Leyenda | El Cempasúchil, la flor de los 400 pétalos

Septiembre 10, 2020.- Sólo Quilaztli, la engendradora de la vida, podía aspirar tanto aroma y extasiarse con tanta belleza

Por Rodolfo Cordero López | Nosotros, Núm. 22 | Noviembre de 1999

Al asentarse la familia xochimilca en las tierras de las colinas del sureste del Valle de México, contempló el paradisíaco lugar; manantiales brotantes, cielo azul, el perfil de las montañas dibujado por las auroras y los crepúsculos rojo-amarillentos, aquel pueblo se sintió satisfecho por haber encontrado la tierra prometida.

Exploró las colinas de Tlalpan, Xochimilco y Milpa Alta. Pero un cerro prominente llamó su atención por ser cúspide y mirador, con largos pliegues o vertientes en sus laderas. Desde este cono volcánico mirador, la vista se explaya hacia donde emerge el trazo de la arquitectura chinampera, el espejo fragmentado de canales y el caserío de Xochimilco con sus templos.

En uno de tantos accesos al cerro, en el otoño, lo encontraron cubierto con ramilletes de flores pequeñas, con corolas de cinco pétalos amarillos. Aspiraron su aroma arrogante extendido en un fragante tapete sobre las colinas del sureste xochimilca, y las nombraron Macuilxochiquetzalli, Macuilxochitzin Acocosa.

Ofrendaron ramos de estas flores a Xochiquetzalli, pero entre estas flores hallaron otras de pétalos rojo-guindo y amarillos por el envés, ramificados como la Acocosa, un poco más grandes de corola. Por su atrayente color les dieron por nombre Tlauhqueoholoxóchitl, la flor del crepúsculo, Tlemole. Y para asombro de esta familia, al poco tiempo descubrieron otras flores y aroma fuerte como el de las Macuilxochitzin y las bautizaron con el nombre de Cempoalxóchitl, Cempasúchil, la flor de los cuatrocientos pétalos.

La belleza de estas flores silvestres cubría con su manto matinal-crepuscular el cerro de forma cónica a quien también nombraron Xochitépetl, Xochitepec, el cerro de la flor, nombre que brotó de los labios de aquellos que lo vieron florecer.

Nadie más que Quilaztli, la engendradora de la vida, la madre de los macehuales, podía aspirar tanto aroma y extasiarse con tanta belleza. El tiempo de ella, el Tlillancalco, la casa oscura, se cubría con ese fragante tapete de cempasúchiles, de tlemoles y de acocosas, cual pinceladas otoñales.

Dominado Xochimilco por los mexicas, la fragante ofrenda amarilla de Quilaztli, la compartieron otros dioses, Xiuhtecutli, el dios del fuego; Huitzilopochtli, el señor de la guerra; Xochipilli, el señor de las flores espirituales, y Xochiquetzalli, la señora hermosa flor con atuendo de quetzal.

De los fantásticos seres del universo xochimilca, Xochiquetzalli fue objeto de fiestas, ofrendándole tapetes y arcos de amarillas flores. De sus plegarias, seleccionamos esta:

Xochiquetzalli, señora nuestra, has oído nuestros ruegos, apiadándote de nuestras penalidades, y es cuando nuevamente llega el arrullo melodioso de las tórtolas, el canto de los huitzitzines para Quetzalcóatl, siendo así que vienen los frutos en abundancia para nutrir a todos los seres, llenándose nuestros géneros, nuestros cincolotes, para resistir el invierno. Xochiquetzalli, señora de la abundancia, recibe nuestros presentes y nuestros corazones. Te damos gracias Flore bella…

Fray Diego Durán nos da una relación de fiestas en honor a Quiláztli-Ciahuacóatl, la señora de Xochimilco, en las que, la flor de Cempasúchil es la más notable, la única. De esa relación, la Hueytecuilhuitl, la fiesta de los grandes señores, nos presenta las imágenes de los hombres y las mujeres coronados con 4ensartes de cempasúchiles en las fiestas del mes de julio. Los xochimécatl, guirnaldas, colgaban del hombro izquierdo hacia la cadera derecha, y con ramos de la misma flor se entregaban a la danza en los patios ceremoniales, decorados con las mismas flores amarillas. Terminada la danza, ofrendaban sus ensartes a los dioses para después arrebatárselos en un aparente juego florido. La fiesta de julio tuvo por nombre Xochicalaquia, es decir, ofrfecimiento de las primeras flores cultivadas en las chinampas que cubrían con su penetrante aroma los apantles, los acalotes (caminos de canoas), alfombrando las superficies de los altos ahuexotes.

Xochimilco transformó su historia con la adoración de la cruz colocada al mandato de los hispanos religiosos sobre el Xochitépetl, que hoy tradicionalmente los lugareños la plantan sobre el alto mirador teocalli, durante las fiestas del tres de mayo. Sin embargo, las colinas de este macizo rocoso arropan el secreto de las fiestas idolátricas tributarias del Cempasúchil.

Tanto fue el fervor de los indígenas por el cultivo del Cempasúchil y el Tlemole que el Xochitepetl, Xochitepec, fue considerado emblema de la ciudad de Xochimilco, en su escudo colonial otorgado por el rey de España Felipe II, el 11 de abril de 1559. En este escudo, el Xochitepec tiene siete rosas inglesas en su base y sobre el oleaje de la laguna. Rosas rojas y verdes que el diseñador pintó, pues desconocía al Cempasúchil y, tal vez, porque los frailes traducían Xóchitl por rosa, ramillete de flores, aparente rosa indígena que más tarde llamaron Clavel de las Indias, al Cempoalxóchitl ritual. ♦

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Bibliografía:

Huetzalin. Boletín del Archivo Histórico de Xochimilco, número 2, abril, México, 1984.

Durán, Fray Diego. Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme. Editorial Porrúa. Biblioteca Porrúa, números 36, 37, dos tomos. México, 1984, pp. 125. Primer tomo.

Leyendas y tradiciones. Periódico El Nacional, 15 de noviembre de 1958.

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