Comunidades prehispánicas y los altépetl en el Anáhuac

Noviembre 30, 2020.- Durante el México prehispánico el territorio de Xochimilco llegaba hasta lo que hoy es el pueblo de Tlayacapan

Por Manuel Garcés Jiménez

Es interesante compenetrarse en el tema a través de los análisis de códices, mapas elaborados durante los primeros años de la colonia y documentos denominados «primordiales», más si se tiene un valioso acervo que nos lleve de la mano a entender los primeros lugares ocupados por los habitantes del Valle de Anáhuac y sus alrededores, por ello se hace necesario el apoyo de una bibliografía apegada al tema a fin de contar con los datos necesarios para mayor comprensión.

Comencemos por ubicarnos con las principales características históricas y geográficas del Valle de Anáhuac donde actualmente se encuentra la Ciudad de México.

Señalemos que la ciudad de Tenochtitlan se hallaba a más de dos mil kilómetros de altitud, en una isla de un gran lago, a más trecientos kilómetros del mar hacia el oeste y a casi doscientos hacia el este.

Antonio Peñafiel en su libro Memoria sobre las aguas potables de la capital de México, editado en el año de 1884, hace un recuento de los manantiales que alimentaban al gran lago del Valle de México, sobresaliendo los lagos de Zumpango, Cuautitlán, Tlalnepantla, Tacuba, Tacubaya, Xochimilco, Tláhuac, Chalco, Acolman, Teotihuacan, Zumpango y Texcoco. 

Debemos echar a andar nuestra imaginación cuando la ciudad de Tenochtitlan se localizaba en el lago aún virgen, sitio paradisiaco que sorprendió a los invasores peninsulares por estar situado en el centro y rodeado de magnificas montañas.

Cabe señalar que la edificación de Tenochtitlan requirió varias generaciones de mandatos de tlatoanis. Sus habitantes habían extendido la diminuta isla natural formando un terraplén artificial de unas mil hectáreas, llenando de fango y rocas cercados con estacas y árboles de ahuejotes.

El mayor de los cinco lagos era el de Texcoco, con una profundidad de tres a seis metros mayor que los demás; como no tenía desagües, era salado. Se alimentaba de cuatro lagos de agua dulce situados hacia el norte y el sur, cuando estos se inundaban en la temporada de lluvias, de manera que una casi ininterrumpida extensión de agua cubría entonces el valle en todas direcciones, brindaba ricas oportunidades para la pesca y la caza con una variedad de aves. 

De acuerdo a lo analizado por los expertos en el tema, en Tenochtitlan había unos treinta elegantes y altos palacios construidos con piedra volcánica rojiza y porosa (tezontle). Las casas más pequeñas diseñadas de una sola planta eran de adobe y pintadas generalmente de blanco. Puesto que se encontraban sobre chinampas, estaban protegidas contra las inundaciones y sus alrededores brindaban ricas oportunidades para la pesca y la caza.

En ese edén del Anáhuac vivían aproximadamente doscientos cincuenta mil habitantes. El lago rebosaba de acallis (canoas) de distintos tamaños que transportaban cosechas producidas en las mismas chinampas y de los cerros aledaños. Tanto en las orillas del enorme lago como en las faldas de los cerros estaban asentadas las modestas viviendas construidas a base de varas, paja, cañas de maíz y pencas de magueyes conocidas como mezotes, chozas que contaban con enorme patio para el cultivo y la crianza de guajolotes y, claro, no podía faltar el xoloitzcuintle. En estas moradas familiares se denominan como altépetl.

Cabe señalar que los altépetl se caracterizaron por su organización social, basada en un determinado sedentarismo agrícola, y por su gran espíritu gregario (por el que, precisamente, recibieron el nombre de pueblo) que los llevó a crear una arquitectura comunitaria muy especial, además de crear el sistema agrícola chinampero y en los alrededores un sistema de terrazas para ampliar las milpas en lugares de cierta altura sobre los cerros.

El centro de Tenochtitlan era el recinto sagrado amurallado, compuesto de numerosos edificios religiosos, entre ellos varios basamentos en forma de pirámides con teocallis en lo alto. Las calles y canales partían del recinto hacia los cuatro puntos cardinales. La ciudad contaba con muchos basamentos piramidales de menor tamaño, cada una de las cuales constituía la base los templos dedicados a las distintas deidades.

De las faldas de los cerros y montañas conseguían leña y madera para muebles, herramientas agrícolas y la construcción de acallis. De la zona nordeste se obtenían sílex y obsidiana para diversas herramientas; había barro para la elaboración de trastos para la cocina y figurillas (la alfarería era un arte floreciente), se labraba la piedra para la obtención de metates y molcajetes. A la orilla del lago, del lado oriente, se conseguían la sal y junco (tule) para las cestas y chiquihuites.

Cabe señalar que los gobernantes llamados huey tlatoani no dominaban únicamente el Valle de Anáhuac. Sus dominios habían establecido su autoridad al este hasta el Golfo de México, inclusive se extendía a la costa del Pacífico.

De tal manera que Tenochtitlan controlaba tres zonas distintas: el trópico, cerca de los océanos; una zona templada, y la región montañosa, más allá de los volcanes. De ahí, la variedad de productos a través de tributo que podían adquirirse para la capital imperial.

Fue admirable el corazón de Tenochtitlán, tenía unos ciento veinte kilómetros de norte a sur y unos sesenta y cuatro de este a oeste; o sea, unas mil doscientas doce hectáreas; pero la ciudad misma cubría unas cincuenta mil quinientas hectáreas.

Las comunidades prehispánicas, los altépetl

La vida de Tenochtitlán era estable. En la práctica la administraba un engranaje, una red, algo entre un clan, un gremio, conocido como altépetl, término sobre cuya definición precisa cada generación de estudiosos con una nueva teoría de su origen; en lo único que todos están de acuerdo es en que indicaba una unidad que se autogobernaba y cuyos miembros trabajaban tierras que no les pertenecían. Era probablemente una asociación de familias vinculadas entre sí, los identificaba su nombre a través de un glifo, escritura ideográfica que los tlacuilos elaboraban tomando en cuenta, ya sea por su ubicación geográfica, actividad agrícola o artesanal.

Cada altépetl contaba con sus propias deidades, sacerdotes y tradiciones. Si bien no imposibles, eran poco comunes los matrimonios con alguien que no perteneciera al altépetl. El altépetl era la agrupación que movilizaba a los mexicas para la guerra, para limpiar las calles y para asistir a los festivales. Los que cultivaban tierras otorgadas por el altépetl entregaban una parte de su cosecha (tal vez una tercera parte) al altépetl para que éste lo hiciera llagar a la administración imperial. A través del altépetl, el campesino se enteraba de lo que el emperador requería u ordenaba. Existían, quizá, unos ochenta altépetl en los alrededores de Tenochtitlán.

Códices prehispánicos, mapas de la colonia española y títulos primordiales

Sabemos que tratar el tema respecto de códices es sumamente interesante, pero inagotable, es mucho la curiosidad por estos libros pintados artísticamente, que forman parte de ese legado prehispánico que nos hablan del universo de los dioses y el destino de hombres, así como de los fenómenos naturales; de la fundación y los orígenes de los altépetl, de sus hazañas, matrimonios y muerte, así como de su astronomía y sus calendarios.

Estos libros o códices fueron elaborados por artistas llamados tlacuilos, existieron los pintores escribanos y con el conocimiento de los tlamatinime plasmaban su escritura en soportes de piel de venado, en papel amate y otros materiales. Estos artífices adquirían sus habilidades en las escuelas de elites llamadas entre los mexicas calmécac, en donde se encontraban «las casas de libros». Por lo tanto, concluimos que su información es verídica.

Los estudiosos de estos vetustos libros lo dividen en cuatro grupos principales para su análisis: mayas, del grupo Borgia, mexicas y mixtecos.

Hasta el momento se tienen 15 códices identificados, 13 se encuentran en Europa, en los acervos de las universidades de Oxford (Gran Bretaña) y Bolonia (Italia), los museos británicos (en Londres), América (en Madrid), de Liverpool (Gran Bretaña), y en las bibliotecas Apostólica Vaticana Dresde (Alemania) y nacionales de Austria y Francia. En la Ciudad de México se resguarda el Códice Mixteco Colombino-Becker, digitalizado en 2005.

Para despertar el interés de su contenido citaremos los libros del grupo Borgia, los cuales nos fueron negados por el Vaticano hace unos días. Nos hablan del mundo invisible, no del mundo profano de gobernantes, dinastías, ejércitos y tributos, sino de los espíritus, de lo sobrenatural y de las fuerzas cósmicas. Además, dictaban cómo llevar a cabo los rituales, y uno de ellos incluye una narrativa cosmogónica de la tradición.

Otra fuente que nos remonta al surgimiento de las comunidades prehispánicas son los primeros mapas que dan fe de los asentamientos prehispánicos, para ello vemos que a la llegada de los españoles se elaboran los mapas del mundo recién conquistado o invadido mandadas al rey de España para información de las actividades realizadas por los españoles en estas tierras.

Cuando entraron los españoles al Valle de Anáhuac dieron fe de lo visto al rey a través de un mapa que se encuentra actualmente en la biblioteca de la Universidad de Uppsala, «Uppsala universitesbibliotek. Uppsala University Biblioteca de la Universidad de Uppsala». Este mapa fue dibujado, según investigaciones, por el arqueólogo sueco Linné, a más tardar en el año de 1550; se parece a los mapas medievales, aunque fue hecho por tlacuilos, es decir, dibujantes indígenas que trataron de imitar el estilo de los mapas españoles, pero apoyándose en la tradición de la escritura mexica, como se deduce del hecho de que muchos nombres de los lugares se indican en pictografías en vez de letras latinas. Como la vida colonial, que lentamente empezaba a desenvolverse.

En este mapa de Uppsala se observa la vida indígena alrededor de la ciudad de Tenochtitlan, se ve representado con gran vivacidad la vida cotidiana. Abundan los pescadores en el lago lanzando sus anzuelos o al acecho, entre los cuales se contaban con peces blancos, larvas comestibles de un batracio como el ajolote, y la huevera de mosquitos (ahuahutli), considerado como exquisito bocado.

Otro alimento obtenido de los lagos que Bernal Díaz del Castillo vio en el mercado de Tlatelolco, fue unos pasteles hechos con algas «con sabor a queso». En él se ve cómo surcan en las aguas gran número de canoas, cuyos tripulantes lanzan tridentes sobre los peces grandes parecidos a las carpas, y sobre patos ayudándose (lo que, claro está, no se puede distinguir en los dibujos del mapa) con los lanzadardos que les llamaban átlatl. Otros tripulantes de canoas extienden largas redes entre unos postes encallados en el fondo del lago.

En algunas partes del mapa se pueden ver figuras de cazadores en los bosques que rodean el lago, acechando con arcos y flechas, redes fijas y móviles a venados, liebres y aves. La caza era, por consiguiente, una actividad ceremonial y al mismo tiempo un deporte de nobles entre los mexicas.

Vemos a través del interesante mapa, que es la crónica de 1550 donde se observa el México Tenochtitlan y sus alrededores con asentamientos (altépetl), su geografía, lagos, caminos y actividades cotidianas de los poblados rodeados de agua como fue Tláhuac (San Pedro) y Mixquic (San Andrés), así como otros localizados en los contornos de la inmensa zona lacustre.

El valioso documento muestra (a la izquierda) el glifo de Tecómitl (único de los pueblos de Milpa Alta), representado por una diminuta olla localizada a orillas de un cerro, lo que podría ser el Teuhtli, donde aparece plasmado un personaje. Observamos que el poblado tenía salida al lago de Chalco-Tláhuac-Xochimilco, además de un camino que provenía de la zona de los volcanes (Paso de Cortés), pasando por Ayotzingo, continuaba a la orilla de Xochimilco, se unía con el de San Mateo Xalpan, camino principal de los pochtecas (comerciantes), como se observa en el mapa con personajes con carga en la espalda, posiblemente realizando el comercio desde lugares distantes, en lo que hoy conocemos como los  estados de Morelos y Guerrero a Tenochtitlán, pasando por Xochimilco.

La historia de estos documentos nos hace recordar al primer Plano de Tenochtitlan, cuya elaboración se le atribuía a Hernán Cortés en 1524, aunque de hecho persisten muchas dudas. Lo que sí está comprobado es que se envía al rey Carlos V de España, considerando que la información geográfica indígena fue la base para el trazo. Quien lo realizó añadió torres y casas a la europea, algo fuera de la realidad.

Al respecto, en 1554 Francisco López de Gómora escribió: «En México cuando Cortés entró, pueblo de sesenta mil casas. Está fundada sobre agua, ni más ni menos que Venecia. Todo el cuerpo de la ciudad está en agua… Y aunque esta sobre agua edificada no se aprovechan de ella para beber; sino que traen una fuente desde Chapultepec».

Tenemos otro interesante mapa de la región del sureste del Valle de Anáhuac conocido como «Culhuacán, Tláhuac de 1580» que se localiza en la Mapoteca Manuel Orozco y Berra. Se tiene registrado que fue en el año de 1577 cuando el rey Felipe II lo envió a la Nueva España, con la instrucción de obtener un conocimiento amplio y directo de las tierras americanas, conocidas como «Relaciones geográficas del siglo XVI», constituye una fuente informativa esencial del mundo mesoamericano. La de Culhuacán de 1580, del corregimiento de Mexicalzingo, indica: «tierra llana y fresco(a), de muchas fuentes y manantiales de agua»… «tierra abundosa de maíz pastos». En general los vecinos alrededor de la laguna se ocupaban de «llevar en sus canoas, yerbas y piedra a vender a México». El mapa detalla la región de Culhuacán.

Esta relación es parte del patrimonio geográfico, al igual que otras 167 Relaciones geográficas y 99 pinturas o mapas publicados entre 1983 y 1989, bajo el sello editorial de la UNAM.

Títulos Primordiales de Milpa Alta de la fundación de Milpa Alta

Tenemos en la alcaldía de Milpa Alta un tesoro histórico tangible e incalculable en términos de identidad, se trata de los documentos que se localizan en el Archivo General de la Nación, ya paleografiados y traducidos por nahuahablantes de Santa Ana Tlacotenco, los maestros Paciano Blancas y Francisco Morales Baranda, donde se indican los límites con sus vecinos (Tlalpan, Xochimilco, Tláhuac, los estados de México y de Morelos.

Algunos de ellos aparecen en el libro Fundación Tierras, Linderos y Principales de La Milpa, donde vemos los «Documentos de repartición de tierras, fechado entre 1537 y 1565 en la antigua Milpan».

Recordemos que durante el México prehispánico el territorio de Xochimilco mantenía sus dominios hasta lo que hoy es el pueblo de Tlayacapan, estado de Morelos, dividido en tres parcialidades para su control en el tributo, nombre dado de acuerdo a la geografía de cada lugar. Así tenemos a Tecpan, Olac y Tepetenchi. El primero correspondía al centro ceremonial xochimilca (hoy centro histórico de la alcaldía); el segundo, dado a los poblados asentados a la orilla de la zona lacustre y, el tercero (Tepetenchi), a los asentamientos localizados en la zona cerril, como fue el caso de los pueblos de Milpa Alta fundados de oriente a poniente en las faldas del Chichinautzin: Tlacotenco, Tlacoyucan, Tepenahuac, Miacatlán, Tecoxpan, Atocpan, Oztotepec y la actual Villa Milpa Alta.

Por su ubicación geográfica, el pueblo de Tecómitl mantenía su salida hacia la zona lacustre con San Juan Ixtayopan, por lo que se puede considerar como de la parcialidad de Olac. Lo anterior lo podemos ver en el mapa de Uppsala, entre otros, donde se observa el glifo (olla de piedra) entre el cerro y a la orilla de esta zona acuática. Fue un altépetl.   

Las opiniones y los documentos que aparecen en este libro, fueron escritos a inicios del siglo XVI, entre los años de 1537 y 1565, años elaborados en lengua náhuatl e ilustrados con imágenes realizadas por el tlacuilo don Cristóbal de Guzmán Cehcentzin, originario de Xochimilco, escribano hablante de la lengua náhuatl quien por su alto conocimiento detalla con precisión cómo fueron estableciendo los linderos y colindancias del Señorío de Malachtepec Momozco acompañados con música de flautas en cada lugar que marcaban las colindancias, como expresión de alegría y para establecer la buena voluntad de los asistentes.

En estos vetustos escritos se nota que la descripción no sigue una cronología de los hechos históricos suscitados en la Milpa, pero vemos cómo la lectura es un vaivén de sucesos donde el lector al leerlos se va encontrando con el encuadre histórico e interesante en su comprensión y al terminar se queda enamorado de nuestro pasado. 

En el inicio del texto se cita a las Tres Divinas Personas del mundo católico, que a la letra dice: «Por aquí comienzo con el amado y maravilloso nombre de Dios Padre, Dios su amado hijo y Dios Espíritu Santo», demostrando que después de la toma de la Ciudad de Tenochtitlan en 1521, a los 16 años de esa masacre llega un enviado español, por lo que los nativos le llamaron Cuauhpilzintli (buen noble señor), a fin de establecer los linderos y las colindancias, iniciando en un día 29 de julio, cuando se celebra la fiesta en honor de Santa Martha Xocotepetlalpan, a quien le otorgan sus tierras y vestuario, así como la construcción de un templo rústico muy cercano al volcán Teuhtli Xohueyacatzin. Con estas acciones vemos claramente cómo llega la conquista espiritual por estos lares en el año de 1557, obedeciendo las órdenes de don Luis de Velazco.

De acuerdo a estos documentos, fue el año de 1535 cuando llegó a estas tierras de Nueva España el virrey don Antonio de Mendoza y el arzobispo don Juan de Zumárraga (personaje citado por la leyenda de la aparición de la Virgen de Guadalupe), quienes defendieron las tierras otorgadas a la virgen Santa Martha Xocotepetlalpan.   

Ahora bien, siguiendo la cronología, durante los años de 1520 y 1521 vemos que después de 90 días de la toma de la Gran Tenochtitlan la gente sale huyendo de la ciudad. Al tomarla, los peninsulares establecen una relativa tranquilidad, recorriendo los poblados de los alrededores de la zona lacustre, llegando el 15 de agosto de 1521. Ese día se da el establecimiento definitivo de la religión católica en la Milpa con la imposición de la virgen de la Asunción de María, durante el reinado en España de Carlos V, quien establece definitivamente el virreinato en la Nueva España.         

Lo impresionante del libro es que aparece el establecimiento de los pueblos de sus tierras y le sean fieles al Santísimo Sacramento, incluyendo a Santa Martha Xocotepetlalpan y a la Purísima Asunción de María, ya que el libro nos dice: «y a nuestra madre amada Texcalpan Agosto Milpa».

También cita cómo se repartieron las tierras, ya con nombres se santos y vírgenes, a cada uno de los pueblos que merecieron sus tierras con la presencia de personajes representativos de cada lugar:

a)     San Francisco Tecozpan, Francisco Itzcoatecatl.

b)     San Jerónimo Miacatlán, Miguel Tehuitzilopochtecatl.

c)     San Juan Tepenahuac Xiocalco, Lucas Olmatzin Ixpaneacatl.

d)     Santa Ana Tlacotenco, Tlalcozpan, Diego Cuauhcoyoltecatl

e)     San Lorenzo Tlacoyucan, Miguel Cuauhyehyectzin.

f)      San Pablo Oztotepec, Francisco Acamapichtecatl.

g)     San Pedro Atocpan, Pedro Acacehcentzin.

Bajo el poder de don Luis de Velasco se colocaron los linderos a todo el territorio momozca o de la Milpa entre música de flautas, iniciando en la cúspide del Teuhtli y recorriendo los lugares, poniendo los nombres prehispánicos entre rocas y peñas a la vista de los representativos de los pueblos con calificativos reverenciales, tal es el caso de Chiconteuhtli Xocohueycatzin, y así sucesivamente en cada lugar donde se marcaba el lindero y se tocaban las flautas de gusto y de alegría.

Culmina el recorrido en el Teuhtli, en lo que hoy conocemos como las cuevas de Mexcalco, donde habían iniciado el camino tocando las flautas en lo alto del Teuhtli: «Ya los esperaban allá, los recibieron con flores, se abrazaban unos a otros  de alegría; rogaron mucho a Dios nuestro señor; suspiraron , lloraron, dijeron: ‘hijos nuestros, sépanlo muy bien que aquí se vino a cerrar nuestro lindero y también donde aparece (inicia); así lo señalamos  aquí en estos papeles, acá lo verán nuestros hijos que aquí estamos  nosotros los viejos que verificamos  ante Dios. Con nuestros nombres que están arriba, que somos diez los que merecimos las tierras. Amados hijos, ya hemos realizado la colocación de linderos alrededor que nos dejó cansados. Ante dios nuestro señor, de esta manera los hemos hecho merecedores de tierras a nuestros hijos’».

Reseña de la travesía de un barco de vapor en el lago de Chalco

Para darnos una idea precisa de los pueblos que se encontraban en las riveras del lago localizamos una interesante reseña de crónica donde nos describe sobre la laguna de Chalco, utilizada como ruta turística como lo sucedido en los primeros años del año de 1890, donde se relatan las peripecias de los viajeros que visitaban el poblado de Chalco, localizado al pie de los volcanes.

«De vez en cuando la laguna se ensancha en una especie de pequeños mares que llaman espejos, los que forman las más encantadoras perspectivas, el agua se riza en infinidad de pequeñas olas, a lo lejos sólo se distingue el lago y de tule y esto a la falda del cerro de Tlapacoya que como negro coloso descuella en ese cuadro».

«Así pasamos el canal de Xico, dejando atrás un espejo que asemeja un pequeño golfo de mansas aguas. En algunos momentos sólo se veía el agua, el cielo y las montañas rodeadas por la laguna».

«A la entrada del canal de Riva Palacio el viento sopla con grande ímpetu levantando olas que van a perderse allá junto a los terrenos de la turba que cubren parte de la laguna, el cielo está nublado ¡amenaza turbonada!, el huracán asoma la cabeza y Chalco no aparece».

«¡Qué navegación más fatigosa!…»

«Llevamos ¡siete horas! Y el lago no tiene término y las rachas heladas amenazan congelarnos».

«Allá sobre las montañas se ven las nubes como blancas gasas que bajan a torrentes. Sólo nos faltan la lluvia para divertirnos, y a este paso cada vez la atmósfera está más amenazadora».

«Por fin, a las tres de la tarde, el vigía grita: ¡tierra!, y los navegantes lanzan un ¡hurra!, que hizo asomar la cabeza a los juiles y graznar a los raquíticos sauces que bordean el canal.»

«Chalco era la tierra de promisión.»

«Sobre todo, para unos israelitas que a pie enjuto habían atravesado aquel mar verde con unos cuantos bocadillos y vino a discreción.»

«Atracamos al muelle. La población estaba engalanada; multitud de canoas y de chalupas habían ido al encuentro del acorazado; el ejército de la ciudad, vestido de calzón de manta y camisa de lo mismo, hacia los honores atronando al aire con descargas de fusilerías. De una a otra orilla del canal colgaban arcos de tule y de papel.» ♦

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* Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta.

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Bibliografía:

Caldiño Paz, Adán. Topónimos de poblados y parajes de Milpa Alta y pueblos circunvecinos. Diseño Editorial: Gustavo Monroy P. México, 2016.

Fundación, Tierras, Linderos y Principales de La Milpa. Títulos Primordiales de Milpa Alta. Coordinación, compilación: Juana Reyes y Flor Chavira. Investigación: Iván Gómez Cesar, Raymundo Flores Melo y Horacio F. Chavira Reyes. Dirección General de la Comisión de Recursos Naturales y Desarrollo Rural. México, 2020.

Hugh Thomas. La conquista de México. Editorial Planeta, México, 2001.

Peñafiel, Antonio. Aguas potables de la capital. Oficina tipográfica de la Secretaría de Fomento. México, 1884.

Vicente Anaya, José. Pueblos originarios. Ediciones Proceso, México 2020. Walter Krickeberg. Las antiguas culturas mexicanas. Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 2003.

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