Identifican nueva especie de dinosaurio en Coahuila

Mayo 15, 2021.- La recuperación de 80% del cráneo posibilitó su identificación como género y especie inéditos. Primer parasaurolofino reportado en México

Hace 73 millones de años un colosal dinosaurio herbívoro murió en lo que debió ser un cuerpo de agua copioso en sedimentos, por lo que su cuerpo quedó rápidamente cubierto por la tierra y pudo preservarse a través de las diferentes eras, hasta que paleontólogos pudieron recuperarlo y estudiarlo, hasta determinar que sus restos pertenecen a una nueva especie: Tlatolophus galorum.

Hadrosaurio con paleoambiente. Fotografía Marco A. Pineda

Publicado en la revista científica Cretaceous Research, anunció en 2013 el hallazgo mediante la recuperación exitosa de la cola articulada de un dinosaurio en el Ejido Guadalupe Alamitos, municipio de General Cepeda, en Coahuila.

Aunque la prioridad inicial fue rescatar pronta pero rigurosamente la osamenta, dado que algunas vértebras sobresalían de la superficie y estaban expuestas a la lluvia y la erosión, las pistas estaban dadas, apunta Felisa Aguilar Arellano, investigadora del Centro INAH Coahuila.

El equipo de trabajo del proyecto Rescate paleontológico de un esqueleto semiarticulado de hadrosaúrido (Ornitischhia: Hadrosauridae) en el ejido Guadalupe, municipio de General Cepeda, Coahuila, en reunión para establecer área de excavación. Marzo 2013. Crédito René Hernández Rivera

«Pese a que habíamos perdido la esperanza de hallar la parte superior del ejemplar, una vez que recuperamos la cola seguimos excavando debajo de donde ésta se ubicaba. La sorpresa fue que comenzamos a encontrar huesos como el fémur, la escápula y otros elementos», explica Ángel Alejandro Ramírez Velasco, del Instituto de Geología de la UNAM.

El investigador, coautor del artículo académico junto con Felisa Aguilar, René Hernández Rivera, José Luis Gudiño Maussán, Marisol Lara Rodríguez y Jesús Alvarado Ortega, refiere que entre dichos huesos apareció uno muy alargado y con forma de gota.

«En su momento dije que era parte de la pelvis, pero otro de los participantes del proyecto comentó que aquello era la cabeza del animal», señala.

Fue hasta la posterior recolección, limpieza y análisis de otros 34 fragmentos óseos que las piezas embonaron. Los paleontólogos tenían, en efecto, la cresta del dinosaurio, con 1.32 metros de largo, lo mismo que otras partes del cráneo: mandíbulas inferiores y superiores, paladar e, incluso, el segmento que se conoce como neurocráneo, donde se alojaba el cerebro.

Dadas las excepcionales condiciones de conservación del cráneo –se preserva casi 80 por ciento de esta estructura ósea–, se pudo dar paso a la comparación del ejemplar con otras especies de hadrosaurios conocidas en la región, como el Velafrons coahuilensis.

El examen mostró que la cresta y la nariz eran distintas al Velafrons y más parecidas a lo que se observa en otra tribu de los hadrosaurios: los parasaurolofinos. Las diferencias no pararon allí, la cresta del ejemplar de General Cepeda, con forma de gota, se oponía, incluso, a la cresta tubular de Parasaurolophus, la especie más conocida de los parasaurolofinos, que habitó en los actuales territorios de Nuevo México y Utah, Estados Unidos, así como en Alberta, Canadá, y que se ha retratado en películas como Parque Jurásico.

«Después de todos estos hallazgos, nos convencimos de que estábamos ante un nuevo género y especie de dinosaurio crestado», comenta Felisa Aguilar.

La investigación está validada por la comunidad científica, dado que, previo a su publicación, cada artículo es dictaminado por tres especialistas ajenos al proyecto, quienes después de valorar, y en su caso expresar y recibir contestación a sus observaciones, ratifican el hallazgo y permiten su divulgación.

La publicación en Cretaceous Research incluye ilustraciones de Luis V. Rey y Marco Pineda, paleoartistas que recrearon al dinosaurio en su hábitat natural.

Tlatolophus, la «cresta palabra»

El nombre de Tlatolophus galorum es un homenaje múltiple dado por los investigadores del INAH y la UNAM. Por un lado, el género Tlatolophus deriva de la voz nahua tlahtolli (palabra) y del griego lophus (cresta), por lo que su traducción es: cresta palabra.

La composición es adecuada no sólo porque la cresta de este animal asemeja en su forma a una vírgula —símbolo usado por los pueblos mesoamericanos para representar en códices la acción comunicativa y el saber en sí mismo—, sino porque en todos los lambeosaurinos tenía una función comunicativa, ya que, al tener numerosos pasajes internos y conexiones con la nariz y la tráquea, funcionaría como una trompeta integrada.

«Sabemos que tenían oídos con la capacidad de recibir sonidos de baja frecuencia, por lo que debieron ser dinosaurios pacíficos pero platicadores. Algunos paleontólogos teorizan que emitían sonidos fuertes para espantar a los carnívoros o con fines de reproducción, lo que sugiere que las crestas lucían colores vistosos», explica Ángel Ramírez.

En cuanto al nombre de la especie, galorum, Felisa Aguilar refiere que se trata de un homenaje a dos actores: ga, por un lado, al filántropo Jesús Garza Arocha, quien fue enlace entre la comunidad y los investigadores del INAH y la UNAM; mientras que lorum se designó para reconocer el apoyo de la familia López, que coadyuvó con los paleontólogos brindando hospedaje, alimentación y otras facilidades durante las temporadas de campo.

Cabe destacar que la cola articulada del Tlatolophus galorum se exhibe en la cabecera municipal de General Cepeda, donde —con apoyo del ayuntamiento— se habilitó un espacio en el que los habitantes del municipio y visitantes pueden conocer los vestigios de este antiguo habitante de la Tierra.

«Este fósil, que continúa bajo investigación, es un caso excepcional en la paleontología mexicana, ya que tuvieron que ocurrir sucesos altamente favorables desde hace millones de años, cuando Coahuila era una región tropical, como una gran planicie costera, para que se conservara en las condiciones con las cuales lo encontramos», subraya la paleontóloga Aguilar. Los académicos concluyen que el proyecto también ejemplifica la importancia de los reportes de la ciudadanía cuando cree haber encontrado un fósil: «se debe avisar al INAH y evitar extraerlo, ya que un mal manejo del contexto puede significar la pérdida irreparable de valiosa información para la paleontología mexicana y mundial». ♦

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