Leyenda de Día de Muertos en Cuauhtenco, Milpa Alta

Noviembre 2, 2019.- Relato del cronista milpaltense Eugenio Raúl Ramírez Retana acerca de la visión que tuvo un displicente campesino de esa región por no poner una ofrenda a tiempo y quedó encantado dos días

Por Eugenio Raúl Ramírez Retana

Hace muchos años, en un pueblo muy lejano llamado Cuauhtenco, ocurrió esta historia.

En ese lugar existió un matrimonio muy pobre, el esposo se llamó José y su esposa María. Se acercaba la fecha de Día de Muertos.

María le dijo a José:

 —Ya se acerca día de muertos y nosotros no tenemos dinero para poner la ofrenda a nuestros difuntos.

—Qué te apuras María, un día antes me voy al monte a sacar ocotes y ya tenemos para alumbrar en vez de ceras. Para las flores corto flores del campo, y el pan, junto unos mojones de vaca y frutas, a ver que ponemos.

El día primero de noviembre muy temprano, José tomó su hacha y ayate y se encaminó rumbo al Cuauhtzin. Al llegar al bosque encontró un árbol alto y grueso y se dijo:

—Este árbol está muy bien.

Los ocotes de ese árbol estaban rojos como la carne, se decidió sacar de ese árbol los ocotes. Al dar el primer hachazo quedó encantado, en ese momento escuchó voces y vio aparecer una fila de personas que venían en peregrinación. Él no podía moverse ni hablar. Entre esas personas vio a sus papás y a los papás de su esposa hasta que desaparecieron. Él seguía encantado.

Al día siguiente, por la tarde, nuevamente escuchó voces y vio la fila de personas de regreso, pero iban cargadas con todo lo que les habían puesto de ofrenda. Al final vio a sus suegros que llevaban velitas, unas gorditas y unas flores. En seguida vio a sus padres que llevaban unos ocotes y unos mojones de vaca. Al terminar de pasar todos los difuntos, quedó desencantado.

Al verse libre corrió a su casa, llegando le preguntó a su esposa:

—¿Qué pusiste de ofrenda?

María le contestó que para sus papás había martajado y había hecho unas gorditas de manteca. Compró unas velitas de cebo y de su jardín cortó unas flores.

—Y para mis papás, como nunca llegaste no puse nada. José le contó lo que había visto y muy triste le dijo a María que, para el siguiente año, con tiempo iban a reunir unos centavos para comprar la ofrenda a sus muertos. ♦

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