Día de Muertos de comunidad tzotzil de Zinacantán, Chiapas

Octubre 22, 2019.- Las almas pasan un solo proceso de purificación, se cree que el tiempo que vivieron será el mismo que pasaran purificándose en el ‘lugar de los huesos ardientes’, para, posteriormente, volver a la vida como otra persona o animal

El ancestral aroma del copal y la embriagadora fragancia de la flor de cempasúchil impregnaron el patio del Museo Nacional de Antropología (MNA), donde cientos de personas se congregaron con motivo de una de las manifestaciones culturales vivas más importantes del país: la celebración de Todos los Santos y Fieles Difuntos, concebida bajo la cosmogonía mayense de la comunidad tzotzil de Zinacantán, en Chiapas.

Ataviados con vistosos trajes bordados, los integrantes de la comunidad zinacantense dieron los últimos arreglos a la ofrenda que colocaron frente al majestuoso Paraguas, donde compartieron con los asistentes los rituales de la celebración conocida como Sk´Ak´Alil Anima´Etik, Días de Muertos, que llevan a cabo los días uno y dos de noviembre en ese municipio de la región de Los Altos, de Chiapas.

Ofrenda dedicada a Miguel León Portilla

En este sistema de creencias, el funeral y los primeros días de noviembre tienen objetivos compartidos. Uno de ellos, convertir el alma de un muerto, potencialmente destructiva y maligna, en la figura de un ancestro respetable por medio de los rituales en su honor. En los días de Todos Santos y Fieles Difuntos se reafirma esta misión: otorgar al difunto el estatus de ancestro, el cual visita a sus familiares para reforzar los lazos sociales de la comunidad más allá de la muerte.

En la inauguración de la ofrenda Sk´Ak´Alil Anima´Etik, Días de Muertos, dedicada a Miguel León-Portilla, un gran defensor de los pueblos indígenas de México, quien supo recoger del pasado enseñanzas para defender las causas de las comunidades indígenas del presente, y al investigador estadounidense de la cultura maya, Walter F. Morris Jr., hablante de tzotzil y quien fuera gran amigo de los pueblos indígenas de Los Altos, en Chiapas, se llevó a cabo el ritual de la celebración de Día de Muertos de esa comunidad.

Mayordomos y sacristanes se regresan a sus casas a descansar, los músicos acuden invitados a las
casas para tocar en los altares. Fotografía Edith Camacho

El ritual se dividió en dos: el que se realiza en las casas y el que se lleva a cabo en el panteón. Las mujeres de la comunidad, entre las que se encontraban niñas de ocho y 12 años, procedieron a colocar las frutas en una mesa de madera, situada ante el altar familiar, en la que se esparce juncia (puntas de pino), al igual que en el suelo, y se acomodan la comida y las bebidas tradicionales.

La comida consiste en un caldo de pollo con repollo; se prepara café, atole agrio y carne de res ahumada que se sirven en platos y jarros de barro. Chayotes, mazorcas de maíz, cañas, naranjas, ramos de flores de cempasúchil, dalias y geranios rojos son distribuidos en montones cubriendo la superficie de la mesa.

Una jícara llena de tortillas hechas a mano, un platito con sal, una copita de posh (aguardiente), fotos de los antepasados, un refresco y un vaso con agua complementa la ofrenda. Se colocan velas en el suelo, junto con incensarios y veladoras. Frente al altar se acomodan sillas pequeñas para que las almas se sienten a descansar y a consumir los alimentos mientras dura su visita en estos días festivos.

En este montaje se agregó otra ofrenda dedicada a su protector san Antonio, cuya figura remata el cuarto piso del altar; lo acompañan diversos ramos de flores a los costados y, en el centro de cada nivel, imágenes de santos y vírgenes; al pie, un sahumerio con copal y un par de velas blancas colocados sobre un pequeño banco.

Ricardo Juan Hernández López, director de la Casa de Cultura de Zinacantán, explicó al público que las familias no duermen, desde la noche del 31 de octubre al amanecer del uno de noviembre realizan los preparativos de la ofrenda.

«Esta fiesta para nosotros es parecida a la Navidad, que es cuando se reúne toda la familia, pero también las almas de los difuntos. El uno de noviembre es el día en que salen las almas que se cree que están resguardados en el ‘lugar de los huesos ardientes’, el K´Atin-Bak, (purgatorio cristiano, en tzotzil), donde son purificados, si en vida se portaron bien, respetaron las fechas de guardar y las fiestas, tienen el permiso de salir los dos días, no todos lo consiguen, si en vida, una persona inició un algún trabajo y no lo concluyó al morir, su alma no saldrá a descansar», comentó.

Una vez colocadas las ofrendas, en la mañana del uno de noviembre, las familias se dirigen al panteón para llevarles viandas a sus seres queridos: elotes y chayotes, que se dan en la región, cañas, naranjas y plátanos, que se compran; son depositados en las cabeceras de las tumbas, a un costado de una cavidad que se construye como símbolo de la entrada al inframundo, junto con las velas de cera, las cuales representan a la divinidad, y de cebo, que aluden a las almas.

Al lugar llegan dos mayordomos de San Antonio (chico y grande) y los sacristanes, así como los ayudantes, quienes se reúnen desde la iglesia. Los mayordomos se encargan de hacer las ceremonias de Todos Santos y Fieles Difuntos, los acompañan los músicos tradicionales. Ataviados con sus jorongos negros de lana y calzados con taloneras (tipo de huarache maya que data de la época prehispánica), pasan en cada tumba a rezar responsos en latín para pedirle permiso al guardián del lugar, donde están resguardadas las almas, para que puedan salir.       

«Las almas pasan un solo proceso de purificación, se cree que el tiempo que vivieron será el mismo que pasaran purificándose en el ‘lugar de los huesos ardientes’, para, posteriormente, volver a la vida como otra persona o animal», comentó.

Los fallecidos son enterrados según el motivo de su deceso. Cuando se trata de un adulto que murió de forma natural, su cabeza se coloca hacia el oriente; si es un menor de edad o si la causa de la muerte fue por un acto violento, la cabeza se ubicará al poniente. Así, la tumba es cubierta con puntas de árbol de pino llamadas juncias y, posteriormente, con gran cantidad de pétalos de cempasúchil.

Ya en la noche, al terminar sus responsos, los mayordomos y los sacristanes se regresan a sus casas a descansar, los músicos acuden a las casas para tocar en los altares, mientras las familias recogen los frutos ofrendados para volver a depositarlos al día siguiente. El dos de noviembre, se repite el ritual y, en la tarde, los mayordomos junto con sus ayudantes, juntan los alimentos para llevarlos al atrio de la iglesia y repartirlos entre la gente. En las casas, se levanta la ofrenda para evitar que los malos espíritus también la disfruten.

La ofrenda del MNA podrá ser apreciada hasta el domingo 3 de noviembre. ♦

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