Manantiales que embellecieron a Xochimilco en el siglo XX

Diciembre 10, 2020.- Aquel paraíso acuático lleno de leyendas que tanta fama dio a la región acabó con un acueducto

Revista Número 28

Por Rodolfo Cordero López | Nosotros, Núm. 28 | Junio de 2000

La belleza de Xochimilco fue producto de sus manantiales, la fertilidad de las chinampas y el clima benigno. Once manantiales brotaron de la ribera de la montaña xochimilca, muchos más lo hicieron a la orilla de la cordillera del Ajusco, en Tlalpan, Tláhuac y Milpa Alta, arrojando sus aguas hacia la llanura cristalina, el lago de Xochimilco.

De oriente a poniente fluyeron los siguientes manantiales:

El Acuezcómac. Su nombre significa «en las trojes del agua». Afloró en las orillas del pueblo de San Luis Tlaxialtemalco. Su leyenda dice que los quiapequi xochimilca, «los que hacen la lluvia», arrojaron una tormenta al Valle de Tepoztlán inundándolo.

El Tepoztécatl acudió para salvar a su pueblo. Se elevó transfigurándose en un remolino de viento, el ecamalácatl, y penetró en la tierra, en la tlalli, llevándose consigo el agua. El Tepoztécatl salió en Acuezcómac cambiando su forma en un torrente, apaciaguado, dejó una fuente hirviente, con oleajes de agua espejeante, atezcahuapan. Tepoztécatl dejó además a una sirena, la Michicíhuatl, que bañaba su sedosa cabellera en ese caudaloso manantial, y en el opoctli, «la niebla del agua», varios arcoiris creados por los rayos matutinos del sol destacaban su hermosura. Ella hizo de Acuezcómac un paraíso de armonías con sus melodiosos cantos. Ella fue la diosa de los vegetales, de las aves y de los peces, de las chinampas floridas y de sus caminos de canoas.

Los bisabuelos de Tlaxialtemalco refieren que la sirena se fue cuando el Acuezcómac se extinguió. Dicen con toda su verdad que una nube blanca bajó en un día claro, de cielo azul. La nube cubrió el paraje del manantial, salió la sirena y la nube se elevó llevándosela para siempre.

La Michicíhuatl tuvo su pareja, el Centurión, el Michitecuhtli, el hombre pez que aparecía a las 12 de la noche del 24 de junio, en la Laguna de Caltongo, donde está el embarcadero turístico. Un borbollón anunciaba su salida, dejando ver sus escamas doradas bajo la luz de la luna y de las estrellas. Dicen que iba en busca de la sirena, pero al igual que ella también desapareció. Los testimonios son verídicos, pues en un terreno frente a ese embarcadero estuvo un palacio, un adoratorio prehispánico.

El Manantial de Acalpixcan. En el pueblo de Santa Cruz Acalpixcan brotó este ojo de agua, entre los peñascos de un cerrillo, tetitlan. Fray Bemardino de Sahagún, en el siglo XVI, dice que al ver a los nativos que acudían con ofrendas, nadó hacia el fondo del manantial y encontró un ídolo de piedra que retiró, colocando a cambio una cruz de madera en la cima del cerro; Acalpixcan adoptó la cruz, e hizo de ella una tradición, una costumbre, llevar cada año tres cruces de madera a la cumbre del cerro Tlacualleli.

En la ribera de Acalpixcan hubo otros pequeños ojos de agua, escurrimientos del gran manantial. Hoy, las instalaciones de la planta de bombeo las ocupa el Museo Arqueológico de Xochimilco.

El Manantial de Tolxomulco. En el sitio de San Jerónimo Pizahuizotl, Nativitas Zacapan, brotó el agua de este manantial, entre los tulares y los espejos de agua donde nadaban los patos xómotl. En el estanque de Ahuitzotl, animal fantástico acuático.

El ojo de agua de Nativitas Zacapan. Los cronistas de los siglos XVI y XVII, en sus testimonios dicen que este caudaloso manantial fue una alberca natural, favorita para la nobleza del virreinato. El virrey y su familia llegaban a radicar por varios días en el convento de San Bernardino de Siena. Para holgarse se trasladaban a esa alberca rodeada por la floresta. Los padres franciscanos colocaron una cruz de piedra en el fondo del ojo de agua, parecida a la cruz de piedra que se encuentra en el atrio de la capilla del pueblo.

Las instalaciones de la planta de bombeo al acueducto porfiriano, las ocupa una biblioteca y las oficinas de la Dirección General de Operación y Construcción Hidráulica. Entre los árboles yacen dos enormes cocodrilos de cemento y piedras que nos recuerdan a Cipactli, el petroglifo de un caimán de la zona arqueológica de Cuauhilama, en Acalpixcan.

El Quetzalapa. Este borbollón estaba dentro del bosque de eucaliptos de Nativitas. Los viejos alcanfores cubrieron con su fronda el Quetzalapa, el manantial «mariposa acuática». Hasta allí acudían las mariposas de color verde amarillento con tonalidades plateadas; las mariposas blancas que se alimentaban de las hojas de las coles y las coliflores cultivadas en la chinampería. Las mariposas amarillas, emblemas del sol, como aquella que quedó estampada en el relieve de los petroglifos de Acalpixcan.

Quetzalapa, como Acuezcómac, desapareció llevándose el colorido, la esplendidez de las papalotl, las mariposas que le dieron nombre, y la virtud del Quetzalli.

El Manantial del Niño Jesús. Nació entre pequeños cantos rodados y arena de río. Esta tierra fue fértil, de maizales y otros sembradíos. Perteneció al cacique don Luis Serón. Después de la conquista de México en el siglo XVI, lo nombraron Rancho de Xaltocán, donde apareció renovada Nuestra Señora de los Dolores, para reafirmar una de las tradiciones más suntuosas en las que se expresa la fe y el alma festiva del xochimilca. La Virgen de los Dolores parece ser una advocación de la diosa Cántico, la Señora del Hogar de los xochimilca, en el universo prehispánico.

La familia del cacique, los Cortés Serón de Albarado, donó varias imágenes del Niño Jesús, una de las que es ahora motivo de gozo, en las fiestas navideñas, el Niñopa, el Niño Padre de Xochimilco. Una de estas imágenes del Niño Jesús fue poseedora de esa fuente brotante, entre arenales y tuzas.

El Tzonmolco. Así se llamó el manantial de La Noria. También fue una alberca natural, llena de misterio. A pocos metros se eleva un montículo semiesférico que tuvo una gruta, una cueva donde vivía el Diablo. La planicie que rodea esta salida de agua fue de tierras de cultivo de maíz, pertenecientes al cacique Martín Cortés Serón de Albarado. Durante la Colonia fue una hacienda de labor, y su propietario reciente fue la familia Olmedo. Doña Dolores Olmedo, de relevante historia al lado del pintor Diego Rivera, donó el casco de la hacienda para constituir el singular Museo Dolores Olmedo Patiño. De esta hacienda formó parte la Cueva del Diablo, personaje que aparecía vestido de charro negro, montado en un caballo azabache. Enamoraba a las mujeres que iban a los lavaderos públicos a un costado de la fuente bullente. Y dicen quienes saben, que aquel charro vivía también en el fondo burbujeante. Que cuando veía a una mujer que le gustaba, el borbollón se elevaba, como fuente saltarina. La leyenda afirma que el charro, el Diablo, se llevó a una joven de Xochimilco, con todos los honores de una boda xochimilca; el pedimento en matrimonio de la joven mujer, el casamiento por la iglesia en la parroquia de San Bernardino de Siena  y  la visita  a  los desposados. El charro permitía ver a su esposa, al medio día, en el momento en que los rayos del sol caen verticales. En el fondo del agua estaba la joven, hilando o tejiendo. Curiosamente, Tzonmolco significa «donde está la cabellera blanda y suave». En el templo mayor de México­Tenochtitlan hubo un templo llamado así, Tzonmolco, como el manantial de La Noria. La planta de bombeo la ocupa el Teatro Carlos Pellicer.

En Tepepan hubo tres importantes lugares donde el agua salía de la tierra, sus nombres fueron: San Juan Tecoloztitlan, es decir, «en la tierra del tecolote de collar». San Diego, manantial cuya leyenda está en el testamento del cacique Martín Serón de Albarado, quien deja a sus hijos Andrés, Joaquín y su mujer María de la Cruz, con otras propiedades, de las que salga el valor de la fiesta a San Diego, el santo de su propiedad. Su testamento es de 1650, por lo que, el manantial de San Diego pudo ser de aquel cacique.

Oztotenco, término deformado en Ozlotenco, Xolotenco, con raíces que nos hacen pensar en algún adoratorio de los dioses del panteón xochimilca. Estos brotaderos arrojaban su líquido precioso al Potrero de San Bernardino, área de la Calzada Guadalupe I. Ramírez, al ejido de Tepepan y la Ciénega Chica, hacia la chinampería, por el acalote de La Noria, preferido por la Mictlancíhuatl, la Señora de los Muertos.

Coapa, Coapan. El onceavo manantial, con historia y leyenda fue el de Coapan, «donde surge el agua de la serpiente». Allí, en un islote, los xochimilca recibieron a Quetzalcoatl en su camino hacia Tlilan Tlapalan: ¿Dónde está Tlilan Tlapalan, Quetzalcoatl? –le preguntaron los de Xochimilco. Quetzalcoatl dijo: No lo sé. Pero hacia allá tengo que ir, porque allá gobernaré. Entonces, Quetzalcoatl se despojó de sus riquezas, de sus joyas, y las arrojó en el ojo de ese manantial. Luego prosiguió su camino en compañía de los toltecas, hasta las cuevas de Xico, y allí vivió algún tiempo. De su estancia se cree que los tolteca-xochimilca tallaron las piedras de Cuauhilama, a manera de constancia del paso de Ce Acatl Topiltzin Quetzalcoatl, el de Amátlan, hoy estado de Morelos.

Del año de 1905 a 1913, el gobierno de Porfirio Díaz mandó construir un acueducto de 26 kilómetros de longitud, del Acuezcómac a la Colonia Condesa, cerca de Chapultepec, para llevar dos mil litros por segundo de agua potable de los manantiales de Xochimilco, dando fin a ese paraíso acuático lleno de leyendas, que tanta fama le han dado a Xochimilco. ♦

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