Habitantes de la Ciudad de México, ajenos a los pueblos originarios

• Cuando se fundó Tenochtitlan estos ya estaban aquí

Tláhuac tiene una fuerte tradición que se mantiene y se reproduce con sus pobladores, una conciencia cultural anterior a la Ciudad de México, porque cuando llegaron los tenochcas y fundaron Tenochtitlan ya estaban los pueblos lacustres, como Chalco y Xochimilco; Azcapotzalco, Cuautitlán, Zumpango y Xaltocan, que marcan una antigüedad mucho mayor a la Ciudad de México, señaló el doctor Andrés Medina Hernández, investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM.

«Los tenochcas sólo son un capítulo en la historia de estos pueblos, son los últimos que llegaron a la Cuenca de México, porque cuando se fundó Tenochtitlan en 1325 ya estaban las demás ciudades, y la fundaron en un islote solamente porque no había otro lugar; claro, fue una hazaña que convirtieran esa isla en una ciudad como México-Tenochtitlan, pero es la que ya después los españoles la hicieron capital nacional», explicó.

Lo anterior obliga a reflexionar acerca del origen de estos pueblos, porque los tenochcas «sólo son un capítulo de la historia y se debe comenzar a construir la propia», para «mostrar que la historia de los pueblos originarios no es la historia de la Ciudad de México, ésta se funda en el siglo XVI con los españoles, pero el resto de pueblos ya estaban aquí», por lo que «enumerar la fundación de México en 1522 solamente es hacerle el papel a los criollos».

Durante su participación en la presentación del libro Pueblos originarios, mayordomías y cosmovisión. Resiliencia al colonialismo interno de la Ciudad de México, de Mario Ortega Olivares, que se llevó a cabo en la explanada del pueblo originario de Santiago Zapotitlán en la Alcaldía Tláhuac la tarde del pasado viernes, el también etnólogo por la ENAH dijo que celebrar la Independencia en 1821 es repetir la perspectiva de los criollos que tenían el control y el poder político de la población mexicana, debido a que «la historia de los pueblos originarios es más grande, más antigua, más compleja».

El plano de Tenuxtlitan (Tenochtitlan) elaborado por Alonso de Santa Cruz incluido en la foja 341 de su famoso Islario General de Todas las Islas del Mundo

Refirió que el libro del doctor Ortega Olivares –editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco– ofrece una idea de esa complejidad, aunque «lo más asombroso es que buena parte de los habitantes de la Ciudad de México desconocen esa historia porque están ajenos a lo que pasa en toda la región de los pueblos originarios».

Lo toman como un lugar donde se realizan fiestas espectaculares, como sucede con los carnavales, «que son una fiesta efectivamente, una alegría que desconcierta a quien no conoce la historia», observó.

Ante pobladores oriundos del pueblo de Zapotitlán, así como de otros lugares de la demarcación y de la Ciudad congregados en el centro del pueblo en gran medida por Rosalío Morales, entusiasta promotor de la actividad cultural en su terruño, el investigador universitario y autor del estudio El guajolote. Un eje en la trama de la cosmovisión mesoamericana, refirió que la arqueología, la historia y la lingüística ofrecen muchos datos para poder entender los procesos étnicos que están vivos en los pueblos originarios.

Pero definitivamente, reiteró, la historia de la Ciudad de México es solamente un fragmento de los pueblos originarios, por ello, «es importante cobrar conciencia de este libro que abre una brecha en esta reflexión histórica y de identidad de los pueblos».

Ciudad de México, concentración abigarrada de inmigrantes

El doctor Medina Hernández que en todo el período colonial un sector de la población dividió a la Ciudad de México, era el núcleo español pero donde también había indios, españoles pobres, africanos, chinos y filipinos, muchos llegados con la Nao de China, lo que fue una «contribución abigarrada» que muestra los orígenes reales de la sociedad mexicana contemporánea, «y claro, los pueblos originarios estaban lejos de la ciudad».

En siglo XIX, con la diferencia entre la Ciudad de México y las comunidades indígenas, mientras la ciudad tenía su propio desarrollo económico, estas «repúblicas de indios» eran controladas por la iglesia, por consiguiente, estas son los antecedentes de las fiestas patronales.

Las «repúblicas de indios» fueron fundadas por los frailes franciscanos, agustinos y dominicos, que después establecieron los santos patrones y las rutas de peregrinación. «Toda esa trama compleja de los pueblos originarios se construye en el tejido colonial, cuando las comunidades se organizan como pueblos indígenas».

La fortaleza de la tradición en los pueblos de la región lacustre

A decir de Medina Hernández, desde antes de la conquista española en pueblos como el de Tláhuac, o Xochimilco y Chalco, ya se tenía una enorme complejidad, la cual aún se expresa en esa diversidad cultural y en la fortaleza de las tradiciones.

Todas las ciudades fueron construidas en torno a la zona lacustre de la Cuenca de México, porque el sistema lacustre constituía el medio más rápido de comunicación. «Las ciudades estaban a la orilla y había toda una red a través de los cinco lagos: Xaltocan, Zumpango, México, Xalco y Xochimilco, relató.

Para el también autor del estudio Etnografía de la cuenca de México, el carácter lacustre sigue vivo de alguna manera en la memoria de la cocina lacustre, «subsiste a través de tamales y el tipo de pescado, característicos de los pueblos originarios».

Los barrios

La división de Zapotitlán en dos barrios que hace en su obra Mario Ortega Olivares, detalló el investigador, es una forma de organización muy característica de los pueblos mesoamericanos. «Se dividían en mitades, pero también se dividían en cuatro pueblos, los sistemas son dos, cuatro, ocho. Milpa Alta tenía cuatro barrios originalmente y varios lugares tienen cuatro pueblos antiguos nucleares en torno a los cuales crecen los demás pueblos».

Esto tiene que ver con la concepción del mundo, dijo, con los rumbos del universo. «El trazado urbano refleja una concepción del mundo y este sistema delimitante de alguna manera responde a esa dualidad, de hecho el dualismo de la cosmovisión mesoamericana tiene un punto de referencia no solamente en la cosmovisión, sino en la organización del trabajo».

«La milpa originalmente constaba de dos áreas, la masculina que era la milpa, la femenina que era la cocina, con la vivienda, el traspatio, y el huerto, además de los animales domésticos. Esta división es producto de trabajar la milpa y requería de un trabajo intensivo, de muchos hombres, de familias grandes, troncales. Los huertos proveían de la mayor parte de los alimentos a las familias».

Xochimilco, fotografía de Hugo Brehme

Por ello, «estos dos barrios todavía mantienen la concepción del mundo dual y la expresan en las competencias, en las rivalidades, en las complementariedades que hacen de la propia fiesta», a pesar del control de la iglesia y del nacimiento de comunidades nucleadas, es una forma de pensar que se mantiene viva en la medida en que subsiste la lengua náhuatl, comentó.

El idioma náhuatl

El también autor del libro En las cuatro esquinas, en el centro, recordó que esta región se habló el náhuatl hasta 1970, aunque el autor del libro Pueblos originarios cita que en Zapotitlán fue hasta 1940 que hubo pobladores que lo hablaban. «En Xochimilco y Milpa Alta hay algunos reductos, como Santa Ana Tlacotenco en Milpa Alta, pero prácticamente éste ya desapareció. El marcador es 1970, año significativo por el censo de población que muestra el inicio de la desaparición de las lenguas indígenas en la Ciudad de México, aunque también es la llegada de grandes números de migrantes de todo el país. En el censo de ese año aparece que en Ciudad Nezahualcóyotl había hablantes de todas las lenguas indígenas del país, se asentaban ahí para trabajar en la ciudad, pero sin mostrar su identidad indígena, su etnia, como trabajadores, albañiles o en muchas otras actividades», relató.

El racismo de la ciudad

Medina Hernández resaltó que aun cuando en el náhuatl también es donde está la memoria de los pueblos, la lengua «se perdió por este racismo de la ciudad, por una forma de rechazo a la historia, por quitar la legitimidad a los pueblos indios de su ubicación en la Ciudad de México». A eso se debió, dijo, la invención del término prehispánico que rompe con el pasado, «pero los pueblos prehispánicos muestran que no hay tal ruptura, hay continuidad desde los lugares más antiguos como dice la arqueología, de Cuicuilo, Teotihuacan, Cuautitlán y Azcapotzalco, que son ciudades de muy rica tradición y donde la lengua náhuatl era muy importante».

Sin embargo, lamentó que el náhuatl ya prácticamente haya desaparecido de la cuenca, «hay muy pocos hablantes si es que todavía los hay…»

Los pueblos originarios son milenarios y tienen que apropiarse de esa historia que sólo atañe a la ciudad desde el siglo XVI, por lo que libros como el de Ortega Olivares empiezan a abrir brecha en cuanto a redireccionar esa historia que «trasciende lo tenochca, lo náhuatl, y sobre todo, trasciende a la ciudad en todos los sentidos», expresó.

«El libro tiene la misión de llamarnos la atención y decirnos que se mantiene la tradición, aunque ahora ya sin la lengua náhuatl, porque dependemos de la memoria de las personas que la han vivido y que la han hablado, los lugares son referentes importantes por lo que hay que rescatar aquellos que tienen referencia a la vida lacustre», asentó.

Los altepetl y los calpulli

Para el coordinador de la obra La memoria negada de la Ciudad de México: sus pueblos originarios, un elemento a destacar son las unidades políticas básicas de los pueblos mesoamericanos. «Uno es el calpulli, organización basada en el parentesco, son familias que se entrecruzan y constituyen una unidad de vínculo, por lo que la unidad política mayor es el altepetl; entonces, Tláhuac, Zapotitlán y Tlaltenco eran un altepetl; Mixquic no porque estaba más pegado a Xochimilco; pero todos eran parte de un altepetl y éste era un grupo político».

Mientras que «en Chalco y Xochimilco el altepetl les permite mantener su estructura original a través del período colonial hasta nuestros días, pero la pérdida de la lengua impide tener conciencia de este largo proceso»; aún así el calpulli es sólo una parte de la formación de barrios, reproducen una organización social que en la actualidad se ha transformado porque ya no se ve en la agricultura, hay otro proceso. «Pero en la medida en que los barrios se mantienen, se vinculan con esa antigua forma de organización», apuntó.

Lenguas indígenas en proceso de extinción

El doctor Medina Hernández refirió que oficialmente somos un pueblo multilingüe y multiétnico, «pero hay un descuido de las 364 lenguas indígenas que tenemos agrupadas en 64 familias, algunas de ellas de una gran complejidad, pero que se han despreciado, por lo que buena parte están en proceso de desaparición y nadie se ha preocupado por rescatarlas, vivirlas y alentarlas; cada lengua es un universo, una manera de ver el mundo, debemos ver eso que nos enorgullece, la diversidad cultural y étnica».

Carnavales ofrecen la creatividad de los pueblos originarios

El coordinador junto con Ángela Ochoa del libro Etnografía de los confines, aseguró que los carnavales en Tláhuac son «extraordinariamente ricos y espectaculares». «Son creaciones de cada pueblo, lo que pasa aquí en esta alcaldía es diferente a lo que pasa en otras partes, hay que registrar lo que pasa en ellos porque ofrecen la creatividad de los pueblos originarios. No son recreaciones mediáticas, van cambiando cada año y tienen elementos mesoamericanos».

Recordó que los carnavales de Zapotitlán y Tlaltenco duran un mes, el de Milpa Alta una semana, pero el de Chimalhuacán dura seis meses. «Claro, sólo los fines de semana», precisó.

Tras de comentar que en un mes el carnaval cambia a la población, calificó de «increíble que la ciudad no descubra esta euforia con cohetes, música y todo tipo de actividad artística y popular».

Origen del carnaval

El origen del carnaval es español, no cristiano, dijo. «La iglesia no quería traer el carnaval por ser de antiguas creencias de otras religiones europeas; sin embargo, la cultura carnavalesca la trajeron los soldados entre 1525 y 1528, ellos hicieron el primer carnaval, eran el populacho del ejército español, ya después lo copian los pueblos y comunidades indígenas y se apropian del carnaval, le dan un tono mesoamericano».

Comentó que en el siglo XVIII se prohibió el carnaval en las calles de la Ciudad de México debido a que «eran tan agresivas las críticas contra la iglesia que había escenas inimaginables; sin embargo, los pueblos originarios los siguieron haciendo, no estaban en la ciudad todavía, y siguen haciéndose en los pueblos originarios. Hay que recorrer cada pueblo para ver cómo son, porque cada uno ha generado su manera específica de ver el carnaval».

Se refirió e los gorilas o peludos de los carnavales como elementos significativos que encabezan las comparsas, son el «señor del monte» que van abriendo paso, pero su referente es la cosmovisión mesoamericana. Pero también está la llamada danza azteca, de los otomíes en Querétaro, que llega a la Ciudad de México a principios del siglo XX. «Tiene una historia compleja y muy rica que abarca todo lo que es la Cuenca de México, los concheros se reúnen y reivindican cinco puntos: Chalma, Los Remedios, el Señor de Amecameca en el Oriente, la Virgen de Guadalupe en el Norte y la gran reunión en Santiago Tlatelolco».

Comentó lo que el autor de Pueblos originarios dice en su libro con respecto a que los carnavales son actividad en la que entran en acción clubes, diseñadores y maquillistas, el pueblo se convulsiona con tanta hiperactividad, por eso es que dura tanto tiempo.

«Lo otro es que aparecen grupos de reinas y cada carnaval tiene la suya, son paseadas, homenajeadas, privilegiadas cada año; la mitad de Zapotitlán es de nobleza por ser descendientes de reinas, de carnaval por supuesto», puntualizó.

Para concluir, Medina Hernández dijo que se tienen muchos elementos para conocer y entender la cultura de los pueblos originarios y el libro de Mario Ortega contribuye a la reflexión de construir la historia desde sus comunidades. ♦

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