El regreso del inframundo y la abuelita Fortina Ibarra

En la foto el señor Salvador Barrera, la señora Concepción Jiménez Meza, posteriormente madre del profesor Manuel Garcés, autor del texto, y la señora Julia

Por Manuel Garcés Jiménez | Nosotros, Núm. 108 | Noviembre de 2007

Con cierta melancolía, narraba mamá Conchita a sus hijos algunos cuentos y leyendas, muchas de éstas le fueron transmitidas por su abuela materna Fortina Ibarra. En otras ocasiones platicaba las vivencias con variados temas que eran escuchados alrededor del tecluil por su parentela acompañados de un jarro de café. De todas las vivencias sobresalía una que se relacionaba con la súbita muerte de su mamá Fortina (que en realidad era su abuela), pero así le llamaba por haber pasado con ella su niñez.

Era el tema de cada año, pues le venía a la memoria cómo había muerto su mamá-abuela, posiblemente le venía a la memoria al ver amarillar  los campos y caminos en las faldas del Teopayo y Teutli con una infinidad de clamoles o acocosas y girasoles silvestres, pues estas flores anuncian con antelación la llegada de los días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, es decir, son los «Día de Muertos». Es además la época de supervivencia para los vivos, ya que es el tiempo de cosechas de maíz, frijol y calabaza, entre otros alimentos de la temporada.

Sus chilapayes reunidos alrededor del calor del telcuilo escuchaban con atención la plática de mamá Conchita que se remontaba a su niñez cuando ella estuvo al cuidado inmediato de su abuela materna, quien vivió con ella en una humilde choza construida sólo de piedras sobrepuestas, techo de láminas de cartón, piso de tierra dura rodeada con una infinidad de macetas con perfumadas flores que servían de ornato a los alrededores de la morada. La choza se ubicaba en el fondo de un oblongo callejón, que aún existe en el pueblo de San Antonio Tecómitl, en la delegación Milpa Alta.

En esa época (comentaba Conchita a sus hijos), las calles no estaban como ahora cubiertas de asfalto con flujo vehicular. En esos años se veían pasar por las calles los apacibles burritos con su carga de leña, tejamaniles, arrastrando las «latas» de madera exclusivas para los tejados y la armazón de los cincolotes donde se conservaban durante todo el año las mazorcas de maíz. Otros más llevaban los «cueros» llenos de pulque. Era tanta la tranquilidad del poblado que era común ver a los animales de corral (gallinas, guajolotes, marranos) atravesarse las calles sin que nadie los molestara. Como no existía el drenaje se veían salir de las casas los canalitos con agua sucia para concentrarse en un solo canal en medio de la calle donde corría el agua de todas las casas.

Los años pasaban, notándose en la abuelita la avanzada edad, pues llegó a vivir hasta los 90 años, por lo que constantemente tenía achaques, se enfermaba seguido, por lo que Conchita no tuvo la dicha de terminar la educación básica debido a la responsabilidad moral que había adquirido por vivir a su lado.

Recuerdo de niña. En cierto día de verano por la mañana, sentada en un rústico mesabanco del salón de clases de la desaparecida Escuela Primaria «República de Venezuela», que se localizaba en el centro de la población de su poblado, el profesor de quinto año se dirigió a ella con cara de preocupación.

—«Conchita, de inmediato vete a tu casa, ya que la abuelita se encuentra delicada de salud».

«¡De inmediato salí corriendo –dijo– en las polvorientas calles en busca de algún médico, al no encontrar alguno, recurrí a los vecinos y familiares cercanos! Lamentablemente todos los esfuerzos fueron en vano. En la humilde choza la abuelita había dejado de respirar. Estaba muerta, había dejado de latir su corazón».

Con los ojos húmedos, vecinas como la tía Petra y la tía Matilde (en aquellos tiempo a todo anciano se le decía «tío», que denotaba respeto por los años de experiencia que la vida les había ofrecido), todos se dieron a la tarea inmediata de recostarla en la desvalijada cama de madera cubierta con petate. A los cuatro lados del techo se prendieron las ceras llevadas por la tía Pascualita, dueña de una tienda que se localizaba en la esquina de la avenida Hidalgo y la calle Juárez. En la pared yacía el frío cuerpo, precisamente a la altura de la cabeza estaba sujeta la repisa de madera color congo con varias imágenes de la devoción iluminadas por una pálida luz de veladora que con sus destellos y de las ceras hacía del ambiente un poco más tétrico.

Apesadumbrada mamá Conchita seguía recordando:

«Aquella amarga mañana, cuando todo era silencio y llanto por poco más de una hora, aproximadamente, donde el tiempo se vuelve eterno ante el dolor, ¡de pronto e inesperadamente!, el cuerpo de la abuelita Fortina empezó a moverse lentamente, por lo que de inmediato todas las personas que se encontraban a su alrededor apagaron las ceras y escondieron las flores. No daban crédito a lo que veían, la abuelita regresaba a la vida».

«Con muchos esfuerzos la abuelita poco a poco fue abriendo sus cansados ojos, y a señas, pedía a los presentes la ayudaran para poder sentarse a la orilla de la cama y con voz ronca y lenta se dirigió a los presentes. ‘¿Por qué lloran?’»

«Pasaron varios minutos de tensión, la abuelita Fortina se fue recuperando y con una voz pausada pedía a los present4es que aún estaban atónitos ante tal suceso inexplicable se acercaran a ella. Con cierta tranquilidad la abuelita lentamente comenzó a relatar que había tenido un sueño profundo, donde todo le había parecido real. Argumentaba que después de largo camino recto en donde a lo lejos destellaba una hermosa luz, el trayecto estaba lleno de varas secas con muchas espinas».

«Mas ella demostraba tristeza y cansancio, por lo que se dirigía a todos que calladamente escuchaban con asombro a quienes les decía: ‘¡Soben mis pies, estoy muy cansada!’»

Con cierta melancolía la abuelita se dirigió a quienes la veían y preguntaba: «¿Por qué no me dejaron ir? Ya había llegado, sólo me faltaba atravesar el río. Al otro lado del río (decía), veía la silueta de un venerable anciano con barba blanca que me indicaba con las manos que regresara, yo no le hacía caso, por eso le pedí a un perro que me veía, me ayudara a pasar ese afluente. El malvado animal no hacía caso a mi súplica. ¿Por qué no me dejaron ir? (replicaba con voz molesta). Dejen de llorar que con sus lágrimas aumentaba el caudal, ¿por qué no me ayudó ese perro?, ingrato animal, si le hacía sus memelas al terminar las tortillas».

Es por esto que con cierta tristeza (cuando llegaban los muertitos) recordaba mamá Conchita Jiménez Meza a su mamá abuela. Recordaba ese lecho que le quedó grabado, por lo que lo transmitía a sus hijos.

Finaliza el relato cuando a los pocos meses la abuelita Fortina Ibarra por fin se fue de esta vida. De hecho, nuevamente inició el panoso caminar, para esto dentro de su ataúd le pusieron en los pies las alpargatas, una vara de rosa de castilla para defenderse de las alimañas, el bastón para apoyarse y poder cruzar los desiertos cubiertos de abrojos, la ropa bendita con el escapulario de Nuestra Señora del Carmen y su rebozo para cubri5rse del viento helado y poder llegar al río para poder cruzarlo con la ayuda de un perro para llegar finalmente al inframundo.

Este relato se asemeja al pensamiento mexica, que consideraba que los muertos tenían que vencer varios peligros antes de llegar al Mictlán donde moraba el señor de los muertos, el Mictlantecuhtli. De tal manera que los muertos enterrados en la época prehispánica iban provistos de vasijas con comida, incienso y amuletos, además se les enterraba a un lado un animalito parecido al perro llamado xoloitcuintle, que sería el apoyo para cruzar un río.

Recordemos que las crónicas del México prehispánico establecen que el viaje sagrado tenía una duración de cuatro días. El caminante tenía que pasar entre dos montañas que amenazaban con aplastarlo, tenía que escapar de una serpiente, después de un cocodrilo monstruoso, cruzar ocho desiertos, subir colinas y soportar un viento helado que le arrojaba piedras y cuchillos de obsidiana. Después se llegaba a un ancho río que tenía que cruzar montado en un perro rojo o bermejo…[1] hasta llegar al Mictlán, también conocido como el inframundo o el lugar de los descarnados. ♦

_____

* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta

manuel_garces@hotmail.com


[1] «Si algunos dioses no podían prescindir de su perro, los hombres al morir tampoco podían hacerlo. En las ceremonias fúnebres se incluían siempre el sacrificio de un perrito de preferencia debía ser de color bermejo, le ataban al cuello un hilo de algodón y su función consistía en guiar a su amo por las regiones del inframundo para ayudarlo a cruzar las peligrosas corrientes de agua que allí había, en particular, un río llamado Chiconahuapan». El xoloitzcuintle en la historia de México. Museo Dolores Olmedo Patiño.

1 Comentario en El regreso del inframundo y la abuelita Fortina Ibarra

  1. Manuel Olivares Rodriguez // 5 noviembre, 2021 en 3:08 am // Responder

    Posife fe de errata. Cita como TElCUILO. En lo personal lo conozco como TLECUIL. Bracero fijo hecho de piedra y barro donde se cocina y se soloca el comal para hacer las tortillas.

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