Pandemia y religión. Cuarentena y culto a San Sebastián

Abril 22, 2020.- Otro personaje relacionado con pandemias es la religiosa Sor Juana Inés de la Cruz, «vecina» de Tláhuac y Milpa Alta

Por Manuel Garcés Jiménez

Al hurgar en libros, revistas, periódicos e internet sobre el tema que nos tiene azorados, la pandemia del coronavirus, encuentro cierta relación de las pandemias anteriores con la religión, males a la humanidad dadas a través de los siglos en diversas ciudades del mundo, incluyendo el nuestro.

Fue en el año 680, en Pavía, Roma donde brotó con furor la peste bubónica, llamada también peste negra o muerte negra. «La segunda pandemia europea en el siglo XIV causó estragos en todos los segmentos sociales y en áreas fundamentales de la economía, como la agricultura. A raíz de la peste se arraigó la tradición de la cuarentena, cuyos antecedentes se remontan a las referencias bíblicas, en particular cuando aluden al confinamiento de los leprosos».

A raíz de estas pandemias surge la palabra «cuarentena», cuyo origen es histórico apegado a lo bíblico, como lo vamos a ver más adelante, mismo que fue aplicado durante el siglo XIV en Europa a causa de los estragos a todas las capas sociales y repercutiendo en áreas fundamentales para la vida, como en la agricultura y la economía en general. Vemos cómo los antecedentes de cuarentena aplicados a nuestros días se remontan a las referencias bíblicas cuando aluden al confinamiento de los leprosos.

La primera cuarentena que se tiene memoria se institucionalizó en Ragusa, Italia, en 1465, y la segunda en Venecia en 1485. Sin embargo, se carecía del conocimiento científico acerca de las formas de propagación de la peste; en consecuencia, muchas medidas de contención y control en que la cuarentena resulta ineficaz, pero ya se aplicaba.

La palabra cuarentena toma como base el número 40, por el enorme significado religioso, pues dentro de la Biblia establece que fueron 40 días que duró el diluvio; son 40 años del Éxodo. Jesús fue tentado después de 40 días de ayuno y, finalmente, después de su Crucifixión, Cristo se apareció a sus discípulos durante 40 días. Es interesante saber por qué el gobierno federal establece el término de «cuarentena». También durante los vuelos espaciales, de regreso a la Tierra, a los astronautas se les sometía a cuarentena.

En este espacio de cuarentena el gobierno federal impulsa el descanso obligatorio en el hogar por la pandemia del coronavirus, puede o no ser literal de 40 días, pero el número 40 llama mucho la atención, incluso en épocas ancestrales fueron 40 días que se recomendaba a la mujer reposar después de haber dado a luz.

«En la historia de la humanidad, los efectos de las pandemias han transformado ideas, creencias y sistemas de valores, junto con las estructuras sociales; más aún, modificaron el posicionamiento y función de los agentes políticos».

Es así como en el mundo de las pandemias aparece un personaje religioso que me llamó la atención, San Sebastián, el santo recordado por las iglesias católica y ortodoxa, venerado ante la enfermedad de pandemias como fue la peste.

Con la peste bubónica, conocida también como peste negra, surge Sebastián, soldado del ejército romano, donde el emperador Diocleciano lo designa como jefe de la Primera Corte de los guardias imperiales, sin tener el conocimiento que era un fiel partidario del cristianismo. La iglesia católica nos dice que Sebastián habiendo cumplido con su guardia de trabajo visitaba a los enfermos.

De la vida de este personaje surge la leyenda que se arraigó entre los primeros cristianos y se incorpora al culto católico ante el asolamiento de la llamada pandemia durante el reinado de Justiniano. Al respecto, el papa Gregorio El Magno (540-604) recurrió a su figura y, con el afán de darle un bálsamo a la comunidad cristiana, hizo una interpretación de las flechas con las que fue martirizado. Para ello, se remitió a la tradición judeocristiana según la cual la peste provenía de las flechas caídas del cielo como un instrumento del castigo divino.

Por sus acciones religiosas y la defensa del cristianismo fue condenado a morir como soldado, es decir, pasado por las armas que en esos años fueron las flechas. A los arqueros de la tropa se les destacó para la ejecución; pero sus flechas no tocaron órganos vitales. Desmayado, bañado en sangre lo recogieron sus hermanos, llevándolo en la casa de Irene, viuda de un funcionario, hasta sanar. Nuevamente regresa para enfrentarse a Diocleciano defendiendo elocuentemente al cristianismo, por lo que fue arrestado y muerto a palos en la arena del Palatino.

El culto a San Sebastián se propagó por toda Europa y fue objeto de múltiples representaciones en las pinturas del siglo XIV. Los artistas de todos los tiempos han representado el martirio de San Sebastián en la Edad Media. Durante las grandes tribulaciones causadas por la peste, las personas se arrodillaban ante dichos cuadros, implorando auxilio, porque se sentían indefensas ante los ataques de la epidemia. Con su incorporación al culto católico se anhelaba sin duda una bendición profiláctica para paliar las pandemias.

Sor Juana Inés de la Cruz, su vida prolífera

Otro personaje relacionado con pandemias es la religiosa Sor Juana Inés de la Cruz, Sor Filotea. Llama mucho la atención cómo pensaba de niña para superarse intelectualmente cuando en aquella época a la mujer se le relegaba a las labores domésticas.

Algunos de sus dotes reconocidos a partir de 1666 por su biógrafo, el padre Diego Calleja, nos relata que en España al virrey de Mancera le llamó la atención la inteligencia de la jovencita, con tantos conocimientos, por lo que convocó a 40 sabios para que le hicieran un examen en el salón principal del palacio a fin de que demostrara su talento y conocimiento en diversas materias, por lo que asombró a tantos maestros al salir triunfante de su encuentro con ellos.   

Nuestro personaje, prolífica de la literatura durante los primeros años de la Nueva España, nace un 12 de noviembre del año de 1648 (hace 372 años), en la hacienda de San Miguel Nepantla, en un lugar llamado «La Alquería», ubicada en el estado de México, muy cerca de Amecameca. El inmueble era administrado por su madre, doña Isabel.

A los habitantes del sureste del Valle de México nos llama la atención la vida de Sor Juana Inés de la Cruz porque durante su niñez y adolescencia convivió en lugares conurbados con las alcaldías de Tláhuac y Milpa Alta.

A los cinco años de edad se va a vivir con su abuelo Pedro a la hacienda de Panoya, la que todavía sigue siendo un sitio paradisiaco, lugar localizado a pie del Popocatépetl. Actualmente es el centro recreativo con una variedad de animales domesticados para disfrute de la familia.

En 1653, Sor Juana Inés de la Cruz nos narra en la carta llamada «Respuesta a Sor Filotea» muchas partes de su vida de niña: «Acompañada de su hermana mayor de nombre María, al pueblo de Amecameca a una de sus casas de las llamadas ‘amigas’ en donde se les enseñaba a leer a las niñas, y agrega: La llevó tras ella el cariño y la travesura y viendo que le daban lección dijo: me encendí yo el deseo de saber leer de manera que engañando, a mi parecer, a la maestra, le dije: que mi madre ordenaba me diese lección».

Y nos aclara: «Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos (tontos), y podía conmigo más el deseo de saber que el de comer, siendo este tan poderoso en los niños».

«Teniendo yo después más edad y sabiendo ya leer y escribir con todas las otras habilidades de labores y costura que dependen las mujeres, oí decir que había universidades y escuelas en que se estudiaban las ciencias en México, y apenas empecé a matar a mi madre con incesantes he inoportunos ruegos que, mudándome el traje, me enviase a México, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la universidad».

«Ella no lo quiso hacer, he hizo muy bien, pero yo despique el deseo de leer muchos libros viejos que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni represiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a México, se admiraba no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tiempo para aprender a hablar».

«Cuando empeze a depehender gramática en que creo no llegaron a veinte lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres, y más en tan florida juventud es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta donde llegaba antes, he imponiéndome ley de que, si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o cual cosa, que me había propuesto depehender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar, en pena de la rudeza (distracciones), sucedía así, que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía a prisa y yo aprendía, con efecto lo cortaba en pena de la rudeza; que no me parcía razón que estuviese vestida de cabellos, cabeza que estaba tan desnuda de noticias que era el más apreciable adorno».

Llegamos al año de 1659 cuando ella decide trasladarse a la ciudad de la Nueva España para superarse en sus estudios. Nos dicen sus biógrafos que posiblemente se fue caminando de la hacienda de Panoaya a Tlalmanalco, y de ahí, tal vez fue en carreta o caballo rumbo al embarcadero de Santa Catarina Ayotzingo, municipio de Chalco. De ahí se embarcó en canoa una mañana sobre el lago de Texcoco hasta llegar a San Lázaro.

A sus 19 años, un 14 de agosto toma con amor el hábito de las Carmelitas Descalzas, en el convento de Santa Teresa la Antigua, apadrinada por los señores virreyes Marqueses de Mancera.

En 1668, el ocho de febrero ingresa en el noviciado del convento de San Jerónimo y Santa Paula, donde agrega a su nombre el de: «Inés de la Cruz». Dos años después, en 1671, enferma de tifo, por lo que pide al señor arzobispo don Payo Enríquez de Rivera que le dé el sacramento de confirmación.

Fue un fatídico 17 de abril de 1695 cuando muere a la edad de 46 años por contagio de virus al estar al cuidado de sus hermanas religiosas, negándole las autoridades el entierro en el coro bajo como debiera ser sepultada, sino que fue sepultada en la huerta del convento de San Jerónimo por fallecer de epidemia.

Epílogo

«Insigne mujer en todas las facultades intelectuales y admirable poeta; de la peste murieron seis religiosas. Tiempo después se imprimieron en la Península Ibérica dos tomos de sus obras y aquí en la ciudad de México muchos villancicos. Durante sus exequias asistió todo el cabildo y la sepultó el canónigo de catedral, el doctor Francisco de Aguilar».

«Al final de su vida fue una mujer sabia, paciente que siempre esperó que llegaran los tiempos mejores que la hizo aparecer siempre rodeada de amistades preferentemente religiosas. Los confesores que fueron sacerdotes que la conocieron a través de su vida pidiendo su derecho a la educación y los trabajos intelectuales como el teatro y poesía, nos enseñó que tuvo la libertad de expresar su talento y sensibilidad, como monja dio su capacidad de mujer inteligente y estudiosa en teología y como logro como dramaturga escribir, montar y editar varias comedias». ♦

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* Presidente de la Crónica en Milpa Alta. Secretario de Cronistas Cabildos de la Ciudad de México.

Bibliografía

María Havers. Guillermo. Vivieron el Evangelio. Editorial y Distribución Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. México, 1986.

Vega Sánchez, Carlos. «Cronología de Sor Juana Inés de la Cruz». Manuscrito. México, Tenochtitlan, 10 de julio de 2019.

Sánchez Cordero, Jorge. «La pandemia y la leyenda de San Sebastián» en revista Proceso números 2266 y 2267.

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