Inicio de la historiografía mexicana en un libro

Junio 27, 2020.- José María Luis Mora intercambió por biblias protestantes manuscritos compilados en el siglo XVII

Hace seis años (2014), la oportuna actuación del gobierno mexicano permitió recuperar un corpus señero de la historiografía mexicana. Se trató del lote 16 de la subasta de la Casa Christie’s, compuesto por antiguos manuscritos que fueron compilados originalmente por el erudito Carlos de Sigüenza y Góngora, en el siglo XVII, no llegaron a formar parte de la puja y retornaron a nuestro país.

A fin de que estos invaluables textos no sólo permanezcan en resguardo, sino que cuenten su historia y se difunda su estudio, el Instituto Nacional de Antropología e Historia editó el libro Manuscritos mexicanos perdidos y recuperados, el cual reúne 17 ensayos de reconocidos investigadores, entre ellos, Wayne Ruwet —quien reparó en su existencia en la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera— y Miguel León-Portilla, a cuya memoria está dedicado este volumen.

Incluye manuscritos en español, náhuatl y purépecha, en su mayoría de finales del siglo XVI e inicios del XVII.

La publicación incluye una narración del doctor León-Portilla sobre los primeros contactos entre Japón y México en la entonces capital del virreinato: «La Embajada japonesa en México, 1613-1614, según el testimonio en náhuatl del cronista Chimalpahin», que fuera publicado originalmente en el número 115 de la Revista de la Universidad de México.

Uno de los manuscritos

Entre los manuscritos repatriados se encuentra el llamado Códice Chimalpahin. Se trata de escritos en español y náhuatl, autoría de dos historiadores novohispanos de noble ascendencia indígena: Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, originario de Texcoco y pariente directo de Nezahualcóyotl, y Domingo de San Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin, sucesor de los señores de Chalco-Amecameca.

En los tres volúmenes que integran dicho códice, se consignaron hechos históricos que fortalecieron los altepeme dominantes en la región central del país, principalmente los de Tenochtitlan y Tlatelolco; así como diversos aspectos de su cultura y de su vida cotidiana, tales como tradiciones, estirpes y calendarios. Además, en ellos se encuentra la copia en náhuatl más antigua que se conoce de la Crónica Mexicáyotl, escrita por Fernando Alvarado Tezozómoc.

Rodrigo Martínez Baracs, co-compilador del libro, comentó que don Miguel León-Portilla se mostraba particularmente molesto cuando salía a colación la manera en que estos importantes testimonios salieron de México. Salieron debido a que el historiador y político José María Luis Mora los «intercambió» al escocés James Thomson, por un número indeterminado de biblias protestantes. Fue así como terminaron en la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, hasta que el corpus se trasladó a la Biblioteca de la Universidad de Cambridge, en 1982.

En su momento el investigador se refirió a las «limitaciones» de llamar a estos manuscritos como Códice Chimalpahin, pues los tres volúmenes no forman propiamente un códice en el «sentido mexicano» de la palabra, debido a que se trata de manuscritos sin ilustraciones, y porque, además de los de Chimalpahin y de Alva Ixtlilxóchitl, incluyen otros como la Suma, de Muñoz Camargo, la citada Crónica Mexicáyotl, de Alvarado Tezozómoc, y la Memoria, de don Melchor Caltzin.

Para Martínez Baracs tal vez lo más correcto sea llamar al documento «Manuscritos mexicanos de Carlos de Sigüenza y Góngora», por haberlos él compilado y encuadernado.

Cómo se recuperó el patrimonio documental

Unos amigos de Baltazar Brito Guadarrama, director de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, le informaron sobre el posible remate de los manuscritos, se lo comunicó al entonces presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Rafael Tovar y de Teresa, y de inmediato se comunicaron con la casa de subastas Christie’s antes de celebrarse la puja.

Los valiosos manuscritos han sido digitalizados y puestos a disposición del público en: http://www.codicechimalpahin.inah.gob.mx. Al contextualizar la importante labor de recopilación de Carlos de Sigüenza y Góngora, Salvador Rueda Smithers –también compilador del libro junto con Clementina Battcock– señaló que «el imaginario barroco fue más complejo y completo: tratados de arquitectura, novelas de caballería, artes poéticas, vocabularios y las primeras gacetas poblaron las estanterías de los sabios y bibliófilos europeos y americanos. Los autores barrocos marcaron al pensamiento de su época y abrió paso a modos y gustos posteriores ilustrados y románticos». ♦

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: