¿Tleica cihcitlaltin? ¿Por qué las estrellas en Día de Muertos?

Las estrellas son una guía al igual que el perrito que representa a Xolotl

Por Baruc Martínez Díaz | Revista Nosotros, Núm. 108 | Noviembre de 2007

Cada año un poco antes de la celebración de «Día de Muertos» (Miccailhuitzintli), en Cuitlahuac Ticic, mejor conocido como el pueblo de Tláhuac, se colocan estrellas (cihcitlaltin) en las fachadas de las casas; anteriormente elaboradas con carrizo, ahora pueden ser de madera y además están forradas con coloridos papeles; dentro de ellas se inserta un foco para que en la oscuridad de la noche puedan brillar como verdaderos astros. Éstas sólo continúan una tradición antiquísima, pues hace muchos años se colocaban chilacayotes[1] (tzilacayohtzin) con velas encendidas en la parte superior de las casas de los nativos del actual pueblo de Tláhuac.

Es así que el actual paisaje de Tláhuac está matizado por la presencia de luminosas estrellas esperando la llegada de «nuestros muertitos». A la mayoría de la gente se le puede preguntar cuál es el motivo de este proceder; sin embargo, sólo contestan que son «para guiar a los difuntos» sin percatarse del sentido profundo que trae consigo este simbolismo. No obstante, esta tradición ha sido guardada en la memoria colectiva de un pueblo con fuertes raíces de origen náhuatl.

Precisamente, el propósito de estas líneas es dar a conocer o, más bien, recordar el significado y el porqué de esta antigua tradición. Pero, para que se comprenda mejor esta cuestión, necesitamos remontarnos al concepto que tenían los pueblos prehispánicos acerca de la «muerte» (miquiztli).

¿Cómo se concebía la «muerte» en el México antiguo? «La muerte es un fenómeno fisiológico, acontecimiento natural, tan natural como comer, dormir, andar»[2]. En realidad no era temida la muerte, se tenía clara certeza que aquí en la tierra, tlalticpac, no era nuestro último lugar, nuestra morada común, tocenchan. Así, una poesía acerca de la muerte, pregunta: «¿Cuix oc nelli nemohua tlalticpac? (¿Acaso en verdad se vive en la tierra?» Inmediatamente se contesta: «Ah nochipa tlalticpac, zan achica ye nican (No para siempre en la tierra, sólo un momento aquí)». Se creía que otro era nuestro lugar común, pero no en la tierra.

Por lo antes citado nunca se temió a la muerte, al contrario, ésta implicaba un paso más hacia nuestro «verdadero» hogar. Inclusive existen poesías en lengua náhuatl (nahuaxochitlahtolli) donde se hace alusión a la muerte y la felicidad que ésta causa:

«Esmeraldas, turquesas, / son tu greda y tu pluma / ¡oh por quien todo vive! / Ya se sienten felices / los príncipes / con florida muerte a filo de onsidiana / con la muerte en la guerra»[3].

El elemento esencial de la vida era el movimiento, ello lo comprueba el difrasismo náhuatl olin yoliztli, lo cual significa: «el movimiento es vida», por tanto, lo que no tiene movimiento es lo contrario a la vida: la muerte. De esto surge la sentencia de los abuelos: «La misión del mahcehualli es descubrir y crear o perecer»[4].

Si no se crea, es decir, si no se vive en constante actividad, se perece, por ello vida y muerte están íntimamente ligadas en una oposición dialéctica que le da sentido a la vida del hombre indígena.

A partir del arribo de los europeos y con el posterior proceso de aculturación, se originaron algunos sincretismos, es decir, se «mezclaron» conceptos de Europa con los autóctonos. Por lo tanto, y como resultado de estos sincretismos, el mexicano actual tampoco teme a la muerte, ya que el contexto cultural antiguo se ha recreado a través de los años y hoy aún se puede apreciar en algunos elementos. Al respecto, Alejandro Montiel Coello nos explica:

«La muerte se entiende como mutabilidad y cambio en el pensamiento mexicano y no como aniquilamiento, que es como la conciben los europeos. Si los mexicanos no tememos a la muerte es precisamente porque la entendemos como mutabilidad y cambio y no porque seamos ‘muy machos’»[5].

Ahora es cuando debemos entender, aunque muchos no lo aceptemos, que el pensar antiguo y muchos de los modos de ser de los «indios» (mahcehualtin), pobladores originarios de estas tierras, siguen en nuestras mentes y, en diversos casos, continúan guiando nuestro camino.

En la cosmopercepción antigua (Teotlamatiliztli) existían varios lugares a donde se dirigía la esencia del que había trascendido (in teotl). Estos son: Mictlan, Tlalocan, Tonatiuh ichantzinco y Chichihualcuauhco. Del primer lugar nos ocuparemos más tarde, de los otros sólo haremos pequeñas observaciones.

Todos los que morían a causa de una inundación, o de cualquier otro fenómeno que tuviera relación con el agua, se dirigían hacia el Tlalocan, o lugar donde está Tlaloc. Tlaloc es un teotl, es decir, un elemento natural pero convertido en algo sagrado, pues la Tierra misma fue creada por un ser sagrado: Tlaltecuhtli-Cipactli[6].

Con respecto a la palabra teotl, Rudolf van Zantwijk afirma: «El punto de partida de la cosmovisión azteca es el concepto de teotl. Teotl (plural teteo) es toda fuente de vigor en el universo que no pueda ser dominada por el individuo. Así, el Sol (Tonatiuh), la Tierra (Coatlicue), el Viento (Ehécatl), la Lluvia (Tláloc), son teteo»[7].

Con referencia al tema del Tlalocan el doctor Eduardo Matos Moctezuma comenta:

«A los que morían por rayo, ahogados, o por un tipo de enfermedad como leprosos, sarnosos, bubosos, gotosos e hidrópicos, les estaba deparado ir al Tlalocan, lugar de los tlaloques en donde jamás faltaban alimentos y frutos, además de ser un lugar de constante verano donde podían regocijarse y no pasar pena ninguna»[8].

Otro de los lugares, a los cuales se dirigían los difuntos (in teteoh), es Tonatiuh ichantzinco, el venerable hogar del Sol. Aquí iban los que habían muerto en combate y las mujeres que fenecían durante el parto. Los guerreros permanecían hacia el oriente, Tlauhcopa (el rumbo de color ocre), y las mujeres al poniente, Cihuatlampa (el rumbo de las mujeres). Al pasar cuatro años los guerreros se convertían en aves de plumaje precioso (quetzaltototl, huitzilin, cuauhtlohtli, entre otros), y aquellas en cihuateteoh o mujeres solares. El maestro Víctor Linares Aguirre lo explica en nahuatlahtolli (el hablar armonizante):

«(…) auh intla aca in mitl in chimalli miquia ahnozo in cihuah immixihuitian omiquia, yazquiah in Tonatiuh ichan, ca yehuantin in huehhueyi yaoquizcatzitzintin».

[…] pero si la gente moría en combate o las mujeres durante el parto, irían a la casa del Sol, pues ambos son guerreros, el propio Sol lo es, son dignos y honorables guerreros[9].

También existía otro lugar llamado Chichihualcuauhco, adonde se dirigían los niños que morían en el parto, ahí eran alimentados por un gran árbol con senos. Las raíces de esa palabra son las siguientes: chichihualli, seno; cuahuitl, árbol y el co indica lugar, por lo cual podemos traducir como: el lugar donde está el árbol con senos. Con respecto a este tópico el doctor León Portilla aclara: «[…] iban a este lugar los niños que morían sin haber alcanzado el uso de la razón. Allí eran alimentados por ese árbol, de cuyas ramas goteaba leche»[10].

Por último tenemos al Mictlan, allí se dirigían todos los que fallecían de manera natural, sin distinción de personas. Además era conocido por otros nombres: Tocenchan, nuestra morada común; Tocenpohpolihuiyan, nuestro lugar común de perderse; Huilohuayan, sitio a donde todos van, entre otros. Para nuestros fines este lugar es el más importante.

El maestro Estanislao Ramírez Ruiz describe al Mictlan de la siguiente manera: «Es el cielo (ilhuicatl) de la total inactividad, opuesto al Omeyocan; es un espacio al que se puede entrar, pero del que nunca se puede salir. Es un lugar frío, obscuro y silencioso donde toda actividad es imposible»[11].

De lo anterior podemos desprender algunas cuestiones: el Mictaln es la contraparte del Omeyocan (lugar de la dualidad, tiempo de la dualidad), es decir, donde no hay movimiento ni actividad. Si se describe como lugar oscuro y frío seguramente se encontraba hacia el norte (mictlampa), ya que el color que le corresponde a este rumbo es el negro (tliltic) y, además, de ahí provienen los vientos fríos que cortan como cuchillos de obsidiana (itzehecayan).

Mictlan significa «lugar de muertos» o «donde abundan los muertos». Ahí moran Mictlancihuatl y Mictlantecuhtli, la señora y señor del sitio de los muertos, respectivamente, ellos son los regentes de este lugar.

De acuerdo con la tradición prehispánica, para llegar al Mictlan se debía pasar por varios parajes, nueve en total, los cuales presentaban ciertas dificultades para el difunto. Con respecto a estos nueve parajes y los obstáculos que contienen, el doctor Patrick Johansson nos comenta:

«El recorrido infraterrenal está constituido por etapas con obstáculos específicos que expresan quizás a nivel narrativo la putrefacción y otros tormentos tanatomórficos que padece un cadáver en su regresión orgánica hacia Aztlán, en este contexto: la blancura ósea que permanece después de cuatro años»[12].

Estrellas en Mixquic

A continuación citaremos estos parajes, los cuales fueron dibujados en el llamado códice Vaticano Ríos:

Tlalticpac. Sobre la tierra.

Apanohuayan. El pasadero de agua.

Tepetl monahnamicyan. Lugar donde se encuentran los cerros.

Itztepetl. El cerro de obsidiana.

Itzehecayan. Donde el viento sopla como cuchillos de obsidiana.

Pancuehcuetlacayan. Lugar donde tremolan las banderas.

Temihminaloyan. Donde flechan a la gente.

Teyollocualoyan. Donde son comidos los corazones de la gente.

Itzmictlan. Lugar de obsidiana de los muertos[13].

De éstos, el que más nos interesa es Apanohuayan, o el pasadero de agua. Aquí, cuenta la tradición oral (huehuetlahtolli), existe un río y para pasarlo tenemos que auxiliarnos de algún perrito que nos facilitará el camino, pues será nuestro guía. Con respecto a este tema el doctor Miguel León Portilla nos comenta: «Como debían superar una larga serie de pruebas, se les daba (a los difuntos) en compañía un perrillo que era incinerado junto con el cadáver»[14].

En el Códice Florentino encontramos también la referencia al perrito como guía de los difuntos:

(…) quil in ahquin oquizato ihuic ohuallachia in chichi. Auh in quihualixima in itecuhyo niman ye ic calmonayahui in atlan inic quipanahuiz in itecuhyo. Ipampa nican tlacah cenca quinnemitiayah in chichimeh.

(…) Se dice que quien iba a salir allá (al Mictlan) enseguida buscaba un perro. Y al reconocer (el perro) a su dueño, luego ya así se lanzaba al agua para pasar a su señor. Por ello aquí los hombres mucho hacían vivir (criaban) a los perros[15].

Esta idea del perro, como guía para pasar el río subsiste en nuestro pueblo, aquí en Cuitlahuac Ticic (Tláhuac) hemos oído muchos comentarios acerca del buen trato que se le debe dar al perro: ahmo xihmaquili in chichi , ipampa yehuatzin techmoyacaniliz ihcuac tehuan tihpanozqueh in Atoyac (no golpees al perrito porque él nos guiará cuando pasemos por el río). Esto prueba una continuidad histórica de nuestras práctica milenarias.

Pues bien, podríamos decir que las estrellas (cihcitlaltin) son una guía al igual que el perrito; pero la estrella no representa a cualquier perrito, sino a uno en específico: Xolotl. Tal vez parezca apresurada nuestra aseveración sobre las estrellas, pero tiene una razón de ser que a continuación explicaremos.

Sólo basta recordar, para comprobar nuestra tesis, el momento en el que Quetzalcoatl se dirige al Mictlan, ahí él necesita pasar el río que ya mencionamos, para lograr sus fines llama a su nahualli[16]: Xolotl, quien resulta ser el perro; por ello Quetzalcoatl puede cruzar el río y cumplir con su objetivo.

Como podemos observar, Xolotl es un perro-guía, pero además tiene otra acepción: representa a Venus como la estrella vespertina, es decir, cuando aparece al atardecer. Esta combinación dualística perro-estrella es lo que nos llevó a afirmar que en las estrellas, que se colocan afuera de las viviendas en el pueblo de Tláhuac, está plasmado el concepto Xolotl, como medio para guiar a los difuntos (in teteoh).

Ahora bien, en este punto podemos afirmar que la estrella es la escritura ideográfica de Xolotl, entendido como la dualidad perro-estrella, que viene a significar en última instancia «guía de difuntos» (teoyacanqui). Ipampa on, intla ce acah techmotlahtlaniliz ¿ahque in citlalli? tehuan huel toconnanquilizqueh: Xolotl in citlalli, auh in occehquin cihcitlaltin noyuhqui Xolotl. (Por ello, si alguien nos preguntara ¿quién es la estrella, nosotros podríamos contestar: Xolotl es la estrella, y todas las otras estrellas también son Xolotl.)

Con estas consideraciones nos percatamos que la gente de Tláhuac no está equivocada cuando afirma que las estrellas son «para guiar a nuestros muertitos». Como ya hemos dicho, la memoria colectiva ha permitido la subsistencia de esta tradición antiquísima. Ciertamente, las estrellas son guía, pero detrás de ellas se esconde el pensar de los hombres del mundo indígena. Aquí, en estas breves líneas, se ha presentado, nuevamente, este pensar, plasmado en nombres como son: Mictlan, Apanohuayan, Xolotl y cihcitlaltin.

Nuestros abuelos de Cuitláhuac Ticic (Tláhuac) quisieron guiar a los difuntos que emprendían el regreso del Mictlan hacia Tlalticpac, la tierra, colocando estas estrellas que en la penumbra de la noche cintilaban, marcando el camino que nuestros antepasados debían recorrer por los nueve lugares o parajes.

Cada noche, antes del «Día de Muertos», también llamado Miccailhuitl en las comunidades de habla náhuatl, en las calles de Tláhuac se pueden apreciar las estrellas centellantes, aquí está Xolotl guiando a nuestros difuntos para que lleguen a los hogares, en donde los esperan con una gran ofrenda (tlamanalli), conteniendo todas las delicias que nos ofrece la madre tierra (Tonantzin).

Pero las estrellas poseen otro significado. Ellas también simbolizan la presencia de nuestros difuntos, es decir, nuestros ancestros también son estrellas. Pues aquel que encuentra la esencia misma de su existencia adquiere luminosidad, se vuelve verdadero, está bien cimentado. Por ello los abuelos decían:

…ihuan tinochin ticihcitlaltin ihcuac / ticnextiah tonelhuayo. | …y todos somos estrellas cuando / descubrimos nuestra esencia[17].

La palabra clave en la cita anterior es nelhuayotl: raíz, esencia, cimiento, fundamento. De acuerdo con el doctor León Portilla:

«(…) verdad (se dice) en náhuatl, neltiliztli; (el cual) es término derivado del mismo radical que tla-nel-huatl: raíz, del que a su vez directamente se deriva nelhuayotl: cimiento, fundamento. No es por tanto mera hipótesis el afirmar que la sílaba temática nel connota originalmente la idea de fijación sólida, o enraizamiento profundo»[18].

Por lo tanto, ¿qué es la verdad para los nahuah? La respuesta nos la ofrece Mariano Leyva cuando afirma: «Así pues, la palabra Neltiliztli entre los nahuas es la verdad, la cualidad de estar firme bien cimentado»[19]. Estar bien cimentados, permanecer de pie, eso es la verdad para nuestros abuelos. Nelhuayotl resulta ser la raíz que da cimiento, la esencia que nos mantiene de pie.

Al encontrar nuestra esencia, nuestro cimiento, somos estrellas, según la tradición oral náhuatl (huehuenahuatlahtolli). Nuestros antepasados ya eran estrellas, eran verdaderos, pues al ser verdadero alguien trasciende, como lo hicieron nuestros ancestros. Todo ello se prueba con una palabra en lengua náhuatl: teotl.

Regularmente es traducida como dios, deidad, divino, entre otros; sin embargo, posee otros significados que nada tienen que ver con las traducciones anteriores; uno de estos significados es esencia humana, difunto[20].

La ciudad de Teotihuahcan significa «el lugar de los que poseen a los grandes, a los que trascienden»[21]. En este lugar se dice que enterraban a los tlahtohqueh (gobernantes) que ya habían muerto y por esto le dieron el nombre de Teotihuahcan[22], donde están los difuntos, los que trascendieron, se hicieron verdaderos. En una sola palabra se hicieron teteoh (plural de teotl). Para que no quede duda alguna de esta aseveración, hay que agregar que teotl también significa lo que es verdadero. En este punto tenemos que citar a Rudolf van Zantwijk, quien afirma: «(…) ‘Teochichimecah’ in tlen quihtoznequi ‘tlam elahuacchichimecah’»[23]; esto, en español, quiere decir: «Teochichimecah», lo cual significa «verdaderos chichimecah».

En las líneas anteriores podemos notar que la raíz teotl adquiere el significado de verdadero, como ya antes habíamos afirmado. Lo último que habría que agregar es esto: teotl también hace referencia a la Luna, al Sol y a las estrellas[24]. Con todas estas consideraciones que venimos realizando, es factible aseverar que las estrellas también son nuestros difuntos, porque ya trascendieron, se volvieron verdaderos, es decir, ya son teteoh.

Taller para la elaboración de estrellas

Huel ihcuac intia acah techmotlahtlaniliz: ¿tieica cihcitlaltin? Cualli ticnanquilizqueh ipampa yehuantzitzin toteotzitzihuan, tomiccatzitzihuan. (Entonces si alguna vez nos llegaran a preguntar ¿por qué las estrellas?, nosotros debemos responder: porque ellas son nuestros amados difuntos, nuestros venerables muertos.)

La idea que acabamos de exponer, es decir, las estrellas como símbolo de los muertitos, continúa vigente en el mexicano actual, pero, sólo en el que no está muy alejado del campo o de las raíces ancestrales, este es el caso de nuestro pueblo: Tláhuac. ¿Adónde le gustaría ir cuando muera?, esto fue lo que se le preguntó a un campesino de Milpa Alta y éste respondió: «Cuando yo muera quisiera que mi alma se fuera hacia una estrella brillante y llena de luz, o si no que se metiera en un pajarito de plumas de colores y de bonito canto…»[25]

De esta manera, nos percatamos del significado que poseen las estrellas en Tláhuac, éstas esconden un profundo sentido de toda la concepción que nuestros antepasados tenían sobre la «muerte» (miquiztli) y su complemento: la vida (yoliztli). Esta es una tradición ancestral que, a pesar de los siglos, aún no se ha perdido. Debemos recordar que a partir de la invasión española casi toda la cosmopercepción de nuestros antepasados fue arrasada por los frailes y soldados, pues estas tradiciones eran consideradas como brujerías o cosas diabólicas; pocos fueron los lugares donde se logró conservar el conocimiento, Cuitlahuac Ticic (Tláhuac) fue uno de ellos.

La institución que persistió de manera clandestina en estos 500 años fue el Uey Kalmekak Kuitlahuak, o la Gran Casa de Estudios Superiores de Tláhuac. Con la desaparición física del último heredero de la tradición oral, don Estanislao Ramírez Ruiz[26], se perdieron gran cantidad de conocimientos.

En la actualidad, a más de cuarenta años de la muerte del ingeniero Ramírez Ruiz, tenemos una gran responsabilidad y tarea los que trabajamos por la conservación de nuestra propia identidad y por el bienestar de nuestro pueblo: Tláhuac. Seguiremos trabajando y recreando nuestras principales festividades entre las que está el Miccailhuitzintli, o «Día de Muertos».

Ye ixquich

En nuestro escrito pudimos conocer el significado dual que las estrellas poseen aquí en Tláhuac. Por una parte son guías para los difuntos, en este caso las podemos nombrar como el concepto Xolotl: perro-estrella. En su otra acepción se puede decir que son las representaciones de los difuntos, aquí les llamaremos teotl: esencia de un ser humano que se transforma después de haber muerto.

Entonces las estrellas antes del primero y del dos de noviembre, son guía de los difuntos; una vez que llegan al pueblo, esto es después de los días mencionados, las estrellas adquieren la condición de difunto, de teotl. He aquí el carácter dual del significado de las estrellas.

Lo último que debemos considerar es que ante los embates del actual sistema mercantil capitalista tenemos que resistir y conservar «mochi un toyollouh quimotlazohtilia, auh ticmatih in totlatquicayohtzin, topan huey chalchiuhteuh (todo lo que nuestro corazón ama, que sabemos es gran tesoro, como una piedra de esmeralda»[27]. Entre los tesoros que tenemos están las estrellas (cihcitlaltin), por ello hermanos cuidemos edsta tradición para que nunca se pierda: Macahmo polihuizqueh in cihcitlaltin.

Es, pues, nuestro deber como pueblo, el rescatar los valores que los antiguos pobladores de estas tierras nos heredaron, a nosotros y a todos nuestros descendientes. Necesitamos liberarnos de atavismos que hoy guardamos, comprendamos que el recuperar la identidad, por medio de nuestras raíces autóctonas, es un imperativo urgente para afrontar los procesos sociales que se desencadenarán en algunos años.

Por todo lo anterior y a manera de reflexión, nosotros les preguntamos:

¿Cuixmo titlahuacah, tineltlahuacah?

¿Acaso no somos tlahuacah, verdaderos habitantes de Tláhuac?

La primera versión de este trabajo fue presentada como conferencia en el Museo Regional Comunitario Cuitláhuac el primero de noviembre de 2003; la segunda versión, la cual fue corregida y aumentada, tiene fecha del 15 de octubre de 2004. Esta tercera versión que presentamos ahora ha sido revisada y reestructurada el 16 de septiembre de 2005.

Estrella en Mixquic previo a Día de Muertos

Uey Kalmekak Kuitlauak. Anexo

Pensamientos sobre la muerte en lengua náhuatl:

  • ¿cuix oc nelli nemohua in tlalticpac? / ¡Ah nochipa tlalticpac! Zan achica ye nican, / tel ca chalchihuitl no xamani / no teocuitlatl in tlapani / no quetzalli poztequi. / ¡Ah nochipa tlalticpac! / ¡Zan achica ye nican! Mexihcacuicatl.

«¿Es que en verdad se vive aquí en la tierra? / ¡No para siempre aquí! / Un momento en la tierra, / si es de jade se hace astillas, / si es de oro se destruye, / si es plumaje de quetzalli se desgarra. / No para siempre aquí, / sólo un momento en la tierra». Cantares mexicanos.

  • In miquiztli inyuhquin ihcuac otimotlacatili, / zan ihqui ihcuac timatlitia ahnozo ihcuac / timocochitia. / Intla ahuel ticmomachililia on, / ahmo ticmomachitia quenin timonemitiz.

«La muerte es tan natural como el nacer, / como el tomar agua o dormir. / Aquel que no intenta siquiera comprender esto, no está preparado para vivir…»

  • Chalchihuitl on ohuaya / in xihuitl on / in motizayo in moihuiyo / in ipalnemohua / Ye on necuiltonolo / a in tepilhuan / itzmiquixochitl / yaomiquiztli.

«Esmeraldas, turquesas, / son tu greda y tu pluma / ¡oh por quien todo vive! / Ya se sienten felices / los señores / con florida muerte a filo de obsidiana / con la muerte en la guerra». ♦

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[1] Celis, Argelia y Trejo, Carolina. Celebración del Día de Muertos. Delegación Tláhuac. Edición mecanográfica (32, p.), p. 12. México, 2001.

[2] Nieva López, María del Carmen. Mexikayotl esencia del mexicano. Filosofía náhuatl. Orión, 226 pp., p. 81, México, 1969. Parte de las investigaciones de este libro fueron tomadas de la tradición oral de Tláhuac, pues uno de los informantes de la autora fue el ingeniero Estanislao Ramírez Ruiz, oriundo de este pueblo.

[3] Garibay K, Ángel María. Poesía náhuatl. Miguel León Portilla (pról.), UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 2ª Edición, 3 tomos. Tomo 1, p. 101. México, 2000. El subrayado es nuestro. Al final de este escrito se encuentra la versión en lengua náhuatl.

[4] Totech monequi titequitizqueh, tlacahmo tonenmiquilizqueh (Es necesario trabajar mucho si no pereceremos en vano). Tradición oral de Tláhuac recopilada por el ingeniero Estanislao Ramírez Ruiz.

[5] Montiel Coello, Alejandro y Segura Almaraz, Leopoldo. «Tlaltzin tochantzinko zan in yuh ziwatl. La tierra, nuestro hogar, mes como una mujer». En Ce-Acatl. Revista de la Cultura de Anáhuac. Número 59, del 1 al 20 de abril de 1994, 24-25 p., 25 pp., México.

[6] «Historia de los mexicanos por sus pinturas». En Ángel María Garibay Kintana (ed.), Teogonía e historia de los mexicanos, tres opúsculos del siglo XVI. Editorial Porrúa, 4ª edición, 23-66 pp., p. 26. México, 1985.

[7] Zantwijk, Rudolf van. Los indígenas de Milpa Alta herederos de los aztecas. Miguel Vilchis Mancera (pról.). Instituto Real de los Trópicos. 100 pp. (Colección de Antropología Cultural y Física, número 64), p. 51. Amsterdam, 1960.

[8] Matos Moctezuma, Eduardo. Muerte a filo de obsidiana. Secretaría de Educación Pública. Colección Lecturas Mexicanas. 2ª Edición, 153 pp., p. 60. México, 1986.

[9] Aguirre Itzcuauhtli, Víctor Linares. «Tonatiuh ipilhuantzitzin, los venerables hijos del Sol», en Ce-Acatl. Revista de la Cultura de Anáhuac, número 58, del 12 al 31 de marzo de 1994, 25-27 p., México.

[10] León Portilla, Miguel. La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. Ángel Ma. Garibay (pról.). UNAM, 9ª Edición, 456 pp., p. 209. México, 2001.

[11] Gómez Alonzo, Paula. Datos comentados sobre Filosofía Náhuatl. Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 43 pp., p. 30. México, 1965.

[12] Johansson, Patrick. «Días de muertos en el mundo náhuatl prehispánico», en Estudios de Cultura Náhuatl. Instituto de Investigaciones Históricas, número 34, 167-203 pp., p. 168. Universidad Nacional Autónoma de México. México, 2004. Las cursivas son nuestras.

[13] Los datos fueron tomados de Alfredo López Austin, Cuerpo humano e ideología, las concepciones de los antiguos nahuas. Instituto de Investigaciones Antropológicas. 3ª Edición. 2t., t.1, p. 63, UNAM. México, 1989.

[14] Op. Cit. Miguel León Portilla, p. 205.

[15] Códice Florentino en Alfredo López Austin. «Los caminos de los muertos», en Estudios de Cultura Náhuatl. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, número 2, 141-148 pp., p. 144. México, 1960. La traducción es nuestra; para nuestros fines hemos actualizado la escritura en lengua náhuatl.

[16] El nahualli resulta ser en este caso una especie de gemelo, nuestra contraparte dual, algo que traemos dentro, oculto, escondido. Pero en otros contextos obtiene significados diferentes. Sobre el nahualli y el fenómeno del nahualismo consulte: Alfredo López Austin, Cuerpo humano…, pp. 416-430.

[17] La cita anterior permanece en la tradición oral de algunos pueblos de origen náhuatl. Nosotros la oímos en boca de dos nahuatlahtohqueh (nahuahablantes), el temachtiani Artemio Solís Guzmán, de Malacachtepec Momozco (la actual Villa Milpa Alta) y del profesor Inocente Morales Baranda, de Santa Ana Tlacotenco, en la delegación Milpa Alta.

[18] Op. Cit. Miguel León Portilla, p. 61. Las cursivas son del autor.

[19] Leyva Domínguez, Mariano. «En búsqueda de la verdad», en Ce-Acatl. Revista de la Cultura de Anáhuac, número 38-39, diciembre 1992-enero 1993, 21-28 pp., p. 21. México. Las cursivas son del autor.

[20] Stivalet Corral, Tlacatzin. In tlamatini. Documento de análisis semántico. Jaime Séller Torres (pról.), UNAM, Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán, 98 pp., p. 14. México, 1997.

Respecto a este significado de teotl, también puede consultar: Víctor Linares Aguirre, «Acerca de la raíz Teotl o ‘Deo Ignoto’ (el Dios desconocido)», en Ce-Acatl. Revista de la Cultura de Anáhuac, número 67, 14 de febrero de 1995, 5-7 pp., p. 5. También consulte: Miguel Pastrana Flores, Historia de la conquista, aspectos de la historiografía de la tradición náhuatl. UNAMN, Instituto de Investigaciones Históricas, 298 pp. México, 2004 (Teoría e Historia de la Historiografía 2), p. 73.

[21] Linares Aguirre, Víctor. «Acerca de la raíz Teotl…», p. 6.

[22] Op. Cit. Miguel Pastrana Flores, p.72.

[23] Zantwijk, Rudolf van. «¿Tlen quihtoznequi ‘chichimecatl’?», en Estudios de Cultura Náhuatl, número 25. UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 131-146 pp., p. 131. México, 1995.

[24] Stivalet Corral, Tlacatzin. Tlamiliztica Cuauhtemoctzintli itenahuatiltzin. Documento de esclarecimiento histórico nacional. Anáhuac 2000, 13 de agosto de 2001, 66 pp., p. 29, México.

[25] Meza Gutiérrez, Arturo. Mosaico de turquesas. Ángela María Martínez Sánchez (pról.). Edición del autor, IX + 208 pp., p. 85. México, 1999. Las cursivas son nuestras.

[26] Si desea conocer más datos acerca del ingeniero Estanislao Ramírez Ruiz consulte: Baruc Martínez, Estanislao Ramírez Ruiz, vida y obra de un personaje ilustre de Tláhuac/. En Revista Nosotros.

[27] Último mandato del Huehuetlahtocan, Consejo de Ancianos, en voz de Cuauhtemoctzin, último tlahtocatzintli (gobernante) de la Excan Tlahtolloyan, el Gran Estado Tripartita dirigido por los tenochcah. 12 de agosto de 1521 (mahtlactli omei cuetzpalin ilhuitl, tlaxochimaco metztli, yei calli xihuitl). Véase Baruc Martínez Kuauhtonal, In tlatzaccan itenahuatiltzin in Huehuetlahtocan, el último mensaje del Consejo de Ancianos. México, Uey Kalmekak Kuitlauak, 5 de abril de 2005, 10 pp., p. 6-7.

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