Dos pandemias (1918 y 2020), caras de una misma moneda

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Septiembre 10, 2020.- Es lamentable –pero forma parte de– que el manejo de una pandemia tenga su aspecto político

Por Sebastián G. Flores Hernández*

En los años de Universidad, era tema de algunas clases el lema que tienen profesionales de la historia, así como amateurs y seguidores: «¿La historia es lineal o es cíclica?» No es mi intención en estas líneas hacer una discusión filosófica con las probables respuestas; de hecho, las Ciencias Sociales no son así. Tampoco es mi deseo hacer una comparación entre la pandemia en 1918 y la actual –pensemos que lamentablemente, la actual aún no termina–; sin embargo, creo que es valioso encontrar en las semejanzas entre aquella y lo que llevamos de la actual, una actuación semejante que probablemente pueda darnos mayor información sobre la forma en que actuamos como sociedad e, incluso, como gobierno.

La Influenza española, que de repente la gente llamó «gripe rara», y que se vivía en la Ciudad de México en 1918, no había nacido en España, como podría uno suponer. Hay indicios de que habría surgido en Europa o Asia y está relacionada con la Primera Guerra Mundial, y su llegada a México tendría que ver con la llegada de soldados estadounidenses provenientes de Europa, cuando llegaron a las costas Tamaulipecas

México aún resentía los años más difíciles de la Revolución. Si bien el gobierno de Venustiano Carranza estaba más afianzado, la situación del gobierno y de la población en general estaba muy debilitada, tanto social como económicamente, pues aunque la actividad había disminuido, todavía existían focos rebeldes en el país. Así pues, la Ciudad de México tenía una cara poco parecida a la que había dejado Porfirio Díaz –para bien y para mal–. De tal modo que al llegar la pandemia a la Ciudad de México se observan escenas terribles de la gente que enfermaba y de las consecuencias que esto acarreaba.

Quizá por esta falta de recursos, el gobierno de Venustiano Carranza se negó a declarar la emergencia sanitaria. En el norte de México los casos se multiplicaban. Se dice que en Sonora fallecieron 20,000 y 21,000 más en Coahuila. Hasta que la enfermedad llegó a la Ciudad de México, fue que se declaró la emergencia. Las cifras totales se desconocen, pero en México se calculan alrededor de 300,000.

En las calles las escenas eran fuertes. El gobierno no se daba abasto con el número de muertos, y ante la falta de un control adecuado para procesar los cadáveres, se encontraban éstos en algunas esquinas de la ciudad. Asimismo, no toda la ciudad contaba con espacios salubres. En algunos lugares faltaba pavimentación o drenaje. Desde décadas y décadas atrás, la falta de salubridad ya había sido motivo de fuertes crisis sanitarias en la Ciudad de México.

Al no ser la primera vez, la sociedad recibió la enfermedad no tan diferente como en épocas anteriores. Algunos autores hablan de un castigo divino. Hay relatos en los que, por ejemplo, para algunos el castigo divino consistía en una respuesta por no haber ido a la Revolución; en contraste, otros que sí habían ido a la «bola» como comúnmente se le conocía, encontraban en la pandemia un castigo por los pecados cometidos durante el conflicto. Algunos otros realizaban exvotos –como se hacía desde la época colonial–, ya sea para agradecer a la Virgen de Guadalupe o a otro santo de la devoción particular, por la salud de algún pariente que había enfermado, o para expresar el luto por haber perdido a un ser querido. En contraste, y también como sucedía desde tiempos coloniales, el hecho de vivir una epidemia es un motivo de la gente para acercarse a una devoción. Ya se ha explicado en muchos textos cómo desde la época prehispánica, la epidemia de la viruela la viven los mexicas como una forma de devoción a sus dioses. Lo mismo en las pandemias de ese siglo XVI y especialmente la última de dicho siglo, donde la población indígena quedó tan reducida que casi desparece. En los siglos venideros y ante situaciones como esta, la población en general se acerca a sus deidades y a su fe. También para muchas personas en la Ciudad de México, lo que el país vivía estaba relacionado con una especia de Apocalipsis, pues los cuatro jinetes ya se hacían presentes durante la década: el hambre, la guerra y la muerte. La faltante –la peste–, se hizo presente durante este año de 1918, así que acercarse a su fe, era vital.

La gente que ya caía enferma, también pasaba por situaciones complicadas a la ya de por si terrible enfermedad. El hecho por ejemplo de que no podían ser acompañados por sus familiares y que por lo tanto al morir lo hacían en completa soledad.

Para algunos investigadores y especialistas, uno de los aspectos más recurrentes y que deben llamar nuestra atención en el estudio de una pandemia, es el factor de movilidad. Las migraciones más allá de darnos información sobre las razones o interpretaciones de un grupo, en este caso también nos da información sobre el particular. Es claro que en la década de 1910, las migraciones obedecían a huir de las contiendas o a buscar mejores oportunidades en lugares más concurridos. En México en esa década, también es importante hacer notar que fueron pocos los lugares donde no hubo una actividad revolucionaria, al menos de nula importancia. 

En la Ciudad de México, el gobierno puso en marcha una serie de medidas que quizá hoy en día nos parezcan familiares, como el rociar los lugares públicos con desinfectantes o cerrar fronteras, prohibir las corridas de trenes, también prohibir espacios concurridos como teatros, plazas de toros, o cines, prohibir expresiones de cariño –besos–, así como no vender comida en las calles. Una petición de los sistemas de sanidad era para los familiares de las víctimas, no ir a los entierros de sus familiares, y aún más, impedir la velación del cadáver y en consecuencia enterrarlo rápidamente. A pesar de estas medidas, las autoridades sanitarias fueron rebasadas por la pandemia, y también sin duda, le fue difícil al gobierno lidiar con el pensamiento y el comportamiento de las personas.

Es lamentable –pero forma parte de– que el manejo de una pandemia tenga su aspecto político. En aquel 1918, hubo una serie de protestas en los edificios de gobierno porque por ejemplo la Villa de Guadalupe había cerrado y se le acusó al gobierno de intervenir de mala manera en contra de la fe de la población. Cuando vemos algunas medidas como las ya mencionadas, pareciera haber cierta ineptitud en los gobernantes. En 1918 por ejemplo, la medicina iba adelantando aunque a México esos progresos tardaban en llegar; y también es cierto que pareciera que a pesar de los 102 años que han pasado, las prácticas gubernamentales no habrían cambiado tanto. Surge aquí una fuerte contradicción, pero igualmente algunas prácticas –como sanitar los espacios públicos o tratar de prohibir ciertas actividades para evitar la concurrencia–, son las medidas mínimas que un gobierno puede decretar.

De cualquier forma la pandemia actual que vivimos tiene aspectos y situaciones parecidas a las de 1918 –juzgue usted–, y en varios casos, lo que gobierno y sociedad hacen diariamente pareciera tener un espejo con aquella pandemia. Al inicio de este escrito, apuntaba la pregunta de si la historia es lineal o cíclica; hay elementos para tomar en consideración ambas respuestas. Nuevamente, juzgue usted. Al parecer, todavía nos queda pandemia que vivir –hagamos lo necesario para que así sea–, y nos corresponde actuar de manera responsable; hoy hay más elementos para ello. Quizá lo que como sociedad –o como especie humana. ¿Por qué no?–, no se ha entendido, es que no hemos sido capaces de crecer a la misma altura que ha crecido la ciencia. Sabemos que ella en los últimos 150 años ha despuntado de manera inverosímil, la humanidad, quizá no tanto. O al menos no a esa altura. No hemos tomado esa responsabilidad. ♦

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