Mis andanzas con don Pascual Gallegos Palma

Junio 1, 2020.- Se adelanta un viejo amigo, quien ahora recorre nuevos caminos. Descanse en paz

Por: Ricardo Flores Cuevas

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Antonio Machado

El 2006 fue el año en que conocí a don Pascual Gallegos Palma, en las reuniones sabatinas del Consejo de la Crónica de Milpa Alta. Fue uno de los personajes que formaron parte del grupo de sabios de esta agrupación.

Lo recuerdo como un hombre sereno, de voz calmada y fuerte, con un timbre peculiar. Excelente narrador y caminante. Aprendí mucho de él pues además de las anécdotas que nos compartía en las reuniones sabatinas, también tuve la fortuna de recorrer incontables kilómetros a pie por la sierra de Milpa Alta a Morelos.

Fue un día de 2008 cuando, en otra de las cotidianas reuniones de cronistas, lo escuché decir que había ido de visita a Tepoztlán, hasta ahí no había algo peculiar en su narración, hasta que mencionó que lo había hecho ¡caminando!, partiendo desde su casa en San Pablo Oztotepec.

Me quedé intrigado y en cuanto tuve oportunidad le dije que cuando volviera a realizar esa caminata me dijera, que yo lo acompañaría con gusto. Habrá pasado un mes de aquella reunión cuando me marcó por teléfono y me dijo que al próximo sábado volvería a ir a Tepoztlán, le agradecí que se acordara de mí y confirmé mi asistencia. Me ofreció quedarme en su casa una noche antes, pues saldríamos a las cinco de la madrugada y así fue.

Al principio creía que esta caminata la hacía en fechas especiales y que era de manera colectiva, como una peregrinación. Nada de eso, don Pascual era un hombre inquieto y sin tener un motivo más allá del gusto de ir a caminar, lo hacía.

Cuando llegué a su casa su hija abrió la puerta, me invitó a pasar con familiaridad y llamó a su padre. Bajó las escaleras don Pascual y me invitó a cenar. Sin más preámbulo me mostró la habitación donde dormiría y nos despedimos, madrugaríamos y había que descansar lo más temprano posible. Esa habitación tenía un ventanal con  una vista envidiable al Teuhtli.

Poco antes de las cinco de la mañana ya estábamos listos, tomamos un poco de café y tomamos las tortas que su hija nos había preparado. Comenzamos la caminata, entramos a las tierras comunales de San Pablo Oztotepec y paso a paso fui reconociendo la sierra; me decía «ese cerro se llama Comalera, porque tiene forma de comal», «hacia allá se llama las Manitas, porque hay manitas pintadas en las piedras», «ese es el Tláloc», «estas son las vías de un antiguo ferrocarril» y así me iba nombrando los nombres de parajes y cerros. También me decía que nosotros podíamos nombrar los lugares para que los reconociéramos, me dijo «aquí podemos llamarlo ‘Piedra rana’» y me señaló una roca con forma de ese anfibio.

Alrededor de las nueve de la mañana nos detuvimos para almorzar, comimos las tortas, descansamos un poco y retomamos la caminata. Después de ocho horas llegamos a Tepoztlán. Lo primero que hicimos fue ir al mercado a comer y, después de recorrer el pueblo, emprendimos el regreso, pero en camión. En San Pedro Atócpan nos despedimos y de ahí cada uno tomó el transporte a su casa.

Esta rutina la hicimos en siete u ocho ocasiones, o quizá más veces, nos dimos cita para caminar hacia Tepoztlán, algunas de ellas eran en grupo, vecinos de San Pablo Oztotepec se unían a estas caminatas y don Pascual decía que era importante recordar los antiguos caminos que hoy están olvidados. Y es que antes de que se inaugurara la carretera Xochimilco-Oaxtepec las comunicaciones entre Tierra Fría con Tierra Caliente eran a pie, las veredas hoy intransitadas anteriormente eran vías de comunicación comercial; la gente de Morelos transportaba su mercancía como frutas y guano de murciélago en burros y mulas para vender a los pueblos chinamperos del antiguo lago de Chalco.

En una ocasión, llegando a Tepoztlán nos encontramos con un señor ya mayor y don Pascual le dijo, con cierto orgullo, que veníamos caminando desde Milpa Alta; la respuesta de dicho señor me cautivó, nos dijo que él de joven iba a las fiestas de Chalco, Mixquic y de los pueblos de la región, naturalmente que para llegar hasta allá lo tenía que hacer a pie, caminando por donde nosotros habíamos pasado, nos felicitó y nosotros seguimos nuestro andar.

En otra ocasión ocurrió algo chusco, ya habíamos llegado a Tepoztlán, estábamos en una de las calles del pueblo cuando nos encontramos a otro señor de edad mayor, don Pascual lo saludó y le dijo, con su característico orgullo, que veníamos caminando desde Milpa Alta. Pero este señor no nos felicitó, sino que con una cara de extrañeza nos dijo: «¡Pero si ya hay camión!»

Cuando realizamos estas caminatas don Pascual tenía 67 años de edad, como es de imaginarse, gozaba de excelente condición física pues llevábamos buen paso, el «paso caminante» como decía él.

Gracias a don Pascual aprendí a caminar en los cerros, me enseñó a ser sensible a los detalles, a tomar como referentes de ubicación temporal y espacial al sol y le estoy agradecido por compartirme sus conocimientos. Son gratos los recuerdos que tengo de él y de los días que pasamos caminando.

Me entristece enterarme de su fallecimiento. Se adelanta un viejo amigo, quien ahora recorre nuevos caminos.  Descanse en paz. ♦

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Fotografía: Juan Carlos Medina Hernández

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