Opinión | Tu querida presencia en el recuerdo

Abril 8, 2020.- El siguiente texto fue desempolvado de la cava de la hemeroteca virtual y como los buenos vinos descorchado hoy

Por José Alfredo Valle Rodríguez | Nosotros | Octubre 3, 2008

Nuestro primer contacto ocurrió en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en el año de 1974, donde Hugo Gutiérrez Vega, un locuaz y desinhibido profesor de literatura, recreaba con entusiasmo pasajes y anécdotas, lo mismo de autores clásicos europeos o rusos que los del boom, latinoamericano.

Con su crecida barba blanca, su voz educada y aún poderosa, pese a las tres cajetillas diarias de Del Prado que ya entonces denotaban sus estragos en laringe y garganta, Gutiérrez Vega se divertía, hacía gala de su erudición y nos hacía reír a quienes, expectantes, atiborrábamos el auditorio uno de la Facultad habilitado como aula.

Ahí en una de esas clases, que más parecían tertulia de amigos, conocí a César Alberto del Valle, Sergio Antonio Rojas, Efrén Camacho, Carlos Hamed y Arturo Salcedo, alumnos de la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva, quienes a partir de entonces comenzamos a fraguar una amistad que superó todas las pruebas y perduró por décadas.

Estaba reciente el rescate firme y valeroso que hizo de la UNAM el rector Guillermo Soberón Acevedo. Durante meses la Casa de Estudios quedó en manos de una dupla de truhanes: Mario Falcón y Miguel Castro Bustos, quienes, junto con un puñado de vándalos, derrocaron al rector Pablo González Casanova e hicieron de la Torre de Rectoría su hotel de cinco estrellas.

Sin más armas que la razón, el doctor Soberón se atrevió a lo que no quiso hacer ninguna autoridad judicial o administrativa, y tomó posesión de la Rectoría en el estacionamiento de la Facultad de Medicina, en medio de una lluvia de piedras y otros proyectiles lanzados por esos malhechores que se habían enquistado en aquellas instalaciones, cuyos muros de piedra y cemento les daban un toque de prestancia y modernidad a nuestra querida Ciudad Universitaria, considerada hoy por la Unesco como Patrimonio Cultural  de la Humanidad.

Así fue como se echó a caminar de nueva cuenta la rueda del saber y la cultura. La Universidad, nuestra Universidad, estaba de regreso. Se respiraba un aire de renovado y esperanzador aliento que a todos nos contagiaba y que envolvió nuestro encuentro en Ciencias Políticas.

Ahí, en las viejas instalaciones de la Facultad, ubicada entonces entre la Escuela de Economía y la Torre II de Humanidades, comenzaba el debate, mucho más apasionado que racional, tratando de entender algunos conceptos de El Capital, de Karl Marx; El Materialismo Dialéctico, de Hegel, o expresar posiciones respecto a la «grilla» universitaria o la política nacional.

Algunas tardes las discusiones se extendían hasta aquel amplio y desordenado departamento de Mixcoac, «el búnker de los norteños»,  que rentaban Sergio Antonio y sus amigos laguneros, donde continuábamos con ánimo encendido nuestras reyertas filosóficas y literarias.

Recuerdo cómo, afligidos y emocionados, buscábamos en nuestros bolsillos hasta reunir algunos pesos y con ellos «hacer la vaquita», que alcanzaba para mal comer y, por supuesto, para el primer litro de ron blanco. Los demás, como las apariciones divinas, vendrían solos al fluir la tarde-noche.

Con el paso del tiempo, el destino y desarrollo profesional nos condujo por distintos caminos: Alberto, tras de una breve estancia en el INBA, ingresó, al igual que Efrén, al Instituto Mexicano del Petróleo, donde encontraron su destino profesional; Carlos, invitado por Alberto, se incorporó más tarde también al IMP; Arturo hizo carrera en varios medios de comunicación en su natal Cuernavaca, mientras Sergio Antonio y yo, luego de hacer nuestros «pininos» como reporteros de la Gaceta UNAM, recorrimos cada quien por su lado media Administración Pública.

Pero, como dirían los clásicos, nada es para siempre. César Alberto, mi compadre, emprendió temprano el regreso hacia el misterio. Nos dejó acá, nostálgicos y apesadumbrados, con el vacío que produce la muerte de un amigo, pero también con la angustia de esta vida insensata, de la barbarie criminal sin fin que amenaza con todo y a todos.

No te quiero angustiar más, mi querido compadre, con este desastroso y pesimista «parte de guerra» terrenal. Tú ya sufriste demasiado con esa maldita enfermedad que te destruyó hasta el último hueso. Pagaste ya, con mucho, tu cuota de sufrimiento y desgracia.

Cómo extrañamos esas tardes de viernes en el Angus de la Zona Rosa, que cerró sus puertas poco después de tu partida como muda protesta.  Ahí tu asidua presencia marcaba todo un ritual de las formas y el saludo.

En esas paredes rojizas y deslavadas del Angus rebota aún el recuerdo de tu risa cautelosa. No olvido la atención, el respeto y gusto con que sabías escucharnos a quienes, al calor de los rones nos convertíamos en torrente de palabra. A estos encuentros se agregaron Domingo Herrera y Jorge García, dos buenos amigos que se incorporaron al equipo de trabajo de César Alberto en los últimos años.

Por nuestra mesa desfilaban guapas hostess, algunas con sus faldas y botas de cuero al más puro estilo Tex-Mex, capitanes, meseros, ayudantes y no pocos parroquianos que nos dispensaban, particularmente a ti, un trato cercano, afectuoso y familiar.

Pero, sobre todo, era ocasión para el encuentro con los amigos y la buena plática sobre cualquier tópico que viniera a la mesa: de la política nacional, al futbol y de ahí al recuerdo de los tiempos idos en la Facultad de Ciencias Políticas, la Universidad, la música, el cine y así hasta el infinito.

Recuerdo que al principio no a todos gustaba la idea de que el Angus fuera sede repetida de nuestros encuentros. «De cuando acá con sus pinches pretensiones de pequeño-burgueses», nos espetó Sergio Antonio a Cesar y a mí cuando lo «mayoriteamos» para seleccionar el mismo lugar. La tradición y las faldas cortas terminaron por imponerse.

Y es que Sergio Antonio, como buen norteño, prefería el ambiente y la intensidad inigualables de las cantinas de antaño, de las «de a de veras», en las que servían tragos más que generosos y botanas con el incomparable sazón de la auténtica cocina casera. Ya, después, con la fuerza de la costumbre, el buen norteño terminó cooptado por los «pequeño-burgueses» y hasta le agarró cariño al Angus.

Todos estos pormenores, mi querido César Alberto, tú los recuerdas muy bien. Eran los viernes de la catarsis y del reencuentro, del disfrute y de la vida misma. Esperamos algún día la reapertura del Angus. Si ello ocurre, ahí estaremos, en tu mesa, en tu misma silla y con el recuerdo de los tiempos idos, atendiendo puntuales tu llamado.

Hasta siempre «mi general», como te llamó Sergio Antonio en alguna ocasión en que emprendimos una fiera batalla a punta de rones y coca colas. Acá seguiremos, librando algunas más, con el recuerdo «de tu querida presencia», como le cantó Pablo Milanés al Che Guevara. ♦

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Artículo publicado con motivo de que un día como hoy, pero de 1954, nació César Alberto del Valle Martínez.

Nota relacionada: Mi amigo Alberto

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