Opinión | Hacerse la víctima

Junio 3, 2020.- Hay quien trabaja y estudia y como alumno piensa que el universo debe detenerse a mirarlo

Por Adán Echeverría

«Yo no estudio para escribir (…)

sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos».

Sor Juana Inés de la Cruz

Un estudiante de educación se quejaba amargamente en redes sociales porque la tarea que le dejaban (leer un texto de 35 páginas) era un abuso, y argumentaba: «¿Acaso creen que no tengo nada que hacer?». 35 páginas se leen en una hora. Si eres mal lector, tal vez en dos horas de tu tiempo. Pero el chico rumiaba: «Yo trabajo para costearme la carrera. No me la paso acostado, rascándome la barriga, calificando y molestando a los alumnos, como los profesores ahora que no dan clases presenciales».

Me causó mucha gracia su lamentable situación. El chico piensa que es el único alumno que tiene que trabajar para poder costearse los estudios. Supone que su esfuerzo merece que el universo se detenga a mirarlo. El chico puede engañar a su novia, que dirá: «Te esfuerzas muchísimo». Su madre y su padre dirán: «Qué gran hombre eres». Lo cierto es que el chico hace este berrinche porque ha decidido caer en el victimismo de acusar que, por trabajar, merece tener mayores consideraciones que los poco más de 20 alumnos que comparten el aula con él. Al chiquillo no le importa que sus compañeros tengan sus propios problemas, sus tiempos ocupados, sus propias vidas, y que aun así cumplen con leer el artículo que se les pidió, y entregan su tarea a tiempo. Que él tiene que respetar el esfuerzo de sus compañeros. Compañeros que incluso buscan ganarse puntos extras, si se da la oportunidad. Chicos y chicas que se dicen a sí mismos: «Ninguna materia, ningún maestro, me va a detener en mis deseos de lograr lo que quiero». No se la pasan en el berrinche: «Trabajo y estudio, tienen que entenderlo. ¿Por qué el mundo no se da cuenta de mi esfuerzo?»

Ya me imagino a Sor Juana Inés de la Cruz diciendo: «Es que las monjas no me dejan escribir poemas»; parece que estoy viendo a Benito Juárez: «Apiádense de mí, no ven que soy huérfano, no ven que soy indio, no ven que no hablo español».

Deja de decir: «Es que yo trabajo para costearme la carrera». Deja de querer causar lástima. Nadie va a llorar a tu lado porque lo digas. ¡Que todo esfuerzo que hagas te dignifique!, no lo arruines haciéndote el mártir. Valórate un poco más.

Ningún maestro va a decir: «¡Ay!, pobrecito, no haga las tareas; pobrecito, que no estudie para el examen; pobrecito, déjalo que tenga terrible ortografía, no ves que el pobre trabaja y estudia».

No, joven, no jovencita, no eres el primero ni el último que se esfuerza, y no todos lloriquean como tú. Pero este país tiene espacios para la sociedad retrógrada, que vive haciéndose la víctima:

1. El alcohólico que deja de tomar, cree que la familia debe tratarlo como rey. Y espera un: Gracias papá, gracias, hijo, gracias mamá, que padre que ya no bebes, que padre que ya no usas drogas. Y como no sucede, grita: ¡Dejé de tomar por ustedes!

2. El que cuida a sus hijos y dice: ¡Sacrifiqué mis sueños por mis hijos! Y vive echándolo en cara.

3. El que dice: Trabajo y estudio, hago un enorme esfuerzo, no entiendo por qué los malvados maestros no lo entienden.

Piensan que se hará una película de su vida; que a su lado salen los créditos de la peli, cuando se detienen a llorar compungidos. Esta película fue protagonizada por: Mi.

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