Cronicario | Tren largo de recuerdos tumultuosos

Marzo 15, 2020.- Cuando se deja la ciudad de uno sucede igual que con la casa. Los espejos ya no son los mismos

Por Sergio Rojas

El poderoso pitido de la máquina electro diésel arrulló mis primeros años de retozo y su potente señal lo siguió haciendo hasta el momento en que traspuse el umbral de la adolescencia, cuya puerta cerré por fuera con doble vuelta a fin de que ningún ocioso intruso de la época del pantalón acampando y la terlenka, ávido por conocer la estructura familiar de sus análogos, pudiera forzar la chapa, acicateado por la curiosidad de hurgar pasajes que involucraran nombres proscritos, tramas inconclusas e historias sin guión, todo eso que ahora procuro acomodar, restaurados o zurcidos, en los apretados estantes de mi Cronicario, por cuyos bordes chorrea el recuerdo, entre muchos otros, del deambular de trenes percibidos a la cercanía, esto es, a poco más de una cuadra de distancia de la casa donde nací –en la entonces Avenida Ferrocarril y que aún cruza Gómez Palacio de sur a norte, paralela a las vías que van a Ciudad Juárez o a Torreón–, o a varias cuadras de distancia, hasta el otro lado del Parque Morelos, por donde todavía se sigue colando, como Pedro por su casa, pero a través de la ventana, los pitidos nocturnos de las máquinas errabundas, para desbordado alborozo de la imaginación.

Se quedó en mis oídos el retumbo del pitido, el resoplo de la máquina de acero cual eco revitalizador de mi historia personal, incluso el pitido balín de la porra del Cruz Azul cada vez que iba al estadio de Insurgentes a apoyar a los Pumas me hacía remontar a la Ferrocarril de Gómez, por eso cada vez que llego a escuchar en cualquier intersección de rutas y destinos la estridente advertencia de inclemente maquinista dedicada a seres despistados que se exponen a que se los lleve el tren, también hago un alto en mi vida para atisbar a los costados, por las recochinas dudas, que no vaya a venir una máquina electro diésel descuajaringadora. Después de todo el lenguaje recurre a términos ferroviarios para explicar situaciones de la vida diaria de individuos con alto tren de vida o que viven a todo tren e, incluso, para evitar el choque de trenes con algún antagonista de coso deportivo, pero sobre todo de ser embestido por la mole de acero, como a punto estuvo de suceder una tarde en el puerto de Tampico, cuando tripulaba una Ichivan y no me percaté de la cercanía de la máquina.

Pero en el enésimo regreso a mi ciudad natal, con los días de cosecha de nuez del lánguido octubre de 2019, el chofer del taxi que me transporta detiene la marcha ante el paso del tren y yo me pongo a grabarlo con la cámara de video del teléfono, y aunque intento permanecer con actitud impasible siento en mi rostro la expresión de asombro, como de chamaco espantadizo por escuchar el rechinido machacón producido por las ruedas sobre los rieles de kilométrico convoy que fluye vertiginoso sobre vigas de acero, al tiempo que el aire circundante se impregna del tufo nostálgico producido por las notas de Long Train Runnin’ («las ruedas dan vueltas y vueltas, y los rieles de acero son fríos y duros, por las millas que bajan»), rola de los Doobie Brothers, y la no menos taciturna Midnight Train To Georgia cantada por Gladys Knight, referente a un dolorido ser que a la medianoche de su vida regresa en tren a Los Angeles desde Georgia en busca de un lugar y una época que, definitivamente, ya no existen, o ya no pertenece a ella. Ni qué decir del último tren a Londres, «dirigiéndose ya afuera, dejando ya el pueblo», de la Electric Light Orchestra (Last train to London), que conjuga el trinomio noche-tren-pueblo, y hacen trepidar los pies al compás de chucuchucu ditirámbico consagrado a momentos, eventos, actos y sujetos o mujeres del pasado.

Texto completo en: Un tren largo de recuerdos tumultuosos

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