Novela aborda el problema del hundimiento de la Ciudad de México

Septiembre 19, 2019.- Octavio Raziel hace a un lado el catastrofismo para advertir del peligro en que se encuentran los habitantes dela capital del país por la desmedida extracción de agua del subsuelo de zonas como Tláhuac

Por Sergio Rojas

El devastador terremoto del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México ha dado pie a un sinfín de historias que siguen enriqueciendo la literatura del temblor, como representación de la realidad, pero también a la ficción con chispas de verdad, según explica el periodista Octavio Raziel en la oportuna advertencia a su novela México, 8.5 Richter. El próximo sismo (Editorial Cromocolor, 2006), cuya trama se sustenta en reportajes y entrevistas que él mismo realizó, incluso mucho antes del acontecimiento.

La historia comienza con la aparición de una grieta de más de 15 metros de diámetro en la calle Xochicalco, de la conservadora colonia Narvarte, misma que es rellenada de inmediato por trabajadores de la delegación Benito Juárez, por la que el personaje central, Alberto Octavio, reportero del diario –ya desaparecido– El Nacional, comienza a adentrarse en el tema del hundimiento de la ciudad por culpa de la desmedida extracción de agua del subsuelo, a pesar de las advertencias realizadas por Nabor Carrillo Flores desde 1947.

El reportero propone al director del diario la realización de una investigación que permita crear conciencia del peligro que representa seguir extrayendo agua del subsuelo, pero como es de suponer, al principio sólo encuentra la desgana y apatía de sus jefes por informar de más a la población –«con que sepan un poco de todo es suficiente»–, pero después de mucho insistir la dirección acepta.

Tras de ser registrados por el Servicio Sismológico Nacional (SSN) numerosas sacudidas con epicentros dentro o cerca de la zona urbana del Distrito Federal, con profundidades máximas de cinco kilómetros, el reportero comienza a investigar acerca de la aparición de grietas de considerable tamaño en la zona de San Gregorio, en Xochimilco –la cual, por cierto, resultó severamente dañada por el sismo del 19 de septiembre, pero de 2017–, por lo que ya la mente de Alberto Octavio hervía por ese misterio, significado en la noticia que buscaba para moldear para el lector.

Tajo de Nochistongo y luego el túnel de Tequisquiac fueron un alivio para la ciudad, pero sólo durante las primeras décadas del siglo veinte, porque para los años 30 el hundimiento de la ciudad se hizo más acelerado y la salida por gravedad de las aguas negras o pluviales se hizo imposible.

Para dar una idea de lo grave del hundimiento, la obra da cuenta que el nivel del lago de Texcoco en 1910 se hallaba a 1.909 metros por debajo del centro de la ciudad; 60 años después, ese nivel se había invertido y ya estaba a 5.50 metros arriba.

Así nació el drenaje profundo, explica el historiador Virgilio García Arroyo, entrevistado por el reportero Alberto Octavio, que va de los 20 metros de profundidad en adelante, a fin de permitir el desagüe por gravedad. Sin embargo, su trabajo no puede ser realizado por sí mismo, por lo que se requiere la ayuda de plantas de bombeo.

Cuando fue construido dicho drenaje, una enorme máquina se fue abriendo paso, taladrando y echando atrás toneladas de lodo, por lo que se formaron enormes cavernas que debían ser rellenadas de inmediato debido a que se agrandaban rápidamente.

A partir del sismo de 1985, el reportero descubre que no se le dio mantenimiento al drenaje profundo al menos durante unos 15 años, y que el emisor central tenía más del 70 por ciento bloqueado. Aun cuando un submarino con tecnología de punta naufragó en 2003 al tratar de revisar el drenaje profundo, y buzos con robots en 2006 inspeccionaron la mayor parte del emisor central –desde la colonia Acueducto de Guadalupe en el DF hasta Tepeji del Río en Querétaro–, los resultados no fueron dados a conocer.

Eso sí, para el Sistema de Aguas el drenaje era funcional y no había riesgo de colapso.

El caso es que Alberto Octavio sospecha que la grieta de la Narvarte fue ocasionada por una grosera construcción de varios pisos que sobresalía sobre las edificaciones de los años 40 y 50, por lo que intentó obtener información sobre los planos y permisos de construcción en la delegación Benito Juárez, así como de los peritajes.

Como no obtiene nada de la delegación, habla por teléfono con un ingeniero Galindo de la empresa constructora que había edificado el conjunto comercial y de oficinas, y a partir de ahí tiene lugar una historia de suspenso debido a que el reportero no sólo pone en riesgo su vida, sino la de su novia, Martha Laura, debido a que comienza a ser vigilado por un sujeto con cuerpo de ropero.

Sobre todo, cuando consigue que un trabajador de la empresa constructora, Juancho, le filtra información, al revelarle la extraña muerte de tres compañeros suyos durante la construcción del conjunto comercial y de oficinas, y el hecho de que los ingenieros de la empresa la habían «jeteado», no se fijaron y escarbaron de más.

«La autorización era para pilotear nomás de 40 metros y se fueron a casi 50», le dice.

El reportaje especial sobre el subsuelo de la Ciudad de México que trabaja Alberto Octavio en la novela, revela datos acerca de cómo el crecimiento urbano de los últimos dos siglos se dio en la superficie de los antiguos sedimentos arcillosos generados en los lagos, los cuales tienen un grosos de entre 100 y 300 metros, y si a eso se le agrega que en el siglo pasado se incrementó la perforación de pozos profundos que extraen agua subterránea de profundidades de 400 a 600 metros, los sedimentos pierden líquidos y se compactan.

Ese era el caso en el hundimiento de Valle de Chalco (asentado en lo que fue el lago) de unos ocho metros hasta 1995, de 10 metros en el 2000 y de 15 en 2010 (según cálculos previos).

Una noche el osado reportero, gracias a los planos de las instalaciones de la empresa constructora que le había facilitado Juancho en venganza porque lo querían despedir sin darle ninguna liquidación, decide burlar la vigilancia para entrar subrepticiamente y apoderarse de los documentos que le hacen falta para armar el reportaje.

A partir de ahí Alberto Octavio disfruta con su miedo la segregación de adrenalina que parece estimular a todo reportero que siente el oficio en la sangre que corre por sus venas para conseguir su objetivo: desentrañar la verdad y darla a conocer a los lectores.

El Centro Histórico se hundió 7.5 metros en cien años

Conforme reúne la información el reportero hace que el lector reflexione acerca del grave riesgo que se corre por vivir en una ciudad como la de México. En primer lugar porque es una con un sinfín de cavernas en el subsuelo, y que en la gran urbe se extraen casi 50 metros cúbicos por segundo, para lo cual están en operación 2,746 pozos oficiales, más los que se han perforado de 2006 –fecha de la publicación de la novela– a la actualidad –como son los de Tláhuac, demarcación que sigue pagando las consecuencias con socavones, fallas geológicas y hundimientos–, más los pozos clandestinos cuyo número llega a ser muy alto.

La extracción representa casi el 70 por ciento del abastecimiento que requieren los más de 20 millones de habitantes del DF, lo que ha influido para que el Centro Histórico de la ciudad se haya hundido 12.5 metros, de los cuales 7.5 fueron en los últimos cien años.

Tláhuac y Chalco, la zona que más rápido se hunde en el mundo

Luego de entrevistar al científico Adrián Ortega, del Centro de Geociencias de la UNAM, quien le advierte que alrededor del Peñón del Marqués, en la delegación Iztapalapa, se construyen unidades habitacionales sobre subsuelo muy vulnerable a los sismos, a pesar de la advertencias de esa casa de estudios, Alberto Octavio se traslada a Tláhuac y Chalco en la parte oriente de la ciudad, la zona urbana que tal vez sea la que más rápidamente se hunde en el mundo con 40 centímetros por año.

«Se calcula que desde que se inició la extracción de agua subterránea y la construcción de nuevos asentamientos humanos en el ex lago de Chalco y Tláhuac de ha hundido casi ¡15 metros!», refiere el reportero, quien advierte de un colapso en el Valle de México.

Aun cuando sigue escribiendo el reportaje, la dirección del diario El Nacional no da luz verde al mismo por razones que no le eran confiadas, escribe. Sin embargo, y aunque el autor de México, 8.5 Richter. El próximo sismo, no lo plasma en su obra, para nadie era desconocido que dicho diario era propiedad del gobierno mexicano.

«No podemos lanzar este tipo de noticias sin causar un gran revuelo», dice el director del diario.

«¡Realmente vale la pena denunciar que por culpa de unos pendejos bajola ciudad de México existen cavernas suficientemente grandes para que sus pinches edificios se vengan abajo», se pregunta el reportero en la soledad de un cuarto de hotel a donde había tenido que ocultarse por seguridad, luego de que su amigo Juancho murió en condiciones extrañas. Lo cierto es que el temblor del 19 de junio de 2017, aunque no alcanzó para fortuna de quienes vivimos en la gran urbe, los 8.5 grados Richter, sí vino a recordarnos del grave riesgo que tenemos a diario por la desmedida extracción de agua que las autoridades –con tal de salir del paso y asegurar su futuro político– continúan haciendo. ♦

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