Chalchiuitlicue, su retorno

Agosto 19, 2021.- Pocas regiones de América tuvieron recursos alimenticios no agrícolas tan abundantes como la Cuenca de México, por la pesca, la caza de aves, la extracción de sal, la captura de tortugas, ranas, ajolotes, pequeños crustáceos, moluscos e insectos diversos y sus larvas

Por Ricardo Flores Cuevas*

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Hace cincuenta millones de años se comenzaron a configurar las características geológicas de la cuenca de México. En aquel tiempo, este espacio estaba inundado por mares tropicales someros, que se retiraron en la medida que el continente se levantaba. A la regresión de los mares comenzó el vulcanismo y esta última condición geológica determinó el posterior desarrollo de este fragmento de la corteza terrestre.

Se ha asegurado que pocas regiones en el mundo cuentan con una variedad de formas volcánicas como la Cuenca de México. Las rocas volcánicas más antiguas de esta cuenca tienen casi treinta y cuatro millones de años y fue el inicio de la formación de las bases de las Sierras Mayores: Púlpito del Diablo, Mirador y Sierra de Xochitepec. Así como el Peñón de los Baños, los cerros del Tigre, Santa Isabel, Tlapacoya, Zacatepec y Chapultepec.

Posteriormente, hace catorce o doce millones de años, se formaron las Sierras de Guadalupe, Tepotzotlán, Las Pitallas, El Patlachique y El Tepozán; y los cerros de Tenayo y Chiquihuite.

Así, poco a poco se fue formando una cuenca, que adquirió mayor forma hace cinco millones de años, cuando surgieron las Sierras Mayores: la Sierra de las Cruces, Sierra de Río Frío y la Sierra Nevada, de la que sobresalen los imponentes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.

Dos millones y medio de años después, surgieron los cerros Chimalhuacán, La Estrella, Los Pinos, el Peñón del Marqués, Chiconautla y Cerro Gordo. Con lo cual se formó una cuenca exorreica, es decir, que contaba con un drenaje natural por el que se desaguaba el agua nacida de los centenares de manantiales que surgían a las faldas de los cerros, productos a su vez, de las aportaciones fluviales. Dicho desagüe fluía al sureste, hacia el Valle de Cuernavaca, mientras que las aguas que descendían de la Sierra Nevada fluyeron por el Valle de Cuautla.

Sin embargo, este drenaje natural se truncó hace tan sólo 700 mil años, cuando se formó la Sierra del Chichinautzin junto a los jóvenes volcanes Xitle, Tecajete, la Sierra de Santa Catarina y el cerro Ayaquemetl.  Al obstruirse este drenaje se creó una cuenca endorreica, es decir, que el agua dejó de tener salida y no se pudo drenar la que brotaba en manantiales y ríos.

La extensión de esta cuenca, comprende a las actuales entidades del estado de México, Ciudad de México, y de manera parcial a Puebla y Tlaxcala. Dentro de ella se formaron cuatro áreas lacustres: lagunas de Tochac, Apan, Ecocomulco y la conocida como Valle de México. Esta última, integrada por cinco lagos: Chalco, Xochimilco, Texcoco, San Cristóbal-Xaltocán y Zumpango

Es evidente que al resumir cincuenta millones de años de historia natural los detalles se obvian; por lo cual vale la pena imaginar los procesos, a veces acelerados, a veces muy lentos, de un paisaje en paulatina transformación con movimientos telúricos y actividad volcánica, en la que no solamente nacieron los cerros mencionados, sino también islotes como los de Cuatepeque y Tepetzingo (formados hace 21 millones de años) y en los que tanto la flora como la fauna estuvieron también en paulatina transformación.

En cuanto a la historia de la humanidad en la Cuenca de México, ésta es apenas un suspiro en esta larga cronología. La residente más antigua de la que se tiene noticia, hasta ahora, es la mujer del Peñón que caminó por esta cuenca hace 12 mil años.

En cuanto a las primeras aldeas, Maricarmen Serra Puche en la segunda parte de su artículo «La unidad habitacional en Terremote Tlaltenco, D.F. Un análisis de distribución espacial para definir áreas de actividad: la cerámica»,señala que desde mil años antes de Nuestra Era (a.n.e.) hubo aldeas agrícolas dentro de la Cuenca de México en Zacatenco, y Chiconautla; 500 años a.n.e., en Tlaltenco y Ticomán; y 150 años a.n.e., en  Chimalhuacán, entre otras.

Dando otro salto temporal, ahora de menos de tres milenios, nos encontramos con la pluma de Manuel Payno, que en Los bandidos de Río Fríodice:

«Imposible de creer que en una ciudad como la capital de la República Mexicana, situada en la meseta central de la altísima cordillera de la Sierra Madre, pueda haber un puerto. Pues lo hay muy importante y concurrido. Es el puerto de los lagos del valle [en San Lázaro], lagos que, si en la estación de lluvias amenazan derramarse sobre la ciudad por falta de las obras hidráulicas necesarias para contenderlas y darles salida, contribuyen, como lo dijo el barón Humboldt, a que el clima de México sea uno de los más suaves y benignos del globo».

«Tendidos en el valle, como inmensos espejos donde se retratan las altas montañas, saturan la atmósfera de la humedad necesaria, aumentan la belleza del paisaje, proporcionan trabajo y alimento a la clase indígena, y medios fáciles de comunicación con las poblaciones situadas en un radio de diez a doce leguas. Quietos y tranquilos en el invierno, en el verano las tempestades y trombas de las montañas vienen a descargar en ellos con horroroso estrépito de rayos, granizo y viento, y sus aguas, aumentadas considerablemente de volumen, levantan olas como las de la mar que no pocas veces han hecho naufragar escuadras enteras de canoas cargadas con los granos y productos valiosos de las haciendas de Chapingo y Tepetitlán».

Así como Payno se maravillaba de que hubiera un puerto en el valle de México a 2400 metros sobre el nivel del mar (msnm), y recurriera a la frase ¡imposible de creer!, tan sólo ciento cincuenta años después, en nuestros días décimos ¡imposible de creer que en la cuenca de México hubiera cinco lagos!

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Regresando al tema de la modesta cronología de la humanidad en la Cuenca de México, tenemos que, de los doce mil años de presencia humana en estas tierras y lagos, tres mil corresponden a sociedades sedentarias. Vale la pena considerar que las primeras aldeas agrícolas tuvieron interrelaciones muy estrechas con los cuerpos de agua de la cuenca; hasta llegar a poblar los lagos y pantanos con el invento de las chinampas.

¿Qué se obtenía del lago? En la introducción del libro doble de Teresa Rojas Rabiela La cosecha del agua en la Cuenca de México y José Genovevo Pérez Espinosa La pesca en el medio lacustre y chinampero de San Luis Tlaxialtemalco, se dice: «Pocas regiones de América tuvieron recursos alimenticios no agrícolas tan abundantes como la Cuenca de México. La pesca, la caza de aves, la extracción de sal, la captura de tortugas, ranas, ajolotes, pequeños crustáceos, moluscos e insectos diversos y sus larvas, así como la recolección de algas y otras plantas acuáticas, contribuyeron al enriquecimiento de la dieta y a la subsistencia de los habitantes de esta región desde tiempos muy remotos hasta que los lagos y pantanos se fueron desecando […].»

Este libro nos permite identificar estilos de vida con el medio lacustre e hilar la manera en que se gestó la cultura lacustre: las técnicas de pesca; de caza de aves; las herramientas especializadas que se inventaron para tales efectos; la gastronomía y sus valores alimenticios; la tecnología hidráulica desarrollada para habitar en el agua; la navegación; las redes comerciales y la religión… todos estos aspectos se construyeron y entrelazaron en la vida cotidiana durante miles de años en la que los lagos fueron tratados como seres vivos, con identidades propias.

Así, el cronista chalca del siglo XVI Chimalpain, nos refirió que el espejo de agua de Chalco tenía por nombre Chalchiuitlicue.

Para comprender la relación de aquellos hombres y mujeres con el agua, valdría la pena recordar a Hemingway cuando en El viejo y el mar nos dice que para los pescadores cubanos existe tanto el mar como la mar; en el primer caso se trata de un contendiente, un enemigo que castiga con tormentas, huracanes, mientras que se le habla en femenino cuando se le quiere porque provee de alimento.

Y esta comparación, entre los lagos de la cuenca con el mar del Golfo de México no es exagerada. En la ya mencionada novela de Payno se describe cómo eran las tormentas a 2400 metros sobre el nivel del mar, capaces de hacer naufragar a grandes trajineras cargadas de bultos de maíz, en las que incluso podían ahogarse los remeros, como sucedió en el lago de Chalco.

Chalchiuitlicue

Dentro de este lago, en Mixquic, han llegado hasta nuestros días representaciones del agua realizadas entre los siglos XIII y XVI. En el museo comunitario se resguardan esculturas muy interesantes. Una de ellas se trata de una mujer que porta una serpiente a manera de faja a la altura de la cintura; otro de los elementos que llama la atención es su tocado con chalchihuites (gotas de agua), razón por la cual se ha llegado a afirmar que se trata de nada más y nada menos que de Chalchiuitlicue, la señora del agua.        

Tlaloc

Y claro, el compañero de Chalchiutlicue también está en este mismo museo. La escultura es rectangular y se logran distinguir dos elementos característicos de Tlaloc, los ojos redondos y los colmillos en la boca.

Llama la atención que esta dualidad lacustre fue realizada con el mismo tipo de piedra, ¿la intención de los escultores habrá sido la de crear al mismo tiempo esta pareja divina?

Sello con espirales

Otros hallazgos resguardados en el museo son representaciones del lago, una en piedra y otras en sellos de barro. Se trata de espirales, en algunos casos de espirales con grecas en distintas disposiciones, la mayor de las veces entrelazados; como si se tratara de las olas u ondulaciones de la superficie; pues no se trataba de agua estancada, el lago tenia corriente producto de la influencia del agua nacida de manantiales, barrancas y ríos.

Metieron el agua del manantial

Sobre la animidad del agua, Luis González Obregón en la Reseña histórica del desagüe del Valle de México, refiere la noticia de cuando el tlatoani mexica Ahuizotl a finales del siglo XV inauguró un acueducto en Tenochtitlán, se hicieron grandes y solemnes fiestas «para recibir el agua. Los sacerdotes lujosamente ataviados con trajes de la diosa del agua Chalchiuhtlicue [sic], y del dios del agua Tlaloc, recorrieron el acueducto sacrificando codornices, tiñendo el agua con la sangre de éstas y aun con la de niños, arrojando perfumes de copal y ‘humacos’ de tabaco. Iban bailando llenos de contento, tañendo flautas y caracoles, y dirigiendo discursos de bienvenida al precioso líquido como si fuera de carne y hueso. Los ancianos de la ciudad salían á recibirla con bandejas conteniendo peces, ranas, culebras y otras sabandijas, y las echaban en el agua, diciéndole que viniera á México á criar de todo aquello».

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Menos de tres siglos después, en 1789 hubo festejos por la inauguración de otra obra hidráulica, pero a diferencia de la anteriormente referida, no era para atraer el agua o controlarla, sino para expulsarla de la cuenca, se trata del tajo de Nochistongo, concluido después de 152 años de trabajo.

Y a partir de este momento se continuaron planeando y construyendo diversas obras para desaguar todos los lagos de la cuenca de México. ¿Qué fue lo que pasó?, ¿cómo fue posible que se cambiara de manera tan radical la relación con el agua? No hay una sola respuesta a estas interrogantes, pero aquí se referirá a los aspectos relacionados al trato con el agua de las culturas mesoamericanas y la europeas.

En las primeras, el agua era tratada «como si fuera de carne y hueso», es decir, como un ser vivo; mientras que para las segundas era considerada «un mal» por su abundancia y exceso. 

Los estudiosos han concluido que la Civilización Mesoamericana nació con la domesticación del maíz, en la cuenca de México esta gestación se dio de manera concomitante al desarrollo de la cultura lacustre. Pues recordemos que los cuerpos de agua de la cuenca endorreica se formaron cientos de miles de años antes de la llegada de los primeros pobladores, ellos convivieron y se desenvolvieron en un universo lacustre, en el que se forjó su cultura.  

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Los intentos por desecar la cuenca vieron reflejados sus resultados en los últimos años del siglo XIX, los cincuenta años siguientes fueron para desecar los cuerpos de agua que pervivían de tal manera que para 1960 el paraíso fue drenado.

Y desde entonces, como lo diría Salvador Padilla Aguilar en su libro El Tlacotal se tuvo un «lago de polvo», sobre el cual se extendería la megalópolis de la Ciudad de México, que tiene menos de cien años sin agua en su superficie; lo que no significa que los manantiales, ríos y lecho lacustre hayan desaparecido. Recordemos la composición geológica de la cuenca, su dinamismo natural nacido hace millones de años. Razón por la cual, desde entonces hasta el momento que se leen estas líneas, el agua sigue siendo expulsada de la cuenca.

Jorge Legorreta pasó gran parte de su vida académica denunciando la ilógica situación de escasez de agua en esta ciudad, siendo uno de los lugares con mayor precipitación pluvial en el mundo; así como la irresponsable actitud gubernamental al seguir encausando los ríos al drenaje profundo junto con las aguas negras para posteriormente sacarlas de la cuenca con destino final al Golfo de México.

Alberto González Pozo en el prólogo a Mixquic: su historia entre coyunturas (1895-2014), dice que la historia de este pueblo «ha llegado a un punto peligrosamente cerca de la imposibilidad de retorno», refiriéndose a la desaparición de la agricultura chinampera. Los esfuerzos de este investigador por preservar estas zonas que han logrado resistir al crecimiento urbano, tienen como antecedente su participación en el comité técnico asesor de la Comisión Nacional de nuestro país para la Unesco-ONU, que integró los primeros expedientes técnicos de candidaturas de sitios mexicanos para su inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial.

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Pero, después de todo y después de tanto, los poco más de dos siglos y medio de lucha por desecar la multimencionada Cuenca de México representan apenas el 0.0005% de su existencia. Por lo cual no es extraño que los lagos poco a poco recuperen sus niveles.

En el año 2007, investigadores del Instituto de Geología de la UNAM publicaron el artículo «Origen y evolución de un nuevo lago en la planicie de Chalco: implicaciones de peligro por subsistencia e inundación de áreas urbanas en Valle de Chalco (estado de México) y Tláhuac (Distrito Federal)», este título es muy claro, es la respuesta científica a por qué en los últimos treinta años emergió un lago en esta zona, con una extensión de cerca de cuatro kilómetros cuadrados que almacenan nueve millones de metros cúbicos de agua y se encuentra ¡a metro y medio encima del área urbana de Valle de Chalco Solidaridad.

Lo anterior, ciertamente representa un riesgo para los habitantes de esa ciudad, al que han sido expuestos por las prácticas clientelares de partidos políticos. Por otro lado, los ejidos de Tláhuac, Mixquic y Tulyehualco que colindan con este joven espejo de agua, se anegarán; pero la agricultura no tiene por qué desaparecer al inundarse las tierras de cultivo, pues sería el momento adecuado, incluso desde ahora, de revitalizar la agricultura chinampera en el nuevo lago.

El nacimiento y expansión del nuevo espejo de agua puede ser una oportunidad tangible de materializar los esfuerzos de Legorreta, Rojas Rabiela, González Pozo y tantos otros investigadores, siempre con el apoyo y conocimientos de los chinamperos; un ejemplo notable es el de don Emilio Carmona de Mixquic, al aportar su conocimiento y experiencia al proyecto de transferencia de la agricultura chinampera en la estación experimental de La Mancha, Veracruz, del Instituto Nacional de Investigaciones sobre Recursos Bióticos (Inireb), en la década de 1980. 

Esta coyuntura puede abrir una oportunidad, como lo diría Alberto Kalach, «para la reinvención de la ciudad lacustre», lo cual sería una actitud sensata para el restablecimiento de la convivencia con el retorno de Chalchiuitlicue. ♦

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* Historiador y editor académico

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Créditos iconográficos

Fotografías: Fernando Flores Cuevas

Pintura: «Modo como metieron el agua del manantial», en Códice Tovar, atribuido al jesuita Juan de Tovar (Siglo XVI).  

2 Comentarios en Chalchiuitlicue, su retorno

  1. Pedro Vázquez Luna // 21 agosto, 2021 en 3:08 pm // Responder

    Una excelente reseña, que deberian de leer las nuevas generaciones y que conozcan como era realmente el valle de Mexico.

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  2. Excelente artículo, muy bien documentado. Entiendo un poco más con estos datos el porqué del interés de las autoridades por esta región.

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