La danza de la tierra. Crónica de un temblor

Junio 24, 2020.- Mientras divagaba oí un sonido de venta ambulante muy propio de la folclórica Ciudad de México

Por José Riaza | 23 de junio de 2020 | 10:27 AM

Me vestía apresuradamente para llegar a una cita. Revisé lo que llevaba pensando en lo que necesitaba para mi compromiso. Esto, lo otro… ¡El cubrebocas! Ahora vamos con bozal a todos los sitios, pero eso no nos impide el hablar por hablar, las palabras innecesarias, el auto-bombo y las anécdotas, quizá esos detalles son los que nos hacen humanos. En los detalles está Dios, reza un dicho popular, yo digo que sí, que está, pero cuando hay Dios es imposible no pensar en el diablo. No hay uno sin el otro, es lo que nos hace caminar en el samsara, esa concepción dual de la existencia, bien y mal, arriba o abajo, pobre y rico… Mientras divagaba oí un sonido de esos de venta ambulante que sólo pueden suceder en la majestuosa y folclórica Ciudad de México, no eran los viejos éxitos inolvidables como tamales oaxaqueños ni algo de fierro viejo que vendan, pero sonaba igual de irrespetuoso e invasivo en este mar de contaminación acústica que vivimos. Cerré la puerta de mi recamara mientras pensaba en el dichoso sonsonete locutado ¿No será? No, no creo, lo hubiese reconocido, ni que fuera nuevo. Crucé la azotea y bajé en tres zancadas como alma que lleva el diablo las vertiginosas escaleras de hierro que conducen a la cocina, llegaba tarde a mi cita. Entonces le pregunté a Silvia si esa fea grabación era o no era lo que yo pensaba, entonces me dijo que sí desde el fondo, maldije, no se si a viva voz o con la mente:

–¿No vas a bajar? – Le pregunté a Silvia.

–Lo que tenga que ser será. Dios dispone…

–Y el diablo descompone –pensé mientras corría.

Antes de abrir la puerta alcancé a escuchar los ladridos de todos los malditos perros del barrio. Así empieza casi siempre, pensé, así fue aquella noche la semana antes del fuerte de 2017,  todos los pájaros de los árboles que rodean mi azotea salieron escopetados. Impresionante, amedrentador, inolvidable preludio de aleteos, casi Hitchcock. Volé sobre el último tramo de escaleras y salí por fin al exterior, encontré la calle repleta de personas, como si no hubiese más virus y vi a toda la vecindad mirando en mi dirección. Mala señal. Casi nadie llevaba el bozal. ¿A quién coño le importa? Entonces todo empezó. La tierra se agitó como en aquel septiembre negro. Crucé la calle y me junté con mis vecinos para observar la danza de la tierra. El edificio blanco en reparación estaba a la derecha y nuestra casa amarilla a la izquierda. Ambos bailaban tomados de la mano en una danza siniestra. Mecían sus cuerpos al son de un ritmo inaudible para los humanos, un ritmo constante, monótono y tenebroso como todo lo desconocido. El ritmo del planeta, el que los animales conocen, el que entienden los despiertos, el que no puede o no quiere conocer el hombre, el que a veces incluso es negado, el magno poder de la naturaleza. Mientras las dos fincas bailaban pude ver a un albañil colgado de una cuerda del edificio blanco en reparación, movía sus brazos lo más rápido que podía para bajar a tierra firme, pero el baile lo zarandeaba como un niño zarandea un escarabajo muerto, como un hombre colgado de un planeta. La gente suspiraban en voz alta, algunos consolaban a sus parejas, otros teníamos los ojos vidriosos, a punto del derrame. Los recuerdos atosigaban al lacrimal mientras la danza seguía latente y espectacular frente a nuestros grandes ojos de seres minúsculos y rendidos a las fuerzas naturales. Cuando el baile cesó todos nos miramos y hablamos con los ojos, asentíamos o negábamos y todos comprendíamos el lenguaje ocular. Entré a la casa amarilla y aún se mecía ella y las lamparas, aún olía a miedo y a sorpresa, la danza y la muerte siempre lo son. Le pregunté a Silvia cómo estaba, me dio un abrazo y después no comprobé si todo estaba en su sitio. Dios dispone y el diablo descompone. No subí a la azotea a mirar mi cuarto, todo son pequeñeces en un mar de nada, me despedí y arranqué mi camino. Seguí la inercia de la ola del día, pero sobre la cresta del shock. Me crucé con tantos rostros descompuestos. Hablé con alguien para saber que todo era real. Tomé la bici y me encaminé a mi cita, llegaba tarde pero no me importaba. Nuestras insignificantes vidas están plagadas de detalles que sólo son morralla, menudencias que a veces nos pintan la vida de color de rosa y otras nos la tiñen de estrés; sin embargo, todos los días de mi desdeñable existencia la vida me escupe a la cara hechos y certezas que ponen en evidencia la multitud de insignificancias con las que llenamos nuestras vidas. Nimiedades que se rebelan sobrantes e innecesarias y que la danza mortal puede opacar con una breve muestra de su poder en tan sólo un segundo, con un ligero guiño, con un pequeño baile, con tan sólo una danza, la danza de la tierra. ♦

José Riaza. Fotografía Estíbaliz Guzmán

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