La Región Sureste del estado de Durango, de Everardo Gámiz

Agosto 4, 2020.- El libro, publicado en 1936, describe los municipios de Nombre de Dios, Poanas y Suchil

Por Sergio Rojas

Al cruzar la comarca durangueña, en la región de Nombre de Dios el célebre viajero Alejandro de Humboldt escaló el Cerro del Papantón, el de mayor altura de la región sureste del estado de Durango, y según calculó el ilustre personaje, la altura de dicha montaña era de 3,100 metros sobre el nivel del mar.

Lo anterior se desprende del libro La región sureste del estado de Durango, escrito por Everardo Gámiz y publicado en 1936, impreso en la Imprenta Rivera de Torreón, en cuyo prólogo Luis Zubiría y Campa apunta que en su modesto libro aquel describe geográficamente los municipios de Nombre de Dios, Poanas y Súchil, con sus diversas sierras, valles, ríos, poblaciones principales y vías de comunicación, así como razas, costumbres, censos de población, escuelas, comercios y oficinas públicas, entre otros aspectos.

Pero de vuelta con el Papantón, Gámiz, un prolífico autor y recopilador de historias y leyendas durangueñas, refiere que desde la cumbre de esa majestuosa montaña se domina un vastísimo, variado y hermoso panorama, como es hacia el sur y oriente las espaciosas llanuras de Zacatecas, y al norte el anchuroso Valle del Súchil (lo escribe con tilde en la ú) que acaba por confundirse con el Valle de Poanas.

Montaña, dice, que «causa admiración con la majestuosidad gigantesca de su mole», aún al viajero menos investigador que debía preguntarse por qué le pusieron así a esa montaña.

«La palabra Papantón es indudablemente una corrupción de ‘papantzin’, voz del idioma nahoa que significa ‘lugar o santuario del sacerdote’, y una tradición popular asegura que los zacatecos pusieron tal nombre a la montaña porque de ella bajó el primer sacerdote católico que visitó el territorio durangueño», Fray Gerónimo de Mendoza, que después de permanecer una corta temporada en el mineral de San Martín, ubicado en el medio declive S.E. del cerro, bajó a la ranchería de zacatecos establecida donde es hoy el pueblo de Suchil (corrupción de Xóchitl) y donde el citado misionero tuvo una misión por espacio de seis meses aproximadamente».

Aunque, agrega el autor, otros atribuyen el nombre del cerro a una leyenda popular muy conocida en la comarca limítrofe entre los estados de Durango y Zacatecas, recogida por el historiador zacatecano Elías Amador, la cual da cuenta que en los primeros años de la dominación vivía en Villa de Llerena –hoy Sombrerete, Zacatecas– un individuo llamado Antonio Oliva, originario de Asturias, España.

Oliva intercedió ante las autoridades para que pusieran en libertad a un indígena que había sido encarcelado y éste, en agradecimiento, le comunicó con mucha reserva que en el cerro donde se encontraban los militares de La Noria y San Martín, y en una cueva que se hallaba en una intrincada cañada residía un espíritu maligno que salía de cuando en cuando en forma de mula muy retozona y coceadora, que arroja llamaradas de fuego por el hocico.

Le dijo que la tal mula conocía las propiedades de todas las hierbas y comunicaría esos conocimientos al hombre que en una noche obscura la montara en pelo y la domara. También le advirtió que cuando aquel animal era montado, se precipitaba en carrera vertiginosa, brincando y encabritándose, por las faldas de las montañas y que sólo revelaría los innumerables secretos que poseía, al jinete que no se estrellara en las rocas, se quedara en su lomo, y a cuyo jinete introduciría en la caverna diabólica para darle la facultad de conocer a primera vista todas las hierbas así como de calcular las dosis y los efectos que estas producen en el organismo humano, pudiendo sin duda hacerse inmensamente rico quien tales secretos poseyera.

Una vez despertada la codicia en Oliva, éste resolvió acometer la empresa y una noche fue al sitio en busca de la mula misteriosa, encontrándola tal y como se la había descrito el indígena. «Grande y desesperado fue el esfuerzo de Oliva» para mantenerse en el lomo de la mula, y luego de pasar sobre este todas las pruebas, el animal se internó en la caverna, le indicó que bajara y después le comunicó al oído con resoplidos de sus narices todos los secretos que poseía.

A partir de ahí Antonio Oliva bajaba diariamente de la montaña con muchas hierbas para curar a los enfermos de muchas leguas a la redonda, pero se dedicó a curarlos gratuitamente o a cambio de remuneraciones insignificantes, esforzándose también por enseñar la religión cristiana. Extenuado por los frecuentes ayunos que se imponía, demacrado y con la barba llegándole hasta la cintura, a donde quiera que llegaba daba su saludo habitual: «Ave María Purísima», cuyo saludo decían que parecía un conjuro, pues como por encanto se disipaban las enfermedades y las tristezas. El curandero ermitaño fue conocido como «Papá Antonio», lo que con el tiempo se contrajo a «Papantón», nombre que se le dio al cerro de donde diariamente bajaba ese personaje.

La anterior constituye la primera leyenda con que Everardo Gamiz, un autor que se pasó buena parte de su vida en la recopilación de leyendas durangueñas, comienza a describir la Región Sureste del estado.

Portada del libro de Everardo Gámiz

Asienta que el cerro del Papantón cuenta con ricos filones argentíferos que han sido explotados desde la época de la conquista, que en sus faldas se produce guayule y, también, que «ha sido talado y presenta ahora el aspecto de una espelunca».

Pondera los anchurosos valles de Poanas y Súchil, y en su recuento de lugares incluye las sierras de Los Lobos, Órganos, Sacrificio y Santa María; el cerro de Santa Teresa o El Aguacero, así como las sierras de Urica, Tlaxcala, Chihuahuilla, Jacales, Sabino, Michilía, Chiquihuitillo, Parrilla y Registro; así como la que denomina «bajísima meseta» de Breña con sus «sinuosidades indescriptibles».

Sobresalen los nombres propios de una región que lo embelesó con los paisajes de la cuenca, al grado de describir con la sutileza de poeta los arroyuelos que se deslizan rápidamente por el declive de las serranías como serpientes plateadas que avanzan hacia el fondo de la cuenca, bosquejada por las arboledas que coronan el río Suchil, «a través de cuyos ramajes asoman por intervalos los caseríos de las poblaciones» como la propia Súchil, Mortero, San Luis, Molino, La Luz, Vicente Guerrero y El Ancon. O sobre el río de La Parra o de Graseros los pueblos de Soledad, San Isidro, San Pedro Alcántara, San Francisco, Bolsa de Fierro, Plateros, Santa Anita, Graseros, San Felipe y Chaparrón sobre el Río de la Parra o Graseros. Asimismo, del río de las Poanas registra los nombres de otras poblaciones como son La Ochoa, Veracruz, Narciso Mendoza, San Diego de Alcalá, San Atenógenes, Villa Unión, Concepción de Poanas, San Diego Mancha, La Colorada, San Pedro Mártir y San Juan Bautista. Además de otros lugares ubicados en las márgenes de arroyos u ojos de agua desde donde es posible divisar viendo al noroeste «el paisaje florido» donde se asienta la ciudad de Nombre de Dios.

El Saltito, Nombre de Dios, Durango

Gámiz refiere «extensiones montuosas de mezquite, huizache y nopales, planicies de cultivo y graciosas llanuras cubiertas de pasto y de flores», hasta acercarse a la sierra de los Órganos con sus «numerosas escarpas, picachos y acantilados que semejan los pistones de un órgano». Luego describe el aspecto negruzco de la región de la Brecha porque al color de la piedra fundida se une el de la vegetación conformada de manera predominante de «chaparros, gatuños, matorrales y palmas»; de configuración «extremadamente áspera» por sus numerosas abras y colinas accidentadas de piedra fundida.

Prácticamente con la mirada el autor pudo contemplar hacia el norte y oeste de esa unidad geográfica del territorio durangueño lo que alguna vez integró el Partido de Nombre de Dios, dividido en los municipios de Nombre de Dios, Poanas y Súchil «que subsistieron hasta el triunfo de la revolución», porque antes del movimiento armado «fueron creados los municipios de Muleros y Parrilla», de efímera existencia.

Configuración orográfica

La variada configuración orográfica de la región sureste de Durango lleva a Everardo Gámiz a enumerar las montañas más notables en la región de Michis, como son el cerro de Michis, en el núcleo central de la Sierra; el del Fortín y el Bola de Guanajuatillo en la Sierra de Tollan; el de las Gallinas y el de las Iglesias en la Sierra de Urica, así como el del Jacal en la sierra del mismo nombre.

Sistema hidrográfico

Al Valle de Michis lo cruzan el Río de Alemán que nace en un lugar llamado Temazcal Viejo debido a que en él confluyen diversos arroyos. Atraviesa el cordón de las sierras de Tollan y Urica, y se interna en el estado de Zacatecas. Asimismo, al pie del Cerro Blanco nace el Río de la Parra o Graseros, que en el Valle de Suchil se une con el río del mismo nombre.

Por otra parte, el Río de Chalchihuites regula un «trayecto de límite» entre Zacatecas y Durango y termina uniéndose al Río de Suchil, donde existe la presa de la Tamariza. Mientras que el Río de las Poanas nace en la Sierra de Santa María uniéndose después al Río de Súchil. Refiere que el Río de los Berros tiene su origen en innumerables manantiales que se encuentran en el Ojo de Agua de San Juan y en Berros, «algunos de cuyos manantiales arrojan el agua como una tubería natural abierta entre las rocas». Su curso es a lo sumo, dice, «de unos doce kilómetros desde su nacimiento hasta el Río de Nombre de Dios al que entrega el excedente de sus aguas».

Toda esta abundancia de agua hace posible que haya «huertos hermosísimos en la región de Malpáis», y que en La Constancia mueva la turbina de la fábrica de hilados, así como «la del lavadero de lana». Califica la región como una de las más hermosas del estado, digna de ser visitada por los turistas, por lo que da cuenta en su libro de las arboledas de sauces, sabinos, álamos y fresnos, «que coronan a las acequias». Detalla también «los bosquecillos de membrillos, perales, manzanos, tejocotes, duraznos y chabacanos», e incluye en su descripción «los graciosos y multicolores jardines y las vegas de cultivo que contrastan con la vegetación bravía de extensiones intermedias, consistente en mezquites, huizaches, gatuños, chaparros y yerbas espinosas (que) dan a esta comarca un aspecto muy pintoresco y encantador».

Everardo Gámiz hace un recuento de las principales lagunas y enlista la de Ajolotes, Piedra Herrada y los Anegados en Michis; la de Piedra, San Pedro y el Mortero en el Valle del Súchil; la de Tequesquitosa, el Muerto y San Quintín en el Valle de Poanas.

Fotografía de Facebook Sierra de San Juan de Michis Suchil Durango

La Sierra de Michis

Luego de referirse brevemente al clima variado de esta comarca, «frío en las sierras y templado en los valles», el prolífico escritor destaca la producción de maíz, frijol, cebada, patatas y algunas legumbres, en tierras generalmente de temporal «y muy delgadas –puntualiza–, perdiéndose las cosechas en los años en que las lluvias son muy abundantes».

Aunque aclara que la referida región de Michis es esencialmente maderera, «conteniendo en sus bosques una fabulosa riqueza» debido a que produce «pino, cedro, pinabete, palo colorado, roble, encino, palo blanco, fresno, madroño, álamo, mansanillo y otros árboles, y hacia los linderos del Sur con el Municipio del Mezquital se encuentran algunas maderas finas como mimbre, tapincerán y caobilla».

Califica de asombrosa la abundancia de plantas medicinales como yernabis, yerba de la gallina, chuchuplaste, yerba de la víbora, yerba del gusano, yerba del caballo, salvia, estafiate, acocote, cocolmeca, «y otras muchas, encontrándose plantas reconocidas como venenosas». Asimismo, apunta, se halla la sensitiva, «llamada en la región yerba de la vergüenza».

Gracias a la abundante flora, destaca, en los meses de mayo y octubre es frecuente ver personas que buscan panales «en los relices y en los troncos de los árboles, recogiendo miel y cera en abundancia».

Entre las plantas industriales de la comarca menciona la lechuguilla, el maguey, el cuero de toro, la guácima, el batoco, vinorama, pochote, anacahuita, yerba del hule, copal y otate, entre otras.

En cuanto a las frutas silvestres enumera las de piñón, manzanilla, madroño, dátil, jaltomate, zarzamora y jícama; además de las que producen huertas ubicadas en las márgenes del Río de Alemán como son durazno, chabacano, peral, membrillo, perón, manzana, higueras y granados.

Relata que «antes de la conquista» (quizá debió anotar que fue hasta antes de la Independencia) fueron explotadas con gran éxito minas de plata, plomo y estaño en San Pascual y el Cerro de las Gallinas; así como las de El Zagalejo y Chihuahuilla en la Sierra de este último nombre y la del Toro a inmediaciones de San Juan de Michis, «la cual está en la actualidad llena de agua». Pero, aclara, «todas estas minas tienen regular ley de plata».

Refiere vestigios de la explotación minera durante la dominación española como la de Urica, ubicada en la sierra del mismo nombre, la cual fue la más rica, la cual dejaron oculta con todo y sus riquezas los dueños españoles al ausentarse de la comarca con motivo de la guerra de Independencia, «y los numerosísimos hornos castellanos que estuvieron en el Bajío de los Hornitos, cerca del rancho de Alemán».

Luego menciona a «los insurrectos del Mezquital» que, a fines de 1910, «empezaron a inquietar a los mineros que estaban establecidos en la región de Michis y quienes, repetimos, se vieron obligados a abandonar la comarca». Aunque en el párrafo anterior alude a la guerra de Independencia, por lo que posiblemente el año al que se refiere sea el de 1810 y no 1910.

Fotografía del Facebook Sierra San Juan de Michis Suchil Durango

Para Everardo Gámiz la mejor fuente, porque a así lo cita en diversas ocasiones para sustentar su relato, es «la tradición», y «según la tradición, en la mina de Urica existe una fabulosa cantidad de barras de plata y tejos de oro, pues los metales de esta mina tenían una altísima ley de ambos metales». Por ello, muchos han sido los que han realizado excursiones en las inmediaciones de la mina de Urica, llevando «grandes atajos de mulas para cargar el oro y la plata», pero han fracasado, como fracasaron los que en 1905 llegaron procedentes de Guadalajara, ciudad donde los propietarios españoles dejaron un derrotero de la mina, aunque también la dejaron «perfectamente oculta».

Lo que sí encontraron dichos excursionistas, dice, fueron los vestigios de patios, lavaderos, tahonas, así como una enorme piedra redonda que se empleó para moler metal; cimientos de casas, «la meseta montuosa, el ojito de agua, el arroyito permanente, la lagunilla pluvial», y da cuenta que el estado nervioso de algunos «los hizo escuchar murmullo de voces humanas, suspiros y aun ver fantasmas, ya el de una mujer vestida de blanco, ya el de un hombre con capa negra».

Gámiz apunta que en el Bajío de los Hornitos existen vestigios de una fundición de numerosos hornos castellanos y casas habitación de mineros, quienes abandonaron la comarca al estallar la guerra de Independencia, y asienta que a partir de la historia de la explotación minera en la región surgieron numerosas leyendas relacionadas con fabulosos tesoros que quedaron ocultos y que han sido objeto de «numerosas, insistentes e infructuosas búsquedas».

A continuación, el autor de La Región Sureste del estado de Durango señala que con relación a los Hornitos fue tejida una leyenda, la cual publicó en El Siglo de Torreón.

Leyenda del Llorón

Por el mes de octubre de 1905 Everardo Gámiz dice que vacacionaba en el rancho de Alemán en la Sierra de Michis, cuando una noche, a eso de las ocho, al momento en que se encontraba en su choza «entregado a cuestiones de escritura», unos hacheros que charlaban sentados en un enorme trozo de madera de pronto se asustaron tanto que empezaron a rezar. Al preguntarles el motivo de sus rezos le respondieron que habían escuchado al llorón.

«En la mayor parte de los lugares existe la superstición arraigada de una ‘llorona’; aquí es llorón», aclara, y refiere que cada 15 de octubre, según le comentaron los lugareños, aquel deja oír sus lastimeros gemidos.

Por el año de 1812 vivía en Los Hornitos un acaudalado minero español, y por la agitación que se vivía en el país y el miedo a perder su capital resolvió abandonar la región con la confianza de que pronto todo volvería a la normalidad y él podría regresar a atender sus negocios. «Más como por el mismo estado de agitación no consideraba factible el transporte de sus caudales, optó por dejarlos ocultos», para lo cual cavó una fosa ayudado por un trabajador de su confianza y que, como él tenía también una esposa y una niñita de meses.

La víspera del viaje el español llamó al trabajador y le confió sus planes, por lo que pidió su ayuda para transportar en mulas los tesoros que habría de ocultar, luego éste fue a su casa y cometió la indiscreción de platicarle a su esposa el motivo por el que se iba a ausentar de la casa durante la noche. La esposa del trabajador sabía por conseja popular que los potentados acostumbraban sepultar con sus tesoros a quien les ayudaba, por lo que rápidamente fue a pedir ayuda a la esposa del rico minero para implorarle que intercediera por la vida de su marido.

Como la esposa del acaudalado español consideró que si iba detrás de él a suplicarle que perdonara la vida a su trabajador vería más seriamente amenazada la seguridad de su tesoro, por lo que pidió a la mujer indígena que cambiara ropas con ella para disfrazarse de la esposa del trabajador, y con su hijita en brazos se dirigió resueltamente al sitio que ella conocía muy bien. «Llegó en los precisos momentos en que el rico minero, cortaba en dos la cabeza del pobre trabajador».

«La escena llenó de espanto a la señora y le impidió articular palabra, estando al punto de dejar caer de sus brazos a su hijita», describe Gámiz. «El español se sorprendió grandemente ante la aparición de aquella que él creyó sería la esposa del extinto, pues la obscuridad no le permitió reconocerla, y sin decir palabra ni pedir explicación ninguna, asestó un golpe de machete en la cabeza de la mujer, que cayó sin vida a la orilla del foso a donde fue derrumbada en seguida. La niñita que cayó entre los escombros, lloraba a todo pulmón».

A continuación el español procedió a sepultar lo que más había amado en su vida y al despuntar el alba, «se sentó en el aterrado foso y experimentó tan raros presentimientos y espanto tan intenso, que se levantó y huyó como un loco hacia su casa. Ahí esperaba la esposa del infortunado trabajador el regreso de la señora».

«—¿Qué significa esto? –Preguntó el minero».

«Significa que espero a la esposa de usted que marchó a rogar por la vida de mi marido».

«—¡Cielos! ¡¿Qué he hecho?!»

Según la leyenda, el criminal pasó aquel día en un verdadero delirio. «Al obscurecer volvió al sitio del crimen, donde gimió toda la noche, y cuando la alborada derramaba su claridad sobre aquellos sitios agrestes y los pajarillos la saludaban con sus alegres trinos, aquel asesino dio fin a su vida colgándose de la rama de una encina». Desde entonces, en la noche del pavoroso crimen, «el espíritu del minero renueva sus lamentos siendo, en opinión del vulgo, una ánima en penas que ve siempre lejano el día de su liberación».

Producción de los valles

Tras de registrar que en esta comarca abundan animales de caza como el jabalí, venado, pavo silvestre, codorniz, liebres y conejos, así como animales feroces y montaraces como el lepardo (sic), oso, lobo, tigrillo, coyote y zorra, entre otros, Everardo Gámiz alude a la «zona privilegiada» de Michis donde habitan «loros, guacamayas, cotorras, pájaro azul, faisán, pedrito, juan correa, chirino, verdín, cenzontle, calandria, gorrión, águila, aguililla, halcón, gavilán y otros muchos», hace un recuento de la producción de los valles.

Como lo hace en el desarrollo del libro, Gámiz sólo menciona lo que observó o le dijeron sin ningún rigor metodológico ni estadístico, simplemente deja que fluya su narración en un plan estrictamente anecdótico. Así las cosas, tras de recomendar la construcción de dos presas, una sobre el río del Súchil y otra sobre el de Poanas, y de aconsejar la industrialización para mejoramiento de la agricultura, cita como productos de los valles de la región al maíz, frijol, trigo, cebada, chile, patata, camote, garbanzo, chícharo, lenteja, tabaco y toda clase de legumbres.

Sierra San Juan de Michis Suchil Durango

«En toda la región de los valles –en la región de Nombre de Dios y Malpáis– se produce membrillo, perón, pera, durazno, chabacano, higo, tejocote, capulín, nuez, uva, granada, manzana, mora» y especialmente en Nombre de Dios la naranja. La fruta silvestre que reclama industrialización es la tuna, mezquite, dátil, biznaga, garambullo y jaltomate. Mientras que como principales plantas silvestres menciona el maguey, sotol, zoyate, carrizo, tul, palma, candelilla, lechuguilla, amole y cambray, y numerosas plantas medicinales, aunque no menciona cuáles.

Comunicaciones

La región sureste del estado de Durango está cruzada de norte a sur por la vía del ferrocarril de Durango a Felipe Pescador –antes Cañitas–, teniendo en la comarca las estaciones de Súchil, Vicente Guerrero, Parrilla, Poanas, Breña y Tuitán.

«Toda la comarca está cruzada por caminos carreteros», por lo que puede recorrerse en automóvil, incluyendo algunos lugares de la Sierra como Temazcal, Alemán, Colonia Margarita o Capulín, Morga, San Juan de Michis, Corralitos, Madrugador, Michilía y San Miguel. Aunque aclara que existen muchos «caminos de herradura» de uno a otro lugar de la comarca.

Nombre de Dios

No duda en asegurar que la principal población de la región es «la hermosísima y antigua ciudad de Nombre de Dios», la cual fue «la primera población fundada por los españoles en la vieja Provincia de la Nueva Vizcaya», en un «bajo vallecillo que constituye el extremo oeste del Valle de Poanas», y también fue la cabecera del Partido, anota Gámiz. Apunta que en 1910 la población de Nombre de Dios era de 1,785 habitantes, aunque para 1921 disminuyó a 1,723 «según el Censo».

Facebook Nombre de Dios, Durango

Asimismo, asienta que unos «hermosos manantiales ubicados a inmediaciones de Juana Guerra surten a la ciudad de agua potable y para riego de sus numerosas huertas donde se produce con especialidad membrillo, uva, perón y nuez», además de «excelente camote». Para el año en que fue impreso el libro la ciudad contaba con una plaza de armas, una alameda y tres templos católicos, entre otros edificios públicos.

Suchil

Ubicado «a unos 500 metros de la línea divisoria entre los estados de Durango y Zacatecas», Súchil fue cabecera del municipio del mismo nombre hasta 1923, cuando por decreto del congreso local cedió la titularidad a Vicente Guerrero.

En 1936, de acuerdo con los pormenores que cita Gámiz, el ferrocarril a Cañitas «pasa por el centro de la población» en la que se estaban «avecindando innumerables familias con motivo de los trabajos de construcción del ramal ferroviario a Michis y de los negocios, aserraderos y talleres que allí establecerá la compañía Maderera empresaria de dicha vía, negocios todos que presentan a la población risueñas perspectivas de progreso».

Vicente Guerrero. Tomada del Facebook Suchil, Dgo, Mx

Ubicado en la margen izquierda del río del mismo nombre, Gámiz recoge las abundantes arboledas de Súchil que le dan un aspecto «pintoresco y encantador», cuyo «progreso fue impracticable antes de la revolución», debido a que «estuvo rodeado de latifundios que absorbieron los ejidos que le concedió la Corona de España».

Tras de que «este pueblito» permaneció «completamente oprimido» hasta 1921, el general Obregón «le cedió sus ejidos» después de que sus pobladores lo solicitaron en la capital del estado, lo que le permitió un «rápido desenvolvimiento» y su población pasó de 953 habitantes en 1910 a 1,480 en 1921.

Vicente Guerrero

Cabecera del municipio de Súchil desde 1923, está ubicado a la margen derecha del río del Súchil cuya corriente, apunta Gámiz, «en este lugar es subterránea, siendo la falta de agua un motivo que ha impedido su mayor progreso y su embellecimiento». Se trata de «un centro comercial de cierta importancia» por estar «a unos dos kilómetros de la estación de su nombre», rodeado de «lugares habitados» como La Luz, El Molino, Santa Bárbara, El Ancón, Santa Anita, Plateros, Bolsa de Fierro y pueblos de San Francisco Javier y Graseros.

Vicente Guerrero, dice el autor, «fue una estancia de la Hacienda del Mortero que perteneció al capitán D. Vicente Zaldívar desde el año de 1555. Después fue hacienda y se llamó de San Antonio de los Muleros, de la propiedad del capitán D. Gregorio Mathías de Mendiola, pasando muchos años después a poder del Conde del Súchil. Ya en la época independiente alcanzó la categoría de pueblo, siendo dotado de ejidos. Su población ha sido de 2,009 habitantes en 1910 y de 3,056 en 1921».

Villa Unión

Cabecera del municipio de Poanas, «se formó de los pueblos de San Esteban y El Refugio y a los que únicamente separa el río de las Poanas (…) Su población fue en 1910 de 1,409 habitantes y de 1,925 en 1921, incluyendo la población de San Esteban, El Refugio y Hacienda de San Esteban que integran el pueblo de Villa Unión».

Villa Unión

También menciona el mineral de Parrilla –donde dejó el espacio en blanco porque quizá nunca supo a ciencia cierta el número de habitantes–; La Constancia, centro industrial y agrícola, y; Tuitán, pueblo estación del ferrocarril de Cañitas y población de 708 habitantes según el censo de 1910, todos del Municipio de Nombre de Dios. Así como San Francisco Javier, pueblo del Municipio de Súchil ubicado a unos 10 kilómetros de Vicente Guerrero, con población de 420 habitantes (censo 2010), y San Atenógenes, a unos seis kilómetros de Villa Unión, ubicado «en una graciosa hondonada del río de las Poanas; su aspecto es el de un pueblecillo de la época netamente colonial», con población de 783 habitantes.

Industrias

Gámiz apunta el nombre del pueblo de Constancia como el principal centro industrial de la comarca, al menos hasta 1936, porque ahí se producen telas, cobertores, sarapes y «magníficos casimires», las cuales son embarcadas en la Estación de Tuitán hacia la oficina matriz en la ciudad de Durango.

Lo demás constituyen buenos deseos luego de una amplia promoción de las bondades y ventajas de la región para llamar la atención de inversionistas privados y públicos, donde «muy en breve se establecerán aserraderos, fábricas de cajas y muebles, refinería de trementina para la extracción de agurras y la brea, siendo seguro que la vía que se está construyendo dé margen al establecimiento de algunas industrias, como plantas eléctricas, fundiciones, industria textil y otras muchas».

Caídas de agua

A unos 10 kilómetros y al noroeste de Nombre de Dios, el autor da cuenta de «una estupenda cascada sobre el Río de Durango o Tunal, la cual se ha proyectado utilizar en el establecimiento de una gran planta eléctrica» que daría «luz y fuerza a numerosas poblaciones de los estados de Durango y Zacatecas».

Apunta que sobre el Río de Nombre de Dios, en la Barranca de Zamora, existe «otra cascada pequeña y hermosísima y otra sobre el Río de Poanas a inmediaciones de la extinta fábrica del Salto, cuya fábrica utilizó tal caída de agua».

Manantiales termales

Al respecto, Gámiz menciona un «hermoso manantial de agua termal» que se encuentra en la Hacienda de la Ochoa, «ignorándose si tiene propiedades curativas». También indica que cerca de Súchil, ya en los límites con Zacatecas, se encuentra el ojo de Agua de Bacis, y señala que «se presume que estas aguas recorren por debajo de la piedra volcánica unos 25 kilómetros aproximadamente y que no son las mismas corrientes que se hayan en algunas de las cavernas ubicadas a inmediaciones del cráter apagado del Cerrito del Tezontle a inmediaciones de la Hacienda del Ojo».

Condiciones de la comarca para la salud

En este apartado de su libro el autor asegura que la Sierra de Michis «ha sido recomendada como sitio que por su ambiente, clima y otras condiciones, favorecen al alivio de algunas enfermedades como el paludismo, la tuberculosis», así como «la neurastenia y otras enfermedades de los nervios y de la sangre». Menciona los «lugares privilegiados» por su abundante vegetación y excelente clima y «condiciones de tranquilidad», a Súchil, Nombre de Dios, La Constancia y La Ochoa.

«La ciudad de Nombre de Dios posee un clima un tanto caluroso en relación con el resto de los valles y es un tanto propensa al paludismo, encontrándose allí alacranes que tienen proverbial fama de malignos. Tanto en la ciudad como en la región de Malpáis impera el paludismo especialmente a la salida del otoño y entrada del invierno», apunta el autor.

Hasta aquí una primera entrega del libro de Everardo Gámiz, del que aún queda mucho por hablar. Como lectura complementaria recomiendo leer la crónica Semana Santa en una casona deshabitada de San Juan de Guadalupe, donde narro cómo fue que que el libro del profesor llegó a mis manos. ♦

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¿Quién fue Everardo Gámiz?

Fue profesor. Nació en el pueblo de Súchil el 23 de enero de 1887; hizo sus estudios primarios y parte de los preparatorianos en la capital del estado. Desde su juventud se dedicó al magisterio como maestro rural en Súchil y, después, ya radicado en la Ciudad de Durango fue director de Escuelas, inspector federal de Educación e inspector de Zona del estado. Además, secretario de la Dirección General de Educación Primaria y, finalmente, director general de la misma. En dos periodos desempeñó el cargo de diputado a la legislatura local. También dedicó sus actividades a la investigación del pasado de pueblos autóctonos de Durango y a estudios históricos y geográficos. Publicó Leyendas durangueñas y biografías de personajes célebres de Durango; Monografia de los municipios de Nombre de Dios, Poanas y Súchil y La Región Sureste del Estado de Durango. Dejó inéditos los manuscritos ya terminados: «Monografía de la nación tepehuana», «El conflicto religioso en el estado de Durango», «Álbum fotográfico de Durango» y «Mitología y religión de algunas tribus del Norte». Falleció en la Ciudad de México en 1964.

Fuente: Summa. Diccionario de Durango

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