que se reunían en la Profesa proponían que se gobernara por el absolutismo, alejándose de todo principio democrático. Su plan se sustentaba en granjearse el apoyo del ejército para impedir que se promulgara la Constitución, cuestión imposible porque en España los ejércitos se levantaron para lograr lo contrario.

Con la promulgación de la Constitución de Cádiz, en estas tierras renació la imprenta, además, se organizaron elecciones de regidores de ayuntamientos y diputados; se eliminaron los pasaportes, con lo que se pudo salir de la ciudad y viajar libremente, y se suprimió la Inquisición de manera definitiva.

Para la Güera Rodríguez fueron tres factores en los que se debía sustentar el movimiento de Independencia: la religión, independencia y unión. Mientras que otros afirmaban que abolir la esclavitud y el sistema de castas, como lo propuso Morelos, haciendo que todos los nacidos gozaran de los mismos derechos, sin importar el color de su piel. Pero más aún, se deberá conformar un congreso para elaborar una constitución propia, perfeccionado y ajustado a la de Cádiz. ♦

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* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta

Bibliografía:

Barba Behrens, Guillermo. La Conspiradora, Editorial Planeta. México, 2019.

González Avelar, Miguel. La Constitución de Apatzingán y otros estudios, Editorial SEP Setentas. México, 1973. Garcés Jiménez, Manuel. Sobre el Plan de Iguala. Ediciones Quinto Sol. México, 2017.


[1] Sección Cultura del periódico La Jornada, sábado 20 de febrero de 2021.

[2] Agustín Cosme Damián Iturbide.

[3] La historia desconocida de la Güera Rodríguez, «La Conspiradora», Guillermo Barba, Pag.55.

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