Recuerdos sobre Alfredo López Austin en la UNAM

No sólo transmitía conocimiento, también una posición política e ideológica. Y no se diga de su dimensión teórica y etnográfica

Por Ricardo Flores Cuevas

Recuerdo que días antes de ingresar a la licenciatura en historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el verano del año 2004, nos citaron a los alumnos de nuevo ingreso para una charla introductoria. Ahí, unos jóvenes estudiantes de semestres avanzados nos hablaron de su experiencia en la carrera e incluso nos soltaron algunos consejos. Por ellos supe que desde el primer semestre podíamos registrar una materia optativa (el programa de estudios recomendaba hacer esto hasta el segundo o tercer semestre, no lo recuerdo con exactitud).

Opté por registrar una materia optativa. Vi las opciones que el Colegio de Historia ofrecía y de pronto no podía creer lo que estaba leyendo, en los horarios aparecía el nombre de Alfredo López Austin, no terminaba de dar crédito: ¡Él daba clase en la facultad!

Inmediatamente hice el trámite de inscripción a su curso, había que formarse y recuerdo que uno de los mismos estudiantes de semestres avanzados me dijeron: «que valiente, tomar clase con López Austin ¡en primer semestre!»

El primer día de clase salí muy temprano de casa para garantizar que no llegaría tarde, y no sólo eso, incluso me peiné. En aquellos años yo presumía de una melena un tanto desaliñada. Entré al salón de clase que más bien era una especie de auditorio. Ocupé mi lugar. Poco a poco fueron llegando más estudiantes, y más, y más, se ocuparon todos los pupitres, llegó el doctor Alfredo López Austin acompañado de su esposa Martha Rosario Luján y un séquito de estudiantes de todas las edades junto a ellos.

Ahí vi por primera vez, en persona, a un historiador del que jamás imaginé conocer. Entró con su característica sonrisa, igual a la de Martha. Ella se sentó en el pupitre junto a la puerta, él ocupó su lugar en su escritorio. Mientras organizaba los libros que traía consigo seguían entrando más y más estudiantes. Ya no había lugar y los que seguían entrando al salón de clase se sentaban en el piso.

Alfredo (como él insistía en que lo llamáramos, así, sólo por su nombre) nos dio la bienvenida. El grupo estaba formado por gente de todas las edades, los muy jóvenes, los muy mayores…, nos repartió el programa y la bibliografía del curso (un cuadernillo de no muy humildes dimensiones en su espesor).

Y comenzó a dar clase. Para mí esa y todas sus clases fueron una especie de viaje maravilloso. Él fue un maestro en muchos sentidos de ese concepto. No sólo transmitía conocimiento, también una posición política e ideológica. Y no se diga de su dimensión teórica y etnográfica.

Un día llegó cargado de una maleta llena de libros. Los colocó en su escritorio y nos dijo que estaba limpiando su biblioteca. Tomó la lista de alumnos y comenzó a llamarlos al azar, a mí me nombró, me acerqué y me dijo que tomara el libro que yo quisiera. Había títulos muy suculentos, pero elegí uno escrito por él: Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas. Me dijo que tomara los dos volúmenes y así lo hice.

Fui su alumno por dos semestres en la licenciatura. Volví a tomar clase con él en la Maestría en Estudios Mesoamericanos. Ahora sus clases eran en el auditorio del Instituto de Investigaciones Antropológicas. Como era de imaginarse, con lleno total.

Cada sesión seguía siendo maravillosa, ya no se trataba de un curso de historia, como en la licenciatura, ahora era más de corte teórico. Compartía con todos sus reflexiones más sesudas sobre la cosmovisión mesoamericana.

Fuera de las aulas Alfredo y Martha fueron generosos conmigo en pocas pero significativas ocasiones. Recuerdo tres casos. El primero fue en la licenciatura, lo invité a dar una charla en Mixquic, declinó participar; pero Martha me dijo «apunta mi teléfono, llámame y te daré el teléfono de otros investigadores que les interesaría participar». Días después llamé a su casa, un tanto temeroso. Fue Alfredo quien atendió el teléfono, me dijo: «Claro, eres el estudiante… Ricardo, te paso a Martha». Ella tomó el teléfono y me dio los datos prometidos.

Años después, Alfredo aceptó recomendarme a través de una carta para que me aceptaran en la Sociedad Mexicana de Antropología; y la otra fue cuando aceptó que incluyéramos su nombre en una solicitud para la liberación de un estudiante que se encontraba injustamente preso. 

El trienio 2019-2021 culminó con una generación de historiadores que hicieron rupturas y redireccionaron el conocimiento sobre el México Antiguo: Miguel León-Portilla (1926-1919) con la filosofía náhuatl; Dúrdica Ségota Tomac (1946-2020) en el arte prehispánico; Víctor Castillo Farreras (1932-2021) en la economía, y Alfredo López Austin (1936-2021) con la cosmovisión. Descanse en paz. ♦

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