Los pueblos originarios y el inexorable avance de la mancha urbana

Febrero 20, 2020.- Sólo los nombres de los pueblos originarios han subsistido, incluso cuando de ellos ya sólo queda la capilla como último vestigio

El proceso de urbanización acelerada de la Ciudad de México es un fenómeno del siglo XX, como resultado del fraccionamiento de los grandes latifundios –proceso activado con la Ley de Terrenos Baldíos de 1883–, por lo que en torno a la Avenida del Imperio –abierta en 1862, después Paseo de la Reforma–, comenzaron a proliferar los primeros fraccionamientos a partir de los antiguos ranchos y haciendas como los de Anzures, Chapultepec, Los Morales y Polanco.

Estos fraccionamientos también fueron designados colonias, pero ahora –a diferencia de la antigua acepción jerárquica de pueblo, villa, barrio, hacienda o rancho que designaba categorías de asentamientos– el término colonia dejó de ser descriptivo, ya no distinguió un tipo de asentamiento distinto de otros, como tampoco definió su calidad de entidad particular frente a otras, sino que comenzó a denominar simplemente fracciones de ciudad.

En el estudio «Los pueblos originarios y el inexorable avance de la mancha urbana», de Héctor Ortiz Elizondo, incluido en el volumen Pueblos Originarios de la Ciudad de México, Atlas Etnográfico, coordinado por Teresa Mora Vázquez, y publicado por el Gobierno del Distrito Federal y el INAH (2007), el autor refiere que al homogeneizar sus partes, la urbe ocultó las identidades locales reivindicadas todavía por los barrios y pueblos originarios.

Destaca cómo la actual alcaldía Venustiano Carranza se comenzó a fraccionar en la primera década del siglo XX, con lo que desapareció la hacienda Peñón de los Baños, donde ahora se asienta el aeropuerto, además de que los fraccionamientos afectaron a pueblos como el de Mixiuhca y a barrios como La Merced.

«La apertura de la avenida Insurgentes en los años cuarenta del siglo XX habría de generar el mismo proceso en la zona suroeste de la ciudad, con lo que desaparecieron otras haciendas como la de Guadalupe, San Nicolás y Anzaldo».

Ortiz Elizondo dice que al mismo tiempo que eso sucedía, el término «calle» se hizo más habitual para designar a la vía y no a la manzana, como sucedía cuando el nombre de las calles era una forma de recordar el lugar o su poseedor. La nomenclatura religiosa, gremial y popular se abandonó paulatinamente a favor de una terminología más histórica y conmemorativa.

«Si bien muchos nombres coloniales han llegado al siglo XXI, persiste sobre todo la nomenclatura geográfica, de ríos y canales, que delatan el valle subyacente. Sólo los nombres de los pueblos originarios subsistirían incluso cuando de ellos ya sólo quede la capilla como último vestigio», apunta en su texto.

«Todavía en el siglo XIX la ciudad estaba bordeada por lagos y la atravesaban ríos y canales, los caminos para arrieros y carrozas se complementaban con el transporte fluvial en trajineras, chalupas y lanchones de remo, junto con algunos barcos de vapor para transporte colectivo y recreativo que comenzaron a circular en 1849», asienta.

Recuerda cómo los canales permitían el transporte de mercancías desde la otrora ciudad de Xochimilco y de pueblos originarios ribereños como Nativitas, Zapotitlán, Tulyehualco y Mixquic, hasta los mercados de San Lázaro, La Merced y Jamaica, a donde llegaban sobre todo por los canales Nacional y La Viga. «En este último confluía el Canal de Chalco –con mercaderías de Chalco, Xico, Tláhuac, Xomatlán y Culhuacán– que se unía con el de Xochimilco a la altura de Mexicaltzingo, para pasar después por San Juanico, Ixtacalco y Santa Anita, antes de llegar a La Viga», destaca.

Tras de que en 1878 fueron inaugurados los canales de México a Peñón Viejo y el de Chalco a San Isidro, que comunicaba a los pueblos de Ayotla, Tlapicahua y Tlapacoya, en 1889 aún se conservaban las garitas de entrada a la ciudad que permitían el cobro de impuestos al comercio y marcaban la distancia entre el ámbito rural e indígena del Distrito Federal y la elite urbana, artesanal, criolla y mestiza de la Ciudad de México.

Así fue como al norte «la garita de Nonoalco señalaba el inicio de Santa María La Ribera, la de Vallejo a las afueras de la actual Unidad Nonoalco Tlatelolco y la de Peralvillo sobre calzada de Guadalupe; al este la de San Lázaro, en los límites de Candelaria de los Patos; al sur la de Niño Perdido, en lo que habría de ser Eje Central y Chimalpopoca; al oeste la de Juárez, ya parte de la mancha urbana sobre Rivera de San Cosme, al igual que la de Degollado, sobre el ahora Paseo de la Reforma y Antonio Caso; al suroeste, la garita de Belén dejaba fuera lo que después sería la colonia Roma. La garita de La Viga controlaba la entrada de mercancías por las rutas fluviales. En 1896 se suprimen de manera definitiva las alcabalas con lo cual las garitas abren sus puertas». (Mapa 8).

La expansión de las vías férreas durante el Porfiriato reforzó las exportaciones por el puerto de Veracruz y conectó a la capital con el mercado de la frontera norte, lo que trastocó la economía del Distrito Federal que, poco a poco, abandonó su vocación agrícola y ganadera por la introducción de las fábricas, con la consecuente proletarización de la población indígena, al tiempo que convertía a la ciudad en el principal consumidor y proveedor de productos alimenticios del país.

Un decreto de diciembre de 1899, refiere Ortiz Elizondo, dividió la entidad en la municipalidad de México y seis prefecturas, repartidas a su vez en municipalidades. Las prefecturas desaparecieron con la Ley de Organización Política y Municipal del Distrito Federal, expedida en 1903 por Porfirio Díaz, por lo que quedaron entonces trece municipalidades: México, Guadalupe Hidalgo, Azcapotzalco, Tacuba, Tacubaya, Mixcoac, Cuajimalpa, San Ángel, Coyoacán, Tlalpan, Xochimilco, Milpa Alta e Iztapalapa, «pero despojadas de su personalidad jurídica y con ello de sus funciones político-administrativas».

Entre 1900 y 1910, explica en su artículo, el Distrito Federal aumentaría en 30 por ciento su extensión territorial. Si bien en 1857 la entonces llamada ciudad de Tacubaya, al igual que otros pueblos originarios, quedó conectada a la Ciudad de México por una vía férrea. La modernización porfirista, lograda sobre todo con capital extranjero, permitió que lugares como Azcapotzalco, Chapultepec, Tacuba, Mixcoac, Santa Fe, San Ángel, Tlalpan, Xochimilco y Chalco se conectaran por medio de tranvías eléctricos y algunas máquinas de vapor.

«El mapa de 1922 muestra que Tláhuac había dejado de ser un islote para convertirse en una estación del ferrocarril de San Rafael y Atlixco».

Luego de detallar las reformas a la Constitución en 1928 en la época del presidente Álvaro Obregón para crear las delegaciones, lo que elimina del todo la autonomía municipal y reitera el control del Ejecutivo sobre el gobierno de la entidad, «la mancha urbana absorbería muchos pueblos originarios desde la década de los cuarenta, y aunque todavía persisten zonas que conservan características rurales, sobre todo en la zona sur, las políticas de los sucesivos gobiernos posrevolucionarios favorecieron el desarrollo industrial en detrimento de las prácticas agrícolas».

Ortiz Elizondo dice que la explosión demográfica hizo incosteables los espacios agrarios en las zonas más céntricas, pues impedían aumentar la densidad de población. Incluso la Ley Orgánica de 1941, decretada por Manuel Ávila Camacho, mantiene la diferencia entre ciudad y periferia, en este caso doce delegaciones, a pesar de que en sus considerandos aspira a la fragmentación del Distrito Federal en dieciséis ciudades. Será sólo en diciembre de 1970 cuando, con la nueva Ley Orgánica del Departamento del Distrito Federal, la antigua Ciudad de México quede incorporada al Distrito Federal con la creación de las últimas cuatro delegaciones: Venustiano Carranza, Benito Juárez, Cuauhtémoc y Miguel Hidalgo, reflejo de la creciente complejidad en la administración de la ciudad y de la aparición de la nueva denominación del espacio urbano: el área metropolitana.

«El 29 de diciembre de 1978 se ratifican los límites externos fijados en 1898 y finalmente se establecen los territorios y nombres de las dieciséis delegaciones, además de las cuatro mencionadas, Álvaro Obregón, Azcapotzalco, Coyoacán, Cuajimalpa, Gustavo A. Madero, Iztacalco, Iztapalapa, Magdalena Contreras, Milpa Alta, Tláhuac, Tlalpan y Xochimilco».

Hoy en día, a pesar de las extensiones rurales de delegaciones como Milpa Alta, el aumento de la metrópoli es exponencial. Así, por ejemplo, según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), Iztapalapa, Álvaro Obregón, Tláhuac y Xochimilco tuvieron crecimientos superiores a 100% durante el periodo 1970-1993, mientras que la expansión del área urbana en la delegación Tlalpan alcanzó 232% en el mismo periodo.

No obstante, en 1988 todavía se registraron 93 propiedades sociales con actividades agropecuarias, sobre todo en las delegaciones Tlalpan, Tláhuac, Milpa Alta y Xochimilco, la mayoría de ellas pertenecientes a pueblos originarios que así lograron conservar un carácter semirrural y buena parte de sus tradiciones ancestrales, apuntó.

El efecto del crecimiento urbano en los pueblos originarios

Con la consolidación de la Revolución de 1910 la reforma agraria logró fraccionar las grandes haciendas propietarias de grandes extensiones de tierra cultivable, con lo que se conformó el ejido de los pueblos y, en ciertos casos, restituyó o reconoció la propiedad comunal para usufructo de sus habitantes, pero posteriormente llegó el momento de la venta y expropiación de parcelas y predios para la construcción de infraestructura urbana.

En su artículo «El efecto del crecimiento urbano en los pueblos originarios de la Ciudad de México», Teresa Mora Vázquez refiere cómo los pueblos de Ixtacalco perdieron el abasto de agua para sus tierras de cultivo, así como el ingreso económico que obtenían de los visitantes que llegaban por el Canal de la Viga los domingos y días festivos.

Además, la avenida de los Insurgentes dividió pueblos y barrios localizados a su paso por diferentes delegaciones. El periférico fraccionó el pueblo de Tizapán, en Álvaro Obregón.

A esta transformación contribuyó la construcción de edificios públicos y privados, como la zona de hospitales en el sur y, más recientemente, el Tecnológico de Monterrey en los ejidos de San Lorenzo Huipulco. También se expropiaron grandes extensiones para parques de la Ciudad de México y algunos nacionales, como el Desierto de los Leones que afectó a San Mateo Tlaltenango en Cuajimalpa.

En el pueblo de San Andrés Totoltepec, Tlalpan, se expropiaron viviendas y tierras de cultivo para crear un parque ecológico. En una zona de San Andrés, como en la mayor parte de los pueblos y barrios, con la urbanización se perdió el nombre náhuatl de los parajes que describía las condiciones ecológicas del lugar.

En Azcapotzalco, el pueblo de Santiago Ahuizotla perdió parte de su territorio tras de la construcción de la refinería de Pemex, con la promesa de dar empleo a sus habitantes, promesa que nunca se cumplió, como tampoco la indemnización de esas tierras que hasta la fecha siguen reclamando.

En la delegación Venustiano Carranza, la edificación de la Ciudad Deportiva afectó al pueblo de Magdalena Mixiuhca.

En esta transformación también influyeron la invasión de tierras comunales, ejidales y privadas —es el caso de la formación de la colonia Santo Domingo, en tierras comunales del pueblo los Reyes Coyoacán—así como la venta paulatina de ejidos ante la baja rentabilidad de los pro-ductos agrícolas.

No se puede desconocer la necesidad de proporcionar, en las parcelas de cultivo, espacios para dotar de vivienda a las nuevas generaciones de la población nativa ni el crecimiento ocasionado por la migración.

Desconocer el nombre original en la nomenclatura oficial con la pre-tensión de sustituir la categoría de pueblo o barrio por la de colonia es otra forma de borrar su diferencia en la urbe, como sucedió en San Lorenzo Huipulco, en Tlalpan, y San Sebastián Axotla, donde los vecinos defendieron su nombre ante la intención de incorporarlo a la colonia Romero de Terreros, en la delegación Benito Juárez.

También existen casos en donde los nativos recuperaron su antiguo nombre, desaparecido por la creación de nuevas colonias residenciales, es el caso del barrio Actipan y del pueblo Tlacocamécatl, en la colonia del Valle de la misma delegación. De esta manera, al perder parte de su territorio, los nativos se han adaptado a las nuevas formas de uso, sin que ello afecte su identidad ni el apego a sus tradiciones y, sobre todo, el amor por el pueblo que los vio nacer. Sin embargo, recurrentemente los habitantes afectados por el crecimiento urbano recuerdan con añoranza los ríos, canales, manantiales, la flora y la fauna de su entorno, con la certeza de que no volverán a contar con esos recursos, pero que aún conforman la memoria colectiva de los pueblos originarios de la Ciudad de México. ♦

Fuente: Pueblos Originarios de la Ciudad de México

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