La sensación del «otro» en tres cuentistas de América Latina

Julio 5, 2021.- La idea de construir en sus cuentos a «el otro» hasta alcanzar el desdoblamiento es un tema que abordaron para liberar pliegues temporales

Por Adán Echeverría

…y siempre recuerda que tú

eres el otro para los demás

Para Jorge Luis Borges (1899-1986), Juan Carlos Onetti (1909-1994), Julio Cortázar (1914-1984) y Julio Ramón Ribeyro (1929–1994), la idea de construir en sus cuentos a «el otro» hasta alcanzar el desdoblamiento (considerado como la formación de dos o más cosas a partir de una sola, y dentro del arte literario como una forma en que el personaje desarrolla una interiorización lectora hablándose a sí mismo, e intentar una angustiosa ficción para una comunicación profunda con su propia conciencia), ha sido un tema que abordaron una y otra vez para liberar pliegues temporales:

«—Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?»

(El otro, de Jorge Luis Borges)

Soñados:

«Se detuvo frente a ella y se arqueó para acercarle el rostro.

— No necesitaba saber inglés, porque las balas hablan una lengua universal. En Transvaal, África del Sur, me dedicaba a cazar negros.»

(El posible Baldi, de Juan Carlos Onetti)

Fantasiosos o posibles:

«No sé si sería un proverbio o un aforismo, pero de todos modos era una fórmula cerrada que no he podido olvidar: ‘Todos tenemos un doble que vive en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil porque los dobles tienden siempre a efectuar el movimiento contrario’.

Si la frase me interesó fue porque siempre había vivido atormentado por la idea del doble. Al respecto, había tenido solamente una experiencia y fue cuando al subir a un ómnibus tuve la desgracia de sentarme frente a un individuo extremadamente parecido a mí.»

(Doblaje, de Julio Ramón Ribeyro)

Fantasmales incluso:

«Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico.»

(Borges y yo, Jorge Luis Borges)

Y hasta teorizar con el concepto de la inmortalidad:

«Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aún en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia.»

(Una flor amarilla, Julio Cortázar)

No son los únicos autores en los que podemos percibir a ese personaje que se desdobla en dos, que pueden habitar tiempos diferentes, lugares diferentes, que les invita a perseguirse, aunque nunca puedan encontrarse, o que logran sorprenderse ante la maravilla de estar mirándose a sí mismos desfasados en el tiempo. Vemos desdoblamientos en El extraño caso del Dr Jelkill y Mr Hyde, de Robert Louis Stevenson (1850-1894), por ejemplo.

En los cuentistas americanos que ahora discutimos, cada uno realiza el desdoblamiento a su propio estilo e incluso marca con ello la inteligencia con la que su búsqueda lectora los hace volcarse como autores para tratar de descubrirse.

¿Qué somos los autores sino la repetición de la conciencia humana, el puente por el que el lenguaje de las sociedades quiere volcarse hacia la hoja blanca, soporte al fin, para sostener el paso del tiempo, aquella inmortalidad en el que todo autor cifra sus esperanzas de comunicación perpetua?

De los cuatro autores acá presentados, de los que les invito a leer las obras comentadas, podemos observar que el uruguayo Onetti es quien atiende a dicho desdoblamiento con más realismo, pues su personaje Baldi intenta presentarse, ante una desconocida mujer que lo ha abordado en la calle, como un hombre diferente al que realmente es; impulsado por la dama que le insufla piropo tras piropo, Baldi, cansado, mordaz y fastidiado de la mujer decide vestirse de otra personalidad, pero termina anhelando esa fantasía que ha descrito, al grado de dolerse por no serlo. Veamos dos fragmentos:

«Comprendió, por las r suaves y las s silbantes, que la mujer era extranjera. Alemana, tal vez. Sin saber por qué, esto le pareció fastidioso y quiso cortar.

— Me alegro mucho, señorita, de haber podido…

— Sí, no importa que se ría. Yo, desde que lo vi esperando para cruzar la calle, comprendí que usted no era un hombre como todos. Hay algo raro en usted, tanta fuerza, algo quemante… Y esa barba, que lo hace tan orgulloso…

Histérica y literata, suspiró Baldi.»

«Comparaba al mentido Baldi con él mismo, con este hombre tranquilo e inofensivo que contaba historias a las Bovary de plaza Congreso. Con el Baldi que tenía una novia, un estudio de abogado, la sonrisa respetuosa del portero, el rollo de billetes de Antonio Vergara contra Samuel Freider, cobros de pesos. Una lenta vida idiota, como todo el mundo.»

¿No somos, acaso, al menos en ocasiones, eso mismo, nosotros los escritores de mundos y fantasías? ¿Acaso no comenzamos a fantasear que somos o nos convertimos en aquellos personajes que describimos en alguna de nuestras propias creaciones? ¿Esto lo inventé o de verdad lo he vivido? ¡Ya no puedo saberlo! Ya nos lo dejaba claro Miguel de Unamuno en su novela Niebla:

«Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele consultarlo conmigo, con el autor de todo este relato.»

Donde el personaje Augusto decide confrontar a su creador Miguel de Unamuno. ¿Son reales nuestros personajes, somos personajes de algo más grande que nos escribe escribiendo y creando historias?

Podemos notarlo con un Jorge Luis Borges que a la edad de 70 años tiene un encuentro con el joven Borges que alguna vez había sido:

«Aventuró una tímida pregunta:

—¿Cómo anda su memoria?

Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años, un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:

—Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan. Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.

Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.»

Borges llega a su cuento «El otro», que forma parte del Libro de Arena publicado en 1975, después de haber ensayado la idea con «Borges y yo» que forma parte de su colección «El Hacedor» de 1960, recreándose a sí mismo en una idea que no deja de intrigarle: desdoblarse. Sin embargo, no serán esas las únicas dos veces que lo ensayara. Ya dentro de su trabajo Ficciones (1944), el escritor argentino nos ha compartido: «Pierre Menard, autor del Quijote» que fuera publicado con antelación, en mayo de 1939 en la revista Sur para luego incluirlo en su cuentario. Con este cuento, Borges representa ese mismo desdoblamiento, pero no en él mismo, sino en el personaje Pierre Menard:

«Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.

No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran —palabra por palabra y línea por línea— con las de Miguel de Cervantes.»

Con esta fábula, el autor nos provoca la erudición, la constante recreación de la inteligencia, así como el arduo trabajo que corresponde a quien quiere considerarse un escritor. Menard como Miguel de Cervantes, presente, redivivo, como el escritor único, que acaba siendo otro y el mismo, y que forma parte de la Gran Literatura que entre todos vamos creando.

Pero baste con ir a 1929 para ver el inicio de esta idea sembrada quizá como fijación, cuando Borges escribe y publica su comentario crítico: «El otro Whitman», en el que traduce tres de sus poemas, y sopesa el pobre valor que Europa le ha querido conceder —en aquel inicio del siglo XX— al poeta fundador de la literatura norteamericana Walt Whitman (1819-1892). Me atrevo a leer en la traducción de uno de aquellos poemas, lo que puede ser el inicio de aquella idea recurrente del maestro argentino sobre el desdoblamiento del escritor, la inmortalidad a la que accede con su obra, la inmortalidad de su nombre, e incluso la creación de todos los mitos y leyendas sobre los que pudieran llegar a convertir, los otros, su vida. Whitman reflexiona sobre lo anterior en el poema que Borges traduce:

«WHEN I READ THE BOOK

Cuando leí el libro, la biografía famosa,

y esto es entonces (dije yo) lo que el escritor llama la vida de un hombre,

¿y así piensa escribir alguno de mí cuando yo esté muerto?

(como si alguien pudiera saber algo sobre mi vida;

yo mismo suelo pensar que sé poco o nada sobre mi vida real.

Sólo unas cuantas señas, unas cuantas borrosas claves e indicaciones

intento, para mi propia información, resolver aquí.)»

Quedémonos con estos versos: «¿Y así piensa escribir alguno de mí cuando yo esté muerto? / (como si alguien pudiera saber algo sobre mi vida»; Y volvamos a «Borges y yo», donde el maestro argentino sentencia:

«Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.»

¿Pueden notarlo? Es evidente que los versos de Whitman se instalaron para siempre en la idea creativa de Borges, en sus intentos de construir, más que construir, ficcionar el relato de su vida, ya no solamente con su obra, sino hacer del Borges real, el Borges imaginario, el Borges personaje, el Borges incluso mitológico. Tal como lo hace Baldi, el personaje que nos presenta Onetti, que como cualquier escritor hace una leyenda de su patética vida de oficinista, genera su propio ente fantástico, heroico, alguien que incluso pueda ser temido, y desde esa sensación intenta volverse presente y perenne para traspasar el tiempo. O como aquel personaje de Cortázar en la obra que nos ocupa al señalar al inicio de su cuento: «Parece una broma, pero somos inmortales»; hasta llegar a la conclusión siguiente:

«Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra…»

Y también podemos notarlo en «Doblaje», el cuento en que Ribeyro parece estar recreando algún otro instante de ese personaje que ha leído a Whitman junto con Borges:

«A veces, pensaba que, en otro país, en otro continente, en las antípodas, en suma, había un ser exactamente igual a mí, que cumplía mis actos, tenía mis defectos, mis pasiones, mis sueños, mis manías, y esta idea me entretenía al mismo tiempo que me irritaba.

Con el tiempo la idea del doble se me hizo obsesiva.»

Hay algunos detalles poéticos en las obras que nos pueden servir de punto de unión para el tema del desdoblamiento. Borges siempre utiliza sus referencias lectoras dentro de sus textos creativos, y de esta manera da luz para las interpretaciones que podemos atrever los lectores. Dentro de «El otro», Borges señala: «Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz». Y posteriormente nos brinda una posibilidad poética para poder reconocer el sueño o la realidad: «De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor.»

No debe ser gratuita esta idea para el cuento de Cortázar, que desde el inicio ha titulado su obra: «Una flor amarilla»; y es que durante el cuento el personaje desraya:

«Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor».

Ribeyro para su desdoblamiento, recurre al mismo artificio que sirviera para identificar entre realidad y sueño, pero abandona la flor, quedándose con el color; veamos tres momentos:

«No puedo evitar un poderoso movimiento de romanticismo al evocar esta pequeña villa. Su tranquilidad, el gusto con que estaba decorada, me cautivaron desde el primer momento. Me sentía como en mi propio hogar. Las paredes estaban decoradas con una maravillosa colección de mariposas amarillas, por las que yo cobré una repentina afición.»

«¿Un doble? ¡Qué insensatez! ¿Qué hacía yo allí, perdido, angustiado, pensando en una mujer excéntrica a la que quizá no amaba, dilapidando mi tiempo, coleccionando mariposas amarillas?»

«Al mirar mis pinceles sentí un estremecimiento: estaban frescos de pintura. Precipitándome hacia el caballete, desgarré la funda: la madona que dejara en bosquejo estaba terminada con la destreza de un maestro y su rostro, cos«»a extraña, su rostro era de Winnie.

Abatido caí en mi sillón. Alrededor de la lámpara revoloteaba una mariposa amarilla.»

¡Caemos en cuenta de que nada es gratuito en la literatura!

La influencia queda ahí, en los lectores que suelen convertirse en escritores y siguen comunicándose. Los dos textos de Borges son sobre el ser humano que es él y el artista que se ha dado a conocer; el artista que al mismo tiempo es un ser inmortal, como lo plantea Cortázar en su historia, sin embargo, en estas tres obras son los narradores personajes solitarios; y no es Ribeyro quien mete a la ecuación literaria del desdoblamiento a la mujer, tanto como a las pasiones y a la violencia, sino que lo hace para unificar el concepto planteado por Borges, y unirlo al entusiasmo de las pasiones que planteara Onetti en «El posible Baldi» (escrito en 1936).

Ya vimos que Baldi comienza el engrandecimiento de su vida, la creación de ese otro Yo, para darle gusto a la desconocida mujer a quien le ha ahuyentando a un acosador callejero. Ribeyro, en cambio, la hace parte de su vida desdoblada. Son los dos (o más bien, el mismo personaje de las antípodas), quienes han pertenecido a Winnie:

«Inútil describir a Winnie; sólo diré que su carácter era un poco excéntrico. A veces me trataba con enorme familiaridad; otras, en cambio, se desconcertaba ante algunos de mis gestos o de mis palabras, cosa que lejos de enojarme me encantaba.»

«…me di cuenta de que lo que me incomodaba era la familiaridad con que Winnie se desplazaba por la casa. En varias ocasiones se había dirigido sin vacilar hacia el conmutador de la luz. ¿Serían celos? Al principio fue una especie de cólera sombría.»

«De un golpe derribé la lámpara, con riesgo de provocar un incendio, y precipitándome sobre Winnie, traté de arrancarle a viva fuerza una imaginaria confesión. Torciéndole las muñecas, le pregunté con quién y cuándo había estado en otra ocasión en esa casa.»

Winnie ha tenido que soportar a los dos personajes que son el mismo personaje habitando dos cuerpos diferentes y viviendo alejados uno del otro al grado de jamás poder alcanzarse: «Todos tenemos un doble que vive en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil porque los dobles tienden siempre a efectuar el movimiento contrario».

Mientras que la mujer del cuento de Onetti tiene que soportar el enojo de Baldi consigo mismo:

«Tiró el cigarrillo y se levantó. Sacó el dinero y puso un billete sobre las rodillas de la mujer.

— Tomá. ¿Querés más?

Agregó un billete más grande, sintiendo que la odiaba, que hubiera dado cualquier cosa por no haberla encontrado.»

De la misma forma que hemos visto el artificio de la flor, del color amarillo en la flor y en las mariposas, e incluso respecto al enojo contra una mujer, o en la relación entre un hombre viejo y un hombre joven, también podemos apreciar alguna similitud en las acciones que se narran.

El personaje de Cortázar encuentra un chico en un camión y considera que se trata de él mismo cuando joven, se baja del autobús y lo alcanza para comprobar su idea y asombrarse; mientras que el personaje de Ribeyro señala:

«En una ocasión, estuve siguiendo durante una hora, presa de una angustia feroz, a un sujeto de mi estatura y mi manera de caminar. Lo que me desesperaba era la obstinación con que se negaba a volver el semblante. Al fin, no pude más y le pasé la voz. Al volverse, me enseñó una fisonomía pálida, inofensiva, salpicada de pecas que, ¿por qué no decirlo?, me devolvió la tranquilidad.»

¿No les parece una idea demasiado semejante? Y claro que lo es. Los cuentos que hemos revisado se rozan unos con otros bajo el influjo de los desdoblamientos, de la inmortalidad, con guiños literarios que se hacen una y otra vez, fruto de las lecturas, de la posible admiración que entre los mismos autores se tenían, o quizá entusiasmados e inspirados acerca de los mismos sentimientos, sensaciones, búsquedas creativas, preocupaciones humanas.

¡He ahí lo maravilloso de la lectura! Nos permite encontrar las referencias a otras muchas lecturas, sin jamás perder la novedad que distingue el estilo de uno y de otro autor, lo cual nos hace reconstruir el diálogo de las sociedades humanas imaginadas a través del tiempo. Y quedarnos con esa indescriptible sensación de haberlo leído antes, de haberlo vivido incluso en algún otro momento. ¿Acaso no has tenido la sensación de que alguien escribe tu vida? ♦

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