Los pueblos indígenas de Durango en el siglo XXI

Mayo 9, 2020.- Siempre han estado ahí, pero el resto del mundo los ha ignorado, dice en un estudio Antonio Reyes Valdez

Cuando en 1999 un grupo de tepehuanos de diversas comunidades, apoyados por huicholes y mexicaneros, cerraron una porción de la calle Hidalgo en el centro de la ciudad de Durango, y tomaron las oficinas de la delegación estatal del Instituto Nacional Indigenista (INI), los habitantes de la capital duranguense quedaron sorprendidos por saber que en su entidad había comunidades indígenas y que estas no eran exclusivas de los estados del sureste del país.

Los indígenas «no eran algo ajeno», señala Antonio Reyes Valdez en su estudio « Los pueblos indígenas de Durango en el siglo XXI», que integra el tomo IV de la obra Historia de Durango (Universidad Juárez del Estado de Durango, primera edición 2013, p.372), al recordar la protesta de los indígenas que ese año hicieron para exigir la destitución del titular del INI y que en dicho cargo fuera asignado un indígena de la región.

Lo cierto es que «siempre habían estado ahí», dice el antropólogo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), «por años los hemos visto pasando la tarde en la Plazuela Baca Ortiz o, mejor dicho, ellos nos han visto a nosotros mientras pasan la tarde en ese lugar y el resto del mundo los ignora».

Sin embargo, en la última década los indígenas duranguenses se han hecho más presentes ante el reclamo de sus derechos, a través de un movimiento permanente en pro de la recuperación de su territorio ancestral, que en 2004 fue noticia por la restitución de casi cinco mil hectáreas del ejido de Bernalejo de la Sierra, del vecino estado de Zacatecas, a la comunidad tepehuana de Santa María de Ocotán y Xoconostle.

Según el Conteo de Población y Vivienda 2005 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en Durango habitaban 27 mil 792 personas mayores de cinco años hablantes de alguna lengua indígena, lo que representaba entonces un aproximado de 2.1 por ciento de la población total del estado.

A decir de Reyes Valdez, en la mayoría de los casos los nombres con los que se conoce a los grupos indígenas mexicanos se los han impuesto desde afuera, ya sea por otros grupos indígenas mexicanos o a partir de criterios a conveniencia de los españoles, que no pocas veces derivaron de alguna confusión o malentendido. Así, apunta, los tepehuanes son llamados desde la época colonial (y quizá antes por otros indígenas) con un vocablo de origen náhuatl que significa «los que tienen o viven en cerros», es decir, «serranos». Dicho grupo se denomina en su propia lengua como o’dam o audam (enDurango) y ódami (en Chihuahua).

En cambio, los pimas de Sonora, en cuya lengua se autodenominan como o’oba, fueron llamados con el primer nombre por un equívoco en los primeros contactos con los españoles, quienes a todas sus preguntas recibieron como respuesta «pima», que significa (en la misma lengua) «no entiendo», «no hay», «no tengo».

Por mucho, el grupo de hablantes de lengua indígena más extenso del estado es el tepehuán o tepehuano. El conteo 2005 ya especificó la variable «tepehuano de Durango», distinguiéndolo del idioma tepehuano que se habla en Chihuahua porque no son iguales. El grupo lingüístico tiene dos variantes en Durango denominadas o’dam, o tepehuán del sureste (principalmente en el municipio de Mezquital), y audam, o tepehuán del suroeste (principalmente en el municipio de Pueblo Nuevo). Estos nombres corresponden además a sus endoetnónimos, es decir, a los nombres que se dan a sí mismos en sus propias lenguas.

Respecto a los hablantes de náhuatl, basado en el censo Reyes Valdez destaca a los mexicaneros como uno de los principales grupos indígenas que conforman la pluralidad étnica del estado de Durango, los que viven en la región por lo menos desde principios del siglo XIX, «si no es que desde antes», y los distingue del resto de los hablantes de náhuatl que habitan en localidades duranguenses, dada la probabilidad de que éstos sean inmigrantes relativamente recientes y provenientes del centro de México (como Xochimilco, Puebla y Guerrero).

Dicho censo reportó 413 tarahumaras bajo su calidad de hablantes, en el poblado Arroyo de Lajas del ejido El Palomo, municipio de Guanaceví, pero «el juez del lugar y otros ejidatarios estiman un aproximado de 800 personas que podrían considerarse como tarahumaras».

En el caso del mazahua, cuya proporción es mucho menor en comparación con el tepehuán, resalta el hecho de que, a diferencia del cora y otras lenguas, sus hablantes provienen de una migración relativamente reciente, la cual se incrementó en la década de 1990, pero no hay más información disponible, de ahí que para el antropólogo resulte un campo virgen para la investigación en Durango.

Una característica adicional, difícil de medir y que no contempla el censo, es el de la población hablante de más de una lengua indígena. En regiones como el sur de Durango hay poblaciones y familias de composición multiétnica —entre tepehuanos (o’dam – audam), huicholes (wixaritari), mexicaneros (náhuatl), coras (náayarite) y los llamados mestizos (hablantes de español)— que resultan ser hablantes fluidos de más de una lengua indígena, además del español (que opera como lingua franca).

Reyes Valdez subraya que la recolección de información en las comunidades indígenas de Durango enfrenta a los censores con la dificultad de un patrón de asentamiento sumamente disperso en un terreno muy accidentado. Por ejemplo, Mezquital, el municipio de más alta concentración de población indígena, es también el que cuenta con mayor número de localidades, con 30 mil 069 habitantes distribuidos en 838 asentamientos; esto es, un promedio de 36 habitantes en cada uno.

En razón de lo anterior, no es raro que los censores encuentren dificultad para llegar a la totalidad de los hogares de la zona y que las cifras resulten sólo aproximaciones. Así por ejemplo, el conteo de 2005 reporta para la localidad tepehuana de Santiago Teneraca, municipio de Mezquital, una población total de 74 habitantes, mientras que en el censo de la Unidad Médica Rural del IMSS se tienen contabilizados más de 50 jefes de familia con un promedio de seis miembros cada una.

Retos y perspectivas de los pueblos indígenas en Durango

En su estudio, el antropólogo refiere que los grupos indígenas de Durango viven en las zonas de más alta marginación del estado y del país, por lo que los problemas que enfrentan en sus comunidades no son muy diferentes a los del resto de la población indígena: falta de oportunidades de empleo y bajos ingresos económicos; carencia de infraestructura proveída por las instituciones del Estado mexicano y discriminación y falta de servicios adecuados a su identidad cultural.

«Tienen más problemas por ser pobres que por ser indígenas, pero la discriminación y su condición de ‘culturalmente distintos’ es un factor que agrava la falta de oportunidades. Mezquital ocupa el lugar 47 (de un total de 50) en la lista de los municipios mexicanos que tienen un menor índice de desarrollo», dice el estudio.

Los pueblos indígenas. Una historia por escribirse

Para Reyes Valdez el estudio sistemático de la historia de los pueblos originarios de México es relativamente reciente, hasta hace poco tiempo sólo interesaban los pueblos prehispánicos, los que llamaban la atención «nada más para probar las hazañas de los conquistadores españoles o las proezas evangélicas e intelectuales de los misioneros, con lo que en no pocas ocasiones se obtuvo sólo un caudal de visiones distorsionadas».

Dicha situación, concluye, «se ve agravada cuando los historiadores toman a pie juntillas las fuentes escritas sin reflexionar, que en ocasiones nos informan más acerca de la visión de quien la escribió que sobre el hecho que describe. Por esto se dice que, en buena medida, la historia de los pueblos indígenas se constituye de historias colonizadas que deben reescribirse». Por ello, el reto es para los historiadores, dice, pero sobre todo para los pueblos indígenas porque «cada vez más deben apropiarse de la escritura de su historia», porque sólo así podrán reclamar justicia social: «con las armas de la palabra escrita que aún no domina». ♦

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