Ramiro Rodríguez, protector de la palabra en el Noreste

Se trata de un autor con carrera literaria de más de 25 años

Por Adán Echeverría

Amarás al poema sobre todas las cosas.

Ramiro Rodríguez

Desde 1998, en la presentación de su poemario Claustros vedados al penitente, Ramiro Rodríguez señala: «La poesía no es solamente un manojo de líneas organizadas o desorganizadas sobre la superficie de papel (…) La poesía es un fantasma ubicado más allá del entendimiento y comprensión humanos». En el 2012 el autor reconstruye este poemario, titulando ahora solamente «Claustro»; modifica los versos, pero no su estructura; sigue apoyándose en la métrica: la décima, coplas de 12 versos, sonetos y romances.

Sin embargo, desde 2008, notamos en su obra que el poeta abandona la métrica y se decide por el verso libre; y con el poemario «Íngrima la ciudad» se hace del Premio Estatal de Poesía convocado por el gobierno de Tamaulipas; dicho poemario ganador fue publicado en la Colección Nuevo Siglo del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA) en el 2011, y para el 2021 el autor lo recuperará, añadiéndole una traducción al inglés de los poemas, realizada por Robert Rashkin; así, el poemario ganador es reeditado en su versión bilingüe (Íngrima la ciudad / Solitary the city, 2021).

Si consideramos su primer poemario Claustros vedados al penitente, de 1998, podríamos estar ante un autor con una carrera literaria, con obra publicada, de más de 25 años. Sin embargo, he podido rastrear su obra hasta 1990, dentro de una antología titulada Matamoros poético, de 1990, cuando el autor contaba apenas con 24 años de edad y ya escribía:

«¡Liberen la justicia!

Déjenla volar como el viento

(…)

Permítanle florecer en este mundo»

Recordemos que la Guerra fría, como la conocimos (capitalismo contra comunismo) termina con la caída en 1989 del muro de Berlín, pero igual el dos de agosto de 1990 Irak invade Kuwait, lo que daría inicio a la Guerra del Golfo Pérsico. Nelson Mandela es liberado de la cárcel. Y en ese año, un joven poeta mexicano que vive en la frontera con los Estados Unidos dice: «¡Liberen la justicia!» Los autores, los poetas, somos cronistas de nuestro propio tiempo.

Para el 2008, el autor abre su poemario Cosmogonía de la palabra con «Los diez mandamientos del poeta».

1. Amarás al poema sobre todas las cosas. / 2. No crearás el poema en vano. / 3. Santificarás la estructura del poema. / 4. Honrarás al pueblo en el poema. / 5. No matarás la cadencia del poema. / 6. No usarás el poema en actos impuros. / 7. No plagiarás. / 8. No dirás falso testimonio con el poema. / 9. No crearás poemas ordinarios. / 10. No codiciarás los poemas ajenos.

Y es más que notorio que el autor plantea, desde ese preciso instante, cuál es el camino que seguirá su construcción poética, y qué significado tiene el escribir poemas, en su vivir y transitar la vida; nada menos que como un verdadero aedo: cantor de poemas de la antigua Grecia, y por antonomasia: poeta en toda la extensión de la palabra, creador en cuerpo y alma del poema, tomando la palabra como a un dios: «Amarás al poema sobre todas las cosas»; dueño de un oficio y quizá incluso con una misión: la de Ser Poeta.

«Un día la poesía me llamó y me pidió que le sirviera», escribió el poeta Efraín Bartolomé, eso justo me parece encontrar como rasgo de apropiación en la obra poética de Ramiro Rodríguez.

Fruto de ese vivir en carne propia la construcción poética, Ramiro Rodríguez ha dedicado la vida completa al estudio, lectura y construcción de la palabra, dejando como testimonio su labor como tallerista y editor, convirtiéndose no sólo en un protagonista, sino en un impulsor y protector del oficio de la palabra en el noreste de México: «Honrarás al pueblo en el poema», ha escrito.

Es por eso que desde 2005, y con el apoyo de algunas amistades, el 7 de julio había fundado ya el Ateneo Literario José Arrese, que para 2010 ya se había consolidado como una editorial con el acrónimo (ALJA), desde donde ha pretendido brindar apoyo y reunir a las plumas de su generación, junto con aquellas que van naciendo.

Este 2022 se estarán cumpliendo 17 años de sesiones de tallereo, reuniones en torno al proceso de creación literaria, lecturas, consejos, proyectos, que cada año han ido consolidándose bajo la dedicación del poeta, del escritor, del profesor Ramiro Rodríguez. Un Ateneo Literario José Arrese que ha visto pasar la pluma de una treintena de escritores, que poco a poco han ido forjando la tradición literaria de la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, y del Valle de Texas, sosteniendo incluso un encuentro de escritores bajo el nombre de: Letras en el Estuario.

¡Volvamos!

Luego de leer «Claustros vedados al penitente» (1998), que luego sería reeditado en «Claustros» (2012); el autor lanza «Cosmogonía de la palabra» (2008) desde donde traza con mayor presencia su camino creativo: endiosar a la palabra, ponerla en el centro de su universo creador:

«La palabra es suculencia fugaz,

vianda preparada para los dioses,

fruto maduro para morderse,

para masticarse con dientes de piedra,

para tragarse sin el temor de atragantarse;

la palabra es suculencia inolvidable»

(del poema «Secreto a voces»).

«El poeta es dueño de la lengua».

«El poeta es guardián de versos perdurables».

«El poeta se perpetúa en palabras húmedas».

Y si uno presta atención, con las palabras «lengua», «húmedas», «suculencia», «fruto maduro para morderse», el poeta Rodríguez comienza a paladear a la mujer, como mujer palabra; a la mujer, como un ente sexual vuelto poema. Mujer paridora, mujer amante, mujer noche inmensa, mujer palabra, mujer creación, hasta consolidar dentro de su poética a la mujer casi sinónimo, o recreación, de todo poema.

Pensar en la noche, es saberse preso del insomnio que causa el amor y el deseo por la mujer, como lo es el amor por la literatura, por el amor a la creación literaria. El amante con insomnio que tiene que levantarse de noche, de madrugada y escribirle a ella: Mujer-Poesía.

«La palabra es habitante aquí,

la tengo agazapada aquí,

ensartada en el culo aquí».

(…)

«la palabra me habita aquí

(…)

deshabita mi desgracia aquí».

(en el fragmento III del poema: «Sabores»)

¿Sabes cómo se puede descubrir que se es escritor? Cuando una frase, una historia, un verso, no te deja dormir, y tienes que levantarte en la madrugada, porque tienes que sentarte a escribir y corregir.

En su más reciente libro Detente, sombra, publicado en noviembre de 2021, Rodríguez escribe:

Cuando la noche

«Cuando las carretas atravesaron la noche

y los montes y otra vez la noche»

Juan José Amador

Cuando la noche llegue hasta mi cama

y a la puerta y al tragaluz y a mis ojos de obsidiana,

las hormigas trepan por mis piernas.

(la idea del insomnio: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche» / «Una vez, al filo de una lúgubre media noche»; ¿cuántos momentos nos brinda la literatura al respecto?; el poeta Rodríguez lo sabe, y se deja conducir)

La noche vibra / la noche,

insectos que rondan el resplandor de las lámparas.  (he acá las ideas revoloteando en la mente del hablante lírico, insectos que rondan el resplandor…)

La noche muerde las puntas de mis dedos, (tac tac tac, suena la máquina de escribir)

la noche crepita en los oídos —incendio de hojarasca—   (el poeta leyendo en voz alta sus versos, para escuchar cómo suenan, la oralidad de toda creación literaria, sonidos y silencios)

inicia la procesión que me arroja al destierro (el poeta se pierde en sí mismo, en la creación de su obra, su cuerpo ahí, deshabitado, porque la mente, el alma del poeta fluye sobre ese desierto donde las letras son como granos de arena y el poeta, desde ese infinito formarás las palabras y oraciones, y versos que su obra necesita)

El camino se abre / el camino me abraza  (toda construcción literaria es un camino que el poeta decide tomar, caminar, recorrer)

y la noche se abalanza como enjambre en el viento  (la noche se ciñe sobre el autor, sobre el poeta, sobre su casa, sobre su cuerpo y mente)

en el umbral de mi casa.  (Del poemario Detente, sombra, 2021)

En el poema «El fuego y la poesía», de César Moro (1903-1956), observamos como el hablante lírico pasa del estado de fiesta y algarabía, a la soledad y la creación poética. Estos son los versos finales de aquel tremendo poema:

«El alba acecha para asestarnos su gran golpe

Ciegos dormidos

un árbol ha crecido

En vano cierro las ventanas

miro la luna

el viento no ha cesado de llamar a mi puerta

la vida oscura empieza»  (es hora ya de la depresión, es hora ya de la oscuridad; leamos de nuevo ese poderoso: «el viento no ha cesado de llamar a mi puerta»)

y repasemos lo que escribe Ramiro Rodríguez: «y la noche se abalanza como enjambre en el viento / en el umbral de mi casa».

Se perciben momentos similares: el viento que golpea con fuerza y quiere entrar a donde se encuentra a solas el hablante lírico. Me agrada notar aquella semejanza en la idea.

También Fabián Casas (1965) nos ha retratado la creación poética, y la revelación de verse solo en la oscuridad.

Sin llaves y a oscuras

Era uno de esos días en que todo sale bien. 

Había limpiado la casa y escrito

dos o tres poemas que me gustaban.

No pedía más (en esta primera parte del poema se percibe el Ego del hablante lírico)

Entonces salí al pasillo para tirar la basura (el caos que somos los humanos)

y detrás de mí, por una correntada (el viento, la naturaleza que no puede ser domada)

la puerta se cerró (lo que se siente que te cierren las puertas: angustia, soledad)

Quedé sin llaves y a oscuras

sintiendo las voces de mis vecinos (la percepción de los otros, que no importaban)

a través de sus puertas.

Es transitorio, me dije (la confianza);

pero así también podría ser la muerte (la revelación):

un pasillo oscuro,

una puerta cerrada con la llave adentro

la basura en la mano (no somos más que polvo en el universo).

De forma similar, podemos ver que Ramiro Rodríguez sostiene la idea de la creación en su obra, de la noche creadora, del trabajo, el oficio de todo poeta que se hunde dentro de la noche, para iluminar con la palabra la hoja blanca, y los ojos de los posibles lectores.

«La noche muerde las puntas de mis dedos

la noche crepita en los oídos —incendio de hojarasca—

inicia la procesión que me arroja al destierro.»

Una vez que nos va quedando claro, dentro del recorrido por la obra del poeta que estamos estudiando, que los temas sobre los que el autor construye su propio universo es esa inmensa idea de servir y servirse de la palabra, de ser escritor a toda hora, de ser la reencarnación posible de uno de esos aedas, así como protector de la palabra, de la literatura, en este noreste de México. Con esa revelación, miremos más de sus libros, y disfrutemos:

Ritual de la tierra (2012) es un libro dividido en cuatro fragmentos: «De la tierra», «De la sal», «Del origen» y «De la muerte».

En el aparato «Del origen», para mi gusto el mejor logrado, rescato este poema que de nueva cuenta hace patente la tesis que me animo a sostener:

Palabras

Las palabras quedaron dispersas

a la sombra del árbol

a la orilla de veredas sin tiempo ni memoria,

entre la espalda y el pecho.

Y yo quedé vacío como espuma

sin lengua en la memoria,

gravitando en los ciclos interminables

del universo.

(Ritual de la tierra, página 82)

pero como hemos apuntado, la revelación del reiterativo tema de la Creación Poética sigue mutando y se deja perlar en la posible seducción; pareciera que el autor le escribe a la mujer, y se erotiza en ella, y en el placer que decide prolongar, pero en las lecturas uno descubre que aquella mujer recipiendaria de sus búsquedas literaria, en sus amores, desencuentros, e incluso con sus orgasmos, no es más que la misma Creación Poética, la Poesía, la Mujer como Creadora, no como Musa; no, el poeta no pretende eso, sino darle vida, carne a la palabra en cuerpo poderoso de la mujer:

«Es mi amor como es el mar, / brutal de aguas y profundo». (En: Claustro, 2012).

«Hoy por hoy eres mi hoy / fuiste ayer hojas al viento» (acaso no lo es todo poema que nos golpea el plexo)

«Mírame al nacer la noche / donde la ausencia reclama / donde la sombra derrama / mi presencia» (de nuevo pareciera que el hablante le habla al poema).

Así el poeta abre su poemario ganador (Íngrima la ciudad, de 2011) diciendo:

«La ciudad abre sus piernas / a las lenguas de la noche (…) / La memoria se desdienta / con los enjambres del desvelo».

«La mujer se desdobla de palabras / para un pretendiente incorpóreo / en frondas de árboles».

Dentro del poemario Lascivia (2013) la tesis anterior (Mujer-Creación Poética) se hace poderosamente clara:

«hazaña memorable

cadencia de sílabas tónicas que deambulan

como aves en páginas desnudas»

(en el poema «Épica», pág. 19)

«en la hierba digo tu nombre para que tiemblen los peces

hundimiento en palabras sin letras ni aire

tu cuerpo de leche aguarda el conjuro perpetuo

duermes de música y cadencia y rostro

duermes en brazos que llevan el espesor de mi nombre»

(del fragmento III, del poema «Eros», página 78)

Ya desde 1998, Rodríguez apuntaba: «Dejo que mi pluma se recree por sí misma, que marque su propio itinerario, que busque su propio cauce hacia la sublime experiencia de la poesía. No lo he logrado aún. Tal vez nunca lo logre» (En Claustros vedados al penitente, 1998). Y sin embargo, con la disciplina puesta al servicio del poema, del recorrer las posibilidades, el poeta va encontrando el tema Mayor: la Creación Poética, la Entrega al Oficio de Escribir, de ser Poeta, hasta vincular a la Creación Poética, el oficio mismo, como la Mujer-Amante que lo posee, y que se deja poseer por un poeta capaz; una vez conquistada la tierra, conquistado el Tema Central de su poética, Ramiro Rodríguez puede adelantar el tema que desea: así habla de la amistad, recorrer la familia, los viajes, la playa, el mar, las arenas, los ríos, todos partes de su mundo poético, formadores de su obra.

Ramiro Rodríguez señala también: «El poeta posee un don que lo distingue de los hombres. Es posible que yo lo carezca porque para ser poeta no basta la mecanización y la práctica» (En: Claustros vedados al penitente, 1998).

«¿Quién soy yo? No, no lo sé.

No hay huella que me conduzca»

(«Claustros», 2012)

La duda del poeta sobre si está en el camino correcto. La humildad y el reconocimiento al esfuerzo cotidiano. No es el talento el que se amerita, sino la disciplina, la búsqueda constante de la revelación. Y por ello el tema familiar, el tema de las amistades, de la mujer amada, que le brinden seguridad a la exploración de su creación:

En Ritual de tierra (2012) el autor trasciende su propia historia:

Hombre de pocas palabras

«Mi padre es hombre de pocas palabras

dice más cuando calla mientras me mira

y articula el lenguaje de la mirada.

Es reservado en sus acciones.

A veces uno piensa en la aridez de la tierra

pero muy dentro hay frutos exquisitos.

Mi padre mira hacia la calle, por la ventana

se confunde con rostros del pasado,

regresa a su infancia en la Sultana del Norte,

toca el rostro de sus padres

con un beso de ‘buenas noches’.

Mi padre piensa en su tierra de origen

pero no dice palabra mientras me mira».

(Ritual de la tierra, pág. 73)

Es un poema hermoso, con una ternura familiar digna de rescatar y celebrar: saber que adentro de la tierra «hay frutos exquisitos», evidencia la relación del hijo con el padre. A pesar de la «aridez» en el trato, en la rudeza de aquel hombre, existe el amor y cuidado por sus hijos: «frutos exquisitos», las bellas memorias que el hablante lírico sostiene y los sostienen: «no dice palabra mientras me mira».

Es notorio que también a Ramiro Rodríguez le parece necesario poetizar respecto del acto creativo compartido con aquellos que lo sienten igual que él:

«Me gusta que te guste la poesía,

me gusta que te apasiones por la palabra.

La poesía nos hace entes más humanos

y es benéfico  

                      para los astros.

La palabra poética nos inunda en el campo,

en mares indómitos de la lengua.

Corremos por caminos rocosos del sol

y nos petrificamos

en la catarsis

                     de la materia.

Me gusta que te guste la poesía,

me gusta que te abalances sobre los insectos

para fabricar estatuas

                       en la memoria

que abras el frasco de la creación compleja

de líquidos suaves,

                       de aromas rotos

y navegues sobre el oleaje de los pájaros

en intento

                 de conquistas el viento».

(«Ritual de la tierra», pág. 77)

Hijo único

«Soy el hijo desnudo del sol

mis dedos el fuego

mis ojos el vientre fijo del incendio

vibro como hierba en la noche

tirito en el trópico

se extingue mi nombre de polvo.

Soy el hijo rebelde del sol

mi madre es aquélla con ojos de luna

mi hermana el oleaje del mar

y tiemblo y salto y me muero

en labios de piedras a la orilla del río

en el viento.

El hijo unigénito del sol

mi lengua es chispa de luz

palabra sin letras

el hijo que siembra semillas de salmos

en el rostro de la tierra».

(En «Ritual de la tierra», pág. 83)

En la presentación del poemario Poemas a propósito (2012) el autor señala: «La palabra es herramienta indispensable para cavar superficies ásperas, para labrar la tierra y depositar las semillas de la visión personal de las cosas». Posteriormente podemos leer:

«¿Qué mares de silencios me hacen hombre

de lengua muerta que en espuma asciende».

Y de nuevo estamos frente al poeta mirando hacia el mar, redescubriendo la memoria, forjadora de los paisajes y ficciones que construirán cada poema. En Detente, sombra (2021) leemos: «hay una especie de niebla / en las ventanas circulares de la memoria» (…) «Llega la madrugada / y me encuentra sin palabras frente al espejo».

En 1998 el autor escribía: «¿Quién soy yo? No, no lo sé.» (Claustros vedados al penitente), y para el 2021 deja escrito: «Levántate, / no te enamores —como sombra— del polvo. / Algún día serán uno solo».

La creación poética como búsqueda trascendental y única es lo que percibo en la obra poética de Ramiro Rodríguez (de 1998 a 2021); más de 20 años cincelando la marmórea roca de la Poesía, como él la concibe, como un todo que inunda cada espacio de su búsqueda. Ojalá más autores tuvieran esa vitalidad y esa dedicación, ese saberse poeta, recrearse dentro del oficio, y sin reparos. Por todo lo anterior, es Ramiro Rodríguez el poeta protector de la palabra, y del oficio literario, en el noreste de México.

Ramiro Rodríguez. Nuevo Laredo, (1966). Radica entre Brownsville, Texas, y Matamoros, Tamaulipas, México. Escritor y Editor. Escribe poesía, cuento y ensayo. Editor.  Premio Estatal de Poesía Tamaulipas 2008 (ITCA) y Premio Estatal de Poesía «Altaír Tejeda de Tamez», 2008 (SET). Desde hace más de diez años dirige la editorial: ALJA Ediciones.

Algo de su obra publicada:

Poemas: Claustros vedados al penitente (1998); Claustros (1998); Cosmogonía de la palabra (2008), Íngrima la ciudad (ITCA/ Conaculta, 2011; con una edición bilingüe español/inglés en 2021), Destiempo (2012, con una primera edición en el 2002); Transmutación (2013), Lascivia (2013); Poemas a propósito (2012); Ritual de la tierra (2012); Defragmentación poética (2012); Angahuan (2014), Repetición de muros (2015), Detente, sombra (2021).

Prosa: Sin oficio ni beneficio (2012); Estropicio interior (2014); Mala intención (2018); Los líos de Pancho Chano (2019).

Ensayo: El juicio neurótico (2020).

Antologías o Compilaciones preparadas: Letras en el estuario (2008); Voces desde el Casamata (2010); Brevedad urbana. Antología de microrrelato en la ciudad (2012); Confusión de cuerpos. Antología de poesía erótica (2013); Rara ubicuidad. Antología de poesía, narrativa y ensayo (2013); Tengo una soledad. Antología de poesía, narrativa y ensayo (2015); Ciudad de palabras. Poemas para andar por las calles (2016); Visión de un instante (2017); Cuento contigo. Letras para niños y adolescentes (2018); Daños colaterales (2020). ♦

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