«Mixquic, su historia entre coyunturas… (1895-2014)»

Febrero 27, 2020.- Artículo* de la doctora Eugenia Meyer acerca del libro de Ricardo Flores Cuevas

Por Eugenia Meyer**

Hace ya casi una decena de años, llegó a mi seminario en la UNAM un muchacho tímido, a quien percibí incómodo entre los demás estudiantes, como que no encajaba.

Poco a poco se fue relajando y se tornó participativo; preguntaba, opinaba y sobre todo estaba ávido de narrarnos su origen, su pueblo, sus raíces. Tenía que encontrar el cómo, ya que el por qué lo tenía muy claro. Se trataba de recuperar los pocos vestigios que hubiese, de rescatar los testimonios de quienes como él pertenecían y se identificaban con la historia de los suyos cercanos, de sus vecinos. Su interés y compromiso iban mucho más allá de la obligación de cumplir con los requerimientos del curso. Confieso que ello me sorprendió e intrigó. Luego, volvió a aparecer en otro de mis seminarios, estaba mucho más seguro, había sorteado bien la licenciatura y se lanzaba a una maestría, siempre con un claro interés social.

El tiempo habría de confirmar las primeras impresiones que tuve, e incluso conmoverme con los frutos  parciales que llevaron a Ricardo Flores a regalarnos y regalarse con Mixquic, su historia entre coyunturas, 1895-2014. Éste su primer libro formal es de hecho su historia de vida, la de su familia, la de su pueblo, la de sus ancestros.  Es un intento por recuperar el pasado, por oponerse a ser borrados de la historia y sobre todo inyectar en los suyos el orgullo y la esperanza para el futuro.

Se trata sin duda de un reconocimiento a su pueblo, a su gente, a su lengua y un rescate de su historia, contada en buena medida por los mismos moradores de la que fuera alguna vez zona lacustre del Valle de México. En cada página, cada frase hay un dejo de orgullo, un arraigado sentimiento de pertenencia e identidad.

No me cabe duda que Ricardo buscó las fuentes, me atrevería a decir, muy ad hoc con este pueblo, hasta debajo de los mezquites, me consta. Todavía recuerdo su satisfacción con las primeras entrevistas y su interminable curiosidad que lo llevó a descubrir y a construir fuentes diversas que le permitieran dar forma a la historia de su propio terruño.

Ésta es una microhistoria, que narra desde el origen de Mixquic como pueblo chinampero hasta su realidad actual. Es de hecho una toma de conciencia de un pasado común, que hay que compartir y del cual deben enorgullecerse. Los ires y venires de sus pobladores, su relación con el resto de otros pueblos lacustres, su cercanía y antagonismo con la Ciudad de México, así como las diversas etapas de su permanencia y su empecinada decisión de sobrevivencia pese a los avatares del tiempo y las circunstancias adversas.

Esta historia, precedido por el prólogo de Alberto González Pozo y la presentación de Juan Xalpa Castro, que fortalecen sin duda el libro, a partir de la introducción y la presentación de Mixquic, nos lleva de la mano por los canales, por las chinampas de esa muy particular historia. En los tres capítulos medulares: «La desaparición del náhuatl: el inicio de un siglo de castigo ecológico», «Desaparición del paisaje lacustre» y «Desestructuración económica de la agricultura: la urbanización», el autor se abre y comparte con nosotros la tristeza, el desaliento y quizá también la única posibilidad que trata de imbuir entre sus congéneres, a fin de rescatar del olvido, que no de la historia a su pueblo.

José Rubén Romero Galván, Eugenia Meyer, Manuel Ramos Medina,
Ricardo Flores Cuevas y Alberto González

Resulta por demás significativo que esos tres apartados sean, de arranque, tan pesimistas. Como caos histórico, percibe la desaparición de la lengua y el castigo ecológico que arrasa con el paisaje lacustre, al tiempo que se desestructura la economía agrícola y se impone la urbanización.

Contar esta historia, va mucho más allá del pesimismo. Se trata de recuperar la memoria, el recuerdo y la imaginación para que las nuevas generaciones, entre las que se encuentra Ricardo, tiendan a generar y construir, los asideros comunitarios, que fortalezcan y reafirmen su sentido de pertenencia y de identidad.

Si en efecto, Mixquic es uno de los cinco pueblos chinamperos que asombrosamente lucha por persistir y trascender. Además de ser el principal productor de hortalizas que surte a nuestra ciudad.

Fundado en un islote del antiguo lago de Chalco, habría de desarrollar sus propias formas de agricultura, las chinampas, que sirvieron no sólo como terrenos de cultivo, sino también solares.  Allí se asentaron los ancestros de los actuales habitantes del pueblo de San Andrés Mixquic

Este pueblo no tuvo grandes haciendas; sin embargo, estuvo rodeado de ellas y habría de ser apremiado y cercenado por la hacienda de Xico, de los Noriega quienes, beneficiados por el porfirismo, fueron acaparando el agua, elemento vital del pueblo, al encausar el río Amecameca hacia el Gran Canal y con ello generaron la irremediable desecación del gran lago de Chalco. Como señala, con cierto dejo de nostalgia y tristeza, el lago se secó y con él empezó a desaparecer el náhuatl, la lengua de los ancestros fundadores del pueblo.

Durante la Revolución, sufrieron los embates de los diferentes grupos, aunque se supone que pese a ser sus habitantes, hombres de paz, apoyaron a los zapatistas, quienes hablaban y quizá les prometieron acabar con el despojo y restituirle sus tierras. 

Con la modernidad, llegó también una calamidad ecológica mayor: se entubaron sus manantiales a fin de proveer del vital líquido a la ciudad de México. Tuvieron a lo largo del siglo XX, enfrentamientos con pueblos vecinos que sólo agravaba la triste realidad de sus canales secos.

Para Ricardo Flores, luego de un paisaje acuífero, rico en especies y en cultivos, todo quedó seco, al tiempo que se perdía la lengua madre y se desestructuraba la agricultura que los identificaba.  Al cabo de pocos años, los hijos de esos agricultores empezaron a salir del entorno familiar y social; se vieron obligados a buscar trabajo en la ciudad de México, de lo que fuera. 

Para sobrevivir dejaron sus actividades fundamentales, la siembra y la cosecha y se enfrentaron a nuevos retos. Los jóvenes, rompiendo con la tradición dejaron de ser agricultores para convertirse en asalariados o trabajadores eventuales. Poco a poco, en forma gradual se fue desintegrando una sociedad ancestral; los padres ya no se comunicaban con los hijos en náhuatl. Dejó de ser la lengua familiar, dejo de ser útil, se les marginaba, se entendía como símbolo de atraso o estancamiento cultural y no como vínculo que fortalecía sus raíces indígenas. Me atrevería a decir que se genera un vacío y se pierde el orgullo de sus orígenes. 

Como nos narra Ricardo, la vida comunitaria se va transformando, al tiempo que se acelera la explotación irracional de los recursos, así como el crecimiento urbano y para colmo de males el mal gobierno. ¡Qué novedad!

Si se entiende el estancamiento como sinónimo de aniquilamiento, debemos aceptar que el dilema ineludible que termina el futuro está entre modernidad o permanencia.

En consecuencia, Ricardo propone entender el olvido como actitud de adaptación e irónicamente lucha contra él; dándole sentido a su tarea. Rescata la tradición oral y la memoria de su pueblo, nos guía por el transcurrir comunitario desde la organización prehispánica. Y, sin duda, nos convierte en cómplices y fieles seguidores de su forma de construir historias.

Recurre a cuanto archivo encuentra, sea pequeño o grande, todos son significativos y con ellos salvaguarda valiosos acervos.  Busca sin cansancio las fuentes, escudriña como un ávido minero para encontrar la savia que le permita tejer el entramado de esta espléndida historia.

Mérito tiene muchos este primer esfuerzo del ahora historiador, pero quiero agregar uno más, que para mí es por demás significativo. No se conformó con escribir, con denunciar, con compartir con su familia, sus vecinos y amigos este texto tan esclarecedor y dramático a la vez. Con una constancia por demás significativa, ha sido él mismo quien ha caminado largos trechos para divulgarlo, para llamar a un público mayor que quizá desconoce la tragedia de Mixquic y tantos otros pueblos en condiciones similares.

Sólo teniendo como sustento el rescate de estas historias que se entrelazan en la gran historia de la comunidad, se puede construir una resistencia que permita la sobrevivencia.

Alguna vez, en Pátzcuaro, sentada mirando la puesta del sol, empecé a charlar con un viejo músico de pueblo, quien me contó su vida, su oficio de músico y cómo empezó a componer «piezas» para su violín.  Yo, conmovida, le pregunté: ¿Y dígame usted, qué tipo de obras compone? El hombre, tranquilo y orgulloso, me respondió:

—Pues mire usted, yo hago de todo: unas obras grandes y otras pequeñas.

Así también Ricardo Flores Cuevas empieza una tarea que se antoja muy larga y fructífera. Unas serán obras chicas, otras grandes, el tiempo lo dirá.  Mientras tanto, festejemos su extraordinaria tarea pionera que reconstruye la vida cotidiana de Mixquic, de sus moradores, desde los testimonios de viejos y jóvenes, hijos y nietos, bisnietos y tataranietos de los ancestrales pobladores a fin de ir trenzando con el poder de la palabra, la historia de un pueblo que se niega a morir. ♦

_____

* En la presentación del libro de Ricardo Flores Cuevas, Mixquic. Su historia entre coyunturas (1895-2014), Ciudad de México, Centro de Estudios de Historia de México Carso-Fundación Carlos Slim, 17 de mayo de 2017.

** Profesora emérita de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: