Una historia entre vestigios acolhuas la de Agustín Castañeda

Diciembre 28, 2019.- En Tecoaque los indígenas reservaron y acondicionaron espacios habitacionales para mantener cautivos a centenares de prisioneros, integrantes de la caravana europea que cruzó por ahí durante la Conquista

Tlaxcala, Tlax.- Agustín Castañeda Hernández nació en Nanacamilpa, una población tlaxcalteca famosa por las miles de luciérnagas que año con año brillan durante la época de lluvias, mientras él, desde 1989 y hasta hoy, se empapa de historia acolhua, en Tecoaque, el sitio arqueológico donde los indígenas reservaron y acondicionaron espacios habitacionales para mantener cautivos a centenares de prisioneros, integrantes de la caravana europea que cruzó por ahí durante la Conquista.

En 1520 el sitio fue sometido a un cambio arquitectónico importante para dar cabida a medio millar de personas que se sumaron, como prisioneros, a la población local, durante el lapso de junio de ese año a marzo de 1521.

Por encargo de los responsables de un proyecto de investigación en esa zona arqueológica, Agustín custodia los bienes patrimoniales desde 1989, lo que ha permitido al equipo de antropólogos, historiadores, técnicos y ayudantes del Instituto Nacional de Antropología e Historia, documentar el proceso que lleva consigo cada descubrimiento.

«Estar en la zona y conocer de cerca su historia es un gran aprendizaje –dice Agustín Castañeda–. Me he desempeñado en diferentes áreas y siento que revivo los acontecimientos cada que las recorro. Es innegable que conocer los vestigios invita a imaginar el ambiente de aquella época; saber que ahí está un objeto, como aquel cuchillo utilizado por uno de esos grandes guerreros, en ese lugar dedicado a Quetzalcóatl, es una sensación única».

Agustín Castañeda

El custodio de bienes patrimoniales, como el mayor de los ocho hijos del matrimonio de Valentín Castañeda y Marina Hernández, transitó muchas veces por la zona arqueológica, acompañado de su familia y más de su padre campesino, sin sospechar que sería su lugar de labores por décadas.

«En ese entonces caminábamos entre cerros, magueyes y árboles, nunca pensé que mucho tiempo después me encargaría de limpiarlo, incluso de víboras; cosa que veían algunos regidores y también hicieron lo mismo», comenta con orgullo, al tiempo de recordar que comenzó sus labores en el INAH en 1988, en el Museo Regional de Tlaxcala, y meses después en la zona arqueológica de Cacaxtla, donde apoyó las labores de mantenimiento y en almacén.

Su labor en el Instituto lo hizo olvidarse por completo del oficio de obrero que ejerció en el estado de México y le permitió regresar a su estado para dedicarse a un trabajo que le ha gustado desde un principio, que lo hace feliz. Hoy, las 32 hectáreas que albergan la zona arqueológica de Tecoaque atraen al transeúnte por lo exuberante de sus construcciones, que destacan desde cualquier punto cercano como digno escenario de guerreros.

«Aunque soy custodio y he laborado en mantenimiento, también me he dedicado a aprender más, pues el trato con la gente ha sido necesario y me agrada ese contacto, que me feliciten por la información y la atención que les doy», dice.

Agustín Castañeda ha hecho espacio para encargarse de que estén listas las condiciones para que el visitante tenga una experiencia agradable en Tecoaque y esa dedicación se refleja en el agradecimiento de quienes han recorrido la plaza sur, con sus templos dedicados a Tláloc, dios de la lluvia, que fue de uso común, y a Mictlantecuhtli, deidad de la muerte, así como el área habitacional; lugares que para el custodio inspiran a conocer cada vez más.

Por ello, él escribe lo que ve, lee para entender y luego compartir esa historia, relata.

Uno de los hallazgos que más lo han sorprendido es, sin duda, el cuarto escalón de la escalinata del templo circular. Cuenta que es un nicho rectangular en cuyo interior se depositó un cuchillo de sacrificio trabajado en sílex (técpatl), acompañado con fragmentos de copal.

La pieza que ha llamado la atención del custodio era el instrumento con el cual se realizaban los sacrificios, y por lo mismo tenía un importante simbolismo. Fue un objeto sagrado, poseedor de enormes poderes, al que sólo podían acceder los iniciados en las actividades y los conocimientos sagrados: los sacerdotes sacrificadores.

El copal, resina olorosa que según los mitos deleitaba a Quetzalcóatl, acompañaba al cuchillo porque se creía que el aroma de la sangre del sacrificado mezclado con el olor del copal llegaba a los dioses.

Constante en su trabajo, don Agustín Castañeda ha compartido con los visitantes, conocimiento y experiencias personales; él se siente «parte de la historia», afirma.

«Ahora, a mis 79 años, siento una satisfacción completa, pues pronto me retiraré, lo que lamento mucho porque estoy muy apegado al lugar, pero haber pasado por aquí durante 30 años será mi mejor recuerdo. He visto muchos cambios, muy buenos, pero me quedo con lo que conocí cuando llegué», concluye con un suspiro.Hace unos meses, Agustín Castañeda recibió una medalla y el reconocimiento del INAH, en las instalaciones del Centro INAH Tlaxcala, de manos de su director, José Vicente de la Rosa Herrera, quien reconoció su empeño y resaltó la trayectoria del custodio la cual se ha distinguido por su eficiencia, constancia y entrega, por lo que es menester compartir su historia de vida. ♦

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