El culto al tular en el barrio de Caltongo, Xochimilco

Marzo 21, 2020.- Libro que embarca al lector en un viaje por un mar de símbolos rituales, para «encallar en chinampas que funcionaron como islas de significación histórica, arqueológica o etnográfica»

La explotación de los tulares se hacía en la Cuenca de México desde el Preclásico, como sucedió en el sitio de Terremote-Tlaltenco (1400-200 a.C.), debido a que ahí se fabricaba cestería y petates con tules (p. 79), apunta el Colectivo de Antropología Chinampera en el libro San Francisco Caltongo. Historia de un barrio ancestral de Xochimilco coordinado por David Jesús Arreola Gutiérrez y publicado por la Autoridad de la Zona Patrimonio Mundial Natural y Cultural de la Humanidad.

De acuerdo con datos arqueológicos recuperados en Terremote-Tlaltenco indican que en aquella época las poblaciones dedicaban más tiempo al trabajo de recolección de fibras para el trabajo textil y de cestería, en vez del trabajo agrícola.

En la investigación Historia de la explotación del tule y su uso ritual. Un recorrido por sus indicios arqueológicos e históricos en la cuenca de México, de David Jesús Arreola Gutiérrez, Diego Antonio Rangel Estrada, Ismael Mauricio Arreola Gutiérrez e Israel Hinojosa Baliño, se dice que «el uso del tule fue muy variado, ya que este material también se usaba para la fabricación de lazos, además de que también se empleó en diversas obras hidráulicas y para la construcción de chinampas y casas», lo cual se siguió haciendo durante el virreinato de la Nueva España.

«El tule formaba parte de la masa de materiales conocidos como «céspedes» que se utilizaban para darle consistencia al lodo con el que se fabricaba el adobe para las paredes», como refiere Gabriel Espinoza Pineda en su obra El embrujo del lago; el sistema lacustre de la Cuenca de México en la cosmovisión mexica.

Cabeceras mixtecas representadas por un tular, en el Códice Sierra Texupan

Sin embargo, no fueron los únicos usos que se le dieron al tule, con él se fabricaron esteras rituales para diferenciar los entierros de los personajes de alto rango social, así como asientos tejidos de tule para uso de gobernantes en la época teotihuacana, y que seguirían usando los gobernantes mexicas, asientos a los que llamaron icpalli.

Se señala que la ruralización de la flora y la fauna que habitaba en la laguna de Chalco fue explotada por los habitantes de la isla prehistórica de Xico, donde según escritos de Chimalpahín, los chalcas efectuaban ritos dentro de la laguna vestidos de jaguar en el año 13 conejo de 1258, cuando llegaron a poblar Xico los chichimecas de Xolotl y los toltecas chichimecas. Estos encontraron a los chalcas habitando a la orilla de la laguna, por lo que a su tribu le llamaron los atempanecas, «los que viven al borde del agua», a los que se les vio «nadando con gran vigor dentro de la laguna», además de que se les consideró como los «brujos del agua» debido a que realizaban ritos dentro del agua disfrazados de quiyahuitl (lluvia) y de jaguar.

Las fiestas prehispánicas y sus ofrendas de tule

El Colectivo de Antropología Chinampera refiere que los tulares es un recurso disponible durante todo el año. «La mejor temporada para su corte es durante la época de lluvias, principalmente de julio a septiembre, cuando se encuentra en su máximo desarrollo, alcanzando alturas hasta de tres metros».

Justo en esta época del año es cuando se realiza la fiesta del barrio de Caltongo, en la que se elabora el tularco, ornamento que tiene su equivalente en un petate que se tejía para la conmemoración de la fiesta prehispánica de Etzalcualiztli, cuando se honraba a los dioses del agua y la lluvia, y para sus ceremonias se cortaban «juncias», tules llamados en náhuatl aztapilin o tolmimilli, en las inmediaciones del Citlaltépec.

Estos tules se tejían para formar unos petates llamados aztapilpetlatl, «petates blancos jaspeados de juncias blancas y verdes». Recibían este nombre pues los petates eran tejidos con los tules recién cortados a diferencia de los otros en los que se dejaba secar el tule para después ser tejidos.

A decir de Sahagún (Historia general de las cosas de Nueva España) Los sacerdotes encargados de llevar a cabo la fiesta de Etzalcualiztli realizaban un ayuno durante el cual debían hacer diferentes tipos de ofrendas, entre ellas se ofrendaban unas bolitas de masa o cuatro tomates o cuatro chiles. Al final de este ayuno, los sacerdotes ensangrentaban puntas de maguey, que se sacaban de cortes que se hacían en las orejas; asímismo se untaban las caras con la misma sangre. Al terminar de sangrar las puntas de maguey, iban a bañarse sin importar el frío que estuviese haciendo, acompañados de música de caracoles y silbatos, mientras cargaban unas «talegas» –bolsas– en las que llevaban molida como harina una planta llamada yietl, polvo de tabaco.

Cama de tules elaborada para un ritual de la veintena Etzalcualiztli, en
los Primeros Memoriales de Sahagún. Folio 250 v

El baño ritual se hacía cerca de cuatro casas, conocidas como Ayauhcalli, «casa de niebla», en las que se metían un día completo desnudos y al término de cada día el sacerdote principal, el Chalchiuhcuacuilli, decía «Coatl izomocayan; amoyotl icahuacayan, atapalcatl inechiccanahuayan, aztapilcuecuetlacayan», que quiere decir: «Este es lugar de culebras, lugar de mosquitos, y lugar de patos, y lugar de juncias». Al término de esas palabras, todos se arrojaban al agua y comenzaban a chapotear y a imitar los sonidos de diferentes aves acuáticas.

Al finalizar estos baños se regresaban a su adoratorio y se acostaban sobre los petates que habían tejido con los tules verdes. Al día siguiente de su regreso, y después de comer, iban a los parajes donde habían cortado los tules para recolectar ramos de acxoyatl y de oyamel (una especie de pino), con los que adornarían su templo.

Al llegar el día de la fiesta en todas las casas se hacía la comida de etzalli, que era preparada con masa de maíz cocido y frijol. Los dueños de las casas repartían de este guiso a quien lo pidiera.

Para fray Diego de Durán la fiesta de Etzalcualiztli era particular de Chalco y de las cordilleras aledañas, y se hacían ofrendas a las sementeras, o tierras labradas, para ofrecer comida y bebida y al final de la fiesta se tenían que lavar y quien no se lavaba se tenía por amigo del dios Apizteotl, dios hambriento, y junto con esto lavaban todos los instrumentos para labrar la tierra y sembrarla. Acto seguido se hacía un baile en los mercados y en el templo donde la gente llevaba en sus manos maíces.

Ayauhcalli, casa de la neblina, ubicada al borde del agua.
Códice Mendocino, folio 64-r

Con la llegada de los españoles a la Cuenca de México y con la eventual subyugación a la fe católica, se perdieron muchas costumbres y antiguos nombres con los que se designaba a las cosas, añade el Colectivo.

«Pese a estas ‘pérdidas’, otras actividades relacionadas con el tule perduraron hasta nuestros días como la elaboración de petates», subrayan. Al respecto, Charles Gibson (Los aztecas bajo el dominio español, 1519-1810) menciona que para finales del siglo XVI , la elaboración de petates era una actividad focalizada en los pueblos de Xaltocan, Coyoacan, Zumpango, Citlaltepec y Xochimilco, donde había practicantes del oficio de petatero.

Culto al tular en el barrio de Caltongo

La historia del culto al tular en el barrio de San Francisco Caltongo, en Xochimilco, empieza con el origen de la explotación del tule y cómo es que esta práctica fue tomando diversas formas rituales en la historia de los habitantes prehispánicos del centro de México.

La investigación destaca la importancia de la planta acuática, al grado de que el tule también fue usado en la época prehispánica como símbolo de congregación de varias etnias y oficios en un mismo lugar, creándose en los códices el signo Tollan para designar a las principales ciudades del epiclásico, signo que sería reutilizado por los mexicas para la creación del mito fundacional de su capital, México-Tenochtitlan. «Ciudad que de acuerdo con ciertas fuentes, fue fundada sobre un manantial del cual nacían tules y ahuehuetes».

El Colectivo de Antropología Chinampera analiza cómo han sobrevivido esos signos de congregación de los tollan en la cohesión social que se logra con la fiesta de tularco del barrio de Caltongo.

Ofrenda de ramas de árbol. Primeros Memoriales de Sahagún. Folio 225-v

También compara las ofrendas que se presentan en este festejo actual del tule con los ritos y fiestas prehispánicas de las veintenas, en las que igualmente las ofrendas de tule eran elementos centrales.

Destacan cómo en la actual fiesta del barrio de Caltongo, que se relaciona con el tule, se perdió recientemente el ejercicio de la pesca, que se realizaba días antes a la recolección y tejido del tularco debido a la contaminación de los canales de Xochimilco; sin embargo, aseguran que se logró rescatar de la memoria de los pobladores del «magnífico barrio», el sentido de la pesca, a la que le busca un significado histórico remoto, probablemente ligado con los dioses prehispánicos que protegían la pesca y los canales.

«Estos dioses que protegían los ríos, la pesca, el trabajo chinampero, la lluvia y los truenos, también los hemos encontrado en fuentes prehispánicas mexicas, por lo cual decidimos que valía la pena realizar un análisis de los objetos arqueológicos de carácter ritual que los nahuas ofrendaban dentro del Templo Mayor de Tenochtitlán».

Los integrantes del colectivo hicieron revisión exhaustiva de las representaciones en códices relacionadas con los rituales del tule con la subsistencia lacustre. «Indagamos en documentos históricos de los siglos XV, XVI y XVII, información que sirvió para contextualizar los datos etnográficos y arqueológicos» que son abordados en el libro y, finalmente, por medio de inagotables círculos de análisis y reflexión transdisciplinar, los integrantes del Colectivo de Antropología Chinampera lograron crear una serie de propuestas teóricas acerca de cómo funcionan las fiestas y celebraciones actuales que tienen una herencia de culto prehispánico.

El culto festivo como guardián de la identidad

En los estudios hermenéuticos sobre las tradiciones, señalan, se considera al culto festivo barrial como el espacio de sociabilidad donde las relaciones entre individuos se dan por medio de acciones lúdicas y artísticas. «El objetivo de la fiesta radica en que la comunidad cuide flexivamente de la conmemoración como una tradición o como un espacio donde se recrean las reglas de la sociedad».

El performance o puesta en escena de la celebración, puede entenderse como una «sociabilidad festiva» que crea y recrea a las identidades. Detallan que el tiempo de celebración constituye una ruptura con el presente y permite entrar en el proceso cíclico de la eternidad o el tiempo sagrado. «La cuenta del tiempo se origina así por la repetición de un mismo evento observado en la naturaleza que es convertido por el ser humano en celebración de dicho retorno».

Por consiguiente, dicen, el objetivo de la fiesta es «custodiar una tradición y asegurar su pervivencia mediante un recurso lúdico, con el cual se resguardan las reglas sociales; es por ello que durante el rito de la fiesta se crean las tradiciones y la memoria colectiva, ambas se materializan en objetos sagrados y artefactos que simbolizan el poder de la reunión».

«El acto –continúan– siempre incluye un juego en el que la comunidad participa en el cuidado de uno o varios objetos sagrados, convirtiendo esta puesta en escena en un arte de poética pública, donde los objetos rituales que simbolizan el poder de la reunión son los que, una vez terminada la fiesta, se guardan en alguna especie de receptáculo o son colocados en un altar, donde la colectividad pueda observarles».

Izq. Ofrenda de ramas de árbol, Códice Borbónico.
Der. Tlaquimilolli de Huitzilopochtli, Códice Boturini

Desde esa perspectiva, los objetos rituales tienen como finalidad simbolizar la unión de toda la comunidad y su aproximación con lo sagrado; lo que en palabras de Hans-Geog Gadamer significa «la fiesta como un lugar donde se recupera la comunicación de todos con todos, pues en la fiesta se rechaza todo el aislamiento y se incentiva la presentación de la comunidad en su forma más completa; el ritmo de tiempo asociado a la fiesta es un periodo en el cual ‘no se trabaja’, porque evidentemente el trabajo y su especialización separa y divide a las gentes que componen a una comunidad».

Es entonces cuando en las comunidades es necesario que se de una separación y especialización como organización para el trabajo, «pero es igualmente importante que esas comunidades laborales no se separen tanto que no se puedan ver entre sí como pertenecientes a una misma identidad», así que para evitar una ruptura, «se recurre a los lazos sociales que se entretejen en medio del ritual, los cuales establecen que los grupos celebrantes compartan una historia en común, misma que es re-significada para permitir que las nuevas generaciones la conozcan y la transmitan, de tal manera que se dan juegos metafóricos cuya última finalidad es que las relaciones sociales entre la comunidad se mantengan vigentes».

El hecho mismo de que la gente de Caltongo se organice para elaborar el tularco y que reconozcan todos un pasado histórico en el que sus padres y abuelos tejían el tularco, es una forma de entrelazar y mantener las relaciones sociales, así como de resguardar su pasado, aseguran.

A decir de don Zapa, poblador de Caltongo y maestro en el tejido o armado del tularco, es «sobre todo, una festividad que te da identidad, que nos da identidad como barrio, primeramente eso; para mí el tularco es identidad, sentido de pertenencia y sobre todo orgullo de las raíces que nosotros tenemos».

La fiesta como un mar de significados

Los integrantes del Colectivo de Antropología Chinampera asientan en su obra que todo culto festivo ha sido creado bajo un código cultural especifico, el cual es usado por la colectividad para significar y ordenar su entorno bajo las reglas de una cosmovisión. «El proceso de la significación histórica del tule recorrió un camino similar, a partir del cual se crearon los símbolos de identidad histórica que los chinamperos establecieron con esta planta, la cual constituye el regalo que los canales le hicieron al hombre».

«Con el tule no sólo se alimentaban los individuos, sino que de él se deriva toda una gama de tecnologías que fueron creadas en la prehistoria, así el estudio de la simbolización de esta gama de objetos nos conducirá inevitablemente a trazar una genealogía de los dioses prehispánicos que protegían tanto los canales de agua dulce, como a las actividades lacustres de la pesca y la cestería».

Por ello, invitan al lector a embarcarse en un viaje que le permita adentrarse en un mar de símbolos rituales, en el cual, explican, «encallaremos juntos de vez en vez en chinampas que funcionaron como islas de significación histórica, arqueológica o etnográfica; nos adentraremos en una crónica explicativa acerca de que fue, es y seguirá siendo el ritual del ‘tularco’». ♦

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