La creación del primer ser

No hay mucha diferencia en construir el pensamiento científico, con base en física, química, matemáticas; o el pensamiento humanista moral y religioso, teológico, teosófico, pues por encima de ambos está la búsqueda de trascender

Por: Dr. Adán Echeverría

La vida es dolorosa y decepcionante. Por lo tanto, es inútil

escribir más novelas realistas.

Michel Houellebecq

«la ambición última de esta obra es saludar a esa especie infortunada y valerosa que nos creó. Esa especie dolorosa y mezquina, apenas diferente del mono, que sin embargo tenía tantas aspiraciones nobles. Esa especie torturada, contradictoria, individualista y belicosa, de un egoísmo ilimitado, capaz a veces de explosiones de violencia inauditas, pero que no dejó nunca de creer en la bondad y en el amor. Esa especie que, por primera vez en la historia del mundo, supo enfrentarse a la posibilidad de su propia superación; y que unos años más tarde supo llevarla a la práctica. Ahora que sus últimos representantes están a punto de desaparecer, nos parece legítimo rendirle este último homenaje a la humanidad».

Con esta revelación concluye Las partículas elementales (1998), novela realista y al mismo tiempo de ciencia ficción del francés Michel Houellebecq. Y al leerlo casi te caes de espaldas por el mágico truco literario en que el autor ha sostenido la historia de dos hermanos: Bruno Clément y Michel Djerzinski, que comparten a la misma madre: Janine Ceccaldi; o más bien comparten el rechazo de su madre, así como la poca presencia de sus padres en sus vidas. Desde niños Bruno es abandonado con sus abuelos maternos, mientras que Michel es llevado a vivir a casa de su abuela paterna.

«Los fastidiosos cuidados que reclama un niño pequeño pronto les parecieron, a la pareja, poco compatibles con su ideal de libertad personal, y en 1958, de común acuerdo, mandaron a Bruno con sus abuelos maternos a Argel».

«En el dormitorio del primer piso había una peste insoportable; el sol que entraba por el ventanal iluminaba con violencia las baldosas negras y blancas. Su hijo reptaba torpemente por el suelo, resbalando de vez en cuando en un charco de orina o de excrementos. Guiñaba los ojos y gemía sin parar. Al percibir una presencia humana, intentó huir. Marc lo cogió en brazos; aterrorizada, la criatura temblaba en sus manos. (…) Desde ese día, Michel vivió con su abuela».

Al que le va peor es a Bruno, sin el cuidado de sus padres que no se comunicaban con él, tuvo que vivir la muerte de sus dos abuelos antes de los 11 años, y en el velorio de la abuela escuchó a sus padres discutir qué harían con él: «decidieron encontrar un internado y que su padre se lo llevaría a París los fines de semana. Su madre intentaría llevárselo de vacaciones de vez en cuando». En ese internado, el pequeño Bruno es humillado, golpeado y abusado sexualmente por otros chicos más fueres que él que no pasan de los 14. La construcción que Houellebecq realiza de la educación adolescente en su novela, revela mucho de nuestra sociedad: «A la mayoría de los chicos, sobre todo cuando forman pandillas, les gusta infligir humillaciones y torturas a los seres más débiles. Al principio de la adolescencia, sobre todo, el salvajismo alcanza proporciones inauditas».

Michel, en cambio, a pesar de tampoco crecer con sus padres, pues incluso a su madre no vuelve a verla sino hasta su lecho de muerte 40 años después, la vida en casa de su abuela, en una zona rural, le permite un crecimiento con algo de amor, disciplina, pero cargado de una terrible soledad, que el chico aprovecha imbuyéndose en aprender sobre ciencia: «Michel juega rara vez con los chicos de su edad, pero no se lleva mal con ellos. Lo consideran un poco aparte; tiene excelentes notas en el colegio, lo entiende todo sin esfuerzo aparente». Lo anterior lo hace construirse hasta ser considerado, cruzando los 40 años, como un «biólogo de primer orden».

Como lector asistimos a las terribles consecuencias de esas infancias de abandono, a la falta de capacidad para las relaciones personales sanas, a la búsqueda implacable de una vida sexual que pueda sostener, o apuntalar, el yo, el ego, y el súper yo de nuestros personajes. Bruno, divorciado, repite su infancia en el abandono de su hijo varón. En busca siempre de una pareja con la que pueda cumplirse las fantasías sexuales que, de alguna bizarra manera, su madre le ha metido en el inconsciente:

«soy tu madre, precisó. No añadió que ella misma había iniciado a David (…) David tenía entonces trece años. La primera tarde, se había desnudado delante de él y le había animado a masturbarse. La segunda tarde, ella misma le había masturbado y se la había chupado. Al final, el tercer día, él pudo penetrarla».

«Yo había ido a pasar una semana a casa de mi madre (…) Dudé unos segundos y luego tiré de la sábana. Mi madre se movió y por un momento creí que iba a despertarse; entreabrió ligeramente los muslos. Me arrodillé delante de su vulva. Acerqué la mano a pocos centímetros, pero no me atreví a tocarla. Volví a salir para hacerme una paja».

El sufrimiento de su hermano Bruno, sumado al abandono de sus padres, la muerte de su abuela, y al final ver morir a la única mujer que quizá pudo haber amado, hicieron que Michel, ya no sólo se refugiara en la ciencia, sino que construyera un protocolo de investigación y experimentara en la realización de una teoría que con los años derivaría en que Hubczejak replicara los trabajos de Michel hasta convencer a la Unesco de financiar su investigación para presentar una «nueva especie creada a partir de los trabajos de Djerzinski, (donde) todos los individuos serían portadores del mismo código genético».

Hubczejak había concluido, luego de leer los dolorosos textos de Michel Djerzinski, mitad filosofía científica, mitad biografía, que: «la humanidad, en la fase a la que había llegado, podía y debía controlar la evolución general del mundo, y sobre todo podía y debía controlar su propia evolución biológica».

«La creación del primer ser, el primer representante de una nueva especie inteligente creada por el hombre ‘a su imagen y semejanza’, tuvo lugar el 27 de marzo del 2029, justo veinte años después de la desaparición de Michel Djerzinski. En homenaje a él, y aunque no había ningún francés en el equipo, la síntesis se llevó a cabo en el laboratorio del Instituto de Biología Molecular de Palaiseau».

«Quedan algunos humanos de la antigua raza, sobre todo en las regiones sometidas durante mucho tiempo a la influencia de las doctrinas religiosas tradicionales. Sin embargo, su tasa de reproducción disminuye todos los años, y su extinción parece inevitable».

¿Cuál es aquella línea entre el conocimiento superior, el dominio de toda ciencia, y la capacidad de usar ese talento para fines extremos? Houellebecq pretende darse cuenta.

No hay mucha diferencia en construir el pensamiento científico, con base en física, química, matemáticas; o el pensamiento humanista moral y religioso, teológico, teosófico, pues por encima de ambos está la búsqueda de trascender.

Al final, aquel pensamiento, aquella construcción fanática, tendrá su semilla en las relaciones de la infancia de aquellos que al volverse adultos reclamarán su pertenencia a la sociedad; una sociedad que los arropó o lo escupió durante su crecimiento.

¿Hacia dónde nos conducirá la biología molecular? ¿A una crisis pandémica como la del 2019-2020? ¿Acaso el autor francés pudo preverlo en 1998? «El futuro será femenino», redacta el personaje de Houellebecq, puesto que pretende una simpleza: Si no vas a dedicarte a tus hijos, mejor no los tengas. O mejor que nadie tenga hijos. No, mejor que nadie tenga sexo: «la humanidad debía dar nacimiento a una nueva especie, asexuada e inmortal, que habría superado la individualidad, la separación y el devenir».

Mejor aún que todos los humanos logren el control de sus placeres. Para que nadie se embarace por error, y que todo nacimiento sea programado en pro de conseguir alguna meta, algún objetivo, que dicho nacimiento sea in vitro. Al final, que quien programe dicho control sea el Estado. ♦

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Fotografía superior: Andreu Dalmeu /SHUTTERSTOCK

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