Los aportes mexicanos a la tradición de Navidad

Las posadas, el nacimiento, la piñata y la Flor de Nochebuena símbolo universal de la Navidad, tienen profundas raíces prehispánicas

Octavio Raziel García Ábrego

El apego de los mexicanos a sus tradiciones y el empecinamiento de los primeros evangelizadores en nuestra tierra, produjeron un singular sincretismo, apunta el periodista Octavio Raziel García Ábrego –fallecido el tres de diciembre de 2019– en un artículo publicado por la revista Comunidad Conacyt en su número correspondiente a diciembre de 1978.

En la actual temporada de fin de año, cuando las tradiciones cristianas se aúnan con las mexicanas, el periodista apunta que las primeras adoptan de la nueva tierra las posadas, la piñata, el guajolote y la flor de Nochebuena.

«El profundo apego del pueblo náhuatl a sus creencias religiosas dificultó a los misioneros y evangelizadores del siglo XVI el desarraigar muchas de las costumbres y prácticas de los indígenas por lo que optaron por incoporarse a la religión católica, lo que dio lugar a que ceremonias autóctonas, otrora dedicadas a Huitzilopochtli, Tezcatlipoca, Tláloc, Tonantzin, y demás dioses aztecas, sean en la actualidad agradable tributo en las solemnidades cristianas y parte relevante del folklore nacional».

Para Raziel, «la asimilación por el catolicismo, en México, de celebraciones y cultos nahuas, tiene importantes exponentes. Entre los más arraigados en el pueblo tienen especial relevancia la veneración a la virgen de Guadalupe, cuyo templo se erigió en el sitio donde existió el dedicado a Tonantzin, ‘nuestra madre’ o ‘la madre de los dioses y los hombres’, y al que desde el siglo XIII acudían peregrinos de todas las regiones y rumbos del mundo náhuatl, algunas de ellas tan alejadas como Coatemallan (Guatemala), tal como acontece hoy día; otra fuerte tradición que heredamos de las culturas prehispánicas es la celebración del ‘Día de Muertos’; finalmente, dentro del tema que nos ocupa, todo indica que ‘las Posadas’ también tienen sus más fuertes antecedentes en la religión Náhuatl».

Estas celebraciones, recuerda el autor del artículo, tenían lugar después de las de Tonantzin y antes de la de los Tlaloques.

«Motolinia señala, al referirse en especial a estas fiestas de fin de año –apunta Raziel–, que ‘celebran (los indígenas) las pascuas del Señor y de Nuestra Señora y de las advocaciones principales de sus pueblos con mucho regocijo y solemnidad, adornando para estas fiestas sus iglesias muy graciosamente con los paramentos que puede haber…’ y más adelante agrega que ‘por ende ha de pasar la procesión hacen arcos triunfales, los cuales adornan con diversidad de rosas, de que hacen escudos grandes y chicos de labores de las mismas rosas, y asimismo piñas muy de ver’…; todo este camino que ha de andar la procesión tienen enramado de la una parte y de la otra, aunque a veces va un tiro de ballesta y dos, y el suelo cubierto de juncia y espadañas y hojas de árboles, y entre esto también rosas de muchas maneras, y a trechos altares para descansar».

Según Sahagún –cita el periodista–, «a los diez y seis días de este mes (14 de diciembre) todos los populares aparejaban ofrendas, para ofrecer a Tláloc».

«Esa fiesta tenía características que pueden señalarse como coincidentes con nuestras ‘posadas’, su duración de cinco días era previa a la llegada de los tlaloques, los dioses del agua. Se erigía un altar en el cual representaban las montañas más significativas del paisaje mexicano y solían agregar pequeñas figuras humanas. Las figuras objeto de veneración eran conducidas del Calmecac a las casas de quienes participaban en la celebración para finalmente quedar en el domicilio de quien las había elaborado. Eran fiestas domiciliarias a las que asistían otras personas convidadas. La música estaba a cargo de los niños», apunta el comunicador.

«Su celebración –continúa –, en días cercanos a la Natividad, hizo posible que esas fiestas se convirtieran en un novenario para esperar ya no a los Tlaloques, sino a Jesús. El altar indígena fue transformado en el ‘nacimiento’, que también es un paisaje en buena parte cdampirano y las montañas, sin desaparecer totalmente, fueron sustituidas por los peregrinos José y maría, a los que después, la imaginación popular fue agregando otros elementos como pastores, animales y finalmente ‘Los Reyes Magos’. Los cánticos autóctonos se trocaron en letanías y otros rezos, todos ellos cantados para su mejor aceptación por los indígenas. La costumbre de conducir de un sitio a otro las antiguas imágenes ofreció una magnífica oportunidad para enseñar a los nativos el paisaje bíblico del peregrinar de José y María, hasta llegar a Belén».

Las piñatas

García Ábrego relata en su artículo que para los antiguos pobladores del altiplano, el aspecto agrícola tuvo importante papel, por lo que en la época en que se recordaba a los muertos –temporada de cosecha en gran parte del país– los nativos de la región rompían ollas que derramaban las benéficas lluvias o bien ricos frutos resultado del favor de los Tlaloques.

Sin embargo, la costumbre de las piñatas tiene su origen, de acuerdo con diversos cronistas, en las «saturninas» italianas, fiestas romanas dedicadas al dios Saturno.

El guajolote

«La costumbre de cenar pavo o guajolote, y de utilizar como elemento decorativo de esta época la flor de nochebuena, se ha universalizado y se le atribuye, con gran frecuencia, un origen estadounidense. Empero, el pueblo náhuatl recibía el año nuevo con platillos y tamales de guajolote –huexólotl– y adornaban sus hogares y calles con cuicaxóchitl –(flor de canto)– flor de nochebuena».

Refiere que fray Bernardino de Sahagún es extenso en los detalles de las fiestas de Izcalli, en su relato aflora la alegría del momento de aquel pueblo. «Habla de sus bailes, su areito, como él les llama, de la algarabía y risas de los niños y de los cantos. Motolinia, más concreto a las celebraciones ya en el período de evangelización cristiana, deja entrever la pervivencia de viejas costumbres asimiladas al catolicismo».

El guajolote resultó un magnífico platillo para los españoles, dice Octavio Raziel, quienes a raíz de la conquista, lo llevaron a España y de allí se extendió a toda Europa.

Flor de canto

«Uno de los regalos más poéticos que México ha dado al mundo es, sin duda, la flor de Nochebuena, símbolo universal de la temporada navideña», escribe el periodista.

«La Cuicaxóchitl, literalmente ‘flor de canto’, es la flor del invierno mexicano. Los náhoas, según parece, aun cuando puede obedecer al oído español poco acostumbrado al idioma náhuatl, la designaban con varios nombres: Cuitlaxóchitl, flor de excrementos, debido al látex que destila la planta al herirle la corteza y que es irritante para la piel; Cuetlaxóchitl, flor triste, que se marchita, porque, efectivamente, esta flor que dura larga temporada en la planta, se marchita pronto cuando es cortada; y Cuicaxóchitl,  flor de canto, que es seguramente el más acertado, pues solían denominar a las plantas y las cosas por sus particularidades más sobresalientes, y su belleza, su colorido, debió dar el nombre a la planta y los otros atributos que le son secundarios».

Recuerda que Hernando Ruiz de Alarcón, hermano de Juan de los mismos apellidos, escribió un tratado sobre supersticiones indígenas, y en él describe a la planta como originaria de las cercanías de Taxco. «Dice Ruiz de Alarcón que por ser esta flor consagrada por los antiguos como símbolo de pureza, porque su nombre quiere decir ‘flor que se marchita’, perecedera flor, como lo es la de la pureza, convirtióse en Flor de Navidad, Flor de Pascuas y Flor de Nochebuena».

García Ábrego incluye en su texto lo sucedido hace «unos 150 años», cuando el gobierno de Estados Unidos envió como embajador a Joel R. Poinsett, gran conocedor de las cosas de nuestro país, y en una visita que hizo a la iglesia de Santa Prisca, en Taxco, observó un nacimiento franciscano, adornado con unas extrañas y grandes flores rojas que finalmente lo cautivaron, se trataba de la flor de nochebuena que terminó por enviar a su país, motivo por el cual en Estados Unidos se le conoce como «Pinsetta» o «Christmas Flower».

Finalmente, el periodista resume que es así como encontramos que la celebración de las posadas, la creación del nacimiento, la piñata y el ya símbolo universal de la Navidad, «tienen profundas raíces prehispánicas, resultando las más de ellas de las prácticas religiosas del pueblo náhuatl que en un proceso de sincretismo se adicionaron a las tradiciones cristianas que dan tanto colorido a nuestro folklore». ♦

_____

Fuente: Comunidad Conacyt. Diciembre de 1978.

1 Trackback / Pingback

  1. Los aportes mexicanos a la tradición de Navidad — Revista Nosotros – mimismo

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: