Racismo y clasismo de la Independencia sigue vigente

Diciembre 6, 2020.- El indio patarrajada y el gachupín se acomodaron al siglo XXI en «chairos» y «mirreyes». Parece una lucha sin fin pero, en realidad, sin ganador

Por Sebastián G. Flores Hernández

Hoy en día vemos en noticias o en la propia vida diaria una división social que está revestida de racismo o de clasismo. ¿Quién nos habrá enseñado? ¿Por qué es algo tan natural en nuestros días? O, ¿por qué lo vemos como algo natural? Algunos han sostenido la idea de que inició en la época colonial, puede ser cierto si tomamos en cuenta que la sociedad que somos hoy –algunos con ciertas diferencias y características–, es de manera general una mezcla de las culturas españolas e indígenas originarias, principalmente.

Es probable que incluso en la época prehispánica ya haya habido una tendencia ciertamente clasista y que, incluso, en los primeros años de la colonia persistió, si tomamos en cuenta, por ejemplo, que los descendientes de los principales tlatoanis de la Cuenca de México tuvieron un desarrollo diferente a los indígenas que vivieron los trescientos años de dominación. En este caso, quiero detenerme en las condiciones sociales de la Nueva España en los años previos a la guerra de Independencia.

Para fines del siglo XVIII y principios del XIX, la historiadora Josefina Zoraida Vásquez nos aporta los siguientes datos sobre la población novohispana:  60% de la población total estaba integrada por indígenas –que representaba la mayoría de toda la población–; 17.5% estaba integrada por españoles –sin importar si eran criollos o peninsulares1– y casi 22% estaban integrados por las diferentes castas. Y he aquí parte fundamental de ese mosaico social, pues las castas están integradas por mestizos, mulatos, indios y una buena lista de etcéteras2. Otros autores como Alexander von Humboldt anotan que en 1810 los indígenas representaban el 60%, los españoles 18.1% y el resto de los mestizos 21.8%3. Números muy parecidos.

Estos grupos raciales de igual manera mantenían una clasificación social y económica bien determinada. Y en este sentido las cofradías juegan un papel fundamental, porque no vamos a encontrar –o muy difícilmente– una persona ajena en un grupo social. Las cofradías son organizaciones gremiales en los que se realizaban obras de caridad y otras actividades relacionadas con la deidad patronal a la que estaba dedicada esa cofradía. Gracias a la actividad laboral que realizaban los miembros de la organización, estaban también divididos económicamente. Es decir, que la actividad económica está también ligada a la actividad social.  Así, tenemos a los peninsulares como el sector social más aventajado económicamente, porque las ricas están distribuidas principalmente en este sector. Los peninsulares son los dueños de minas y haciendas, son comerciantes, forman parte de las altas cúpulas de la Iglesia Católica.

Los criollos, en su mayoría, representan la parte más educada de la Nueva España. Generalmente son ingenieros de minas, curas de parroquias, estudiados ya sea en los reales colegios de minas o en las universidades eclesiásticas. Los indígenas y mestizos en su gran mayoría eran los más despojados, pues estaban obligados al tributo. Algunos indígenas tenían pequeñas parcelas con lo que apenas podían sustentarse. Otros, al igual que un buen número de mestizos, trabajaban en las haciendas o en las minas. Era común que los dueños peninsulares ordenaran algún tipo de castigo corporal a indígenas o mestizos.

Hay algo que establecer, y es que esto en realidad es una generalidad, no debemos pensar en villanías y acomplejamientos. De hecho, ya en plena guerra las injusticias estarán latentes en ambos sectores.

En la primera década del siglo XIX, estas desigualdades ya están latentes; sin embargo, las que son sufridas por los peninsulares son aquellas que irán despertando malestar y las que van despertando la idea de un levantamiento armado contra los peninsulares, y con ellas se irán adhiriendo las de las demás castas. Desde la segunda mitad del siglo XVIII, a través de las Reformas Borbónicas y las disposiciones ya existentes del manejo de las riquezas. Así pues, durante esta década, es en la que los criollos se empiezan a juntar para levantarse y quizá, de alguna manera, los maltratos de los mestizos y los indígenas también se unirán a los objetivos de los criollos. En esos años previos, había pasquines, de uno contra otro:

En la lengua portuguesa

Al ojo le llaman cri

Y a aquel que pronuncia así

aquesta lengua profesa.

En la nación holandesa

Ollo le llaman culo

Y así con gran disimulo

Juntando el cri con el ollo

Lo mismo es decir criollo

Que decir ojo de culo

(Pasquín atribuido a tenderos de El Parián, 1808)

Y la contestación:

Gachu en arábigo hablar

Es en castellano mula

Pin la guinea articula

Y en su lengua dice dar:

De donde vengo es sacar

Que este nombre gachupín

Es un muladar sin fin,

De donde el criollo siendo culo

Bien puede sin disimulo

Cagar en cosa tan ruin

(Pasquín criollo, en respuesta al de los tenderos, 1808)4

Son bien conocidas las peripecias que vivieron los conspiradores en septiembre de 1810, pero creo que es importante puntualizar algunas cosas. Ignacio Allende –criollo–, es quien había iniciado las juntas de conspiración y él invita a Miguel Hidalgo –también criollo– a unirse a la lucha. Sin duda alguna el liderazgo de Miguel Hidalgo es fundamental para que la revuelta se convierta en una verdadera revolución y no en una rebelión local. ¿Qué es lo que buscan entonces los criollos? ¿Qué busca el movimiento de Allende e Hidalgo?, principalmente tener una mayor participación política y económica a través de la expulsión de los peninsulares de la Nueva España. Al menos Allende no pretende despegarse de España. Pero de nuevo, la inclusión de Hidalgo es fundamental. Al salir de Dolores el 16 de septiembre de 1810, son unos cuantos. Doce días después al llegar a la ciudad de Guanajuato –una de las más importantes del Virreinato–, entre indígenas y mestizos que se unían por las haciendas, rancherías o ciudades por las que pasaba, llegó a 20,000. Es importante resaltar cómo Hidalgo le dio a este movimiento un carácter social. Algunos historiadores relatan que durante el evento que conocemos como el Grito de Dolores, en la arenga que hizo al pueblo dijo frases como: «Mírense las caras hambrientas, los harapos, la triste condición en la que viven, porque nosotros somos los verdaderos dueños de esta tierra»5.

No sólo eso, en este proceso en el que los que los conspiradores deciden si se levantan en armas o huyen, Hidalgo toma la decisión y les dice a los militares –Allende, Aldama y Abasolo–: «Señores, somos perdidos. Aquí no hay más remedio que ir a coger gachupines»6. Era este un nombre común, despectivo, para referirse a los peninsulares. Es normal entonces entender que cuando los Insurgentes llegan a Guanajuato y atacan la Alhóndiga de Granaditas, la gran mayoría de los 20,000 hombres con los que contaban eran indígenas y mestizos, y otro tanto de negros que trabajaban en las minas7.

En esta batalla, dentro de la Alhóndiga había poco menos de 700 hombres, mucho menos que los que había afuera, pero mejor armados y preparados. Mientras algunos soldados realistas –es decir del Ejército Virreinal–, arrojaban bombas o disparaban desde la azotea de la fortaleza, los que estaban afuera, atacaban con lanzas y piedras. Una vez adentro, quedó aún más clara lo terrible y doloroso que era esta división social y económica: el pueblo iracundo mató a niños, mujeres, ancianos y hombres sin distinción alguna, o quizá una sola, eran peninsulares. El pueblo mismo despojó de joyas o artículos de valor a los cadáveres. Algunas mujeres fueron violadas. Las escenas se repitieron en Valladolid –hoy Morelia– y en Guadalajara. Hidalgo permitió el degollamiento de peninsulares por el simple hecho de serlo. Hidalgo permitió que la ira contenida en este sector popular se extendiera como reguero de pólvora. Explotó a tal magnitud que, en las horas previas de su fusilamiento, se arrepintió de ello. El movimiento de Hidalgo evidenció a un nivel salvaje, quizás, la división social que durante casi tres siglos estaba latente.

En las Batallas posteriores, sobre todo en la del Monte de las Cruces –en lo que es hoy el Parque Nacional de la Marquesa, estado de México–, los Insurgentes resultaron vencedores claramente porque casi triplicaban al Ejército Virreinal. Desde esa batalla, y continuando con Aculco y sobre todo el Puente de Calderón, en las cercanías de Guadalajara, varios de estos mestizos desertaron y huyeron. Una de las cosas que molestaba a Ignacio Allende era que todas estas personas no tenían educación militar; murieron cientos y cientos de personas, que además se movían por puro instinto, sin una instrucción militar.

Muchos autores puntualizan que la fama de Hidalgo en el Bajío fue un factor esencial para que las filas Insurgentes se engrosaran rápida y descontroladamente. Se sabe que, en los años previos, el cura de Dolores era apreciado por prácticamente todos los sectores sociales, incluidos algunos peninsulares. Pero sin duda el elemento unificador en las filas Insurgentes fue el símbolo de la Virgen de Guadalupe. Dentro del pensamiento criollo, el culto a esta Virgen era fundamental pues encerraba ambas culturas de las que al final provenía el criollo: el español y el indígena. Y para la guerra fue fundamental. Entre algunos historiadores se habla de la llamada Guerra de Vírgenes, en la que el Ejército Virreinal sostenía y defendía la imagen de la Virgen de los Remedios –española– y la Virgen de Guadalupe por parte de los Insurgentes.

Importante también es señalar que los criollos eran de los sectores más divididos, pues no todos se le unieron a Hidalgo. Hubo miembros de esta raza que apoyaron a la Corona española. Probablemente el más famoso Agustín de Iturbide, quien a la postre se convirtió en el libertador de México. Varios de los generales que tuvieron participación política en la guerra del lado virreinal eran criollos –Iturbide, Santa Anna, Bustamante, Alamán–. Y la parte social no terminó con la muerte de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, sino que se intensificó. Probablemente el mayor dolor de cabeza para el Ejército Virreinal no fue Hidalgo, ni tampoco un criollo. José María Morelos descendía de mulatos, y en su fe de bautismo no fue registrado como tal. Vicente Guerrero corría con una suerte similar. Éste último vio como si bien se logró la Independencia de España, no hubo grandes cambios sociales ni económicos con los indígenas y mestizos. Dentro del surrealismo mexicano exaltado por Sartre, los mexicanos cambian para quedar en el fondo igual.

Las diferencias sociales y económicas han cambiado en los siguientes dos siglos, pero no de manera fundamental. Se han ido acomodando conforme a los tiempos. El indio patarrajada y el gachupín se acomodaron al siglo XXI en chairos y en mirreyes. Parece una lucha sin fin y, en realidad, sin ganador. Un trato bilateral en el que se sabe que existe, pero quisiera que el otro no existiera. Y así se avanza, no hacia delante, sino errático, sin movimientos controlados. Eso es parte de la herencia y una tradición de siglos. ¿Seremos capaces de verlo o de medianamente querer tratarlo? En el extranjero, al parecer, les es una virtud el gran mosaico cultural que es México. Entre los mexicanos parece no ser ni bueno ni malo, pero no nos acerca. ♦

_____

1 Es importante recordar que los peninsulares son españoles nacidos en la península ibérica y los criollos son nacidos en América. Esta distinción es muy importante, pues en los años previos a 1810 había un cierto desprecio entre ambas capas sociales.

2 Josefina Zoraida Vázquez. «La Revolución de Independencia». En Nueva Historia Mínima de México (139-148). El Colegio de México. México, 2004.

3 Alejandro Von Humboldt. Ensayo político del reino de la Nueva España. Editorial Porrúa. Colección Sepan Cuantos Núm. 39, p.210. México, 1966.

4 Marcela Dávalos. «1808: El año que casi fuimos libres». Proceso Bicentenario, Núm. 5, p.16. México, 2009.

5 José Manuel Villalpando. Miguel Hidalgo. Planeta Mexicana, p. 47. Las cursivas son propias. México, 2002.

6 Ibídem, p. 45. Las cursivas son propias.

7 Desde el inicio de la época colonial los negros africanos o de descendencia africana trabajan en la mayor parte de los casos en las minas, ya que eran más resistentes que los indígenas a los trabajos que en ellas había.

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