La obra que reconcilió a tlatelolcas y tenochcas tras la Conquista

Recrean la vida de los habitantes de los lagos del Anáhuac

El infortunio de la Conquista reconcilió lo que hasta entonces había sido un odio fraternal entre tenochcas y tlatelolcas. Una manifestación suprema de ese dolor colectivo que se abría a un nuevo orden es Cantares mexicanos, manuscrito de mediados del siglo XVI en el cual se observa que hubo cierta continuidad de la cosmogonía nahua después de este evento histórico, señaló el doctor Salvador Reyes Equiguas.

Descubierta por el historiador José María Vigil a inicios de la última década del siglo XIX, Cantares mexicanos, está relacionada con otras obras como Miscelánea sagrada y Romances de los señores de la Nueva España, localizada en la Universidad de Austin, Texas. Por ello, se ha convenido que varias de las piezas contenidas en ellas, provenían de una tradición canónica que, con modificaciones, perduró tras la Conquista.

El especialista del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, explicó que la vasta oralidad nahua prehispánica fue parcialmente reconstruida en tiempos coloniales tempranos, quedando atrapada en la «luminosa prisión del alfabeto», como lo dijo el padre Ángel María Garibay, quien fue el primero en emprender la traducción de Cantares mexicanos, encomiable labor que continuó Miguel León-Portilla con sus discípulos.

«Hoy sabemos que la historia oral entre los nahuas se escribía y se cantaba, así lo asientan testimonios de sabios que registraron su propia tradición, como Chimalpahin y Tezozómoc, y el conjunto de colaboradores de fray Bernardino de Sahagún. Si bien, no estamos en condiciones de asegurar que los cantos se escribían en tiempos prehispánicos, sí podemos acceder a su contenido, dado el venturoso uso del alfabeto en su registro», explicó.

Algunas fuentes sin las cuales sería imposible acceder a esa antigua oralidad, son fragmentos del corpus sahaguntino, provenientes de los códices Matritenses y Florentino, los citados Romances de los señores de la Nueva España, y Cantares mexicanos, que el propio Salvador Reyes calificó como «tesoro que es piedra angular y zócalo de la literatura mexicana».

Durante una conferencia, el experto se centró en el michcuícatl o canto de peces, incluido en los folios 43 al 46 de ese manuscrito; así como en el canto de riego, folios 56 al 60. Mientras el primero equivale a un poema histórico, porque son «cantos que deben entenderse como una búsqueda de conciencia histórica, pues tratan sobre temas que interesan a la vida de un pueblo: la definición de un origen común o de un territorio»; el segundo entra en la categoría definida por León-Portilla como yaocuícatl, canto que impulsaba la guerra o que relataba los hechos en las batallas.

Acerca del proceso de gestación de ellos, el investigador señaló que, sin duda, deben asociarse al Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, centro de creación colectiva donde convivieron la tradición renacentista y los saberes indígenas, y se produjeron textos como los códices Florentino y De la Cruz-Badiano.

No obstante que en documentos tlatelolcas de época colonial temprana, éstos insistían en destacar su valentía frente a la cobardía de los habitantes de México-Tenochtitlan; en Cantares mexicanos, los hermanos mexicas: tlatelolcas y tenochcas, zanjaron sus viejas rencillas y se unieron en el dolor.

El propio padre Garibay apuntó que estos cantos debieron ser transcritos a mediados del siglo XVI, lo que se deduce a partir de ciertos datos históricos que contiene, como la mención a la muerte de fray Juan de Zumárraga, en 1548; en un momento en el que ya se había superado la discordia fraternal y antes de su representación de la aparición de la Guadalupana en el Tepeyac, en 1562.

El doctor Salvador Reyes indicó que un aspecto esencial de estos cantos es el escenario natural trazado en ellos. «El espacio y los elementos del paisaje que estructuran la geografía sagrada de los nahuas, es relevante en esta obra, pues la vida lacustre brindaba los recursos para el sustento, al tiempo que era el reflejo de su pensamiento religioso y su cosmovisión», dijo.

«En el michcuícatl, los cantares recrean la vida de los habitantes de los lagos del Anáhuac, en tanto que, en el canto de riego, el agua misma es el elemento central del discurso. En un fragmento del primero, el canto de peces, se alude a la impronta de la evangelización, señalando que el desconocimiento de dios los hacía peces imperfectos, pero también evocaba el dolor de la Conquista que acabó con su pueblo, recordando al último tlatoani, Cuauhtémoc», refirió. Por último, precisó que que la adopción del cristianismo debió ser un acto irreversible para los mexicas, que por fuerza debieron resignarse, quizá, como un mecanismo de defensa: «El dilema existencial que experimentaron los mexicas es una constante en los cantos. Si en antaño los poetas se preguntaban sobre la veracidad de la existencia y su fugacidad, buscando consuelo en la amistad y el placer de los aromas de las flores y tonos de los cantos; ahora la duda existencial se trasladaría al sentido de la vida en el contexto cristiano». ♦

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