Elia Alarcón Garcés, pionera de la salud en Mixquic

En la plática con su hija se recuerda cómo era la vida en el pueblo cuando no había camiones ni médicos ni carreteras asfaltadas

Por Ricardo Flores Cuevas | Revista Nosotros Núm. 155 | Agosto de 2013

Si bien el paisaje natural en Mixquic era hermoso hace más de 60 años, con agua limpia, una gran variedad de flora y fauna y la riqueza de la producción chinampera, los primeros años del siglo XX fueron difíciles. Luego del sufrimiento que causó la revolución en Mixquic llegó algo inesperado y más grave: las epidemias. La esperanza de vida era escasa, si bien un niño nacido en la década de los 20 podía llegar más allá de los 70 años, lo cierto es que era el sobreviviente de varios hermanos que habían muerto a temprana edad. La mortandad infantil llegó a ser algo cotidiano. Las mujeres que dieron a luz en esos años no se encariñaban con sus hijos porque tenían la certeza de que muy probablemente morirían pequeños.

Años más tarde, dos personas cobraron vital importancia para el nacimiento de la vida no sólo en Mixquic sino en la región. La salud en Mixquic se vio beneficiada no por programas gubernamentales, sino por el entusiasmo de dos hijos del pueblo que fueron apoyados por sus familias. Una fue Elia Alarcón Garcés, la primera partera del pueblo, y otro que años más tarde sería el primer egresado universitario del pueblo, el médico Benjamín Roque Jiménez.

Elia Alarcón Garcés[1]

Doña Elia nació en Mixquic, en el seno de una familia católica, su mamá se llamaba Elena Garcés Peña y su papá Arcadio Alarcón Carmona, ambos originarios de Mixquic. Después conoció la iglesia Nazarena[2], se casó, tuvo cuatro hijos y muchos nietos. Creció como hija única. Fue a la escuela primaria, porque en el pueblo sólo se podía cursar hasta sexto grado, no había más. Su papá le decía que estudiara y la apoyó mucho, al igual que su abuelo, pero, ¿cómo hacerle?, decía. La escuela secundaria más cercana estaba hasta Xochimilco y no era como hoy que había autobuses, peseros o taxis. Elizabeth Ramírez Alarcón, hija de doña Elia, refiere que su abuelita tenía una hermana, la más chica. Casó muy jovencita (15 años) con un militar mucho mayor de Tulyehualco. Él dijo que a su esposa no la iba a tener en su casa, que se preparara. Como estaba muy jovencita la mandó a estudiar al Colegio Militar, con su sexto año de primaria también. Platicaron entre hermanas, le decía: «Oye, ¿si te vas a ir a la escuela?» «Sí». «Pues llévate a mi hija». «¿Me la dejas que estudie?» «Sí, sí». «¿Pero me la vas a dejar?» «Sí»…

Con esa tía se fue al Colegio Militar y ahí estudió Enfermería, hizo sus prácticas y trabajó mucho tiempo en el Hospital Rubén Leñero, donde se dedicó al área de partos desde muy chica, 17 o 18 años. Ella era la partera del pueblo en el que no había médicos. Eso fue antes del doctor Benjamín. «Ella empezó a trabajar antes de que naciera mi hermana y yo, que ya tengo 62 años, este año cumplo 63 (2009), mi hermana tiene 65 y mi mamá desde ese tiempo ya trabajaba».

«No me tocó verlo, pero decían que las mujeres se atendían solas en el parto, qué valor tenían para atenderse. Anteriormente dicen que nada más las suegras y las mamás atendían a las hijas. Como que la gente no aceptaba eso de que una joven atendiera un parto, pero siempre hubo quienes sí confiaban y empezó a trabajar en Mixquic, Tetelco, Tezompa, Huitzilzinco o San Pablo, después de que la conocían hasta recomendaban. Llegaron a venir a su casa, aquí atendía los partos, venían y se quedaban las que venían de Huitzilzinco, San Pablo, San Andrés Metla, Mira Flores».

«Antes no era como ahora, antes tener un bebé era algo que la gente ni se tenía que enterar, ni la familia. Escondían mucho, ya nada más cuando veían decían ‘¡Ya vino la cigüeña!’, no como hoy, que toda la familia se entera, antes no, eran pláticas de adultos, hasta nos sacaban a los que no estábamos a la edad de plática, ahora es muy diferente».

«Actualmente como que ya muchos están queriendo regresar a los partos normales, pero mucha otra gente ya no quiere sufrir un dolor de parto, más fácil se van a las cesáreas. Mi mamá nunca tuvo conflictos por no ser católica, al contrario[3], las personas, toda la gente que la conoció, hablaba muy bien de ella, era muy caritativa. Había gente que atendía del parto y no le pagaban, ella sólo decía, ¡ay, pobre, no tiene! Otras le iban abonando, dos, tres pesos. Tenía un cuaderno donde llevaba su relación. Porque ella pagaba sus impuestos a Hacienda, había un contador que le llevaba su libro, pagaba».

Hubo veces que una pareja llegaba por otro bebé y le decían: «Ahora sí le vamos a pagar», y así era. «A veces le traían cositas, le regalaban maicito, los que venían de por Mira Flores le traían duraznos. Su contador no era de aquí, se lo recomendaron, vivía hasta el centro[4], creo que en Tacubaya, no me acuerdo del nombre del contador, solamente que le decía su esposa el Chato. Cada que llegaba mi mamá con sus papeles decía la señora: ‘Chato ya vino la señora de Mixqui’, así decía. La señora de Mixqui le decía a mi mamá».

«Mi mamá tenía que ir hasta Tacubaya, allá por el árbol de la noche triste, medio me acuerdo, yo creo que ya ni existe».

Elia Alarcón concluyó sus estudios de Enfermería Capacitada en el año de 1952. Su certificado lo expidió la Escuela de Enfermería de la Cruz Verde

«El camino era de puro camión, nada mas había dos líneas de camiones, el Xochimilco y el Iztapalapa. El Iztapalapa se iba por Culhuacán y el otro por el Panteón Civil, el camino se hacía largo porque en tiempo de milpa no se veía nada de casas. De Mixquic a Tetelco pura milpa, había una barranca en Tecómitl que todavía está el puente, pero antes no había puente, cuando había aguaceros no pasábamos, no pasaba el camión».

«Si venías del centro te tenías que bajar en Tecómitl y la gente de ahí ponía un lacito y te ayudaba a pasar, porque (el agua) bajaba con gran fuerza la barranca, no había ni carretera, porque de lo que llovía la carretera se desaparecía y había que bajarse. En tiempo de aguas sí se sufría. De aquí para allá ya no salía la gente de noche, pero la que venía del centro sí había».

«Cuando empezó a escasear el agua aquí la gente comenzó a trabajar fuera y ya ves que en los trabajos te dan tu Seguro o el ISSSTE, y así fue como al ente comenzó a irse al Seguro, aunque mucha no se iba aunque tuviera. Seguro, sólo decía que iba a tener a su bebé en su casa, y ya iba mi mamá a atenderlas a sus casas».

«El centro de Salud de Mixquic debió haber sido como hace unos 17 años, fue cuando llegó aquí al pueblo una trabajadora que se llama, porque todavía vive, Amparo Toledo, se casó con un señor de acá, don Poncho Suárez. Mi mamá y la señora Amparo tenían muy buena relación y siempre le decía: ‘¡Échela ganas Amparito!, lo que necesite’, y ahí andaban, incluso se animaban».

«¡Uh, no tengo ni idea de cuántos partos asistió! Pero recibió hasta terceras generaciones, o sea que atendió a la mamá y a la hija o esposa de sus hijos y algunos hasta los hijos de los hijos[5]. Todos los partos eran muy interesantes, eran de tensión. Cuando tú sabes lo que estás haciendo es responsabilidad y es tensión, dentro de todo eso gracias a Dios salía muy bien la mamá del bebé».

«El último parto que atendió aquí en el pueblo fue el de una sobrina y ahorita su hija tiene 18 años, fue su último parto. Sí, trabajó muchísimo. Al poco tiempo mi mamá falleció». ♦


[1] Entrevista realizada a Elizabeth Ramírez Alarcón el 26 de marzo de 2009

[2] Tendrá unos 70, 75 años que existe la iglesia evangélica en Mixquic, según estimación de la señora Elizabeth.

[3] Una de las características de doña Elia era el respeto al credo de cada persona. Hay una anécdota que cuenta que al estar ella en casa de una de sus primas tocaron a la puerta predicadores testigos de Jehová, ella les dijo que no volvieran a ir a esa casa, pues su familiar era libre de profesar su credo.

[4] Se refiere a la ciudad.

[5] La madre del autor de este artículo fue atendida durante su embarazo y parto por doña Elia, una de las cosas que maravillaban y causaban confianza era la precisión de sus cálculos, como decirle a mi madre: «Nos vemos mañana en la casa»… «Pero no siento nada»… «Mañana hija», y así fue.

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