Secreciones del cuerpo femenino en rituales nahuas

En relatos, la autora encuentra fragmentos que relacionan a la vagina con una chalchihuitl, es decir, con lo precioso

El cuerpo humano –tanto femenino como masculino– divinizado por el sacrificio en las celebraciones religiosas del Valle de México como el de las veintenas, es analizado por Katarzyna Szoblik en su estudio «La importancia del cuerpo femenino y sus secreciones en la mitología y en las prácticas rituales de los antiguos nahuas», con base a los testimonios escritos de los conquistadores, misioneros e indígenas cristianizados.

Como parte del libro De dioses y hombres. Creencias y rituales mesoamericanos y sus supervivencias (Universidad de Varsovia e Institut de Recherches Intersites Etudes Culturelles de la Universidad de Toulouse), la autora resalta las similitudes y diferencias entre los cuerpos y encuentra contextos de carácter religioso en los que se hace uso de alguna parte del cuerpo femenino o su secreción, excluyendo la sangre, cuya máxima importancia es obvia y la presenta en el análisis de las fiestas.

El cuerpo femenino en el rito del sacrificio

Conforme al calendario de las fiestas de las veintenas, la autora bosqueja cierto esquema de celebración que se repite en la mayoría de ellas. Todo empieza con la parte preparatoria –el ayuno, la preparación de las víctimas y la organización del espacio–, seguida de una acción sacrificial (la muerte de los cautivos o esclavos junto con el o la personificadora de la deidad) que es el punto principal de la fiesta, después del cual llega el tiempo de relajamiento de los participantes seculares (los convites, la borrachera y los bailes) y de ritos de purificación (el baño ritual y la expulsión de la deidad) practicados por los sacerdotes.

Katarzyna Szoblik refiere que «el sacrificio humano tenía una doble dimensión. Por un lado, se sacrificaban los cautivos de guerra y esclavos cuya muerte convertía sus cuerpos en la comida divina; por el otro, se mataba también al personificador de la deidad misma. El objetivo principal del sacrificio era proporcionar el alimento al Sol ya la Tierra, de acuerdo con la condición de macehualli –que se podría traducir por ‘el merecido’– heredada por cada hombre en el momento de su nacimiento. Los hombres eran ‘merecidos por la penitencia de los dioses que con su sacrificio de sangre […] hicieron de nuevo posible la vida en la tierra’ (León-Portilla 2001: 246), lo que les obligaba a devolver el don, y los regalos más apreciados eran su sangre y vida».

No obstante, la autora cita la observación de Katarzyna Mikulska (2008: 276), en el libro La historia de los mexicanos por sus pinturas, que «en la sociedad nahua los encargados de la alimentación del sol y de la tierra eran los guerreros», y por ese motivo «la mayoría de las víctimas sacrificiales reportadas por los frailes eran los hombres, cautivos de guerra, de entre los cuales se elegía también a los teteo imixiptlahuan –imágenes de los dioses–, es decir, a los que iban a representar a los dioses». Suposición, dice Szoblik, apoyada por datos arqueológicos proporcionados por Alfredo López Austin y Leonardo López Luján, al comentar el número de víctimas encontradas:

Degollados en honor del dios de la lluvia

«Si sumamos los datos de cuatro proyectos arqueológicos exitosos en el área, el total es de 126 individuos. De estos, hay 42 niños –mayoritariamente de sexo masculino y afectados por anemia, parasitismo y enfermedades gastrointestinales– que fueron degollados en honor al dios de la lluvia y un niño más, muerto por cardioectomia y dedicado a Huitzilopochtli. El segundo grupo está integrado por 47 cabezas de adultos, casi todos hombres, cuyos cráneos y las primeras vértebras se encontraron en los principales ejes arquitectónicos de la pirámide».

Otro grupo lo conforman tres cráneos con perforaciones en los pectorales, lo que indica que proceden del tzompantli, edificio donde se exhibían las cabezas como trofeo espetadas en estacas de maderas; así como 33 máscaras-cráneo que representaban a Mictlantecuhtli, dios de la muerte; se trata de la porción rostral de los cráneos, adornada con concha y pirita para figurar los ojos, y con cuchillos de sacrificio para simular nariz y lengua. (López Austin y López Luján 2008: 28).

En el Volumen V de la obra, «De dioses y hombres. Creencias y rituales mesoamericanos y sus supervivencias», Katarzyna Szoblik apunta que en cuanto a las víctimas femeninas, parece que las mujeres morían en el sacrificio solamente en ocasiones muy específicas: «bien cuando se festejaba a las diosas, que necesitan las personificadoras femeninas (como por ejemplo Toci en Ochpaniztli; Huixtocihuatl es Tecuilhuitontli, o Xilonen es  Huei Tecuhilhuitl), bien cuando el personificador del dios festejado moría junto con una deidad femenina asociada con él (por ejemplo en la fiesta de Quecholli,  cuando el xiptla de Mixcóatl moría acompañado de Coatlicue).

Las compañeras de los soldados solteros

Un caso especial podrían desear las ahuianime, explica Szoblik, que eran las compañeras de los soldados solteros en sus diversiones en la casa del canto, llamada cuicacalli. En la descripción de la ahuiani proporcionada por los informantes de Sahagún en el Libro X del Códice Florentino leemos: tlacamicqui, suchimicqui, tlaaltilli,teumicqui, teupoliuhqui (FC X: 55): «la que muere sacrificada, la que muere la muerte florida, la esclava bañada, la que muere ante los dioses, la que se destruye ante los dioses» y en el párrafo siguiente: tlaaltilnemi, mosuchimiccanenequi (FC X: 55): «vive como una esclava bañada, imita la muerte florida». Sin omitir mencionar que Torquemada informa que en algunas ocasiones las «alegradoras» se presentaban voluntariamente al sacrificio.

Las partes íntimas del cuerpo femenino y sus secreciones en el ritual

Hablando de las partes íntimas del cuerpo vamos a referirnos a las que, de modo más o menos directo, aluden a la sexualidad y, en consecuencia, fueron percibidas por los nahuas como sensuales. El órgano más relacionado con la sexualidad femenina era por supuesto la vagina, denominada en náhuatl con los términos siguientes: tepilli, nenetl, cocoxqui (FC X: 124), teniendo en cuenta que los dos últimos tienen más de un significado: Nenetl, «la natura de la mujer, ídolo, o muñeca de niños» (Molina 1992: F. 68r), cocoxqui: «enfermo, o cosa marchita» (1992: f. 24r). En otras palabras, parece que la vagina podía ser percibida de dos maneras: la positiva –como órgano de placer, que puede servir para divertir–, y la negativa –como el origen de la suciedad, el miembro enfermo–. Esta suposición encuentra su reflejo en los relatos míticos e históricos de los antiguos nahuas.

Así nació la unión de la simiente de Quetzalcóatl y la vagina de Xochiquetzal las flores. En el sentido metafórico, podemos entender este mito como el origen del amor carnal, cuya patrona era dicha diosa.

Mujer con chalchihuitl en la vagina

En relatos histórico-míticos Szoblik encuentra varios fragmentos que relacionan la vagina con una chalchihuitl, es decir, lo precioso, que en muchos contextos sirve para denominar a los objetos o personas de máximo valor (por ejemplo en chalchihuitl en atl: «agua preciosa», «luna sangre»). Uno de estos relatos narrado en los Anales de Cuauhtitlán (C.A. 1975: F. 51); se lee que en el tiempo del reinado de Motecuzoma el Viejo éste fue cautivado por una mujer que tenía un chalchihuitl en la vagina, lo que causó que el tlatoani no solamente «no la hizo su esclava ni amante, sino que la envió para que recogiera su tributo en las provincias».

Otros casos recogidos en el manuscrito de Cantares mexicanos, es el de una mujer que lleva el nombre Calchiuhneno  («Vulva de jade» o «Muñeca de jade»). Pero también está la princesa Chalchiuhnenetzin, hija (o, según otros relatos, hermana) del tlatoani  mexica Axayacatzin, que según varios autores (Tezozomoc 1975: 117-119, Pomar 1991: 121) fue despreciada por su marido Moquihuixtli, gobernante de Tlatelolco, quien no quería acostarse con ella «por lo fea que era»:

« A la princesa Chalchiuhnenetzin le hedían grandemente los dientes, por lo cual jamás se holgaba con ella el rey Moquihuixtli. […]»

También en los Anales de Cuauhtitlan Katarzyna Szoblik encuentra que «la vagina de la princesa pronosticó la caída de Tlatelolco» porque, según el relato, «produjo la guerra contra Tenochtitlán»:

Moquihuixtli reinaba en Tlatelolco, pero éste «hacía muchas maldades con las mujeres». Precisamente, una hija de Axayacatzin, rey de Tenochtitlan, era la mujer de Moquihuixtli; y esta señora refería todo en Tenochtitlan:

«Cuánto eran las secretas pláticas guerreras de Moquihuixtli las comunicaba a Axayacatzin. Por este tiempo escandalizó Moquihuixtli con muchas cosas a la ciudad. (…) A la señora hija de Axayacatzin por entre las piernas le metía la tabla del brazo, del codo a la muñeca, y con la mano le tentaba algo dentro de sus partes. Y dicen que habló la natura de la señora y dijo: ‘¿Por qué estás afligido, Moquihuix? ¿Por qué has abandonado la ciudad? Nunca será; nunca amanecerá». […] Luego comenzó la batalla, que se libró el día 5 quiyahuitl (lluvia) del (mes) Teucylhuitontli, en la que fueron destruidos los tlatilolcas (C.A. 1975: F. 55)».

La vagina como fuente de suciedad

En lo que se refiere a la idea de la vagina como fuente de suciedad, enfermedad o peligro, Szoblik retoma la idea desarrollada por Felix Báez-Jorge (2000: 341-375), quien ve las relaciones entre la idea de la cueva como lugar de comunicación entre los mundos, de donde proviene la vida, pero a la vez, que lleva al mundo de los muertos; y el mito de «vagina dentada» presente en varias culturas mesoamericanas hasta el día de hoy (por ejemplo el volcán Chichonal en Chiapas es considerado una mujer de vagina dentada por los zoques que habitan el área). Además, la vagina, como un órgano que toma parte en el coito, podía ensuciar el ayuno, que entre los aztecas consistía, entre otros, en la abstinencia sexual, y se practicaba antes de la mayoría de las fiestas. La relación sexual era también considerada el momento en el que el tonalli abandonaba el cuerpo de su dueño, exponiéndose a varios riesgos relacionados con la falta de su capa protectora (López Austin 1984 1: 240). En otras palabras, el contacto del miembro viril con la vagina podría causar varios daños, comenzando por la profanación del ordenamiento divino, hasta el riesgo de la pérdida del tonalli.

En el plano mítico, la autora del ensayo cita a Graulich (1990: 69-75), cuando refiere que las relaciones sexuales ilícitas con la mujer prohibida «producen la ruptura de la unidad entre el cielo y la tierra. La consecuencia de la transgresión fue la expulsión de los dioses del lugar de la Pareja Suprema y la introducción de la muerte en el mundo». Olivier (2008: 264-265) «ve en el pastel amputado de Tezcatlipoca, el seductor responsable de la transgresión en Tamoanchan, el sustituto del miembro viril que fue devorado por la tierra en el momento de la fecundación».

La leche del pecho

Según Muñoz Camargo, la leche del pecho podía ser usada para adivinar el futuro. Como apunta el autor de la Historia de Tlaxcala, los tlaxcaltecas, al querer pronosticar el resultado de la batalla contra los tepanecas, «buscaron una doncella muy hermosa que tenía una teta más grande que la otra, la cual trajeron al templo de Camaxtli y le dieron a beber un bebedizo medicinal»… (Muñoz Camargo 2003: 105-106).

La leche del pecho, dice Szoblik, «además de ser un símbolo de la maternidad, parece estar vinculada también con la sexualidad femenina». Como indica en su análisis, Tlazolteotl, Xochiquetzal y Mayahuel «son diosas representadas como madres, pero también tienen características de mujeres lujuriosas. Así, por un lado, denotan la fertilidad, simbolizada –especialmente en el caso de Mayahuel– por la leche del pecho, y por el otro, la carnalidad, sin la cual la reproducción sería imposible».

La leche femenina aparece también en otro contexto guerrero. Según la relación de Diego Durán (1967 2: 263) Moquihuixtli, gobernante de Tlatelolco, «al verse ya casi vencido por Tenochtitlan, envió contra las tropas mexicas a las mujeres equipadas con utensilios domésticos, como husos o palos de tejer, que al enfrentarse con los guerreros sacaron a mostrarles sus órganos genitales y esparcir leche de sus tetas sobre ellos». Según la interpretación de Cecilia Klein (1994: 238), «tanto los utensilios domésticos arrojados a los mexicas como la exposición de las partes íntimas, podrían ser unas armas mágicas que constituyen una contraparte de las armas tradicionales masculinas». Como plantea esta autora, «el cuerpo desnudo de la mujer en la ideología mesoamericana podría denotar agresión, que en este caso estaría dirigida contra las tropas del invasor».

«Las mujeres en cuestión y también eventuales madres, parece tener su base en la ideología nahua que claramente comparaba la reproducción y el parto con la guerra. Las mujeres de Tlatelolco que iban acompañadas de sus hijos, extrayendo leche de su pecho y esparciéndolo sobre los enemigos, eran entonces consideradas unas verdaderas guerreras, que ya han conseguido su primer victoria en el campo de batalla en el momento de dar a luz», destaca Szoblik. «El cuerpo femenino y sus secreciones», de Katarzyna Szoblik, forma parte del Volumen 5 –De dioses y hombres. Creencias y rituales mesoamericanos y sus supervivencias– de la serie Encuentros 2010, patrocinada por la Asociación Polaca de Hispanistas, dirigida por Urszula Aszyk. ♦

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