Un sábado en el Centro de la Ciudad de México

Julio 29, 2020.- Caminar por sus calles y entrar en sus museos es palpar los estados de ánimo de la gente

Por Ricardo Flores Cuevas | Nosotros | Marzo de 2014

¿Cuántas personas caminan a diario el Centro de la ciudad de México? Incontables ante los ojos de sus mismos transeúntes; cada una de ellas guarda en sí una historia de vida, un secreto, un sueño y un motivo por el cual está ahí.

Caminamos tan apretados que todos los estados de ánimo confluyen en un metro cuadrado. Los edificios, las aceras, los árboles y las esculturas son testigos de sonrisas, lágrimas, angustias, alegrías, sueños y decepciones.

A diario quedan registradas en sus múltiples lugares y peatones historias pequeñas que en muchas ocasiones pueden ser representativas de una vida y que generalmente son invisibles. Lo que compartiré con ustedes es precisamente eso: instantes vividos un sábado en el Centro de la Ciudad de México.

El 29 de marzo asistí a la inauguración de una exposición colectiva titulada «Cuatro grandes maestros del arte popular mexicano», en la cual Adalberto Álvarez Marínez participó. Se preguntarán ¿y quién es él? El maestro Adalberto es un artista, modela el papel cual si se tratara de plastilina o barro. Sus esculturas pueden ser personajes fantásticos o de un realismo impresionante. Lo maravilloso es que absolutamente todo su arte es de papel, no recurre al uso de estructuras de metal ni plásticos u otro tipo de material sintético.

Es un hombre sumamente modesto, ocupado únicamente en su quehacer y vocación artística, los reconocimientos los acepta, disfruta y lo motivan pero no los busca. Asistí a esta inauguración porque la Fábrica de Artes y Oficios (FARO) de Milpa Alta, institución que a ambos nos ha cobijado, lo postuló para obtener el reconocimiento del que ahora es portador: Maestro del Arte Popular Mexicano.

Al salir, me invitó unos ricos tacos de tripa en una de las calles cercanas al Museo de Arte Popular, me comentó que él nunca se imaginó recibir el nombramiento que le dieron y estaba muy contento al saber que su obra se está dando a conocer más y que mucha gente se interesa por su trabajo.

Caminamos con dirección al Zócalo, durante el trayecto me platicó sobre sus inquietudes y la necesidad de seguir perfeccionando su trabajo en la cartonería. Pasando el Monumento a Juárez, antes de llegar al Palacio de Bellas Artes, me dijo, ‘Ricardo ¿sabes qué? Tengo ganas de sentarme en una banca de la Alameda y fumarme un cigarro’, y ahí nuestro camino se bifurcó.

El artista se internó en los árboles en medio de no sé cuántas miles de personas, yo continué caminando y decidí visitar el Museo del Estanquillo. Recorrí cada una de las secciones de las distintas salas del recinto, entré por curiosidad a la menos visitada, de hecho sólo estaba  una chica sentada en una de las mesas acondicionadas para leer, vestía un traje sastre color azul marino y blusa blanca, con la mirada atenta hacia la entrada de la sala de lectura, ella era la encargada de ese espacio.

Me percaté que ahí, en medio de dos altos libreros, está la urna realizada por Francisco Toledo donde descansan las cenizas de Carlos Monsiváis, acompañado de una placa con una reseña realizada por Elena Poniatowska sobre la amistad entre ellos. Debo decir que en un principio no creí que la escultura en madera con forma de gato fuera una urna, hasta que leí la ficha descriptiva. Tampoco pude creer que ahí efectivamente se encontrara Monsi (como fue conocido entre sus amigos), le pregunté a la chica para corroborar la información, a lo que respondió de manera positiva. Quedé impactado y la contemplé por no sé cuánto tiempo.

Me pareció interesante que el Cronista de la Ciudad siga estando como vivió: un hombre solitario rodeado de libros y apapachado por sus gatos. Sus restos descansan en una urna con forma de felino, está en medio de dos libreros repletos, acompañado de sus amigos y mantiene ese distanciamiento-cercanía con la sociedad a la cual le hereda un museo.  

Al salir del Estanquillo me reuní con Carmen, amiga entrañable con quien he compartido momentos únicos y quien es mi hermana por elección, nos dirigimos al concierto de Silvio Rodríguez, quien nos dio la grata sorpresa de invitar a Oscar Chávez.

Como seguramente todos ahora lo saben, el trovador cubano mantiene un poder amplio de convocatoria en la población mexicana: la plancha del Zócalo se llenó. Un par de banderas cubanas se hicieron presentes.

En ese momento me percaté que antes ya había tenido oportunidad de escuchar a ambos trovadores, también al aire libre, pero no en eventos masivos como el del Zócalo, sino más bien en pequeñas plazas de dos pueblos, a Silvio lo escuché en Santiago De las Vegas, Cuba; y a Oscar en San Andrés Mixquic, México. Quizá porque prefiero la vida pueblerina, esos conciertos tenían un aura especial. El primero fue íntimo, cercano; mientras que el segundo fue algo casi familiar dado que le he escuchado por varios años durante los días de muertos.

Al terminar el concierto fuimos a una fiesta, mientras todos platicaban me causó particular alegría ver junto al sillón de la sala un pequeño librero que tenía el Diccionario de retórica y poética de Helena Beristain, quien en diciembre pasado nos dejara, o como dirían en mi pueblo, se nos adelantara, una pérdida lamentable.

Recordé que la última ocasión que coincidí con la doctora Helena fue cuando ambos asistimos a la ceremonia en la que se le entregaría una medalla a su hermana, la doctora Luz María en la Facultad de Arquitectura de la UNAM, y digo se le entregaría porque hubo una confusión con la fecha, el día que fuimos (20 de noviembre de 2013) no era el evento, lo cual causó un poco de gracia entre nosotros.

En uno de los pasillos de la Facultad la doctora Helena dialogó con académicos y les dijo: ‘la Universidad no es perfecta, pero luchamos porque lo sea’. Ya en su casa, me comentó que en sus tiempos de estudiante grandes maestros suyos, al referirse a la retórica, lo hacían en sentido peyorativo y eso le despertó la interrogante: ¿Qué es la retórica?

También me dijo que en un año sabático dio conferencias por todo el país en centros de enseñanza de distintos niveles, después de eso decidió que lo mejor era escribir el contenido de sus cursos y ponencias con ejemplos y ejercicios más detallados, y cada vez que le solicitaban una conferencia ella precisamente les enviaba su libro. Maravillosa, porque en lo personal yo hubiera decidido viajar, pero la doctora Helena se propuso escribir de manera sistemática.

Helena Beristain Díaz, entregada a la vida académica para realizar métodos de enseñanza de la literatura, para apoyar tanto a los alumnos como a docentes, debe sentirse satisfecha porque su Diccionario de retórica y poética, al igual que en la casa de la fiesta, en muchas otras  su obra no está junto a los demás libros, sino muy a la mano para consultarlo a la primera necesidad que se presente, porque ese fue su objetivo. La fiesta terminó por la madrugada y fue hora de partir a casa. En el camino reflexioné sobre ese sábado, el cual lo pasé entre museos, calles, amigos y recuerdos. Lo genial fue pensar: ¿de qué otras historias fue escenario ese sábado el Centro de la Ciudad de México? ♦

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: