Cultura popular que no se renueve, tiende a desaparecer

Los habitantes originarios de Iztapalapa –como se autonombran– imaginan el pasado indígena como un proceso que fluye sin rupturas

Las manifestaciones de la cultura popular que no se renueven, desaparecen, aseguró Rosa María Garza Marcué, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

En Iztapalapa, por ejemplo, el significado de los vestigios arqueológicos en el Cerro de la Estrella se apoya en la compleja red de ceremonias y tradiciones que «se renueva o refuncionaliza cotidianamente».

Integrante del Proyecto de Investigación Antropológica Cerro de la Estrella (PIACE), cuyo objetivo primordial es salvaguardar el patrimonio cultural del sitio mediante su declaración como Zona de Patrimonio Cultural, destacó la importancia de proteger el patrimonio cultural tangible representado en su entorno natural.

Pero también, vestigios arqueológicos y monumentos históricos, así como el patrimonio intangible que se lleva a cabo en diferentes actividades de carácter ritual, festivo y recreativo que «dan sentido y permanencia a los habitantes de Iztapalapa».

«Esta protección –agregó–, se hace patente durante los festejos de Semana Santa, representada por dos sociedades religiosas: el Comité Organizador de Semana Santa y la Sociedad de Nazarenos de la Parroquia de San Lucas, establecida en 1896».

Para la antropóloga, la primera de estas sociedades es «mediática», mientras que la segunda incorpora a la comunidad de Iztapalapa representada en sus ocho barrios.

Sin embargo, «esto no crea confrontación y demuestra que el patrimonio cultural tangible e intangible, pueden crear armonía social».

De ahí que el elemento constitutivo de su identidad sea, en ambos casos, la reconstrucción de su pasado, clara conciencia de la continuidad histórica colectiva que los lleva a decir «Iztapalapa, cuna de la mexicaneidad».

Los habitantes originarios –como se autonombran– imaginan el pasado indígena como un proceso que fluye sin rupturas y que establece una secuencia entre el presente y el antiguo mundo mesoamericano.

Es decir, «como una continuidad histórica colectiva con un dejo de nostalgia que los compele a recordarlo e intentar perpetuarlo en el presente», aunque para los más viejos, la desecación del sistema de lagos en la zona, por ejemplo, «marca el fin de un pasado generoso», ya que el pasado agrícola-chinampero se recuerda como una época de abundancia en Iztapalapa.

No obstante, la tradición lacustre y chinampera pervive en las ofrendas del Día de Muertos, por ejemplo, en las que es posible encontrar pescado, charales, pato, pipían con lengua de vaca y ahuautle, destacó Garza Marcué.

«La Semana Santa –recordó–, forma parte de las 50 fiestas que se realizan en Iztapalapa durante todo el año, celebración que destaca por su compleja organización ritual que descansa en el sistema de cargos. Hasta el momento se han identificado alrededor de 90 mayordomías y 300 mayordomos, en quienes se sustenta la organización festiva».

Las celebraciones representan un gran esfuerzo colectivo donde el trabajo y los gastos económicos que realizan los mayordomos e integrantes de los barrios, refuerzan la identidad comunitaria, el sentido de pertenencia y la memoria histórica, elementos constitutivos del patrimonio cultural de este pueblo. ♦

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El presente texto data de mayo de 2007

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