Opinión | Las libertades al leer y ser

Mayo 16, 2020.- Tú eres lo que lees, tu propia intolerancia y fascismo con el que juzgas la vida de los demás

Por Adán Echeverría

Uno de los grandes momentos de la humanidad fue que Martin Lutero tradujera la Biblia completa al idioma alemán y, con ello, poner la palabra de Dios al alcance de las personas humildes, del pueblo alemán que no tenía la capacidad de entender latín, que tenía que aceptar la tiranía y el abuso de la iglesia sobre la venta de bulas, y la exigencia de pagos y más pagos para el perdón de sus pecados. Ahora, todo aquel que pudiera leer en alemán podría acercarse a la lectura y enseñar a leer en su propio idioma para validar desde la lectura, y sin la necesidad de los intermediaros, los hechos y las enseñanzas bíblicas.

Este ejemplo nos ayuda a entender cómo el abrirnos los ojos a la lectura, cómo el aprender a leer, hace un cambio vital en nuestra historia.

Celebremos por ello la capacidad que se nos brinda hoy, en el 2020, de tener al alcance, vía la internet, el acceso a una multitud de plataformas, que nos permiten leer cada día más, incluso aquellos libros que no podríamos conseguir o tener acceso sin esta herramienta. La internet será entonces un reflejo de tu propia personalidad. El que interactúa con ella pone en práctica su propia personalidad, su educación y valores adquiridos (o no) en casa desde la infancia. No podemos olvidar lo que señala Piaget: el ser humano de los cero a los tres años no tiene memoria, no hay recuerdos de esa edad, de los tres a los 10 años crea su personalidad y esa personalidad será la que tendrá el resto de su vida, y a partir de los 10 años solamente aprenderá a discernir entre el bien y el mal.

De esta creación de las personalidades de los niños, de su discernimiento entre el bien y el mal, nos hablan muchas novelas que retratan a los infantes y sus actitudes ante la vida: Oliver Twist (1839), de Charles Dickens; Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865), de Lewis Carroll; Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), de Mark Twain; Peter Pan y Wendy (1904), de James Matthew Barrie; El juguete rabioso (1926), de Roberto Arlt; El señor de las moscas (1954), de William Golding; El barón rampante (1957), de Italo Calvino; Arrancad las semillas, fusilad a los niños (1958), de Ketzamburo Oé; Hijo de Satanás (1990), de Charles Bukowski, y Rabos de lagartija (2000) de Juan Marsé.

Todas son historias que sitúan a los protagonistas entre los cuatro, cinco, seis y 14 años. Incluso podríamos hablar de aquella novela de juventudes que disciernen entre el bien y el mal como Si te dicen que caí (1973) de Juan Marsé, y tantas otras más. Niños y jóvenes abandonados, sobreviviendo o enajenados, dentro de un mundo construido por los adultos, sus leyes, su moral y sus normas.

En este encierro al que estamos sometidos porque los gobiernos te piden la Sana Distancia para protegerte, porque no tuvieron la Sana Conciencia de invertir en sistemas de salud robustos y con capacidad de acción y de reacción ante cualquier pandemia que se hubiera presentado, el internet y las redes sociales  son una herramienta para poder continuar educándonos, para poder mirar hacia otros mundos, conocer a otras personas.

Cuando se tiene la economía para tener el internet y los aparatos que pueden conectarte con él, eso no podemos no apuntarlo. Y algunos pedagogos moralistas quieren hablar respecto de que la internet y las redes sociales pueden ser un peligro para nuestros infantes y nuestras juventudes. Y culpamos a los medios de comunicación, o a la internet, pero no a nosotros al no poder crear personalidades sanas en nuestros niños.

La internet y las redes sociales no son el problema. Sólo son una extensión de tu personalidad, de la que te crearon desde niño y de la que tienes incluso que escapar. «Para vivir hay que morir», dice el profeta. Si por redes sociales te burlas de alguien o lo quieres ningunear, es porque esa es tu personalidad.

El anonimato, el estar escondido detrás de tu ordenador, es lo que te da el valor, apenas, para recurrir al insulto. Pero ese personaje eres en realidad, esa es tu educación, si insultas en redes lo harías en persona. Tus propias búsquedas son ese mismo reflejo. Algunos buscan ciencia en su ordenador, o temas culturales, y algunos exclusivamente la usan para sumirse en los temas que sacien cada día más su morbo y acrecienten sus deseos. Tú eres tu red social, tú eres tus lecturas, tú eres tu intolerancia, tu propio fascismo con el que juzgas la vida de los demás, las fotos de los demás, los post de los demás; tú eres tu acoso a las personas, tú eres tu invasión a la intimidad de los demás. Tú eres el mal uso de tus libertades. Tú eres la falta de responsabilidad de tus actos. Tú eres el otro para los demás. ♦

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