Danza lunar en el cráter del Teuhtli. Historia, mito y leyenda

Enero 23, 2020.- Algo de lo que se menciona en la fantástica y maravillosa historia del Señorío de Malacateticpac, hoy Milpa Alta, que data del año de 918 de Nuestra Era

Por Artemio Solís Guzmán*

En el 1325 de nuestra era Atlauhtenco, Tlacatecutli de Malacateticpac pretendió  levantar un momoxtle a la memoria de sus hombres muertos por los chichimecas. Para esto se llamó a Tonalatlacatl, la grandiosa luz, gran náhuatl. Tonalatlacatl dijo: «Si deseas realmente honrar la sepultura de esos hombres con una obra que desafíe a los siglos, manda a buscar la Danza de la Luna en el Teuhtli, allí se levanta un cerro de piedra que se llama Texixipexco, pues esas piedras son enormes, aunque jamás se vieron otras que tuviesen tantas virtudes y ocultasen tantos misterios”.

Atlauhtenco envió a sus guerreros águila y felinos. Los guerreros no pudieron mover los bloques de piedra del Texixipexco ni robar la danza de la luna, entonces Tonalatlacatl, quien pronunció unas palabras en náhuatl, «yeíxpan moyeipan cuepa yepatl», entonces las piedras se tornaron ligeras y fueron fácilmente transportadas hasta el Teuhtli, en su lado oriente, donde permanecen por toda la eternidad y su nombre es Yeteco.

Así se menciona por primera vez en la fantástica y maravillosa historia del Señorío de Malacateticpac, hoy Milpa Alta, que data del año de 918 de Nuestra Era, sobre este conjunto de cerros y montañas que se constituyen entre el Teuhtli, Yeteco, Tzílcuayo, Cuauhtzin, Ocotecatl y el más el grandioso, el Tláloc.

Con lo anterior podemos predecir que durante mucho tiempo ha prevalecido la Danza Lunar celebrada en el cráter del Teuhtli, en lo que hoy corresponde al mes de octubre. En 1620, el juez auxiliar de la Tercera Sección Andrés Texocotitla envió al tepopohque Antonio Tlaximaco para que estudiase la zona del Yeteco y el Teuhtli, llegando a la conclusión de que se trataba de una zona de energía cósmica. Por otro lado, Antonio de Panoya, gran nahuatlato de Xaxahuenco comentaba en su diario que tales volcanes apagados «valían el viaje», ¡Sabe Dios para qué pudieran servir!

En el año de 1900 la antropóloga Isabel Linares, a quien le debemos muchos comentarios sobre la vida de Marcial Gutiérrez que vivía en Atenanco, realizó los primeros descubrimientos topológicos y además observó las alineaciones de agujeros y los círculos concéntricos de piedras alineadas del Teuhtli y el Yeteco. Según la antropóloga el Teuhtli está alineado cómicamente con el Popocatepetl e Ixtaccíhuatl. A esa misma conclusión llegó en 1947 el antropólogo Charles Willis, también amigo del joven Marcial Gutiérrez.

En ese sitio, en el año de 1801 se realizaron excavaciones sistemáticas al pie de Santa Marta Xolco, finalmente no encontraron nada, por lo que dejando allí mismo una señal dedicada a la virgen de Santa Marta. Cien años más tarde, Isabel Linares, antropóloga, descubrió en la parte norte del Xolco, ochenta hachas de obsidiana, cuarenta popochcómitl de barro negro, cuarenta arcos y flechas de cuamatl, y cuatro momoxtle, dando fe del origen de la celebración de la Danza Lunar celebrada como se había dicho en el mes de octubre en lo profundo del cráter del Teuhtli.

Lo anterior aparece en plano completo en el Códice Tonantzin, resguardado en el seno de las familias de la Tercera Sección y reconstituido por la arqueóloga Isabel Linares (1900), donde se revela una zona arqueológica ya en desorden aniquilada por los hombres y por el tiempo.

Vemos en ella una circunferencia de 115 metros de diámetro delimitada por un foso flanqueado por dos taludes, uno interior y otro exterior, y sin más que un pasillo que fue la entrada. Casi inmediatamente con un círculo concéntrico de 56 agujeros llamados «Agujeros del Yeteco», incrustados en un rectángulo delimitado en los cuatro ángulos por piedras de las que sólo subsistían dos hasta 1947. Además de un círculo poderoso y negro de 31 metros de diámetro, compuesto de treinta piedras de 25 toneladas cada una.

Aparece un círculo negro de 59 piedras, una con forma de herradura orientada hacia la entrada y compuesta de los sonidos PEC—VFQ—ECPL. Estos están unidas de tres en tres y la última de cuatro formando el círculo negro, círculo poderoso, con la figura de una herradura de diecinueve piedras, tres monolitos del Yeteco, uno en el centro, otro en la entrada y el tercero en el exterior del foso y colocado en el medio del pasillo de acceso.

Por último, prácticamente invisible sobre el terreno y en parte conjeturales, entre los agujeros del Teuhtli y las treinta piedras de 25 toneladas, dos círculos compuestos el uno, de 30 agujeros, y el otro de 29.

El norteamericano Gerald S. Hawkis, profesor de astronomía de la Universidad de Boston, visitó Milpa Alta haciéndose acompañar del juez auxiliar de la Tercera Sección don Carlos Guzmán Jiménez, quienes visitaron el Teuhtli, como lo han hecho muchos estudiosos. Le explicaron al visitante que si uno se coloca en la mañana del solsticio de verano en el centro del Teuhtli, se ve levantarse el sol sobre una de las piedras colocadas en lugar separado. Después de escuchar estas explicaciones naturales empezó a formularse  preguntas el astrónomo norteamericano. Con el tiempo éste se convirtió en arqueólogo. Años después, Charles Willis verificaría los cálculos de Hawkins, quien, en una obra publicada en Nueva York en 1965, titulada «The book and Teuhtli mistic», confirmó su primera intuición: aquellas hileras de piedras encima del Yeteco constituían un observatorio complejo.

Un primer estudio le convenció de que había al menos un centenar de alineaciones posibles. ¿Cómo comprender lo que significaban? Habría tardado muchos meses en descifrarlo; Hawkins buscó la ayuda de un tepopohque (ordenador o armonizador), cariñosamente conocido como teteuhtzin, don José Pérez, quien proporcionó parte de las alineaciones posibles del Teuhtli, y las posiciones clave (puestos, culminaciones, etcétera) de los principales cuerpos celestes: sol, luna, planetas y estrellas. «Teteuhtzin» comenzó a señalar lo que veía en el cielo. En tal mes, en tal día, a tal hora, entre tal y cual volcán. El resultado fue sorprendente.

Si bien, los planetas y las estrellas aparecían completamente desdeñadas por los hombres sin conocimiento del Teuhtli, dijo Teteuhtzin, lo importante es no distorsionar el nombre o sonido Teuhtli y Yeteco, porque no podríamos registrar todas las posiciones significativas de la luna y el sol, y seguir sus variaciones estacionales. Los gráficos y cuadrados establecidos por Hawkins no dejaban lugar a dudas. Teteuhtzin acababa de explicar para qué sirvieran los volcanes de Cuauhtzin, Ocotecatl, Teuhtli y Yeteco, como veremos a continuación:

La palabra o sonido náhuatl teuhtli tiene algo más que vibración: los tepopohques levantaron piedras, excavaron también el suelo; 56 agujeros de maxolco, 30, 29 agujeros; 56, 30, 29… ¿A qué podían corresponder estos números? Una vez planteados el problema, los datos eran bastante sencillos: al parecer los hombres del Teuhtli y del Yeteco sólo habían dedicado su atención al Sol y a la Luna. Las salidas, las puestas y las culminaciones de cada uno de estos astros son ciertamente dignas de interés. Pero aún lo son más los espectaculares fenómenos en que los que el sol y la luna se encuentran (o danzan) los eclipses.

Actualmente la astronomía moderna se dedica a lo que fue creada, haciendo caso omiso a la observación de los ritmos y a la fisiología de los mecanismos. Pero Hawkis le preguntó a Teteuhtzin: ¿Por qué no distorsionar el sonido TetecoTeuhtli?, a lo que contestó:

—Cada diecinueve años la luna llena caía en las mismas fechas del calendario solar (Tlaxilacalli), y que el sonido Teuhtli significa «el gran Señor del Fuego», y los eclipses obedecían al mismo ciclo.

En realidad, no son exactamente diecinueve años, sino 18, 61 años, por lo que hay que suplir esta diferencia al establecer una Danza Lunar «Mitotliztli Metztli» (como lo realiza el mundo occidental con el día complementario de los años bisiestos). Al redondear (el círculo negro), la cifra a 18 ó 19, el error se pone rápidamente de manifiesto, pero formando un ciclo más grande a base de este pequeño ciclo dancístico cósmico ratificando de 18, ahora a 19, se consigue una exactitud valedera durante siglos. La aproximación más satisfactoria, según nos muestra el tepopohque Teteuhtzin, el cálculo es un gran ciclo de 19 + 19 + 18, los que sumados arrojan el número 56. El mismo número de los agujeros del Teuhtli (observamos de paso que el número 56, que vemos en esta ocasión por vez primera en la historia de la humanidad es el número de la pareja (Cihuatiliztli) 5 + 6 = 11 y si sumamos 1 + 1 = 2 tenemos que: el hombre-mujer (dualidad) = fertilidad.

Hawkins, no contento con haber descubierto este hecho, imaginó que el círculo negro asociado a los sonidos —PEC—ECPL—VFO, permitiría visualizar los acontecimientos político-sociales de México-Tenochtitlan en los siglo XX y XXI. Así como el cálculo de las fechas de los eclipses que tuvieron lugar en la época de la construcción de Teotihuacan, y para demostrarlo Teteuhtzin contribuyó y dio una vez más la fecha del gran eclipse de México.

Sí rechinara el sonido, MALO, (porque) nuestro país entraría en un gran eclipse que duraría 18 años, a menos que un sistema de piedras desplazados a lo largo del círculo poderoso que contrarreste el Círculo Negro. Además permitiría prever los años de los eclipses. ¿Y los días? El mes lunar es de 29.53 días, dos meses lunares forman una cifra redonda de 59 días, que coincide con la suma de los 30 y los 29 agujeros. También coincide con otro círculo, que no hemos mencionado hasta ahora porque es casi enteramente conjetural, que se compondría de 59 piedras azules. Especulando con los 56 agujeros del Teuhtli, los 30 y los 29 agujeros y el Yeteco (todas las observaciones deben hacerse a base del sonido cente: Ixhualmoixtac Malacuexpatl Cualtimo Tlaxcaltzin).     

Conseguiremos no solamente encontrar las fechas exactas de los eclipses producidos en la época de la fundación de México-Tenochtitlan, sino también calcular, por ejemplo, la fecha movible de Tlacaxipehualistle (Pascua de la Semana Mayor); según sabemos, de una antigua palabra náhuatl Teuhtli-Yeteco.

En fin todo lo que sabemos del lenguaje en los pueblos de la antigua Malacateticpac está integrado en los sonidos armónicos que dan nombre a sus actuales comunidades: Tecómitl (San Antonio), Tecoxpan (San Francisco), Miacatlan (San Jerónimo), Ohtenco (San Agustín), Tepenahuac (San Juan), Tlacotenco (Santa Ana), Tlalcoyocan (Sal Lorenzo), Oxtotepetl (San Pablo), Cuahuitenco (San Salvador), Xicomulco (San Bartolomé), Atocpan (San Pedro) y el mismo Malacateticpac (Villa Milpa Alta).

Lo anterior, nos invita a considerar éste como una función a la que la mente humana, incluso la «no civilizada» atribuye un valor privilegiado, Tonalatlacatl en su observación del comportamiento del pueblo de Malacateticpac, observa que para este pueblo, la palabra xochitl, que designa el lenguaje a una flor, pero que también significa la facultad que distingue al hombre del animal, la lengua de un grupo humano distinta de la del otro, la palabra es, en todos los «primitivos» sinónimo de acción emprendida y clasificación de la creación. Es el hacer y el saber, la acción sobre el mundo y la visión del mundo. «Porque el mundo está impregnado de la palabra, y la palabra es el mundo. Los mexicas mantenían su lenguaje; limpio, puro, armónico y florido. Como una inmensa arquitectura de correspondencia entre las variaciones del razonamiento individual y los acontecimientos de la vida social.

Ante todo esto, Atenanco escribe: «Huan Tinochtin ti caulli citlaltin cuahutimo nechtia mo nelhuayo» (y todos somos estrellas, cuando descubrimos nuestra esencia). Así a cada palabra corresponde un acto, una ciencia, una institución o un elemento de la creación. En el hombre de los pueblos de Malacateticpac, la palabra es un vasto conjunto combinatorio, un cálculo universal cargado de valores, de posibilidad de acción y de recuentos.

Un depósito de conocimientos revelados y una realidad. Los cuahutzilinquez de Xaxahuenco distinguen una primera palabra aún no expresada: el tloque, que forma parte de la palabra primordial de dios, y una palabra humana nahuaque, dotada de un sustrato material que es el cuerpo, el conjunto de los órganos del cuerpo, y por el cual tiene el hombre «dominio» sobre el lenguaje. El elemento lingüístico es tan material como el cuerpo que lo produce, y los sonidos primordiales de la danza lunar en relación con los cuatro elementos cósmicos: ce-agua, ome-tierra, yei-fuego, nahui-aire. Reengendrados en las entrañas, producen la palabra náhuatl que «nacerá» entre los dientes, y la danza nacerá en movimientos corporales a la luz de la luna llena de octubre (los días 21, 22 y 23) en el cráter del Teuhtli.

Agradecimientos: El mundo está lleno de hombres que conservan en la mente los conocimientos ancestrales que se vierten en interesantes consejos como los de Carol Orlson, quien comentaba en 1948: «Que explicar el mundo de don Marcial Gutiérrez, quien vivía en Atenanco y que sus vecinos le decían el ‘estudiante’, es la expresión final de nuestra gratitud a él, y del propósito de buscar la libertad a través del conocimiento».

Mi más sincera gratitud al profesor Manuel Garcés Jiménez, presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta, por su amistad. A los integrantes y compañeros del citado Consejo. A mi hermoso barrio La Conchita. A mis vecinos. A la familia de la Tercera Sección por compartirme el Códice Xaxahuenco. A la escritora Lina Zanz por sus palabras de aliento. Al maestro Juan, oriundo del poblado de Atlauhtla, estado de México, por compartirme sus conocimientos ancestrales. Al señor Adelfo Liprandi por el amor que le tiene a su tierra. Al profesor Roberto Meza, conocido entre los amigos como «Tío Beto», y a todos los que comparten el conocimiento de nuestros ancestros, a todos: ¡tlazocamati!

Xaxahuenco, año de 2005, sexta hora cósmica. ♦

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* Integrante del Consejo de la Crónica de Milpa Alta, nativo del barrio La Conchita.

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