En «Simitrio», bellos paisajes de la Milpa Alta en los años 60

Abril 16, 2020.- Un bello texto del historiador Raymundo Flores Melo derivado de una tierna película filmada en escenarios naturales milpaltenses

Por: Raymundo Flores Melo* | Nosotros | Febrero de 2013

En el año 1960 es filmada una película mexicana en la que se destaca el papel fundamental que tuvo el maestro en las comunidades rurales, que refleja para las varias generaciones que compartieron con alguno, la importancia y ejemplo de estos hombres y mujeres dedicados a la educación.

El director fue Emilio Gómez Muriel y la fotografía estuvo a cargo de Jack Draper, en ella participaron actores de reconocida trayectoria como Carlos López Moctezuma, José Elías Moreno y Emma Roldán, así como los aún jóvenes histriones María Teresa Rivas, Irma Dorantes y Julio Alemán, además del actor infantil Javier Tejeda. Este trabajo fílmico fue premiado en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, España,  con la Perla del Cantábrico como mejor largometraje en lengua hispana.

Es Simitrio, uno de los filmes entrañables por lo melodramático de la historia, por la fuerza de sus personajes. En él, José Elías Moreno –padre–, da vida a don Cipriano, maestro rural que tiene a su cargo una escuela donde se cursan todos los grados de educación primaria. Lo ha hecho por cuarenta largos años, pero ahora enfrenta la doble dificultad de enseñar y estar quedándose ciego, minusvalía que es aprovechada por un grupo de seis niños, entre los que destaca Luis Ángel, para gastarle varias bromas pesadas, valiéndose de que al verdadero Simitrio sus padres tuvieron que llevárselo del pueblo para aprovechar una oferta de trabajo.

El nuevo «Simitrio» reúne la inteligencia de todos los confabulados para hacer burla al viejo profesor pero, al mismo tiempo que lo hace sufrir, crece en el maestro un gran afecto hacia el alumno, a tal grado que don Cipriano busca redimirlo y convertirlo en un profesional de la medicina que pueda aliviarle su padecimiento. Pero el sueño se ve roto ante la noticia de la supuesta muerte del niño.

El pueblo sabe del problema visual del maestro y, a su manera, trata de ayudarle, pero una supervisión pone al descubierto el secreto y el enorme cariño que los habitantes le profesaban al mentor. La fuerza moral del profesor se ve reflejada en las diferentes actitudes que tienen los pobladores, en el respeto y admiración que por él sienten, en la movilización y defensa que arman contra la rígida inspectora enviada por el gobernador.

Al final, le es revelada la verdad a don Cipriano, y aquello que parecía un final trágico se convierte en uno lleno de esperanza, donde Luis Ángel toma el lugar dejado por Simitrio en los anhelos del profesor.

Dejando aparte el desarrollo de la historia y para despertar el interés local, he de referirme a uno de los paisajes de la película, en particular, el que forma parte del trayecto que lleva a don Cipriano de su casa a la escuela y viceversa. La parte que el maestro recorre montado a caballo entregado a sus pensamientos, un camino rodeado por fértiles tierras. Es la escena que da inicio a la película y el lugar donde se pone en antecedente al espectador sobre la enfermedad del mentor, senda que más adelante será testigo del coraje justificado del profesor y de una charla con su caballo que hará menguar la desazón y es, también, el lugar que se ve al final de la cinta, cuando, de la mano de «Simitrio», don Cipriano es conducido al pueblo, dejando abandonado el bastón que le había servido para desarrollar sus actividades cotidianas.

Estos fragmentos de fotografía son parte de Milpa Alta. En las tomas se aprecian las tierras de labor y la incipiente producción nopalera –de eso ya casi medio siglo–, el volcán Teuhtli, el pequeño cerro Yeteco y la inconfundible iglesia de San Agustín el Alto, con su alargado atrio con techo de teja roja de dos aguas, así como los árboles que bordean, en ese sitio, la carretera que lleva al pueblo de Santa Ana Tlacotenco. Y, como no queriendo, a lo lejos, la parroquia de la Asunción, la iglesia «grande», frente a la que se ven explotar varios «cuetes» al final de la cinta.

Ver la película es mirar un trozo del pasado de Milpa Alta y admirar en el horizonte una parte del lago de Chalco, es recordar lo que se fue, el cómo era la Asunción con la mayoría de sus milpas rodeadas de magueyes, sus tierras recién aradas y todavía dedicadas al cultivo del maíz, frijol, calabaza y haba; los apenas delineados caminos de penetración rumbo al Teuhtli; los pocos terrenos cultivados de nopal, lo limpio de sus cielos y la baja densidad demográfica de sus habitantes. Era un pueblo que todavía podía ser usado para ejemplificar comunidades rurales alejadas de las grandes urbes, pese a estar relativamente cerca de la gran Ciudad de México.

En ese entonces vivían un poco más de veinticuatro mil personas en esta que es la segunda delegación más grande del Distrito Federal. En el Censo General de población y vivienda, realizado por el INEGI en 2010, la delegación Milpa Alta presenta 130,582 habitantes, más los que se han sumado estos últimos tres años, manteniéndose como la demarcación menos poblada. Milpa Alta ha cambiado y por eso debemos recordar cómo era la vida de los milpaltenses en ese entonces.

Si hemos de creer en las observaciones –hechas tres años antes que la película– del antropólogo holandés Rudolf van Zantwijk, durante su estancia de abril a septiembre de 1957, en Milpa Alta apenas se dejaba sentir una mayor influencia de la Ciudad de México debido al mejoramiento de las comunicaciones y al comercio. Para este tiempo, la única vía para llegar a los pueblos que la integran era la carretera México-Tulyehualco, por medio de una línea de autobuses que tenía su terminal «donde se juntan los cuatro caminos bien asfaltados que dan comunicación a los pueblos más importantes de la delegación. Esta encrucijada es el centro de la cabecera, que está compuesto de una plaza enorme medio cubierta, donde diariamente hay mercado: el tianquiztli».

En la parte central, donde confluyen las cuatro primeras secciones o barrios, se encontraban las mejores construcciones, dedicadas a la habitación y comercio, de allí a la periferia la situación cambiaba. Se dice que la zona más pobre era la de Xaxahuenco.

Una Milpa Alta todavía con rasgos autóctonos, casas de piedra generalmente de una sola «habitación grande para vivir y dormir», con solares en donde hay higueras, zapotes, nopales y magueyes, además de temazcal, aves de corral, cerdos y pequeños establos para caballos y burros. La mayoría de las calles de tierra, algunas empedradas; las casas rodeadas de bardas de roca volcánica, tan abundante en la región, sin zaguanes que impidieran el paso; a lo más que se llegaba era a puertas elaboradas con tejamaniles.

En tanto que la vestimenta de los habitantes era, en su mayor parte, occidental, pero todavía se veían ropas como el quechquemitl, tlacotontilmali, fajas y el uso de huaraches. Es de destacar que un importante número de mujeres, a diferencia de los hombres, andaban descalzas. La coa se usaba como instrumento de labranza y en los patios de algunas casas la presencia de los sincolotes, que el antropólogo define como «típicos almacenes de maíz».

La producción de Milpa Alta era el pulque, la madera bajada del monte, los puercos y el nopal, en tanto, que la que venía de fuera eran fruta, tejidos, aparatos eléctricos y, en menor grado, animales de carga como caballos, burros, mulos (resultante de la cruza de una yegua y un asno) y burdéganos  (cruce de caballo y asna).

«Salvo en Tecómitl es el náhuatl la lengua dominante en todos los pueblos de la Delegación de Milpa Alta», pero no como habla única, pues en ese «momento más o menos 70% de la población usa la lengua náhuatl al lado de la española», es decir, es bilingüe. El antropólogo holandés, también da cuenta de la existencia de cuatro diferentes formas dialectales del náhuatl, una de ellas, más culta que las otras, que adjudica a un grupo que denomina Teomexica. Las tres restantes las atribuye a colectividades de macehuales: 1. Xochimilco junto con los pueblos que fueron sus sujetos, incluyendo a diez de los doce pueblos de Milpa Alta; 2. Tlacotenco y Tepenahuac, y 3. los asentados en Chipetonco, Zoquiac y Otlayucan.

Después de hacer un breve descripción de Milpa Alta en ese tiempo, volvamos una vez más a «Simitrio» que es el tema del que estamos tratando.

La otra escena que debe llamar la atención, es la de una casa con aire campirano. El hogar del profesor es una construcción de roca y teja, a lo alto, abierta y fuerte que tenía que contrastar con lo que simbolizaba el personaje: lo alto de sus miras, un corazón humano y la potencia para realizar su labor educativa con los niños. También esa casa está en Milpa Alta, en el barrio de La Luz, y pertenece a la familia Sevilla, y que si bien sirvió para subrayar los atributos más sobresalientes del maestro, también refleja la capacidad para el trabajo de los milpaltenses pasados y actuales, siempre en busca de mejorar sus condiciones materiales y económicas.

La construcción en la actualidad puede verse desde la carretera a San Lorenzo Tlacoyucan, a la altura de donde inicia la avenida principal que sube a la iglesia del barrio. En ella se aprecian restos de terrazas agrícolas, así como unos grandes órganos en la parte que mira al oriente. Ya ha sido modificada pues en vez de su techo de dos aguas, ahora es uno de concreto y ha desaparecido la parte frontal con la escalera. Aún se conserva en parte el camino empedrado que conduce a ella y está rodeada de varias casas que han hecho que pierda la armonía visual presente en el filme.

En «Simitrio» se observa el momento de transición de Milpa Alta que, sin dejar de ser agraria, se ajusta a las necesidades del mercado y deja paulatinamente de lado la producción del maíz para encaminarse a la producción del nopal verdura, que casi dos décadas después dará pie a un inusitado crecimiento económico en la región. ♦

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*Integrante del Consejo de la Crónica de Milpa Alta y vecino del barrio de la Concepción.

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