José Farías Galindo. Filántropo y cronista de Xochimilco

Marzo 31, 2020.- Un hombre de su tiempo, involucrado en el arte, las letras, la investigación, la antropología y la historia de su pueblo

Por Sergio Rojas | Fotografías Armando Maya | Nosotros, Núm. 30 | Agosto de 2000

Expresivo al hablar, al tiempo que deja sus manos revolotear como mariposas sobre la mesa del comedor donde desayuna una concha con una taza de café con leche, el maestro José Farías Galindo se muestra a primera vista con esa vitalidad de un hombre cuyos ojos han devorado a través de los años cuanto libro encontraron, hace inflexiones de voz para ponderar alguna idea o comentario. Porque habla fuerte cuando de resaltar lo sobresaliente de una anécdota se trata, o conversa de manera sutil cuando quiere obligar al entrevistador a que aguce bien los oídos para escuchar su respuesta.

El maestro Farías Galindo, con sus 79 años de edad (nació el 21 de enero de 1921), nos recibe en su casa de Xochimilco, en Calle Violeta número 9, en el Barrio Santa Crucita, donde ha vivido desde el 26 de marzo de 1937. Son las nueve de la mañana de un sábado de agosto. Al principio intento inmiscuirme en la plática de ese hombre tan conocido en su pueblo, pero él no permite que se le interrumpa, como tampoco deja de saborear su concha y de vez en cuando le da un sorbo a su taza de café, y dialoga con su vista puesta en algún punto de la cocina, mientras el radio se mantiene sintonizado en Formato 21 y desde el patio un escandaloso loro no deja de llamar la atención de los visitantes. Y, sin embargo, a él parece no distraerlo nada.

Sí, José Farías Galindo es el cronista de Xochimilco, el entrañable amigo del pintor zacatecano Francisco Goytia. Casi todos ahí lo conocen porque ha sido un hombre sencillo que ha dejado buena parte de su vida en las aulas y también ha dedicado muchos años a difundir la historia y las tradiciones culturales de su comunidad, entre su gente y la de otros lados. Estudió en la Escuela Nacional de Maestros y en la Escuela Nacional de Antropología, porque además es arqueólogo. Estudió en el Conservatorio Nacional de Música, tomó cursos de lenguas indígenas (náhuatl, otomí y maya); así como un curso de periodismo, lo que le permitió después ser fundador de cuatro periódicos en Xochimilco: Metztlixóchitl, Horizontal, Mundo e Informador.

Se trata del personaje más significativo del Xochimilco que se perdió con la modernidad y acabó siendo devorado por la mancha urbana, sí; pero también del Xochimilco actual, con los problemas que ocasiona el desmedido avance de la mancha urbana, sobre todo por el gran número de vendedores ambulantes que ni aquí viven y son solapados por la autoridad delegacional.

«Cuando digo voy a hacer esto lo hago sin pedir permiso a nadie»

El maestro Farías es el hombre más sencillo y humilde, profesor jubilado quien a sus 79 años tiene prisa por seguir haciendo cosas por su pueblo.

Con sus ojos vivarachos, dispuestos a fijarse en los de quien le escucha, prestos a detenerse en algún punto de las cuatro paredes de la estancia para facilitar la evocación de recuerdos, dice que llegó a Xochimilco hace 63 años procedente de Zumpanco (como él lo pronuncia), en el estado de México, población que dejó «porque allá no había que comer».

Nació en Zumpango, pero dice ser de Xochimilco, y para eso platica de algunos aspectos de su vida en ese hermoso pueblo que se extiende infinito sobre la zona chinampera de su anatomía, y que lo ha mimetizado en fértil ahuejote, firme e inflexible, altivo y orgulloso de su estirpe xochimilca, porque cuando camina por la calle se le ve espigado y nostálgico, con la vista puesta en lo más alto del horizonte de la tierra que tanto ama. Como si al mirar hacia lo alto, por encima de las copas de los árboles, quisiera adivinar el futuro que el destino le depara a su querida población.

Decepcionado de la autoridad delegacional por el cochinero en que han convertido el Centro Histórico de Xochimilco, el maestro Farías Galindo rechaza lo improbable.

«En esta zona quien se va a morir ya sabe cuándo le toca»

No, yo no voté, dice, y rápidamente esgrime como argumento para no haber votado el que ya tenía casi ochenta años de edad. Mejor prefiere revelar la fecha de su nacimiento: «Póngale que nací el uno, veintiuno del veintiuno».

En la casa del maestro Farías Galindo uno se siente como si estuviera en un museo-hemeroteca, porque se pueden ver libros y periódicos hasta en la mesa del comedor, y objetos diversos entre los libros de los estantes. Eso sí, todo muy bien acomodado. Justo en donde aguardamos en torno a la mesa habilitada como mesa-escritorio y mesa-desayunador, a que termine de comer su concha y su café con leche, mientras él nos interroga como su los papeles se hubiesen invertido, tiene periódicos y revistas que hojeaba antes de que llegáramos. Por momentos asume su papel de profesor que cuestiona incisivo a sus alumnos dejándoles la respuesta en la punta de la lengua… La iglesia de San… San… ¡Dígame dónde estuvo la primera iglesia en Xochimilco!

«No, más bien dígamelo usted a mí, yo para eso vine, para aprender de usted», respondo. Luego no sé si bromea o habla en serio. Había quedado de estar ahí otro cronista xochimilquense, Rodolfo Cordero López, pero no llegó a la cita.

El maestro Farías Galindo dice que es tiempo de que nos vayamos al Archivo Histórico de Xochimilco, el cual él creó hace diecisiete años y donde se mantiene al frente, aunque la estulticia de la actual delegada ha propiciado que incondicionales lacayos de Estefanía Chávez, la «Tejana», pretendan alejarlo del Archivo. «La señora quería sacarme del Archivo, pero yo le mandé el mensaje: ‘No señora, sáqueme de aquí con lo de mi casa’, nada más». Esto es, todos los archivos que el maestro recopiló durante años.

Pero no vamos al archivo, nos quedamos en su casa otro rato. Mientras contesta una llamada telefónica me inmiscuyo en su amplia sala, con techo alto, característico de las casonas antiguas, y alcanzo a ver un gran número de reconocimientos. Tiene uno que le entregaron vecinos del Barrio de San Marcos de Xochimilco, el cual dice: La Comunidad reconoce en usted el hombre de nuestro tiempo, involucrado en el arte, las letras, la investigación, la antropología, la historia de Xochimilco, su formación de hombre culto. A la compañera de su vida nuestro reconocimiento.

Con uno de los ejemplares de la revista Nosotros

Entre la cantidad de cosas y objetos, cuadros y diplomas que hay que observar, se ve otro reconocimiento, éste de Zacatecas: 1982, Año de Ponce y Goytia. Reconocimiento a la filantropía de José Farías Galindo y familia, por la donación del Museo Goytia al Patrimonio Cultural del Pueblo de Fresnillo. 2 de septiembre. Y es que el maestro Farías Galindo decidió obsequiar la obra en óleo de Francisco Goitia, más de cien cuadros, al pueblo natal del pintor con quien convivió durante sus años de estancia en Xochimilco. Tanto que cuando el actor José Carlos Ruiz interpretó al ilustre zacatecano en la película acerca de su vida, vino a buscar al maestro Farías para que le platicara cómo era Goitia.

Uno de los rincones de la primera biblioteca del maestro

En la sala se ven paquetes de periódicos y folders cuidadosamente colocados en el piso, sobre los sofás y encima de sillas y mesitas de centro, y sobresalen diversos ejemplares de la Revista Nosotros. Se ve un reconocimiento más, de abril 27 de 1989: El Instituto Panamericano para la Investigación y Fomento del Turismo AC y el H. Ayuntamiento de Zumpango, estado de México, la delegación del DF en Xochimilco y la Federación Mexicana de Escritores, otorgan testimonio de reconocimiento al Ciudadano José Farías Galindo por su labor literaria, humanista y social al servicio de México. Entre otros firman los poetas Othón Villela Larralde y German List Arzubide.

Destaca un óleo del maestro Farías pintado por G. Quiroz en 1973. Con razón se ve más joven. Cerca se ve otra placa: La delegación Xochimilco y la H. Junta de Vecinos otorgan el presente reconocimiento a José Farías Galindo por su permanente crónica e incansable labor en defensa de los valores históricos de Xochimilco. Firman el delegado Jun Gil Elizondo y el profesor Manuel Xolalpa.

Después es fácil encontrar el que le entregaron en la Escuela Secundaria Técnica número 28 Francisco Goitia García: …en reconocimiento a su capacidad profesional y como guía en la educación de la juventud. A su permanente labor en el rescate del pasado histórico de la Comunidad. Afectuosamente el personal docente, administrativo y de intendencia.

Sin lugar a dudas que uno de los más importantes reconocimientos es el que le entregaron los 15 pueblos y 17 barrios de Xochimilco el cinco de diciembre de 1988, pergamino en cuero de piel de cerdo escrito a mano con tinta china: …Al ilustre mexicano que entregó su obra literaria a su país, al profesor José Farías Galindo, durante 50 años sirviendo a su pueblo, investigando hechos históricos, nacionales, conferencista internacional, sin olvidar a Xochimilco, sus costumbres regionales ligadas a la Revolución Mexicana de 1917.

En su casa tiene una amplia colección de piedras de Zacatecas, de esas que extraen de los minerales o del desierto y que sirven como bellos adornos en casas y oficinas. Tiene junto con fotografías antiguas vasijas y tarros, recuerdos de sus viajes por España, Malta, Grecia, Egipto, Tierra Santa, Damasco… En un tarro cervecero leo Sangría Hostería del Laurel Sevilla.

Luego me sorprende mirando un retrato de Goitia con alguien que no alcanzo a reconocer.

«Fue su ayudante hasta la muerte del maestro», me dice. «Era una niña negra de Tepoztlán». ¿Negra?, pregunto. «Negra, así era», confirma. «Esa copia me la obsequió un pintor que también era de Zacatecas y ya murió, ya tiene tiempo». Y sí, ya pasaron algunos años porque veo que el propio Goitia se la dedicó al maestro Farías Galindo.

Bueno, ¿y usted dónde conoció al maestro Goitia?

—«Lo conocí por casualidad en el tren, ambos tomábamos el mismo tren para ir al centro de la Ciudad de México. Así nos fuimos haciendo amigos».

Por ahí se encuentra un cuadro pequeño de Guadalupe Victoria. ¿Lo admira?, se le pregunta. «Sí», responde de inmediato y una vez más cuestiona a su visitante. «A ver, ¿quién es y de dónde fue?»

Entre las piedras se encuentran pedazos de objetos o piezas prehispánicas. «Todo lo doné al Museo de Santa Cruz, pero algunas se las robaron y no voy a decir quién». Luego nos detenemos en un cuadro que enmarca el recorte de El Día con la nota que escribió Rodolfo Cordero López hace 17 años, cuando fue inaugurado el Archivo Histórico. Abajo leo el recorte de una nota periodística: León Portilla Doctor Honoris Causa en Praga, y el maestro agrega: «Lo conocí en España».

Es un espacio central se encuentra el Niñopan, donde también tiene la imagen de San Antonio de Padua.

—«¿Y eso qué cosa es?» Me pregunta al tiempo que señala unas botellas de brandi. Vuelvo a reír y sólo alcanzo a decirle que esas luego nos las tomamos.

Después cruzamos una estrecha puerta y entramos a su biblioteca, aunque él aclara: «No es una, tengo dos, ésta es la primera, la más grande está en la parte alta». Lo primero que descubrimos es una fotografía del arco de piedra de Tlaltenco, tomada el dos de octubre de 1986, y después libros sobre más libros, aunque también hay botellas de brandi vacías encima de los libros, las guarda como si fueran preciados trofeos qué lucir en los anaqueles de madera rústica, como memorables recuerdos de farras y bohemias. También guarda un par de zapatos en uno de los estantes. «Fueron los primeros que tuve», dice.

Salimos al patio, el maestro se coloca sobre la cabeza su inseparable sombrero y se despide cariñosamente del loro, el cual repite cotorro, cotorro, cotorro a manera de un hasta pronto. Atrás queda la gran puerta principal y la pared donde se lee Jardín de Niños José Farías Galindo. En la esquina, justo donde hasta hace relativamente poco tiempo se encontraba la cantina La Feria de las Flores, nos encontramos a un buen amigo común, también profesor, mi compadre Pedro Armas, del barrio de la Guadalupita. En ellos veo a dos bohemios de cepa. Y ya con Armando Maya, fotógrafo de Nosotros, nos enfilamos hacia la calle de Morelos, el maestro Farías platica anécdotas y recuerdos mientras avanzamos.

Caminar por los alrededores de la iglesia de Xochimilco es difícil, por lo que debemos sortear sobre la acera puestos de vendedores ambulantes que lo mismo ofertan pantalones que videos pornográficos o de Walt Disney, jugos, golosinas o puestos de periódicos, y cuando uno encuentra un lugarcito más o menos amplio para emparejarse con el maestro Farías, se tiene que replegar a la pared o avanzar de lado porque también hay perros echados sobre la banqueta; y cuando no, rodear el cuerpo de un trasnochado parroquiano para no perturbar su sueño.

Los taxistas dizque ecológicos contribuyen al congestionamiento vehicular porque se detienen en el crucero a esperar pasaje, o sobre la 16 de Septiembre se mal estacionan para subir o bajar a comerciantes con todo y carga. ¿Y la delegación? Bien, gracias, con seguridad los taxistas y se pusieron a mano con los jefazos del Jurídico.

Se despide de su amigo el loro con un al rato nos vemos

Finalmente entramos al antiguo mercado de Xochimilco, el cual tenemos que atravesar para llegar al Archivo Histórico, avanzamos por entre la gente que busca y compra, al tiempo que esquivamos con gracia torera a cargadores que empujan un diablito al tiempo que lanzan la advertencia del ¡Va por a’i! Luego el maestro Farías se detiene en el local 57 del mercado, cuyo dueño lo saluda muy familiar, luego le pide queso panela, jamón y chiles, y también le pide a Pedro Armas que se vaya por las tortillas y las pepsis, y ante la persistente mirada del locatario que no deja de ver tanto la grabadora en mis manos como la cámara fotográfica de Armando, el cronista comenta:

—«Es que van a filmar una película acerca de mi vida», y el locatario abre más la boca.

Minutos después llegamos a Morelos 7, en el mero centro de Xochimilco. En la puerta del recinto se lee en una cartulina: El Archivo Histórico y la Hemeroteca ponen a su servicio la historia de Xochimilco y sus jeroglíficos, tradiciones, el Niñopan, la Virgen de los Dolores, día de muertos, leyendas, chinampas y la Flor más bella del ejido. La Hemeroteca cuenta con periódicos desde 1978…

Me llama la atención una fotografía sobre la pared y el cronista ofrece la explicación. «Es la primera toma aérea del pueblo», dice. «Fue tomada en 1927». En ella se ve la iglesia de San Bernardino de Siena y a los alrededores no se precian más que tres cuadras a lo mucho. Se distingue una plaza de toros y después las chinampas. Eso era todo el pueblo de Xochimilco en 1927. Después vemos el plano del pueblo en 1929 y ya se aprecia un poco más grande.

En otra parte se encuentra el escudo de armas otorgado a Xochimilco como noble Ciudad por el rey Carlos V y Felipe II en el año de 1559, en Valladolid, España, y cuyo dibujo a colores fue realizado por el pintor y profesor José Luis Sánchez Lara, quien se lo dedicó al maestro Farías en noviembre de 1989: Con amistad al dilecto y distinguido profesor emérito cronista de Xochimilco, maestro José Farías Galindo.

También se encuentra una acuarela de A. Castrejón, de septiembre de 1990, en la que plasmó la iglesia de Santa Crucita Analco, capilla que fue construida en 1687.

Más allá está una fotografía en blanco y negro del edificio que albergó el Palacio Municipal, y en donde se lee lo siguiente: El antiguo Ayuntamiento de Xochimilco se inició su construcción en julio 27 de 1887, fue inaugurado en mayo 5 de 1896 y fue tirado el 11 de noviembre de 1951, siendo delegado Artemio Arizmendi Espinoza.

El maestro Farías dice que también es fotógrafo, que habla el náhuatl y el otomí, y que le gusta mucho la lengua purépecha. Muestra fotografías de los canales de Xochimilco y en una se ve al actor Omar Sharif con dos jóvenes damas. En otra aparece el actor Ricardo Montalbán, protagonista en la serie televisiva La isla de la fantasía, y en una tercera se ve al tenor Humberto Cravioto.

Portada del número doble de Nosotros de agosto-septiembre de 2000

Es entonces cuando parece que por fin el maestro Farías Galindo se va a dejar entrevistar y cuando se pone de pie detrás de su escritorio comenzamos la plática.

—«No tuve hijos, nada más hijos adoptivos, tengo dos, uno vive conmigo, se llama Jesús Gutiérrez, se apellida como mi esposa, Beatriz Gutiérrez, y es de los Gutiérrez de Tepalcingo, Morelos, en los límites con Puebla».

Sin embargo, vuelve a sentarse y desenvuelve y distribuye sobre la superficie del escritorio el jamón, el queso panela y las tortillas azules, características del maíz de Xochimilco, abre una lata de chiles curtidos y acto seguido nos invita a prepararnos un taco. Mi compadre Pedro Armas destapa las pepsis. El profesor Armas, fundador y cantante del grupo músico vocal Los Templarios, que hizo época en Xochimilco hace algunos años, agrupación que incluso grabó en disco dos canciones del maestro Farías Galindo, le dice a éste, mientras comemos los tacos, que mejor le va a traer una «de a kilo», al tiempo que hace la seña con su mano derecha de que se trata de una botella. El cronista le dice que todavía no.

—«…Mejor al rato, a las tres ya puedo volver a tomarme unas copas. Ese gusto tuve que interrumpirlo unos días, por prescripción médica. Pero a las tres nos vamos con Luis Sandoval», dice en tono jocoso.

Al acabar de comer el maestro retoma el hilo de la conversación.

«Estamos donde fue alguna vez la Escuela Quirino Mendoza y Cortés», y dicho esto vuelve a preguntarme. «A ver, ¿quién fue?»

El compositor del Cielito lindo, le respondo.

«Pero tiene como cuarenta más», aclara el cronista, y Pedro Armas dice que Quirino del Cielito lindo nada más escribió el principio.

El maestro Farías menciona que el hijo del compositor oriundo de Tulyehualco sacó los restos de su padre del panteón de los hombres ilustres de Xochimilco para llevarlos al panteón de su pueblo natal, «donde está todo olvidado», refiere. «Hay que respetar la decisión y a quien se lo llevó cargando», señala.

Pedro Armas recuerda una estrofa de la canción que grabaron Los Templarios y que fue escrita por el maestro Farías.

Naciste en tierra de flores, cubierta de enredaderas, tienes en ti los paisajes, que alumbran tu cementera.

«La cantaba Gerardo del Castillo, primer barítono de Bellas Artes y quien era compañero en Los Templarios», recuerda Armas.

¿Qué espera para Xochimilco?, preguntamos.

—«Que su gente continúe el camino que hemos tenido trazado los nativos, no los paracaidistas, porque esos vienen de una tierra que ni sabemos de dónde. Que los nativos sigan fomentando las tradiciones y costumbres de Xochimilco, porque ya entendieron que no se escribe con zeta ni con equis, sino con equis. Espero que respeten su lugar de origen, donde nacieron».

Pero ahora ya hay más avecindados que nativos, se le dice.

—«Eso es lo malo, que de 10 años a la fecha ya tenemos más de un millón de paracaidistas», responde.

Ya se ha urbanizado prácticamente todo, comento.

—«Y han ido fraccionando como se les ha ido antojando, porque aquí no hay autoridad, y no voy a hablar más de la delegada porque y se va, ni de los delegados anteriores porque nomás venían a ver qué hacían, y tampoco eran de aquí. Ahora queremos una gente nativa de Xochimilco, que vean lo que hemos tenido siempre. Para que los nativos conserven su lugar de origen donde nacieron. Que los de ahora sepan sus orígenes».

Oiga, pero usted también es avecindado, ¿no es malo eso?

—«¡No! Yo soy nativo, yo llegué de avecindado, pero tengo sesenta y tantos años de estar aquí. Ahora el que llega a vivir 10 o 15 años quiere ser delegado, como el que quedó ahora y que lleva 30 de vivir aquí».

¿Entonces?

—«Que los nativos se preocupen por su tierra, aunque sean menos. Pero no menos en calidad humana, en eso que sea más. Serán menos cuando no quieran entender su origen. Eso está prohibido en nuestra manera de ser y pensar. Que se acuerden siempre de sus padres y de sus abuelos y hasta de sus tatarabuelos, saber qué hicieron, hay que ponerse el cuerpo completo para trabajar por uno y por los demás. Yo me considero el último de la familia, pero el primero que aporta para los demás».

Hace rato me dijo que lo habían jubilado, pero que usted no quería.

—«No quería por una razón lógica, porque a uno le inquieta trabajar y en veces me conviene justificar lo que hemos sido y seguiremos siendo hasta morir, porque ya muerto pues qué le vamos a hacer. Tenemos vida, pues hay que comprender mejor a quiénes les servimos, quiénes son los que quieren de oír alguna cosa, participar, conocer…»

También me dijo que de joven no había tenido ningún pasatiempo porque se la pasaba leyendo, estudiando. Y ya me habló de la muerte, ¿por qué esa alusión?

—«La muerte le va a llegar a usted cuando sepa que ese es el momento, pero sobre todo en esta zona que quien se va a morir» ya sabe cuándo le toca, y al que todavía no le toca a lo mejor se imagina que mañana le va a tocar… Yo ya tengo mi edad, ando enfermo también, entonces el único inconveniente es pensar en cuándo me va a tocar. Aquí en Xochimilco tenemos un panteón muy querido, muy consentido por todos los que se han ido muriendo, y todos los que se han muerto son queridos, los queremos, son consentidos, les vamos a dejar sus flores, su agua, y vamos a rezar con ellos, esa es la gran ventaja que tenemos aquí en Xochimilco, el primeros, dos y tres de noviembre, ¡casi un semana!, nos vamos a pasar con ellos una mañana, una tarde, y ¿por qué no decirlo?, tomamos un tequilita con ellos, un Don Pedro. Porque la amistad persistirá hasta morir, claro, pero, ¿acordarme de tanta gente?

Se ve usted lleno de vida, ni siquiera usa lentes para leer…

—«Aparentemente sí, porque todos esos sentidos los trae uno después de nacer. El nacimiento viene parejo para todos, hombres o mujeres, pero con el tiempo vamos haciendo la separación de lo que nos corresponde ser y cuando ya comprendemos qué debemos hacer es lo que seguimos haciendo hasta morir. Los cronistas como yo debemos alentar a la gente y enseñarle. En mi caso tengo muchas necesidades, pero también tengo mucha obligación de hacer, y aquí estoy, hasta morir».

¿Qué es lo que más le molesta?

—«Que la gente cobre sin trabajar, porque si nos pagan por hacer un trabajo pues hay que trabajar. Voy a decir una cosa muy popular en Xochimilco, aquí hay gente insultante, gente que no cumple con su deber, que se le olvida el origen de dónde nació. Se ponen a difundir cosas que no conocen y nomás quieren figurar. Aquí hay mucha gente nativa que es, vamos a decir, doctor, profesor, licenciado, y ahí andan, terminan por sí mismos en convertirse en sí mismos. En mi caso no los hemos convencido de lo contrario, ni queremos. Pero seguiremos trabajando hasta el final».

¿Simpatiza con algún partido político?

—«No, los partidos políticos no nos han metido en su ambiente porque no pertenecemos a ellos. No somos de ellos. Participamos y a veces los adivinamos, los vemos, lo sabemos, pero no somos nada de ellos. Así que nunca nos meten en la política, ellos andan por otro lado, no en la cultura».

¿Está trabajando en alguna obra en especial?

—«En este archivo, fomentándolo, y en mi casa tengo cosas que ver, y todo eso hay que verlo antes de irse y esto es una orden también para mi mujer y para la familia que está ahí, que respeten lo que ven, porque de eso y muchas cosas luego no se sabe nada, porque no participaron en eso. Hay que dejarlos que sigan viviendo, ¿para qué se mete uno con ellos? Sigue tu camino y deja mi camino libre, como ahorita que no hay quién me lo quite».

¿Ha sido usted un hombre libre? ¿Ha hecho totalmente lo que ha querido?

—«¡Ah, sí! Cuando digo voy a hacer esto lo hago, sin pedir permiso a nadie».

¿Y no le rinde cuentas a nadie?

—«Pues a veces sí, me dicen ¿qué hiciste?, ¿dónde anduviste?, ¿quién te cantó?, ¿quién te tocó?, ¿quién te dio?, tampoco voy a decir cosas así».

¿Fue mujeriego, maestro?

—«No».

¿Siempre estuvo apegado al estudio?

—«Me he apegado a la realidad que uno puede vivir, porque cada uno de nosotros vive su momento y yo viví mi momento como lo vive algún otro nuevo que anda por ahí. Son momentos que uno debe vivir, aquí o en China o en Rusia o en donde ande usted».

¿Le gusta la bohemia?

—«¡Todo eso me gusta! ¡Claro que sí! Nomás pregúntale a tu compadre quién hacía aquí la cita para la bohemia, pregúntale…»

¿Toca la guitarra?

—«Sí y tengo guitarras de España. Siempre que fui me traje una guitarra. Fui cuatro veces y siempre me traía una original y bonita. Aunque aquí las presta uno y ya no regresan».

¿Ya no las tiene?

—«No, y no las tengo».

¿Cuáles son sus canciones favoritas?

—«Todas, empezando por las de (Agustín) Lara, que no sé quién es, ¡no lo conozco, dije!»

Reímos, luego habla de cantantes que ha conocido, trata de recordar el nombre de uno que anda ahora con (Vicente) Fernández y dice que todos esos han pasado por donde uno está, y continúa…

—«Para aprender algo, porque el cantante debe aprender algo, el cantante debe aprender de lo que ha oído, no de lo que oyó o que alguien le enseñó por ahí».

El maestro Farías me pregunta por un famoso compositor argentino.

¿Gardel?

—«Vivió en París muchos años y después regresó a Argentina para morir…»

Gardel, pues.

—«Sí –dice–, fue muy bueno, muy bueno, yo por ahí tengo su biografía y sus canciones y su manera de pensar y de ser, tanto en París como en Argentina».

O sea, le gusta el tango.

—«Me gusta, pero no lo toco. Sí, me gusta».

Y en la nostalgia las horas se escurrieron. El maestro Farías Galindo volvió a ponerse su sombrero para ir a donde había quedado de verse con su amigo Luis Sandoval. Eran las tres de la tarde, la hora de brindar con los amigos. ♦

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