Representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa

Marzo 16, 2021.- Tradición que se vive con realismo, en aras de profesar el amor al prójimo y lograr la paz en los hombres de buena voluntad

Por Sergio Rojas | Nosotros Núm. 26 | Abril de 2000

Portada de la número 26

En Iztapalapa se revive cada año, desde hace más de siglo y medio, la Pasión de Cristo. En la representación participa un pueblo que se aferra a esa tradición pagano-religiosa, quizá porque encuentra en ese acto de su propio viacrucis. La pasión, muerte y resurrección de Cristo comienza el Jueves Santo, cuando los iztapalapenses recrean la tradicional visita de las Siete Casas para ofrecer sus oraciones en adoración a la Eucaristía, que contiene la respuesta de amor de Cristo al darnos su cuerpo y sangre, y por la noche en el Jardín Cuitláhuac tiene lugar el lavatorio de pies, para concluir con la última cena.

Un día después, el Viernes Santo, tiene lugar la representación de la Pasión y Muerte de Cristo, como punto culminante de un acto que se prepara durante todo el año. Es una tradición que comienza desde la niñez y perdura a través de la vida entre los iztapalapenses. Desde las nueve de la mañana en la explanada del Jardín Cuitláhuac se desarrolla el juicio de Jesús ante Poncio Pilatos y Herodes.

En la escenificación de la Pasión de Cristo participan alrededor de 5 mil 600 actores no profesionales, y vienen a Iztapalapa más de dos millones de espectadores, entre los que se incluyen los habitantes de los ocho barrios de la delegación.

Se trata de una de las representaciones de Semana Santa más conocidas en el mundo, que en este año completará las 157, y que se desarrolla en la explanada del Jardín Cuitláhuac, donde se construye una réplica de la Jerusalén de los tiempos de Cristo, la iglesia del Señor de la Cuevita y el Cerro de la Estrella, habilitado como Monte Calvario.

Algunos estudiosos lo consideran un ritual trágico, donde se convocan las fuerzas superiores, en la solicitud de la transformación hacia un mundo mejor.

Durante el recorrido tradicional, aproximadamente tres kilómetros por los ocho barrios tradicionales de la jurisdicción (los de Asunción, San Ignacio, Santa Bárbara, San Lucas, San Pablo, San Miguel, San Pedro y San José), una energía especial se desprende logrando con ello un estado de animación que al igual mueve a la esperanza que a la frustración, a las lágrimas o a la risa, al fervor o a la burla. Todos esos sentimientos encontrados en una Iztapalapa que se viste de gala a través del papel picado o moños de papel crepé en colores blanco y morado que resaltan en las casas o sobre las típicas calles del rumbo.

Es aquí donde los mexicanos viven su fe cristiana, pues con absoluto respeto, dolor y llanto vuelven a crucificar a Jesús de Nazaret.

El origen

En 1833 una epidemia de cólera morbus azotó el entonces municipio y acabó con gran parte de la población. Quienes sobrevivieron a la epidemia imploraron su salvación y, años más tarde, dieron inicio a la escenificación con integrantes de la comunidad. Al principio las representaciones eran como pequeñas pastorelas, pero con el correr del tiempo fueron transformándose hasta alcanzar el rango de una ceremonia conmovedora, significativa, de profundo sentido religioso.

Según se cuenta, las originales pastorelas fueron teniendo transformaciones al incrementarse el número de actores, por lo que fueron también ampliados los parlamentos, se enriqueció el vestuario y las escenografías.

Ahora es toda una tradición que se transmite de generación en generación y forma parte ya de la cultura popular de los iztapalapenses.

La organización del evento

Algunos de los iztapalapenses han representado su papel durante 50 años. Y es que el reparto incluye apóstoles, vírgenes, centuriones y nazarenos; Poncio Pilatos, Caifás, Herodes, María Magdalena, la Virgen María y Jesucristo, los cuales a su vez son representados por estudiantes, trabajadores, amas de casa, secretarias, futbolistas llaneros, profesionistas, sonideros, taxistas, microbuseros y todo aquel que vive en esta delegación del oriente de la ciudad.

La organización del evento está a cargo de los integrantes del concilio, los cuales a su vez son los depositarios de la tradición y quienes distribuyen acciones como la selección y designación de los personajes. Son familias las que se han convertido en depositarias de la tradición.

Pero quien personifica a Cristo debe tener excelente condición física.

La intensidad de la escenificación

Mezcla de paganismo y religiosidad, la representación de los Misterios de la Pasión de Cristo en Iztapalapa es la expresión de cultura popular más importante en este género que se desarrolla en la Ciudad de México. Es un ritual que trasciende la modernidad. Ciertamente, ni el crecimiento desmesurado de la mancha urbana ha alterado la escenificación.

Jesús el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador, vestido comúnmente con una túnica blanca y un manto rojo, es seguido por el Arcángel Gabriel y por los 12 apóstoles, incluido Judas Iscariote y Barrabás. Por los centuriones montados a caballo, todos en medio del bullicio de la multitud, contenida por los cientos de nazarenos, muchos de ellos descalzos para pagar alguna manda, y de los judíos que se entremezclan con la multitud.

Sí, gritos y sollozos salen de la multitud conmovida por el sufrimiento que encarna en el Supremo, personificado por un joven de la comunidad.

La celebración da inicio con la representación del Domingo de Ramos, pero definitivamente en los días Jueves y Viernes Santo tienen lugar los momentos culminantes de la actividad ritual. Hasta culminar con la Procesión del Silencio.

Aquí hasta el más insignificante de los detalles está previsto, nada queda a la improvisación. Los actores dedican desde enero gran parte del tiempo a su preparación, a la memorización de los parlamentos. Todo con dedicación y absoluto fervor religioso.

El realismo conmovedor

La Pasión de Semana Santa adquirió fama desde que el regente Uruchurtu mandó arreglar la Calzada de la Viga. Fue entonces cuando comenzaron a llegar las multitudes, atraídas por el Cristo de Iztapalapa, quien con su rostro sangrante por la corona de espinas y la espalda flagelada por los azotes, debe cargar con una cruz de casi 100 kilos de peso. Un realismo conmovedor, difícil de borrarlo de la mente de quien lo ha visto, es lo que guarda en Semana Santa la representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa, cuando no se trabaja más que lo indispensable y la vigilia indica el comer los exquisitos huanzontles, romeritos, peneques, pescado, nopalitos y charalitos.

Pero también es un personaje harto conocido el Judas de Iztapalapa, al que la multitud le arroja limonazos, pedradas y hasta mentadas de madre.

El Viernes Santo Jesucristo el Enviado es crucificado en la cúspide del Cerro de la Estrella, junto con Dimas y Gestas, luego de las tres caídas tal y como lo señala el Antiguo Testamento, entre apretujones, codazos y pisotones de la multitud expectante.

No hace mucho al momento de la crucifixión los rayos del sol eran intensos y el viento soplaba con fuerza, pero en el momento que Cristo pronunció las últimas palabras: «¡Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu!… Perdónalos Señor, no saben lo que hacen», una nube negra envolvió al Sol y la penumbra se apoderó del Monte Calvario, para sorpresa y admiración de los miles de espectadores que en su gran mayoría derramaron lágrimas.

Es una tradición que se vive con realismo, en aras de profesar el amor al prójimo y de lograr algún día la paz en los hombres de buena voluntad.

Es la Iztapalapa de fin de siglo que con su ritual de fe nos hace albergar nuevas esperanzas de un mundo mejor para la humanidad entera, a través de una manifestación cultural que conjunta elementos paganos y religiosos en una lucha constante por rescatarlos y mantenerlos vigentes. ♦

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