El Tlecuil, donde igual se cocinaban las leyendas en Milpa Alta

Agosto 29, 2020.- El huehuehtlahtolli testimonio de la antigua palabra

Por Manuel Garcés Jiménez | Nosotros, Núm. 22 | Noviembre de 1999

En la época de verano, donde las lluvias jiloteras están en su apogeo, vagan por la mente aquellos años donde las milpas altas y bajas reverdecían en el antiguo señorío del territorio de Malacachtepec Momochco, hoy delegación Milpa Alta, donde los maizales, frijolares y otros sembradíos tradicionales como las calabazas, tomates y chilacayotes, entre otros, crecían en todo su esplendor. La vestimenta holgada del varón prevalecía: el pantalón y la camisa de manta elaborada con algodón con el ceñidor alrededor de la cintura con los inconfundibles huaraches de correas, con sombrero de palma y jorongo. Mientras las mujeres lucían sus baberos de tela de cuadrillé, huaraches o descalza con el rebozo, prenda mexicana por excelencia.

Por aquellos tiempos los abuelos vivieron la transformación de la tecnología; la introducción del transporte al encenderse por las noches donde la mecha de un trozo de tiliche retorcido radiaba por horas. En el caso de las familias humildes estas vivían en pequeños cuartos y cocina construidos con piedras pegadas con lodo de tierra amarilla cubiertas con tejamaniles, otras con zacate de monte. En algunos casos, cuando había la posibilidad económica las tejas estuvieron presentes. Las láminas de cartón y de asbesto eran utilizadas sólo para naves de talleres y fábricas.

La cocina era todo un recinto llena de encanto y de calor humano, adornada con una variedad de trastos colgados de las orejas por doquier, los veíamos ya «curados» con su pasada de cal, listos para ser colocados alrededor del tlecuil: las ollas y pequeñas (contles), las ollas grandes y panzonas exclusivas para cocer maíz (nixcomiles), las jícaras (huacahle), el aventador de paja (tlapitzalontle), los platos (xalpolato). A un lado se encontraban los trastos de piedra negra: el metate (metlal), con el compañero inseparable, la «mano» (metlapihle) y el singular molcajete (molcaxtli) y su complemento el tejolote (mortero del mismo material).

En este sitio podía faltar algo menos el tlecuil, construido con sólo tres piedras semilabradas (tenamaztles), lugar importantísimo donde se cocían los alimentos incluyendo las tortillas. El tlecuil (conocido como fogón rudimentario) tenía la virtud de congregar a la familia por lo menos tres veces al día: en el almuerzo, comida y en la noche la cena. Este tenía la particularidad de radiar calor por medio de las ardientes brazas a todos que lo rodeaban. Era el lugar donde se tomaban las decisiones familiares; asimismo, considerado como el centro del saber en cuanto al parentesco familiar, los consejos de los abuelos o se daban las tareas cotidianas. En fin, fue el centro de la comunicación familiar.

Cuando las sombras cubrían la totalidad del poblado, el tlecuil invitaba que tanto niños como adolescentes, jóvenes y adultos lo rodearan convirtiéndose como cada noche en el centro social, todos acompañados de un jarro de café o de té de canela o muitle.

Sentados en cuclillas a ras de la tierra dura que servía de piso a los miembros de la familia escuchaban con mucha atención las narraciones de los abuelos y de los padres, sus aventuras y desavenencias de la vida, sus tristezas y alegrías, las acciones inmediatas y mediatas del trabajo que por lo regular eran las actividades agrícolas de la temporada. Los cuentos, las tradiciones y las leyendas, así como los sucesos revolucionarios y los parentescos familiares, sin faltar las normas morales que deberían existir entre los miembros de la comunidad y la familia que se narraba a los asistentes. De esta manera prevalecía la cohesión familiar y la unidad de la comunidad, además de recibir los consejos y experiencias de los adultos se conocía la historia del pueblo y sus alrededores.

Tomemos en consideración que de esta importante reunión tanto niños y jóvenes recibían conocimientos de historia si es que el abuelo había participado en los movimientos revolucionarios que conmovieron al país de 1910 a 1917. Era común que estas narraciones terminaran con temas de duendes, fantasmas, muertos resucitados, brujas y nahuales. ¿Quién se atrevía a salir entre la oscuridad con la cabeza llena de ideas fantasmagóricas?

Mientras transcurrían las horas en el interior del pequeño infiernito se colocaban suavemente algunas tortillas hechas a mano sobre el metate y doradas entre las brasas con unas gotas de limón y sal. Sabrosa botana crujiente que los comensales disfrutaban acompañado de un sabroso té al escuchar a los huehueunhtlahtollis de nuestra querida tierra de Malacachtepec Momoxco, que traducido por los nahuahablantes significaría el lugar rodeado de cerros, donde hay tumultos funerarios, conocida actualmente como las Milpas de Xochimilco, y ahora como Milpa Alta, la provincia del Distrito Federal.

Precisamente en el círculo familiar, alrededor del tlecuil y teniendo como testigo una vela que radiaba una pálida sombra en los trastos de barro, la señora Conchita, madre de nueve vástagos, entretenía a sus hijos en días lluviosos con unas habas doradas salpicadas con un poco de sal. En uno de tantos días contaba un cuento relacionado al tlecuil, mismo que lo había escuchado directamente de los labios cansados de su abuela Fortina, quien falleciera a los 90 años.

Atizándole a las brasas del tlecuil con el sombrero de paja comentaba:

«Corrían los primeros años después de la revolución zapatista. Los pueblos de Milpa Alta, como muchos de la región, daban aspecto desolador y de tristeza, ya que la mayoría de sus habitantes migraron a Tierra Caliente para unirse con don Emiliano Zapata y su hermano Eufemio. Los que se fueron ya no regresaron, murieron como todo hombre valiente en defensa de la tierra. Por lo tanto, el pueblo de hecho estaba solo, casi no había gente».

«Precisamente en esa época vivía a la orilla del pueblo, rumbo a la barranca, un matrimonio. El hombre era en la época de elotes al cuidado de las espeswas milpas. Es decir, era milpero, su esposa se caracterizaba por ser una persona desaseada, detestaba la limpieza tanto de su choza como personal. Era una familia de pocos amigos. Un día de tantos, un vecino le comentaba al esposo: ‘Oye vecino, cuando te vas a trabajar tu esposa aprovecha la noche para realizar una serie de fechorías al montarse en una escoba, va echando chispas perdiéndose entre el espeso monte’. El marido, que era un incrédulo, no lo consideró como tal, sabía que eran chismes».

«Pasaron los días, semanas, meses, cuando nuevamente los vecinos le insistieron de las fechorías de su señora esposa. Ya era un malestar de la comunidad».

«Sin pensarlo más, cierta tarde le comentó a su esposa: ‘Hoy me voy temprano a cuidar las milpas ya que está cerca la noche de Independencia, es cuando a los jóvenes les da por robar los elotes».

«El milpero esperó pacientemente que se oscureciera totalmente y con sigilo se dirigió a la humilde choza. Al llegar, ¡oh, sorpresa!, no la halló. La buscó por el corral, el patio y nada, no estaba. Le faltaba la cocina, no había pensado en ese lugar. Al entrar se dirigió directamente al tlecuil que aún despedía el humo de los leños, ¡pero qué chasco se llevó! En él estaban cruzadas las piernas de su señora esposa».

«Entrecruzando los dedos, formando una cruz, dijo admirado: ‘¡Madre santísima, ¿qué es esto?! ¡Son las piernas de mi esposa!’ Entre sollozos el infortunado marido se lamentaba de su mala suerte y ante la ira, en el mismo tlecuil les prendió fuego, argumentando: ‘Tenían razón los vecinos, durante varios años he convivido con una bruja’».

«Con los ojos humedecidos por el lagrimeo esperó el regreso de la mujer. Pasaron las horas eternas de su vida, hasta que por fin, pasando la madrugada, empezaron a cantar los primeros gallos, cuando apareció entre las sombras de la noche un ser grotesco en medio de ladridos y aullidos de perros que bajaba entre la bruma del campo, montado en una maltrecha escoba».

«A gritos el campesino le recibió. ‘¡¿Eres una bruja?!’, le dijo a su esposa en un tono de desesperación. ‘¡No puedo creer que viva con un horripilante ser, ahora para que te sirva de escarmiento no te daré las piernas!’»

«La ingrata mujer pedía perdón de no volverlo hacer, a cambio de la devolución de sus piernas, ya que llevaba en su lugar unas patas de guajolote».

«Se comenta que al despuntar el astro rey, la mujer fue agonizando poco a poco por no tener su cuerpo completo».

Termina el cuento, pasada la medianoche ya nadie quería salir de la cocina. Por fin se deciden los chamacos a salir corriendo despavoridos pensando en la bruja chupa niños. Llegan y tirándose en el petate se enredan entre las cobijas de lana para poder conciliar el sueño.

Mientras tanto, el tlecuil sigue despidiendo el humo en espera de otra reunión familiar. ♦

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* Tlecuil. Fogón rudimentario, especie de hornilla formada entre tres piedras, los tenamaztles sobre las cuales se ponen al fuego las ollas, los comales y las cazuelas para cocinar. Etimológicamente: donde se retuerce el fuego. Tlecuilli, hogar, de tetl, fuego, y cuitzilli, torcido.

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Bibliografía:

El maíz, mágico sabor prehispánico. Folleto del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Dirección General de Culturas Populares.

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