Son pueblos originarios ‘en la’, no ‘de la’ Ciudad de México

Han sobrevivido por su vida comunitaria

Es un error haber llamado a los pueblos originarios como de la Ciudad de México porque no son de ésta, debido a que su origen es más antiguo, son los pueblos de la Cuenca, del territorio del Anáhuac, y han resistido durante siglos los diversos procesos de ocupaciones territoriales y dinámicas espaciales que han trastocado sus territorios e identidades, señaló la doctora Martha Angélica Olivares Díaz.

Los pueblos originarios no son los de antes, dijo, se han sabido adaptar y negociar a pesar de los intensos procesos de urbanización y aparejamiento cultural, la capital es una ciudad de pueblos al grado de que han logrado su visibilidad política en la Constitución local de 2018 al tener un reconocimiento como sujetos de derecho, aunque tales derechos no ha sido fácil hacerlos efectivos.

Por lo anterior, el libro Pueblos originarios, mayordomías y cosmovisión. Resiliencia al colonialismo interno de la Ciudad de México, de Mario Ortega Olivares, es una mirada fresca a esa persistencia de discutir la relación subordinada y de despojo de la Ciudad de México que ha habido sobre sus pueblos y barrios originarios, lo que ha ocurrido desde la época colonial.

Para Ortega, citó la doctora en Desarrollo Rural por la UAM Xochimilco, los pueblos originarios son identidades culturales de larga data, desde Mesoamérica hasta nuestros días, que conservan en menor o mayor medida, según el grado de urbanización, un territorio compartido colectivamente que se caracteriza por una serie de geo símbolos que tienen un valor histórico y emocional para la comunidad muy fuerte, como la iglesia, la plaza cívica, el mercado, lugares de espacio arqueológicos, lugares de fiesta o los rituales, entre otros; pero también la existencia de «instituciones comunitarias», como por ejemplo la organización de cargos religiosos o instancias locales de gobierno.

«Son manifestaciones de convivencia comunitaria tales como las fiestas cívicas o religiosas que cuentan con su sistema de cargos, un ciclo festivo religioso y de peregrinaciones, que defienden su territorio y recursos naturales con base a la memoria colectiva que han logrado tejer, además de que realizan intercambios simbólicos con otros pueblos, como son las famosas promesas de visita recíproca con motivo de días festivos», dijo.

Los pueblos también tienen formas de gobierno basados en sistemas normativos propios, lo que es sin duda una de las vertientes más complejas debido a que el reconocimiento de sus instituciones representativas y sus formas de gobierno por parte de las autoridades del Estado es desde lo folclórico, con visiones de patrones universalistas, monoétnicas, aparejantes y paternalistas que se perpetúan por la necesidad de control social, político y económico de grupos considerados subordinados.

Con todo y la Constitución es muy difícil que sean reconocidos como otro nivel de gobierno, las autoridades locales en los pueblos originarios eran designadas por sus comunidades, pero al mismo tiempo eran contratadas como empleadas de rango inferior por los jefes delegacionales. «La expresión más acabada para Ortega son las mayordomías, que son cargos asignados a los señores originarios, pero asumidos por sus esposas, familias troncales y compadres; también conocidas como patronatos, fiscales, topiles o comisiones de festejos», indicó.

«El hecho de que estas autoridades de pueblos y barrios originarios sean designadas en forma tradicional según los usos y costumbres, no implica que sean remanentes de un pasado refractario al cambio. Como lo muestra en su trabajo Ortega el cada vez mayor número de mujeres y jóvenes que son elegidos mayordomos de los festejos patronales, ‘sin que esto signifique –como dice Guillermo Bonfil– un rompimiento y si una renovación de la capacidad de las comunidades para autogobernarse según su propio proyecto’», mencionó.

El cambio de figura unipersonal a una colectiva en el consejo autónomo de gobierno nombrado en San Luis Tlaxialtemalco, Xochimilco, y el consejo comunitario de gobierno en San Andrés Totoltepec en la Alcaldía Tlalpan, sobre la base de los derechos a su libre determinación asentados en la nueva Constitución de la Ciudad de México, ha llevado a los pueblos originarios a la defensa de sus territorios.

«Se deben seguir organizando porque las formas de despojo se vienen todavía más fuertes, como se ha podido ver en los últimos 15 o 20 años con la construcción de megaproyectos, como fue el caso de la Línea 12 del Metro, o la torre Mitikha en Xoco, Alcaldía Benito Juárez; o el proyecto Estadio Azteca, entre otros, impuesto por el gobierno de la Ciudad a pesar de la amplia oposición y movilización de los pueblos y barrios originarios afectados por el expansionismo inmobiliario y los megaproyectos gubernamentales», apuntó.

Aculturación de pueblos originarios

Ortega recurre al concepto de Ethos Barroco, desarrollado por Bolívar Echeverría, para explicar la aculturación de los pueblos originarios, primero la cristiana en nuestras tierra por la evangelización de Mesoamérica promovida por los españoles, en donde los pueblos indios intentaron reproducir el culto católico, pero sólo lograron, según su buen entender, una apropiación híbrida con sus antiguas creencias.

Este proceso de endo-aculturación y aculturación imperfecta dio origen a los festejos, rituales y procesiones que hoy se expresan en la religiosidad popular de los pueblos y barrios originarios en la Ciudad de México, los cuales, a pesar de expresar una creencia profunda difieren de la ortodoxia del culto formal.

Autora del estudio Migración y presencia indígena en la Ciudad de México, Olivares Díaz refirió que cuando los pueblos fueron asimilados a la naciente nación mexicana en el siglo XIX del México independiente, en la desaparición jurídica entre españoles a indios y la pretendida homogenización e igualdad nacional, «los indios jugaron a ser españoles, no copiando sus costumbres, sino simulando ser occidentales». Hubo una dura crítica a la posición protectora de la Corona hacia los indios y se fomentó la integración de los mismos a la nueva nación, así como la promoción de la propiedad individual mediante las leyes liberales, principalmente la de las leyes de desamortización en 1856.

Lo anterior dio como resultado la pérdida de la autonomía y de tierras comunales que se incorporaban al Municipio como nueva forma de organización político territorial y administrativa. «El resultado de ello fue la incorporación de sus tierras y de los sujetos indígenas a una nueva organización territorial, en el caso específico de los pueblos originarios en la Ciudad, su impacto se dio a partir de la creación de la hoy Ciudad de México.

Tláhuac, 1934

Olivares Díaz comentó que los pueblos, como en la evangelización, fueron imitando vivir como colonias y barrios populares urbanos, para lo cual transformaron sus paisajes, adquirieron servicios, pero conservaron formas de vida comunitaria que se oponían a la vida de ciudad, a pesar del despojo lento y gradual que han tenido.

«En la Ciudad de México el proceso de crecimiento urbano y expansión disparados desde el siglo XIX se hizo sobre los pueblos y tierras existentes –hoy conocidos como pueblos originarios– y gradualmente se transformaron en zonas habitacionales urbanas e industriales, en formas de organización rural con suelos fértiles y agrícolas, replegando y disminuyendo al espacio rural o con suelos fértiles y agrícolas, replegando y disminuyendo al espacio rural».

Presentación del libro de Mario Ortega la tarde del pasado viernes

La desaparición de los ejidos en la Ciudad de México

A decir de la integrante del Sistema Nacional de Investigadores, durante los últimos 40 años se ha perdido el 80 por ciento de tierras agrícolas y de conservación, debido a que entre los años de 1940 y 1950, existían 81 ejidos y 12 comunidades en el Distrito Federal. Para los años 70 habían desaparecido 40 núcleos agrarios; de ellos, 36 eran ejidos y cuatro comunidades.

«Junto con estos núcleos se perdieron más de 17 mil hectáreas agropecuarias y forestales que fueron utilizadas para los grandes desarrollos inmobiliarios habitacionales, financieros, comerciales y de redes viales. Se ha perdido el 49 por ciento de los núcleos agrarios. De los 93 que existían, actualmente sólo hay 46 con propiedad social de la tierra. Específicamente en la Ciudad de México el proceso de crecimiento urbano se hizo sobre los pueblos y tierras existentes –hoy conocidos como pueblos originarios– transformándose gradualmente en zonas habitacionales, urbanas e industriales, replegando y disminuyendo el espacio rural».

Suelo de conservación, 59% del territorio de la Ciudad de México

A pesar de lo anterior, explicó la doctora Olivares Díaz, en la actualidad el 59 por ciento del territorio de la Ciudad de México es catalogado como suelo de conservación agrícola, ganadero, con bosques, cañadas, lagos y humedales, que son amenazados cotidianamente con el avance de la mancha urbana y la transformación de uso del suelo –gran parte del mismo propiedad colectiva o comunitaria de los pueblos–.

«En la Ciudad de México aún existen alrededor de 154 pueblos originarios y 58 barrios, de orígenes prehispánicos o coloniales y colectivos de reciente creación  como consecuencia de los fenómenos migratorios. Si bien sobre eswto no hay un registro o censo oficial, lo cierto es que estos están reconocidos de facto por la Constitución local, nacional y acuerdos internacionales, más allá de los registros que la Secretaria de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes (Sepi) quiere hacer, que dicho sea de paso, está muy mal realizado, es anti derechos y demás. De tal manera que la Ciudad de México es el espacio urbano de mayor riqueza del país por su diversidad social y étnica».

A pesar del despojo, los pueblos originarios han sobrevivido

Para la autora del ensayo «Los pueblos originarios de la Ciudad de México, entre la civilización y la barbarie», que contiene el libro El México bárbaro del siglo XXI, los pueblos originarios asentados en la Cuenca de México han logrado persistir desde la conquista española hasta nuestros días a pesar de los despojos de territorios, aguas, cultivos y de mano de obra, como se pregunta Mario Ortega en su libro, debido a su vida comunitaria.

«Para el autor de Pueblos originarios, han sobrevivido por su vida comunitaria, apoyada en mayordomías o autoridades electas por usos y costumbres para celebrar las fiestas patronales; en familias troncales que resguardan la herencia de la tierra, cuyos niños conviven en el predio familiar, en la reciprocidad y ayuda mutua, como el tequio. Además de una rivalidad por el prestigio de carácter conjuntivo que impulsa fiestas cada día más espectaculares y que los hace visibles aun frente a la vorágine urbana.

Autora del artículo «Territorios urbanos rurales. La permanencia y resistencia de los pueblos originarios en las ciudades y su reinvención en el tiempo», publicado en el libro Expresiones territoriales latinoamericanas, Olivares Díaz refirió que los pueblos originarios en la Ciudad de México se caracterizan por la pluriactividad, combinación de actividades económicas y sociales que tienen como núcleo central la vida agrícola. Son comerciantes, maestros, trabajadores de la empresa Teléfonos de México (Telmex), estudiantes, chinamperos de fines de semana o de tiempo parcial, manejan un taxi o mototaxi, pero siempre regresan a ese núcfleo duro que es la comunidad, la fiesta, el terruño.

«Gracias a esta combinación de actividades los pueblos han podido seguir reproduciendo su cultura y en cierta medida la ciudad les ha significado una ventaja parcial, con todo y el despojo, que les ha permitido insertarse en una variedad de actividades que han logrado intercalar con la vida comunitaria del pueblo, sin perderse completamente en la urbanización. Aun es común escuchar a los integrantes de los pueblos usar la frase ‘voy a la ciudad’, o de marcar diferencialmente la vida urbana de la vida del pueblo», precisó. ♦

Continuará

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Pie de foto superior: Andrés Medina Hernández, Rosalío Morales Ríos y Martha Angélica Olivares Díaz

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