Abuelo, cuéntame un siglo. Añoranzas de chinampero

Marzo 29, 2021.- En la época de lluvias, cuando por la mañana el Cerro de Tlaltenco tenga su sombrero, seguramente habrá aguacero

Por Silvano Cabello Pérez | Nosotros Núm. 26 | Abril de 2000

Tercera de tres partes

Por todos lados había magueyes, entre estos un tipo especial que facilitaba sacar la fibra de las pencas llamado «ichtli» y con estos se torcían cordeles muy delgados y coloreados con distintos vegetales, especialmente flores. Se hacían morrales, cinturones, chirriones (especie de látigos largos), toquillas para sombreros, estas también se hacían con cerdas y ondas para apedrear a los animales desde lejos, los cuales obedecían llamándolos por su nombre, que bien entendían: paloma, mariposa, dalia, carbonera y otros muchos, según el gusto del pastor. Los chirriones tenían su especial manufactura de tal manera que agitados en el aire se provocaba un trueno como de cohete o escopeta; luego había competencia entre pastores que se encontraban a cierta distancia siempre colocados en las partes más altas, haciendo tronar los chirriones a manera de competencia.

Entre las actividades no muy buenas eran jugar a la roña arriba de los árboles, descuidando el ganado que dañaba las milpas y otros sembradíos, tomar los elotes, cañas de maíz, aguamiel a escondidas de los dueños; todo era por golosina. Había una hierba que provocaba hemorragia; a los pastores novatos se les ofrecía. Yo, aparentando, lo hacía primero. Su olor no era desagradable. A la víctima se le ofrecía y esta lo aspiraba profundamente. Al poco rato ya tenía hemorragia. A las cañas se les frotaba una hierba con olor a anís y al mascarla tenía un sabor agradable.

Las personas mayores de otros tiempos nos enseñaron a observar un fenómeno natural. Vean, allá al norte están unos cerros entre Tlaltenco y Zapotitlán, así se llaman esos pueblos, uno casi ya se lo acabaron inconscientemente, pero con intereses económicos con la explotación de la mina de arena y grava que descubrieron. Pues bien, ¿ven aquel más alto? Le llamamos el Cerro de Tlaltenco, muchas, pero muchas veces vimos lo que los ancestros nos decían: en la época de lluvias, cuando por la mañana el Cerro de Tlaltenco tenga su sombrero, seguramente habrá aguacero. Era que una densa nube rodeaba la cumbre del cerro simulando un sombrero. Actualmente como ya poco llueve no se ha visto más. Los pastores salíamos prevenidos con pachones porque siempre resultaba efectivo este anuncio natural.

En verano, o temporada de sequía, varios pastores conducíamos el ganado para que tomara agua a la orilla de los manantiales de Acuezcomatl; de allí pasábamos a la frescura del bosque, donde los animales se echaban por largo tiempo a rumiar.

Ahorita recuerdo que siempre me subía a un pequeño cerrito que está en el bosque junto al camino y me sentaba en el peñasco más alto; allí me atreví a escribir unos versos mal hilvanados, describiendo la hermosura de ese lugar y de mi pueblo querido, mas después los hice canción.

—¡Ah, sí! Repuso Fernando. Los tienes escritos en una vieja libreta de tu primaria. Alguna Vez me la has enseñado.

—La misma que hasta la fecha conservo –agregué– y que siempre llevaba en mi morral por si había que hacer algún apunte o dibujo, todo para entretener el tiempo, aún con la crítica de mis compañeros pastores.

—Pues canta tu canción –insinuó David.

—En ese caso, que la cante Ari, ya se la he enseñado. Yo les cantaré otra dedicada a Xochimilco –contesté.

—Sí, sí, sí, que la cante, que la cante –gritaron todos.

—Con gusto lo haré –dijo Ari–. Ahí les va…

Soy de San Luis Tlaxialtemalco

hermoso pueblo donde yo nací,

sus manantiales son un encanto,

sus frescas aguas me hacen feliz.

Por los canales corren tranquilas

muy silenciosas sin descansar,

entre las flores y enramadas

las aves cantan ¡qué dulce hogar!

Su nombre es, es Acuezcomatl

que siempre en náhuatl pronunciaré

es la hondonada donde las aguas,

en ondas juegan suave vaivén.

Un ahuehuete gallardo se alza,

entre las aguas del manantial

donde los peces nadando saltan

y rayos solares, brillo les dan.

Bello vergel son las chinampas,

con hortalizas y flores mil,

sus ilusiones y esperanzas

en ellas forja el petlachil.

Siempre a su lado fiel compañera,

regando juntos con el sudor

entre los surcos, la sementera,

¡eso es San Luis! ¡Gracias Señor!

Para mí este momento fue conmovedor, tanto que dos gruesas gotas de agua cristalina opacaron mis ojos y surcaron mi tez envejecida. Ari de inmediato me envolvió entre sus infantiles brazos y no esperando más todos hicieron lo mismo, yo los estrechaba con paternal afecto.

Miguel Ángel, uno de los amiguitos de Fernando, con mucha atención y respeto me dijo:

—Señor, perdone que le hable con mucha confianza, cante la otra canción que nos ofreció.

Ya que ustedes me lo piden, así lo haré. Pero en este caso lo haremos a mi manera, todos se van a sentir chinamperos xochimilcas por un momento, vamos a dividirnos en dos coros, yo canto las estrofas y ustedes los caballeros van a cantar: ¡Chinampera, chinampera! ¿En dónde estás? Y ustedes damitas van a contestar: En mi chinampa con mis verduras, cortando flores para mi amor. Ahora vamos a practicar, antes de entrar en acción. Así que lo repetimos tres o cuatro veces con el tono apropiado… Luego todos cantamos.

En mi bello Xochimilco,

la cuna de mis amores

tengo a mi chinampera

que corta y riega las flores

(Estribillo)

¡Chinampera, chinampera!

¿En dónde estás?

En mi chinampa, con mis verduras

Cortando flores para mi amor.

¡Oh! Qué ahuejotes tan verdes

donde anidan los gorriones

del amor son centinelas

que cuidan los corazones.

(Estribillo)

¡Chinampera, chinampera!

¿En dónde estás?

En mi chinampa, con mis verduras

Cortando flores para mi amor.

—Gracias muchachas, gracias muchachos por haberme complacido. Les pedí que por un momento se sintieran «chinamperos», lo hicieron muy bien, gracias por la atención que me prestaron, pues me hice único dueño de la palabra, cuando ustedes pudieron haberse divertido en alguna otra forma. Ahora considero que nosotros debemos regresar a casa, tal vez en la casa de ustedes ya notaron su ausencia.

No –contestó uno de los muchachos–, avisamos que veníamos para acá.

Yo –interpela otro de los muchachos– no me quiero quedar con la duda. ¿Qué es petlachil?, palabra que oí cuando cantó Ari.

—¡Ahhh! Petlachil es el sobrenombre que comúnmente los nativos de este lugar tenemos desde hace siglos. Los primeros pobladores de San Luis, allá por el año de 1603, su oficio era hacer petates, que en el idioma náhuatl se dice «petlatl», de aquí se forma la partícula «petla» y «chil» es de «chihua»; esto es, «hacer algo». En consecuencia nos resulta «petlachihua» o «hacedor de petates», en la escritura, en ocasiones la «ch» se cambia por «x», así nos resulta «petlaxil».

—Muchas gracias –contestaron todos.

—Nos veremos en la escuela –contestaron Ari, Fernando y David–. Que la pasen bien.

—También ustedes –contestaron los muchachos.

—Yo les deseo mucho adelanto en sus estudios, que siempre busquen la prosperidad en su hogar y en nuestra Patria que es lo que México espera de las nuevas generaciones. Adiós muchachos y hasta un próximo encuentro. —¡Adiós, adiós! Nos dijimos todos. ♦

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